Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 27
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El interrogatorio

Paquita

La amenaza sonó tan tremebunda y tan de verdad, que a todos nos sacudió un temblor.

Para reforzarla, nuestro mozo le pilló los dedos de una mano con la bota y apretó hasta arrancarle un alarido. El tipo se lo pensó un segundo y enseguida empezó a soltar por aquella boca llena de dientes:

—Fui yo, fui yo, pero no lo he matado, lo sé, no lo he matado.

—Por eso te arrimas al palacio, ¿verdad? Para rematar lo que en su día no acabaste, pedazo de bribón —rugió Salvador con una voz que no le pertenecía.

—¡No! ¡No es eso! Es que ahora… Ahora me manda un cliente distinto…

—¡A ver! ¡Explica eso!

—¡Empieza por el principio! ¿Te encomendaron o no te encomendaron matar a don Luis?

—Yo no sé cómo se llama el muchacho, solo sé que es el hijo de la baronesa.

—Eso da lo mismo. Sigue. ¿Quién te mandó pegarle un tiro?

Como se atrancó de nuevo, esta vez fui yo la que, con todas mis ganas, le endiñé una patada en el estómago.

—¿Pensáis matarme? —jadeó con la respiración llena de nudos.

—Como no cantes, ya te digo yo que muy bien no acabas la noche —le susurró macabro el flaco de Salvador.

Cualquiera habría jurado que estaba disfrutando con el papel que representaba.

—No tenía que matarlo, solo asustarlo. Si hubiera querido dejarlo seco, no habría fallado. Soy capaz de acertar en diana un objetivo a gran distancia.

—Menos flores y más detalles. ¿Quién te mandó?

—No sé su nombre. ¡Lo juro! ¡No sé su nombre!

—¡Pues haz memoria! —bramó Salvador, fuera de sí.

—Con este saco por encima de la cabeza y la pistola, que seguramente me estará apuntando, no me resulta sencillo recordar —tuvo la desfachatez de decir el tipejo.

Salvador le propinó el enésimo puntapié en los riñones y el hombre se encogió como una cochinita.

—Solo sé que el hijo de la baronesa tenía deudas de juego. Al parecer, gordas y con mucha gente que no lleva bien eso de esperar para cobrar, ni que se les tome el pelo dándoles largas.

—¿Deudas de juego? —repitió Salvador como un eco sombrío— ¿El tiro era una señal de aviso para que aflojara la cartera?

—Sí… Por lo visto ya lleva varias y no ha hecho el menor caso.

Sería incapaz de afirmar si a continuación le preguntaron más cosas.

Mis orejas dejaron de escuchar, mis oídos de oír.

¿Luis un jugador? ¿Deudas de juego?

¿De qué clase de hombre estaban hablando? No, desde luego, del que yo conocía…

Del que yo creía conocer.

Noté una zarpa agarrarme de la boca del estómago y retorcérmela sin compasión. Tirando hacia abajo.

Se me revolvieron las tripas.

—Cuando reciben estos avisos, los señoritingos, por lo general, buscan cuartos debajo de los colchones y pagan que se las pelan —aclaraba el delincuente cuando yo volví a este mundo—. Ya le digo yo que este no iba a ser una excepción.

—¿Y qué pasó luego? Porque has dicho que más tarde te contrató otro cliente.

—Sí, otro. Otro diferente.

—¿Que no tenía nada que ver con el juego?

—No, este era un caballero que no se molestó en ocultar su nombre.

—¿Y te encargó que le dieras matarile al hijo de la baronesa?

—Mismamente.

—¿Por qué esta vez?

—Por asesinato. Al parecer, el hijo de la ricachona mandó a su primogénito al otro barrio y el hombre clama por venganza. No seré yo quien diga que no está en su derecho.

Creo que me caí redonda.

Allí, en medio de los matorrales, sobre la superficie terrosa y polvorienta.

Después de escuchar que Luis era un libertino desahogado que se entregaba al vicio del juego y al que se comían las deudas con gente de baja estofa, soportar la idea descabellada de que también hubiera matado a alguien, fue demasiado para mis nervios desquiciados.

Salvador

Me encargué de recoger a Paquita, que se había quedado en el suelo hecha un ovillo despeluchado, y la llevé hasta el carruaje, sintiendo por ella una pena inmensa.

El cuarto día de vigilancia en las afueras del palacio de los barones, la señora Úrsula andaba enredada con sus quehaceres y la Petri había desaparecido de la mansión, vaya usted a saber con qué, porque excusa no dio ninguna.

El caso es que la Paquita se impacientaba por comenzar la guardia, no fuera a escapársenos el maleante, y por más que le costó, aceptó compartir carreta conmigo.

Mira que le dije que la veía cansada, de limpiar y andar trajinando el día completo, que podía ir yo solo, pero a terca no la ganan ni las mulas.

Fue todo un poco tenso.

Ella no me hablaba apenas y, desde luego, no me miraba.

Apoyada sobre el lateral, se colocó de frente a la entrada del palacio, dándome la espalda, con dos ojos que amenazaban con secarse de puro atentos.

Y entonces, mirándole la nuca, con voz tiritante e insegura, me atreví a comenzar con mi confesión.

—Paquita, yo sé bien que no quieres perdonarme. Por lo de la nota. Que fue una cochinada, lo sé, no te lo voy a discutir. Pero tampoco es que haya roto lo que tenéis, el señorito te sigue visitando igual que siempre… seguía.

No se inmutó. De modo que me envalentoné.

—Lo que quiero decirte, es que espero que algún día sí que me perdones.

Yo entiendo que te hayas enamorado de don Luis, porque es apuesto como un príncipe, millonario de casa noble y sobre todas las cosas, es buena persona.

Sé que es buena persona. Nunca ha tenido un mal gesto para nadie, es educado y servicial, cuando todos deberíamos servirle a él.

No sé por qué tuve la sensación de que Paquita se iba ablandando. Que su cuerpecito delgado se iba relajando conforme yo dejaba ir mis miserias, el reconcome que no me dejaba dormir por las noches.

—No te vas a figurar lo que hizo hace tiempo.

No te lo dije, porque todavía andaba yo empeñado en espantártelo, a ver si a costa de quedarte sola y con el corazón hecho migas, me veías a mí.

Y te dabas cuenta de que podías quererme.

Algún día no muy lejano, o de alguna manera…

No sé, boberías que se le meten a uno en la cabeza.

Si es que ahora las pienso y me da por reír…

El caso es que el señorito Luis me dio perras pa poder comprarle un regalo a mi madre, na más le comenté que era su cumpleaños y que por no disponer de cuartos, iría a visitarla con las manos vacías.

Muchas perras, Paquita. Ochenta pesetas, ni más ni menos, que se vació los bolsillos sin pensárselo dos veces.

Empleé la pausa en llenarme de aire los pulmones. Más ligero, mucho más feliz ahora que me había vaciado de sentimientos rotos. De esa oscuridad que me había llenado el alma de cosas feas. Decidido a ganarme de nuevo la amistad de Paquita que tan torpemente había echado a perder.

—El caso, Paquita, es que yo te quiero mucho.

Pero te quiero bien, no te vayas a pensar nada raro.

Y me alegro mucho de que el señorito y tú os hagáis novios, y que él haya salido con bien de todo este follón.

Ya verás como se aclaran las cosas y hasta la rancia de su madre pone de su parte.

Que nada es el fin del mundo, Paquita, ¿no te parece? ¿Paquita? ¡Paquita!

No fue hasta que la oí roncar suavecito y lento, que no me percaté de que estaba dormida.

Allí sentada, apoyada a medias contra la pared corta de la carreta, rendida de acarrear cubos y de sufrir por el destino del hombre a quien quería.

Sabe Dios desde cuándo y si habría llegado a escuchar una sola de mis palabras.

Decidí que era hasta mejor, más conveniente.

Y al día siguiente, sin falta, les propuse a las mujeres que, olvidándonos de las carretas y los grupos de a dos, vigiláramos todos juntos desde el carruaje de la casa.