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Recomienzos
Paquita
—¿Y qué hicisteis con él?
—Allí en mitad del campo lo dejamos, un ratero como él sabe buscarse la vida. Y si algún bandolero dio cuenta de su pescuezo y su saca, mejor que mejor, un alma podrida menos que soportar en esta viña del Señor.
No sabía cómo la señora Úrsula podía persignarse después de soltar aquella atrocidad y quedarse tan tranquila. El caso es que lo hacía. Como después de emplear la sartén para menesteres más turbios y menos culinarios.
—Tómate este remedio, Paquita, que estás muy débil. —Petri me alargó una taza llena a rebosar.
Estaba en mi cuarto de siempre, tumbada en mi cama, con mi camisón de algodón basto que seguramente se habrían encargado de ponerme la cocinera y Petri mientras estaba desvanecida.
Todo se había fundido a negro en mitad del bosquecillo y la luz no había regresado hasta que estuvimos de vuelta en la mansión de los Bonagua.
Acostada y con un trapo húmedo y helado en la frente, por más señas.
—Buena sacudida te han atizado los nervios, muchacha, que te desplomaste como un fardo na más escuchar lo del muerto —me consoló doña Úrsula.
—No es pa menos, señora —gimoteé—. Averiguar así, de pronto, que el hombre que una quiere por encima de todas las cosas es un malandrín y un asesino.
La buena mujer asintió con un cabeceo.
—Estamos tan traspuestas como tú, chiquilla. Con la boca abierta y las moscas entrando a placer.
—No le pega al señorito Luis todo eso que contó el miserable… —musitó Petri con debilidad.
Me concentré en apurar la tisana y tragármela junto con el mar de lágrimas que no paraban.
— Pa que veas, que las cosas nunca son lo que parecen. Igual que él se tragó que yo era hija de alta cuna, yo me convencí de que era un alma bondadosa y pura, cuando ya ves…
—De no ser verdad, ¿a cuento de qué iban a andar intentando quitarlo de en medio?
De repente recordé entre brumas, algo importante.
—¿Dijo el nombre del caballero cuyo hijo…? Cuyo hijo se supone que Luis…
No fui capaz de terminar. El nudo infame enganchado en mi garganta, lleno de espinas afiladas que me impedían hasta respirar.
—Sí. Cifuentes. Don Antonio de Cifuentes. El padre, no el hijo.
—Madre santa…
—La cuestión es que el bandido que dejamos atado en el bosque ha cumplido con el encargo de las deudas de juego, pero no con el de… Ya me entendéis —caviló doña Úrsula—. En cuanto el tal don Antonio de Cifuentes se huela la tostada, le va a faltar tiempo para contratar a otro.
—Hay que avisar… —empezó Petri con mucho afán.
—Eso ya no es problema mío —las corté.
Giraron los cuellos a mirarme, como dos tentetiesos.
—Ni mucho menos vuestro —añadí para que todo quedase bien zanjado.
—Pero ¡muchacha! ¿Cómo no vas a avisarlo de por dónde vienen los tiros?
—Nunca mejor dicho, señora Úrsula. —La risita histérica de Petri nos concedió un descanso entre tanto requiebro.
—¡No puede usted pretender que yo siga enamorada de un criminal de esa calaña!
—me escandalicé. Ella ladeó la cara, como dándome la razón—.
Tengo que olvidarlo, borrármelo de la memoria o me volveré loca.
Ya no es que la baronesa me quiera lejos, ahora soy yo la que debe salir por patas, si sabe lo que le conviene.
Silencio. Ni una palabra. Solo dos pares de ojos perforándome con dolor.
—¿Qué? —les espeté.
—Pues que los amores que son de verdad no se borran de la noche a la mañana, como tú pretendes —expuso doña Úrsula—. Pero vaya, no es que no te entienda. Se le pone a una la carne de gallina na más de sopesarlo.
—¿Será el señorito Luis uno de esos trastornados con dos personas dentro del cuerpo? Como la novela esa del doctor Llekil que nos leías por las noches…
—¡Ay, Petri! Cierra la bocaza de una vez —la amonestó la cocinera—. Deja de decir sandeces, que acabarán dándote un premio.
No dije nada. Me mordí la lengua porque era lo único que se me ocurría hacer, que no fuera salir corriendo a buscar a Luis, que ya estaba, según las últimas noticias, fuera de peligro, y abrazarlo hasta que se me cayeran los brazos.
Era un demente. Un criminal peligroso, jugador plagado de vicios, capaz de asesinar y de mirarte luego con dos ojazos como dos luceros de candor. Alguien de quien no podía fiarme.
¿En qué momento absurdo había creído que su interés por mí era cierto?
Un hombre de esa categoría seguramente jugaba a entretenerse con la pobre jovencita huérfana, sin padre ni hermanos que defendieran su honra.
Habría llegado hasta donde yo le permitiera llegar, o más allá usando malas artes o violencia, y si te he visto no me acuerdo.
Me estremecí de pies a cabeza.
Había corrido un riesgo espantoso estando a solas con él. ¿Cómo no me lo había figurado?
Sin embargo, tan pronto como tomaba en firme la decisión de no volver a verlo, me volvían a la memoria nuestros momentos juntos.
Su mirada dulce, sus sonrisas bondadosas, la delicadeza con la que me trataba, la educación exquisita y el miramiento con el que se dirigía a cualquiera, y el dolor me mataba.
Ni un mal gesto. Ni una mala palabra contra nadie. Parecía un hombre inocente y bueno.
Lo parecía.
Encomendé mi seguridad al resto del servicio en la casa.
No podíamos permitir que don Luis contactara con nosotros de ninguna de las maneras.
Si más adelante se presentaba de visita, lo cual no dejaba de ser una posibilidad, debían decirle, igual que al pobre Federico, que yo no deseaba recibirlo.
Que la señorita María le deseaba lo mejor, pero que no se molestara en volver.
Confiaba tan poco en mi fuerza de voluntad para rechazarlo, llegado el caso, que necesitaba de la de ellos. Les hice jurar por lo más sagrado que me encerrarían en la bodega antes de permitir que cediera o escapara a buscarlo.
No hubo quien me negara la ayuda.
Todos se comprometieron conmigo, aceptaron lo que les pedía. Pero noté en sus gestos, incluso en los de Salvador, un aire raro que no terminaba de entender. Como si de verdad no creyeran del todo que Luis fuera capaz de esas monstruosidades.
Ay, ¡cómo se les notaba la falta de mundo!
No es que yo hubiera tenido mucho, no obstante, formar parte de la vida de la señorita Beatriz había expandido mi mente, sembrando en ella conocimientos e ideas que a aquellos pobres criados ni se le pasaban por las entendederas. Eran buena gente y por ello, incapaces de ver la cruda realidad.
Como si de un sicario pudiera decirse que te persigue para descerrajarte un tiro, por simple gusto o afición.