Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 29
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Una dama melancólica

Paquita

Luis tardó mucho más de lo esperado en presentarse en la mansión de la calle del Barquillo. Querría saber si porque le costó reponerse de la herida, o porque la señora Magdalena hizo todo lo que estaba en su mano para impedírselo.

​ El caso es que una mañana apareció. Y me negué a recibirlo.

​ Vestida con su impecable uniforme, la Petri cumplió su papel a rajatabla, trasladándole mis mejores deseos y la petición de que no insistiera en volver a verme.

Tras la puerta, armados con una azada y una escoba, se escondían Salvador y la señora Úrsula, no fuera don Luis a responder con un arranque violento contra la pobre muchacha, que ya empezábamos a temer de qué pie cojeaba.

Pero no. Nada más lejos de lo que sucedió.

Se le empañaron los ojos, ruborizado ante Petri agachó la cabeza, y sus manos nerviosas menearon y dieron vueltas al sombrero.

—Dígale, por favor, que lo entiendo. No puedo culparla después de como se ha portado mi madre.

Y con las mismas se desvaneció en el aire tal que niebla bajo el sol mañanero. Dejándome con el corazón en un puño.

Había sido yo muy hábil convirtiendo a la baronesa en mi peor enemiga.

Di rienda suelta a mis instintos cuando debí haber sido mucho más astuta.

Durante la convalecencia de Luis, cuando todavía me permitían visitarlo en su alcoba como favor especial, habíamos protagonizado una escena… que la señora madre no me perdonaría.

Ni hablar.

Mi Luis había recuperado momentáneamente la consciencia.

Abrió esos ojos divinos suyos y me encontró mirándolo.

No me pude contener, le agarré las manos entre las mías, me incliné sobre su almohada y le besé los labios.

Doña Magdalena no me pilló con las manos en la masa, menos mal, pero sí inconvenientemente cerca de su hijo.

Me llamó desvergonzada y otro par de cosas que no recuerdo, y fue a partir de ahí que me prohibieron entrar en la casa.

En fin.

No es que fuera incapaz de comprenderla. La mujer defendía lo suyo.

¿Sabría la estirada señora, qué clase de joyita guardaba con tanto esmero?

Porque ella, mucho defenderlo con uñas y dientes, pero a Luis lo habían identificado como «el hijo de la baronesa», lo que me daba pie a pensar que la señora ya hubiese hecho frente a sus deudas y calamidades con anterioridad.

Tapando sus desmanes. Dando la cara por un hijo problemático y crápula que algún día heredaría todo un imperio y ya no tendría freno en sus maldades.

Maldito fuera el bien que creía estar haciéndole con tanta protección.

De repente sentí una pena infinita por san José. Don Francisco Benavente no se merecía aquello tan oscuro rodeando su bondad. Y pensar que había llegado a compararlos a los dos, al padre y al hijo.

¡Cómo ciega el amor!

Luis volvió por la mansión en un par de intentonas y me envió flores y tres cartas que me negué a abrir. Antes de que la voluntad y las ganas pudieran traicionarme, las arrojé al fuego bajo la mirada censuradora de la señora Úrsula, que no soltaba prenda.

Así pasaron dos largos meses.

Dos meses en los que me volqué tantísimo en callar mis penas con trabajo, los recuerdos con el plumero y las lágrimas con el hollín de las chimeneas, que todo el resultado que había conseguido en mis manos ásperas con los potingues de la señorita Beatriz y el máximo cuidado, se fueron al garete.

No lucían tan desastrosas como antes, pero empeoraron lo suficiente como para tener que cubrirlas con guantes de encaje si me decidía a salir de nuevo de pesca.

Al fin y al cabo, un plan era un plan y había que llevarlo a cabo. Casarme antes de que mi señorita regresara de recorrer el globo terráqueo. Con no volver a pasar por el Retiro…

Hice una lista de todos los cafés de postín donde se movían caballeros adinerados y me los recorrí uno a uno. Nadie me convencía. Ninguno me gustaba. No existía hombre, al margen de Luis, que hiciera palpitar con ansia mi corazón herido.

Lo tenía demasiado presente. A todas horas.

A un hombre indecente y peligroso que, si no acababa con sus huesos en la cárcel, era porque su familia era pudiente a más no poder.

Lo conseguiré , me prometía. Conseguiré olvidarlo.

Lo que no sabía era cuándo, porque iban acumulándose las semanas y yo cada día andaba más alicaída y tristona. Iba a tener razón doña Úrsula al decir que hay amores que se te agarran como garfios a las entrañas y una no puede desprenderse de su aroma cuando lo desea.

Ni aunque le vaya la vida en ello, en quitárselo de encima para seguir respirando.

Me convertí en una joven melancólica, con un aire a lo dama de las camelias, según me acusaba la señora Úrsula, que no hacía sino atraer las miradas de interés de los caballeros, allí por donde me paseaba. Mientras menos me importaban ellos, más curiosidad y fascinación parecía suscitar yo.

Hasta que apareció él. Eduardo.

Un joven bien parecido y educado. Vestido con sobrio lujo.

Todo amabilidad y sonrisas. Me invitó a la merienda y, aunque más tarde me diría que se había fijado en mí tres días atrás, la primera de las cuatro veces que me había visto, yo tuve que confesar con azoro que no me había fijado en él ni por asomo.

Se lo expliqué con mejores palabras, claro. Más finas para no ofenderlo.

El caballero desconocido se ofreció a acompañarme en el paseo de vuelta a casa. solícito y charlatán, como solía ser mi Luis en nuestros comienzos, aunque sin su timidez encantadora. Este tenía más desparpajo. Este… ¿cómo se llamaba?

Maldita fuera mi suerte.

No hacía ni diez minutos que me había dicho su nombre y ya lo había olvidado. Menudo apuro. ¿Cómo le decía a mi mente que bajara de las alturas para posarse en el suelo? Me necesitaba entera, con los cinco sentidos activos.

—¿Y tiene usted compromiso con algún caballero, señorita? —me estaba preguntando, deshecho en sonrisas, cuando volví a ser capaz de atenderle.

—Pues…

El «no» se me quedó pegado al paladar. Por falta de fuerzas para salir.

—¿No le parece a usted que las mayores sorpresas vienen de la gente a la que creemos conocer? —balbuceé.

Se quedó mirándome, perplejo, con gesto de no saber a qué demonios venía aquello. ¿Cómo le decía que no estaba preparada para soportar galanteos? ¿Que prefería seguir caminando sola sin resultar grosera? Era un joven guapo y agradable, pero no era él. No era Luis.

Maldita fuera mi estampa.

Tenía que arrancármelo de la cabeza, del corazón, del alma, de cualquier esquina de mi ser que respirase. De otro modo, no podría seguir viviendo. El dolor me desgarraba las entrañas a jirones, como una uña de dragón.

Y cuando reuní el valor suficiente para despachar al aspirante a pretendiente y seguir adelante hasta la mansión en libertad y por mi propio pie… alguien se me echó encima desde atrás y me cubrió la cabeza con un saco.

Igual que en su día hicimos nosotros con el malhechor que estuvo a punto de acabar con la vida del hijo de la baronesa.