Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 22
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Hablando de todo un poco

Paquita

Mi mala cara y yo, con la inestimable ayuda de Petri, nos compusimos lo mejor posible para atender a la inesperada visita. Conforme mis pies descendían por la escalinata que guiaba a la planta principal, traté de sacar algo de color a mis mejillas a base de pellizcarlas.

Luis.

Luis había venido a verme.

¿Estaría al tanto de la visita de su madre? ¿Del rapapolvo que me había dedicado? ¿De las amenazas?

¿Venía a decirme que nada podría con su amor por mí y que se opondría a todo y a todos con tal de tenerme?

Se me inflamó el corazón de pura ilusión.

Sin embargo, al entrar en la biblioteca donde Luis esperaba y verlo de espaldas, erguido mirando hacia los ventanales, la alegría y el entusiasmo con el que se giró a mirarme estaban bastante reñidos con la seriedad de una lucha a muerte en defensa de nuestros sentimientos.

Luis no sabía nada acerca de la visita de la baronesa. Y yo me debatí, en cuestión de segundos, sobre si ponerlo o no al corriente.

—¡María! —Extendió los dos brazos, como reclamando mis manos.

Me pareció tan romántico…

—Es la primera vez que no me llama señorita María —advertí concediéndoselas.

Me besó con fervor los nudillos.

Con una devoción y una entrega que me acuchilló aún más hondo. La idea de renunciar a lo que sentía por él, al modo en cómo me veía a mí misma si estaba a su lado, se me hacía insoportable.

—Pensé que después de ese primer encuentro formal con la familia, podíamos dar un paso adelante, ¿no le parece? ¿Le molesta que la llame María?

Sonaba tan dulce en sus labios… Y ni siquiera era del todo mi nombre.

—Será todo un honor que me llame María. Supongo que también espera que lo llame Luis.

—Por descontado.

—¿Quiere sentarse? Vamos a ordenar que nos traigan un café.

Más diligente que nunca en su vida, Petri se encargó del servicio.

Los ojos de Luis reptaban juzgadores por mis facciones y todo cuanto hice por esquivarlos fue en vano.

—La noto un poco pálida. Bella como una flor, como de costumbre, pero algo desmejorada. ¿Ha estado enferma?

«Enferma de ansiedad por culpa de tu ausencia».

—Lo cierto es que sí. Desde el día en que visité su casa. Empecé con una ligera indisposición que se fue agravando y he acabado varios días en cama.

—Esta vez avisarían al médico.

—Sí, enseguida —mentí sin ruborizarme. A aquellas alturas ya era complicado—. No se preocupe, no se trata de nada serio. ¿Y usted? No he tenido noticias suyas desde la merienda.

Puse mucha voluntad en que la pregunta no sonara a reproche.

Por supuesto, no lo logré.

—Mi madre me ha obligado a verme con otras damas.

Al mencionar a la baronesa, una especie de rayo maligno me atravesó el pecho. Imaginé, como en la peor de mis pesadillas, que la mujer aparecía de repente y nos pillaba allí sentados, indefensos, sorbiendo café.

Me puse en pie con una pirueta tan espectacular, que Luis se asustó.

—Subamos a la azotea —propuse con atropello—. Podemos tomarnos el café allí, al aire libre, es mucho más bucólico.

Le pareció bien, no puso inconvenientes y en menos de quince minutos estábamos otra vez acomodados, cuatro pisos por encima, apoyados en la balaustrada de piedra, vigilando la calle, sintiéndome mucho más a salvo porque si alguien aparecía, mis compañeros se encargarían de despacharlo sin que llegaran a sorprendernos.

—Me gusta su calle —comentó Luis, pasados unos minutos.

—No solo es bonita y céntrica, también puede presumir de pintoresca.

En estas mansiones habitan familias de lo más peculiar.

Sin ir más lejos, el número 8, aquí al lado, es propiedad de un ingeniero.

Inmensamente rico, eso sí, es el responsable de la construcción del metro, pero de sangre azul, nada.

—Bueno, la alta burguesía es lo que hoy día, por más que les pese a muchos, abunda.

Aquella charla intrascendente con Luis me trajo de vuelta a la calma. Me ayudó a arrinconar los miedos y todo habría sido maravillosamente positivo, si la consecuencia no hubiera sido que mi yo osado saliera a relucir.

—Mi pa… —conseguí morderme la lengua antes de decir «patrón». ¡Ay, Paca! ¡Ojo con el arrojo! ¡Vigila lo que dices!—. Mi padre, que en paz descanse, afirmaba que no debería ser de recibo que nobles y plebeyos compartieran calle. Pero ya ve usted.

—¿Deduzco entonces que era noble, su padre de usted? —Luis me observó con curiosidad mal reprimida.

Fui consciente de que acababa de meterme en otro jardín de los míos. A ver cómo me las apañaba para salir.

—Sí. Conde, por más señas.

Me pareció demasiado ambicioso inventármelo marqués, no digamos duque.

—Pero como todos murieron —proseguí—, a saber dónde ha ido a parar el bendito título. Ya sabe, a las mujeres nos tienen al margen de estas cosas.

—Es curioso, nunca antes lo mencionó.

—Usted no me preguntó y no vino al caso. Habría pecado de presuntuosa sacando a relucir el tema por mi cuenta. Dígame una cosa, Luis —añadí a toda prisa, no fuera a ponerme en otro brete—: si una criada, una simple y modesta criada le salvara la vida, ¿usted qué haría?

—No sé. —Se quedó meditando—. ¿Darle un sueldo extra? Y un montón de días libres. Se lo merece.

—Ya veo.

—Perdón, ¿hablamos de alguien en particular?

—No, claro que no. A ninguno de los dos nos ha salvado de morir un criado. —Hice como que reía y volví a apoyarme en la balaustrada, a mirar la calle.

Luis seguía observándome con renovado interés.

La imagen de la baronesa cruzó el aire como una aparición fantasmal, provocándome un sobresalto. Me pregunté por enésima vez si de verdad Luis lo ignoraba todo o si me tocaba a mí remediar su ignorancia.

—Luis…

—Dígame, María.

—Es posible… solo posible, mire que estoy haciendo conjeturas y nada más…

—Arranque, mujer.

—¿Sería posible que a su madre de usted no le hubiera gustado yo… al punto de volverse loca?

Luis sofocó una risita.

—A estas alturas, mi madre es difícil que pierda la cabeza por nadie.

—Lo digo porque en caso de acertar —él no me lo había negado—, lo entendería, puede que yo… que yo en esa merienda dijera alguna inconveniencia…

Sus ojos se abrieron con asombro.

—O me comporté… no sé, ¿rara?

—Puede estar tranquila, su comportamiento fue irreprochable.

—Desde su punto de vista.

—Me atrevería a afirmar que también desde el del barón.

—Puede apostar a que una madre está pendiente de otros detalles puntillosos que, a ustedes los hombres, les pasan desapercibidos.

—¿Cómo cuáles?

—Luis, diga lo que diga, y se lo agradezco, no me comporté con naturalidad, todo fue forzado, hasta con un punto dramático, diría yo. —Acallé sus protestas—. Y es que tengo que hacerle una confesión que cambiará su opinión acerca de mí. Puede que del todo.