24
Un superviviente
Paquita
Subieron a la carrera Petri, Salvador y la pobre señora Úrsula, que ya no podía con las rodillas y tanto escalón la mataba, fue la que llegó la última. Pero todos acudieron a mi desgarrada llamada de socorro.
—¿Qué demonios ha pasado aquí?
—¿Lo has acuchillado porque no te quiere, Paquita? —se mofó Salvador con su poca gracia de siempre.
Lo fulminé con una mirada embarrada en llanto, deseando no estar tan devastada y poder patearle las espinillas, mientras doña Úrsula le arreaba, en mi nombre y honor, una colleja que lo puso marcando el paso.
—Cuándo dejarás de ser tan imbécil…
—Tenemos que bajarlo. Al señor Luis —nos azuzó Petri, haciendo gala de una mesura a la que no nos tenía acostumbrados—. Coged por los brazos, con cuidado. Nosotras por las piernas.
—Así, así, despacito.
—Un tiro, le han pegado un tiro —recitaba yo como si no estuviera en mis cabales—, aquí arriba. ¿Quién podría disparar a una azotea?
—Alguien desde otra azotea —razonó la cocinera—. Paquita, baja y avisa al médico, rápido.
—No, no dejaré al señor Luis…
Dejó lo que tenía entre manos, me enfrentó y agarrada por los hombros, me zarandeó sin clemencia.
—Pero ¿es que no te ves? Muchacha, tiemblas como una hoja, ya se te han resbalado los dedos tres veces, no sirves para sujetarlo y la escalera es bien larga. Ya lo hacemos nosotros, lo dejaremos en la alcoba del señorito Alonso. ¡Llama al médico, Paquita! ¡Que lo llames, te digo!
Tardé un buen rato en decidir que debía obedecer.
Estaba tan torpe y tan confusa que no miraba dónde pisaba.
Habíamos taponado la herida como mejor habíamos sabido, pero aquello seguía sangrando a borbotones, y cada gota que veía escapar era un hálito de vida que huía también de mi ser.
Quizá la sobrevivencia de mi amor dependía de que yo me sacudiera el pasmo y las ganas de morirme a su lado, para conseguir un doctor cuanto antes.
Mandamos al Salvador a casa de los barones con una nota avisando de la desgracia, mientras que el galeno que solía atendernos a los del servicio, económico y acostumbrado a no hacer preguntas, dispensaba a Luis los primeros auxilios.
—Hay que sacar esa bala cuanto antes, yo no puedo hacerlo aquí, con estos medios. Debe ser en un hospital o sitio similar, con la debida higiene.
—Sus parientes llegarán en breve y se ocuparán del traslado —aclaró doña Úrsula restregándose las manos con nerviosismo.
Yo, aferrada a los bajos de la chaqueta de Luis, solo acertaba a gemir y llorar, arrastrada por la desesperación.
—Si mis cálculos no fallan —prosiguió el doctor—, el proyectil está alojado muy cerca del corazón, hay que andarse con pies de plomo.
En esos momentos el timbre de la casa sonó con urgencia.
Una, dos, tres veces. Petri bajó a abrir y enseguida, un tropel de al menos seis personas vestidas de blanco sosteniendo una camilla, se adueñaron del dormitorio.
Rodearon el lecho donde Luis se debatía por seguir vivo, lo arroparon con unas sábanas que traían, me empujaron lejos sin demasiado miramiento, pese a que yo no quería, por nada del mundo, separarme de él, y lo acomodaron en la camilla justo cuando los barones de Belmonte, pálidos y desencajados, entraban por la puerta.
—¿Qué ha sucedido? —bramó don Francisco abalanzándose sobre el cuerpo de su hijo— ¿Qué ha sucedido?
—¿Qué hacía Luis aquí? —chilló doña Magdalena como una gorgona.
—Eso no es importante. ¿Quién puede decirme qué ocurrió? ¿Quién estaba con él?
Di un valeroso paso adelante.
—Estábamos charlando en la azotea, don Francisco, cuando de repente…
—¡Ja! ¡Charlando! ¿Charlando, dice? —irrumpió la baronesa, dedicándome una mirada asesina.
—¡Magdalena, por favor! No es momento…
—Sonó el disparo. —Se me rompió la voz, atragantada con mis propias lágrimas—. No sabemos quién fue, ni desde dónde disparó. —Me cubrí el rostro con las manos—. Dígame que se pondrá bien, se lo ruego por lo que más quiera, dígamelo.
Don Francisco se acercó con paso indeciso y me posó una mano calmante sobre el hombro.
—Estese tranquila, señorita María. Es un chico fuerte, ya verá como todo se resuelve.
—Puedo… ¿puedo acompañarlos?
Fue un atrevimiento, lo admito, pero mientras que al barón no pareció escandalizarle en exceso, a doña Magdalena, al oírme, estuvo a punto de darle un parrús .
—¿Acompañarnos? Pero qué te habrás creído, descarada… Por tu culpa mi hijo…
El barón levantó una mano que rogaba silencio.
—Magdalena, sé sensata, el único culpable del estado de Luis es el malnacido que haya tenido a bien dispararle, no la señorita María.
—Él no tenía que estar aquí, en esta casa, ¿a cuento de qué? ¿Y si ese tiro iba dirigido a otra persona? Porque no puedo imaginar que nadie tenga nada turbio pendiente con nuestro Luisito…
El personal médico ya se había retirado y los barones juzgaron oportuno seguirlos, en lugar de seguir perdiendo el tiempo con discusiones de poca enjundia.
Entendí que el barón no es que me prohibiera acompañar al enfermo, pero que tendría que buscarme un coche por mi cuenta, dado que la baronesa no permitiría, ni muerta, cederme parte de su espacio.
Antes de cruzar el umbral de salida, la dama se volvió a buscar mis ojos con los suyos.
—Ese disparo no iba destinado a mi hijo —espetó.
—Tenga por seguro, doña Magdalena —sentencié tenebrosa—, que si descubro que tengo algo de responsabilidad en el estado de Luis, yo misma me quitaré la vida.
Lo dije de corazón, con todo el sentimiento, aunque el barón se echó las manos a la cabeza.
—¡Por amor del cielo! Señorita María, no es menester dramatizar.
La mirada de la madre, sin embargo, presentaba otro cariz muy distinto.
—Sí, deberías hacerlo si te queda un resto de dignidad. Y cuenta con que vamos a llegar hasta el fondo de este espantoso asunto. Estate preparada, por lo que pueda pasar.
Luis
Durante el desplazamiento, en el trayecto hasta mi hogar, recuperé la conciencia un par de veces, sin captar del todo lo que se movía alrededor.
Oía voces sin distinguir lo que decían. Veía borrones sin dibujar caras concretas.
Pero una vez instalado en mi dormitorio de siempre, donde los galenos y su cohorte habían montado a toda prisa un hospital de campaña con todos los preparos, ignoro si antes o después de la cirugía, entreabrí los ojos, impulsado por el alboroto de una discusión.
La protagonizaban mis padres y María.
Sería más correcto especificar, mi madre como atacante y María recibiendo sus puyas y cuchilladas, como buenamente podía.
—Solo el Señor sabe a ciencia cierta de dónde has salido y en qué asuntos estarás enredada, tú o tu gente. Solo eso puede explicar esta penosa tragedia.