23
Inesperado
Luis
Enarqué las cejas, planteándome por primera vez, que María pudiera estar hablando en serio.
Mirándola, parecía francamente mortificada, cuando yo, estando allí solos los dos, en la más absoluta e indecorosa intimidad, de lo único que tenía ganas era de envolverla en mis brazos y besarla hasta el fin de mis días.
Ella hablaba y yo perseguía hipnotizado el bailoteo de sus labios jugosos. Me reprendí recordándome que lo que tocaba era atender y conducirme como un caballero.
—¿Qué podría ser? —boqueé.
—No tengo memoria.
Sufrí un calambre monumental. Me recorrió de pies a cabeza.
—¿Cómo dice?
—Que se me borró. La impresión de perder a toda mi familia de la noche a la mañana fue, en opinión de médicos muy versados, demasiado fuerte.
«Puedo entenderlo» quise decir. Pero creo que de mi boca no salió un solo sonido.
—Los detalles de mi pasado quedaron ahí, en la inopia, cubiertos de niebla. Luis, no recuerdo con exactitud cosas que pasaron, cosas que la gente, incluida su familia, se empeña en preguntarme. A veces me siento perdida, no sé cómo contestar sin que me tomen por loca.
En lugar de responder una bobería que no alcanzaría a consolarla, cometí la osadía de rodearla con los brazos y la traje hasta mí con ansia.
Echando mano de hasta la última brizna de autocontrol para confortarla sin propasarme.
Bebí su perfume, me embriagué con la calidez de su cercanía.
Mis dedos traviesos sobre su breve cintura se contuvieron para no ir más allá.
Besé su pelo y a continuación, su frente.
La vi cerrar los ojos al recibir la caricia, algo que me llenó de gozo. La acuné sin soltar el abrazo y fue como rozar el cielo con las manos.
—No pasa nada.
—¿Cómo que no pasa nada? ¿Qué digo cuando me pregunten? Todo lo que pasó a partir de la muerte de mi familia, muchas cosas de antes… se me ha olvidado. Y lo que recuerdo es una maraña toda revuelta…
—Trataremos de ayudarte en todo lo posible. Yo mismo me encargaré de que mis padres no te pongan en un compromiso con sus interrogatorios.
Seguí acunándola, noté cómo su cuerpecito rígido se relajaba conforme transcurrían los segundos.
Quería decirle que eran cosas que pasan, que ya nos las apañaríamos del mejor modo, cuando lo cierto es que lo ignoraba todo acerca de la amnesia y no podía vaticinar cuál sería la reacción de la baronesa ante este nuevo revés en contra de mi María.
—Así que la hija de todo un conde, vaya, vaya —bromeé al final para disipar la tensión—. ¿Dónde iré yo a pretenderla con mi humilde baronía?
María se distanció lo suficiente como para lanzarme una mirada inquisitiva y yo sentí frío por culpa de la separación.
—Pero ¿usted me pretende, Luis? No diga esas cosas a la ligera, mire que puede hacerme ilusiones y pupita en el corazón.
—¿Usted querría? Quiero decir, ¿tendría yo alguna esperanza…? ¿Podría albergar alguna…?
—Sí. Béseme.
Pestañeé perplejo.
—¿Cómo dice?
—Que me bese.
¿Por qué su orden me sonó a desafío?
—¿Aquí y ahora? No me parece apropiado.
—Seguramente porque no lo es. —Se enderezó y fue como si el segundo de gloria que tanto había costado conquistar se hubiera esfumado—. Era solo una trampa, para ponerlo a prueba.
—Ya me imaginaba —resoplé confundido.
A Dios pongo por testigo que no quería cometer una imprudencia, pero a aquellas alturas tampoco sabía qué hacer con el deseo que me estallaba como metralla en las venas. Todo empeoró cuando acortó distancias entre su rostro y el mío, y al hablar, su aliento delicioso me acarició por entero.
—Además, señor mío, sepa que los besos no se piden. Los besos se roban.
—¿Se roban? ¿Así?
La estrujé con demente necesidad, con toda la urgencia que un humano es capaz de sentir. Arriesgándome a olvidar las encorsetadas reglas de la educación y la cortesía, y a enfrentar las consecuencias, por terribles que pudieran ser, en nombre de lo que sentía por ella.
Qué ardiente fue aquel beso. Qué inolvidable. Sus labios, como tantas veces había imaginado, dulces y suaves, sedosos como pétalos de flor, qué atrevida su lengua saliendo sin titubeos al encuentro de la mía…
Cuando los dos inclinamos la cabeza para profundizar el contacto, dominados por la pasión más fogosa, los ojos cerrados y el espíritu transportado al séptimo cielo, un estruendo resonó en el aire y un dolor lacerante, como un latigazo desgarrando mi carne, me sacudió con violencia.
Quedé rígido entre los brazos de María. Laxo a continuación. Me llevé la mano al costado, luego al pecho tratando de vencer al tormento de aquella punzada infinita, a la sensación de que la vida se me iría si respiraba, y todo se volvió espantosamente negro.
Paquita
Lo primero que sentí fue el cuerpo de Luis, que me envolvía, envararse.
Luego fui consciente del sonido del disparo. Solo después de que él se aflojase y fuera resbalando hasta el suelo sin que yo pudiera hacer nada por sujetarlo. La sangre empezó a manar, cálida y roja como el contenido de un cofre de rubíes esparcido por las losetas de la azotea.
Me agaché a su lado, incapaz de llenar de aire los pulmones, con la visión borrosa y mi propia sangre bombeándome enloquecida en las sienes. Luis tenía los ojos cerrados y yo no podía creer que aquello estuviera pasando.
—Luis, Luis, ¿dónde es? ¿Dónde te duele? Luis, ¡dime algo!
No hacía falta que me explicara nada, la ancha marca carmesí que cubría su pechera, muy cerca del corazón, lo decía todo. Yo únicamente quería obligarlo a hablar, que no se durmiera, que no apretara los párpados no fueran a quedarse así para siempre, sin volver a abrirse.
Mis manos locas recorrieron su frente, repentinamente perlada de sudor. Su cabeza, su torso. No sabía dónde palpar que me diera indicios de que seguía vivo.
—Luis, Luis, por Dios. ¡Doña Úrsula! ¡Petri! ¡Por Dios, auxilio! —Volví a mirarlo, dominando el terror—. Voy a por ayuda, Luis, vuelvo enseguida, no te muevas de aquí, no me dejes…
Su tentadora boca se curvó con dificultad en una sonrisa triste. Y supe que me había escuchado.