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Las decisiones del Consejo de Guerra
Luis
—Madre… —traté de intervenir para frenarla, si bien, fue tan débil que nadie me oyó.
Menos mal que el barón lo hizo por mí.
—Magdalena, ya está bien. Entiendo tu estado de ánimo, pero no la tomes con la muchacha, que no tiene culpa de nada.
—¿Que no? ¿Quién lo dice?
—Ven a sentarte y bébete esta tila que acaban de subirte. Te calmará los nervios. ¿Y usted, señorita María? ¿Le apetece tomar algo caliente?
No se molestaron en contestarle. Las dos mujeres, enfrentadas a escasa distancia y con los puños apretados, parecían a punto de agredirse como fieras, con las uñas.
—Por favor… —balbuceé sin fuerzas.
—Estaría bien que tuvieras muy presente el compromiso que adquiriste antes —presionó la baronesa sin serenarse—, a ver si demuestras ser persona de palabra.
Porque aquí solo tú y la gente que tienes alrededor, puede ser causante de lo que le han hecho a mi pobre Luis.
Y lo pagarás con tu vida. De tu propia mano o del garrote, tú verás.
—¡Ya basta, Magdalena! —se escandalizó don Francisco—. Te he oído decir cosas insensatas, pero como hoy…
—Y deberías ir pensando en marcharte —agregó mi madre entre dientes.
Incapaz de seguir soportando aquello tan desagradable, deseando poder arrancarle a mi adorada María el martirio de encima, sin lograrlo, volví a perder el conocimiento.
Paquita
Eché mano de todo mi autocontrol, que de habitual no era mucho, porque soy de la que se llevan los demonios en cuanto se nubla.
Me recordé a mí misma, en plan martillo pilón, que aquella señora que me chillaba y me acusaba de cosas terribles sin una migaja de compasión por mi sufrimiento, era la madre de mi Luis, para no abalanzarme contra ella, agarrarla y arrancarle las mechas de raíz; no porque no se lo mereciera.
Tuve que repetirme una y mil veces que era una madre destrozada porque alguien hubiera intentado matar a su hijo. Podía entenderlo. Pero yo no me merecía aquel pisoteo, ni su trato ignominioso.
Se me escapó un temblor en la boca cuando recordé lo mucho que le había costado a la señorita Beatriz enseñarme a pronunciar aquella palabra: ig-no-mi-nio-so.
—No pienso marcharme hasta estar segura de que Luis está fuera de peligro.
—Ya has oído al médico. Han extraído la bala, solo queda esperar. Y no puedo encontrar, por mucho esfuerzo que dedique a meditar, ninguna razón que justifique tu presencia en esta casa.
—Magdalena, te lo ruego, si no lo haces por mí, hazlo por tu hijo. Siéntate y tómate la infusión —se desesperó el barón.
Verlo daba miedo, parecía a punto de sufrir un ataque.
La belicosa baronesa debió de pensar lo mismo, porque después de repasarlo compungida se retiró, marcando una tregua en nuestra mutua antipatía, si bien dejó ir un gemido de impaciencia.
—Puede volver a su casa, señorita María —me recomendó don Francisco, más sosegado—. Discúlpeme si le digo que nos hará un favor a todos. Tenga por seguro que le enviaré recado con cualquier novedad digna de mención.
Levanté hasta él unos ojos cristalizados, suplicantes, humildes como nunca.
—Por favor…
—Cuente con ello. Y por lo que más quiera, excuse a la baronesa, no sabe lo que dice, está enloquecida de dolor.
Asentí sin poder darle la razón, aunque me habría gustado.
Lo que yo más quería era a Luis, y mi conciencia y la de los míos estaba bien tranquila con respecto a aquel atentado.
Averiguaría. Sí. Removería Roma con Santiago, levantaría raíles de tren con los dientes si era preciso, para llegar al fondo de aquel misterio.
Nos reunimos todos de nuevo alrededor de la mesa grande de la cocina, que se estaba convirtiendo en el lugar donde se toman las grandes decisiones.
Me refiero a los cuatro tristes sirvientes que formábamos el retén de la mansión de Madrid y que, dadas las circunstancias, habíamos acabado convirtiéndonos en una pequeña, aunque apretada trupe .
Apiñados como si fuéramos un Consejo de guerra.
Bueno. Es posible que no los cuatro.
La señora Úrsula, la Petri y una servidora, sin lugar a dudas. En cuanto al mozo…
Salvador no paraba de dar vueltas, yendo y viniendo, histérico perdido, atacándonos los nervios a nosotras, ganándose un puñado de chillidos por parte de la cocinera. Me esforcé en hacer que no lo veía.
—Tenemos que investigar de dónde y por qué llegó ese disparo —expuse—. No me cabe en la cabeza, el señor Luis es un buen hombre.
—¿De dónde pudo llegar un tiro en el tejado? —inquirió Petri con los ojos achinados.
—Como ya dije, de otro tejado —sentenció doña Úrsula tajante.
Su rotundidad y lo acertado de sus sugerencias, siempre lograban dejarnos con la boca abierta. Me dio tiempo a pensar cuánto talento e inteligencia se estaría desperdiciando al encerrar a las mujeres en casas y cocinas, limitadas a las tareas del hogar y la lucha contra las chinches y el polvo.
—Está claro que alguien lo iría siguiendo. Lo vio entrar en esta casa y decidió subir a la azotea de otra casa vecina, puede que para dispararle cuando saliera a la calle —prosiguió.
—Y cuando lo vio cerca de la balaustrada… —comprendí con amargura.
—Exacto. Un blanco fácil, nunca mejor dicho.
—¡Por Dios! —gemí— ¿Y si se trata de un error? Si es que Luis no vive aquí. ¿Y si querían matar a otra persona y por accidente le dieron a él?
—En ese caso, nunca sabríamos la verdad.
—¿No os parece que si de verdad han querido atentar contra su vida volverán a intentarlo? —se me ocurrió de repente.
Las dos mujeres giraron hacia mí cuatro ojos interesados.
—Yo… yo traté de advertir al señor Luis de que tú no eras… ninguna señorita.
La inesperada confesión de Salvador, por la espalda, cuando ya casi nos habíamos olvidado de su existencia, nos hizo sobresaltar.
Lo incineré con las pupilas empequeñecidas.
—Que tú, ¿qué?
—Quería… solo quería espantarlo, de verdad, Paquita, no quería hacer mal a nadie…
—Pero la descubriste —acusó la cocinera con aire furibundo.
—Metí una nota en el bolsillo de su chaqueta. —El mozo hundió avergonzado la cabeza—. De eso hace ya mucho, seguro que no la ha visto, o la vio y no le hizo caso, porque te habría dicho algo…
—¿Le dijiste que yo me estaba haciendo pasar por una señorita?
—No así, no tan claro. Solo quería que dejara de cortejarte para… para yo…
—¡Eres un malnacido!
No solo los brazos por encima de la cabeza y los puños como martillos, todo el cuerpo se me fue contra el cretino de Salvador. ¿Es que en aquella santa casa no iba a salvarse de la quema ni un solo criado? Después de lo de Andrés, ¿esto?
Salvador se escabulló para que mi cólera no lo alcanzara. Se protegió la cara con los brazos por si se escapaba algún tortazo, y lloriqueó afligido.
—Me arrepiento mucho, no sabes cuánto me arrepiento. Quiero ayudar, Paquita, doña Úrsula, haré lo que sea por ayudar… Lo que sea.
—Maldita sea mi suerte —farfullé enfurecida—. ¡Quítate de mi vista! ¡Ya, Salvador! ¡Que no quiero verte!