Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 31
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La salvadora

Paquita

Igual que a Luis.

​ Conforme más me contaba aquel hombre, más se me enredaban las ideas.

​ —¿A usted también?

​ Me miró con interés renovado.

​ —¿Cómo que a mí también?

​ —Al señorito Luis intentaron matarlo hace un tiempo. Dijeron que por deudas y por… —me atraganté. Todavía era incapaz de verbalizar aquello tan horroroso—, por haber matado a alguien.

​ —¿El señoritingo Luis? ¿Luis Benavente? —Eduardo arqueó las cejas, con desconcierto primero, para enseguida soltar una carcajada que me retumbó demasiado alta en los oídos.

​ Una luz se abrió paso a codazos en mi cerebro. Atando cabos, algo acababa de ocurrírseme.

​ —No habrá tenido usted también algo que ver en ese asunto, ¿verdad?

​ —¿Yo? —compuso un ademán inocente que no logró engañarme ni por un segundo—. En absoluto.

​ —Usted me conocía a mí, conocía a Luis…

​ Movió la mano como espantando malas ideas.

—Solo de oídas, no saque conclusiones precipitadas.

—Es un bandido confeso…

—Eso no se lo niego.

—Pues oiga, cualquiera diría que se siente orgulloso.

De repente se puso muy serio.

Ese aura de mofa que hasta entonces rodeaba sus movimientos y el tono de su voz, se había extinguido como por encanto. Se inclinó hacia mí, intimidándome con una mirada torva, y yo me apreté contra el respaldo de la silla sin tener a dónde escapar.

—Aquí donde me ves, no he tenido una vida fácil. Podría haberla tenido, pero me la robaron de la peor manera. Y sí, me siento orgulloso de haber sobrevivido. Soy todo un superviviente, señorita. ¿No te parece romántico?

—¿Le robaron su vida de lujos y oropeles?

—Algo así. Anda, bebe un poco más de agua y dame un respiro. Eres una criatura agotadora.

—Pues deje que me vaya. Así se libera usted de mi presencia.

Me miró de reojo, con los párpados entornados.

—Reza porque los hombres que he mandado a la calle del Barquillo saquen algo en claro, muchachita.

Se levantó, apoyándose con las manos en las rodillas, y se fue, dejándome con dos palmos de narices y mi montón de sospechas intactas, sin resolver. Más inquieta que nunca.

No fue hasta tres horas más tarde que aquella puerta del cuchitril volvió a abrirse. Petri entró corriendo como una tromba, vestida de señorita, y se me arrojó encima para abrazarme palpándome por todas partes en busca de lesiones.

—¿Estás bien? ¿Te han hecho daño? ¿Estás herida?

—Petri… ¿Qué haces aquí?

No me hizo falta respuesta cuando tras ella apareció Federico.

—¡Don Federico!

—¿Se encuentra usted bien, señorita María?

¿Señorita María? Por Dios, qué pedazo de lío. Aquel caballero me conocía como Paquita, la doncella de su novia, por más señas. ¿Qué clase de trola le había contado Petri para que ahora se dirigiera a mí en esos términos?

Como no era momento de ponerse a averiguar, decidí seguirles la corriente.

—Estoy bien, estoy bien.

—Bueno, a ver si rematamos el negocio, que se hace tarde y hay que llenar el buche —irrumpió Eduardo, flanqueado por dos de sus matones.

Federico Argüelles echó mano de su bolsillo y sacó un montón de billetes.

—Es todo lo que he podido reunir con tanta premura. Tres mil pesetas.

Eduardo torció la boca. Aquello era una fortuna, sería muy cretino de hacerle ascos. Me pregunto qué esperaba recibir siendo yo una triste criada, si lo llega a saber se pega un tiro en un pie.

—No voy a conseguirle más.

La voz de Federico sonó rotunda como una lápida de cementerio.

—La señorita María es conocida de mi prometida, aquí presente. No es pariente mía, apenas si la he visto en un par de ocasiones. O acepta lo que le ofrezco o me marcho con viento fresco por donde he venido y se las apaña usted en otra dirección.

Lo soltó del tirón, frío y sin inmutarse. Petri y yo intercambiamos una imperceptible mirada de angustia. Federico estaba marcándose un farol, tenía que estar haciéndolo. No sería capaz de abandonarme a merced de aquellos indeseables, ¿verdad que no? Por fuerza tenía que ser un farol…

—Vengan esas tres mil —resolvió finalmente Eduardo. Y todos soltamos aire retenido por inercia en los pulmones—, y llévensela rápido, que me levanta dolor de cabeza. Menuda lengua, la señorita, ni amordazada se calla.

Hizo una seña a uno de sus secuaces que vino a desatarme los tobillos, mientras él se apoderaba del dinero y empezaba a contarlo.

—No obstante, señorita María, todavía hay algo que debes hacer como parte del pago. Esto no es suficiente.

Lo miré atemorizada, frotándome los brazos doloridos.

—Debes conseguirme una entrevista en privado con la baronesa de Belmonte. Que no se entere nadie, ni siquiera su hijo, mucho menos su marido.

—¿Con la baronesa?

Ahora entendía mucho menos.

—Si no me la consigues, volveré a por ti. Y esa vez el rescate será tan alto que, a menos que te alumbre un milagro, puedes darte por muerta.

Eduardo terminó el recuento de billetes y con aire satisfecho se los metió de un puñado en el bolsillo interior de su gabán. Se puso en pie ceremonioso, nos acompañó hasta la puerta e hizo un gesto para que la atravesáramos.

Petri se enganchó a mi brazo con ansia. Pude comprobar el modo violento como temblaba.

—Pero ¿con la baronesa? —repetí como ida.

—Con doña Magdalena de Benavente. ¿No te lo he dicho todavía? —Esbozó una sonrisa perversa que me estremeció—. La señora es mi madre.