Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 30
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Secuestrada

Paquita

Debieron de atizarme con ganas en la cabeza, porque cuando recobré el sentido me dolía a morirme, me asfixiaban las ganas de vomitar, y arrastraba la sensación de haber estado fuera de combate mucho tiempo.

El saco no me lo habían retirado, de modo que no veía más que destellos allí donde la luz fuera más intensa y tuve que guiarme afinando el resto de los sentidos.

Olía a humedad y trapos viejos. Se oía el rumor de una conversación entre hombres, amortiguada por la distancia.

​ Y una puerta que se abrió de repente en el cuarto donde yo estaba, y se cerró con un golpe.

​ —¿Estás viva?

​ Aquella voz… En mitad de todo mi aturdimiento, me resultaba familiar. A ver si el delincuente al que habíamos cazado y abandonado a su suerte en mitad del campo había logrado sobrevivir y venía a vengarse.

Me di por perdida. Empecé a rezar con atropello todo lo que sabía.

—Me alegro mucho. Creo que a Curro se le fue un poco la mano al golpearte. Yo seré un indeseable, pero las damas siempre merecen el mayor de mis respetos.

Fue terminar de decir aquello y retirarme el saco de un tirón violento.

Parpadeé deslumbrada por la luz de unas pocas velas que centelleaban en un cuarto mugriento totalmente a oscuras.

Había botijas de vino y aceite arrumbadas en los rincones, unas vacías, otras a medio llenar.

Parecía una covacha que alguien usaba de almacén.

Y ahora, de celda. Me habían secuestrado.

Sabe Dios lo que pensaban hacer conmigo. Había cuatro desharrapados, sucios y malolientes, formando una media luna a mi alrededor, que me observaban. Y el individuo que me había permitido ver de nuevo, que fue el último al que miré.

Di un brinco que me levantó de la silla.

¡Eduardo!

—¿Sabes quién soy? —me preguntó con aire burlón.

Yo tardé en encontrar las palabras. No es solo que me costase recordar el nombre, el terror me tenía paralizada.

—No, demonios, ¿cómo iba a saberlo? —rugí tratando de parecer fiera.

Ellos se rieron de mí. Uno hasta se permitió exclamar «¡Vaya lengua, la señorita!».

Eduardo seguía perforándome con unos ojos de hierro y no había, en su expresión, la menor alegría.

—Pues yo sé perfectamente quién eres tú.

Podía haberle echado en cara su falta de formalidad al tutearme, no había que olvidar que yo seguía siendo doña María de Valladares. El caso es que no me atreví.

—Porque es un criminal de baja estofa que ha estado acechándome para cometer su fechoría. Le advierto que ha dado en hueso, estoy pelada. Si lo que persigue es un rescate, olvídelo, no tengo nada.

—Hasta donde sé, tienes una mansión preciosa en el centro —concretó con sorna.

—Esa casa no es mía —afirmé con tono desafiante.

—Ah, ¿no? Pues tengo entendido que no es lo que le has hecho creer al señoritingo de Luis Benavente.

Se me atascó la saliva en la garganta. ¿Acaso estaban compinchados? Lo que me quedaba por ver…

—¿Qué sabe usted del señor Luis?

Por lo visto, el muy miserable no juzgó oportuno responderme.

—Si no te dedicaras a pavonearte paseando sola y sin escolta, dando a entender que vas sobrada de fortuna, nunca nos habríamos fijado en ti.

—La casa pertenece a una amiga muy querida, doña Beatriz.

El maleante sonrió por primera vez, satisfecho. Se puso en pie y con los brazos dibujó un arco en el aire.

—¡Espléndido! ¿Ves? Las damitas como tú siempre tenéis amigos, parientes y conocidos dispuestos a soltarse el bolsillo por afecto. Llamemos a esa señorita Beatriz y comprobemos hasta qué punto le importas: que pague el rescate.

—Está… ella está… No está en Madrid.

—¿Cómo que no está?

—Está de viaje. De bodas, en el extranjero.

Eduardo chasqueó la lengua, desencantado. Todo su entusiasmo de hacía unos instantes, desinflado por completo.

—¡Cuantísimos inconvenientes, María! ¿Prefieres entonces que llamemos a don Luis y de paso le contamos lo de tu mentirijilla? Que lo estás engañando y que ni eres rica ni esa mansión te pertenece.

Tenía la boca seca y la lengua como un estropajo de los grandes. Moví a un lado y otro la cabeza, negando.

—No. No quieres, claro. —Hizo una pausa que me pareció interminable—. Al señorito Luis, no. Y a la señorita Beatriz, tampoco. ¿A quién llamamos?

Deseé mil veces seguidas que se abriera el suelo y me tragase la tierra, pero no ocurrió. ¿Qué podía decirles que me salvara el pescuezo?

—En la casa hay dos… tres criados, que podrían ayudarles localizando a alguien.

Eduardo dio una palmada dichosa y volvió a sentarse.

—Por fin parece que vamos encontrando un camino. Ya habéis oído —se dirigió a sus hombres—, acercaos a la casa y con educación —recalcó—, dad cuenta de la circunstancia en la que se encuentra la señorita. Que digan si se hacen cargo o pasamos al siguiente escalón.

Hubo un pequeño alboroto, semejante a un remolino desordenado, y a continuación, el grupo se dispersó. Solo quedamos Eduardo y yo. Atada a una silla, indefensa y con más ganas de escupirle a la cara de lo que jamás me imaginé haber acumulado contra nadie.

—¿Tienes hambre?

—Agua —pedí a media voz.

Se alejó hasta un rincón, colmó un vaso y lo trajo. Me lo acercó a la boca.

—Bebe.

—¿No podría soltarme? Al menos las manos, para poder beber.

Se quedó un instante colgado de sus pensamientos, como si se lo estuviera planteando. Decidí darle un empujoncito.

—Vamos, Eduardo, no se sentirá amenazado por alguien como yo, ¿verdad?

Su estúpido orgullo pudo más que su prudencia. Posó el vaso en una mesita y se acercó a soltarme. Cuando me la ofreció de nuevo, me bebí el agua como si llevara seis días en el desierto.

—¿Para eso coqueteó conmigo y fingió que le interesaba? —lo ataqué con la boca mucho más fresca— ¿Para poder raptarme?

—Eres una chica bonita, no ha sido para nada desagradable, pero sí. Que sepas que he corrido un gran riesgo por rondarte en esos establecimientos públicos que frecuentas.

—¿Un riesgo? ¿Qué riesgo?

—Alguien habría podido verme.

Le lancé una mirada interrogante que significaba «no entiendo ni jota».

—Soy un maleante, señorita María.

—Eso ya lo he adivinado solita.

—Me buscan por múltiples cosas. Deudas de juego, alguna que otra muerte…

Se me pusieron de punta los pelos. ¿Es que en Madrid los buscaban a todos por crímenes idénticos? Porque eran exactamente los mismos de los que habían acusado a Luis en su momento.

—Hasta me consta que han pagado sicarios que me buscan para darme mi merecido.