26
Tarea de vigilancia
Paquita
—Anda, muchacho bobalicón, hazle caso y vete a dar una vuelta donde no sepamos —aconsejó la cocinera dándome frotes de consuelo en la espalda—. Que ya te vale…
—¡Lo he dicho de verdad! ¡Lo juro por mi madre! Cuenten conmigo para averiguar quien quiso matar al señorito —insistió mientras a regañadientes se esfumaba—. Que el que sea debe de andar rondándole la casa, habrá que pillarlo, vamos, digo yo…
—Pues va a tener razón, el muy cabeza de chorlito —caviló Petri—, que si el asesino se entera de que ha errado en el tiro, le va a faltar tiempo pa intentarlo de nuevo…
Oír la palabra «asesino» me puso la carne de gallina. Me volvió a la memoria la imagen de Luis, pálido y sudoroso, con la pechera de la camisa empapada de rojo y los ojos cerrados, sin dejarme saber si estaba vivo o muerto.
La sacudida del estremecimiento me bajó por la espalda y me obligó a sentarme de nuevo, olvidando mis instintos de verdugo contra el ridículo de Salvador.
—Vamos a montar guardia en los accesos del palacio de los Benavente —resolví con un gruñido—. En cuanto veamos alguien sospechoso rondando, le echamos el guante.
—¿Y qué le hacemos? —se interesó Petri muy confundida.
—Lo interrogamos hasta que cante como un canario.
Mi compañera palmoteó encantada por la perspectiva de una aventura. A la cocinera, sin embargo, se le agrió el gesto.
—Eso, ¿durante cuánto va a ser?
—Una semana, mínimo, doña Úrsula. Si pasados siete días no hemos cazado a nadie, quizá sea momento de empezar a pensar que se ha tratado de un error. Sobre todo, si los periódicos dan cuenta de otra muerte por los alrededores, en circunstancias extrañas.
—De acuerdo. —Levantó un dedo tieso como un ajo—. Una semana y ni un minuto más.
Salvador estaba de veras empeñado en expiar sus culpas ayudando cuanto pudiese.
Nos repartimos en dos carros primero, simulando ser vendedores ambulantes o algo parecido, porque no nos atrevíamos a usar el carruaje de los señores, donde hubiéramos entrado los cuatro tan ricamente.
El mozo fue quien finalmente nos animó a hacerlo, para poder reunirnos y actuar a una, si se terciaba.
Para una vez que sugería algo juicioso… Le hicimos caso. Aunque compartir el estrecho espacio de una carroza con él no me resultara del todo grato.
—¿Todo esto es del señorito Luis? —silbó refiriéndose al suntuoso palacio—. ¡Vaya, Paquita! Vaya si sabías dónde ponías el ojo.
Me entraron unas ganas irreprimibles de endiñarle con el codo en las narices.
—¿Eres tonto? Yo no sabía quién era ni lo que Luis tenía cuando lo conocí. Y te aseguro que más me hubiera convenido que no existiera nada de todo esto. De haber sido un hombre normal, ahora estaríamos camino del altar.
—Sí, Salvador, anda, cierra el pico, que no lo abres más que para soltar inconveniencias —coincidió la señora Úrsula—. Cuando hay tanto billete en circulación, la familia pone todos los impedimentos del mundo y alguno más.
—¿Va mejorando el señorito Luis? —preguntó Petri con timidez.
Suspiré agobiada.
Aquellas ristras interminables de preguntas me incomodaban, no se me daba nada bien satisfacer la curiosidad ajena acerca de mis intimidades. Pero estando los cuatro encerrados en el coche, parecía inevitable, en algo se tendrían que entretener.
De modo que asentí.
Me había desplazado cada día, sin faltar ni uno, hasta el palacio de Amboages, a interesarme por el avance del hombre por el que hubiera dado la vida.
Y pese a que la baronesa no quería verme ni en pintura y que había aleccionado a los criados para que me expulsaran como a una chinche molesta, el señor don Francisco había hecho justo lo contrario, y ya no mandaba que me desalojaran, sino que salía a recibirme y juntos, dábamos cortos paseos por los jardincillos del palacete, durante los cuales, no solo me ponía al corriente del estado de Luis, sino que se preocupaba por mi bienestar.
Era un bendito de Dios, el san José aquel, qué suerte más grande tenía mi amor de que fuera su padre.
No fue hasta la quinta noche, cuando ya veía consumida la semana dando por perdidas mis esperanzas, que detectamos movimientos raros en torno al acceso principal del palacio.
Un individuo de aspecto sospechoso que rondaba los portones y las verjas, como si anduviera buscando por dónde colarse.
Lo observamos concienzudos un montón de minutos, todos de acuerdo en que debíamos caerle encima antes de que se esfumara.
Y eso hicimos.
Llevábamos preparado un saco que le echamos en la cabeza, abalanzándonos sigilosos por detrás, sin concederle la oportunidad de descubrirnos.
Con lo que no contábamos era con que se retorcería como una anguila, con una fuerza inesperada e invencible, pese a no ser muy corpulento.
Salvador lo apresó con un abrazo de cepo, desde la espalda, y en el forcejeo, una pistola salió despedida de uno de sus bolsillos y cayó al suelo.
Nos quedamos atónitos.
Solo yo conseguí reaccionar a tiempo, atizándole una patada, enviándola lejos del tipejo, no fuera a recuperarla, que seguro que sabía usarla mucho mejor que cualquiera de nosotros.
El que fuese armado nos convenció de que era nuestro hombre.
Al menos, que ocultaba algo turbio, más cerca del infierno que del cielo de los buenos.
Entre los tres, Petri, Salvador y yo, intentamos sujetarlo, impedir que escapara, pero no acertábamos a inmovilizarlo ni aun empleando todas nuestras fuerzas.
Hasta que apareció la señora Úrsula, que se había distanciado un segundo para volver al coche, empuñando el mango de una sartén con la que le arreó en la cabeza, dejándolo fláccido y mustio como un trapo viejo.
Aprovechamos para arrastrarlo a toda prisa hasta el carruaje y, una vez dentro, atarlo de pies y manos, sin retirarle el saco.
—Vamos hasta un descampado donde no nos sorprenda nadie —sugirió Salvador acomodándose de un salto en el pescante, aferrando con soltura las riendas de los dos caballos—.
Allí lo interrogamos, y allí lo abandonamos, atado y con el saco en la cabeza.
Que se busque la vida y que no adivine, ni por el forro, quiénes somos.
A todos nos pareció buena idea. Lo dejamos hasta escoger la dirección en la que se movió el coche, sin que nadie en el interior despegara los labios. Eso sí, las miradas de admiración que se llevó doña Úrsula tras su intervención con la sartén fueron mayúsculas.
Esperamos un buen rato bajo la luna casi llena, a que el personaje aquel recobrara la conciencia.
Cuando lo hizo, se retorció como un gusano, hasta comprobar que poco podía intentar, maniatado como lo teníamos, con unos nudos dignos del mejor marinero.
Gruñó y jadeó entre dientes, aunque no abrió la boca.
—¿Quién te manda? —arrancó Salvador, falseando la voz— ¿Qué buscas en casa de los barones?
Esperamos a que contestara, pero no lo hizo.
—¿Eres el que le disparó al señorito? —probé yo, con idéntico resultado.
Con un suspiro de resignación, doña Úrsula empuñó nuevamente la sartén, esta vez por delante, concentrando el golpe en su frente. No perdió el conocimiento, pero debió de dolerle bastante. No contenta con eso, le atizó un puntapié en los riñones.
El fulano se encogió sobre sí mismo, gimiendo de dolor.
—No te lo vamos a repetir muchas veces, pollito —graznó de una forma tan aguda que me provocó pavor—, así que, antes de que decida cortarte las criadillas, dinos: ¿eres quien disparó a don Luis? ¿Para quién trabajas?