Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 21
49%

21

El peso de la culpa

Si ya era terrible que me despreciara pensándome una prima pobre, más catastrófico sería que se enterara de que era una simple doncella.

Por nada del mundo iba a sacarla de su error.

En boca cerrada no entran moscas y no quería decir nada de lo que arrepentirme luego.

Al margen de que la baronesa traía consigo todo un baúl de recriminaciones que deseaba escupirme a la cara.

Mejor permitir que se desahogase.

​ —De modo que el patrimonio que tengas o dejes de tener, no nos preocupa, no necesitamos tu dote. Pero exijo que mi nuera sea insigne y transparente. Adecuada. Decente y respetable. Alguien que miente no es alguien de quien me pueda fiar.

​ Sus palabras me retumbaron dentro como un eco lacerante. Se me colaban y hacían trizas los arrestos que tanto me había costado reunir, mi ilusa confianza en que mi descabellado plan, de algún modo, funcionaría.

—Te lo resumiré: no me gustas, María de Valladares. No me pareces honesta. ¿Ha quedado claro?

Asentí estrangulada. La voz se negaba a salir de mi cuerpo vapuleado.

Los ojos de la baronesa se pasearon inconmovibles por mi persona. De arriba abajo y vuelta a empezar.

—Ya decía yo. Tendrás los bolsillos vacíos, pero al menos sabes lo que te conviene.

—Con una pompa digna de la dama de alcurnia que era, se puso en pie y se sacudió la falda del vestido—.

Si vuelvo a verte rondar a Luis, o si no lo desanimas en caso de que él te busque, seguiré escarbando en tus secretitos.

Hurgaré tanto que lo sacaré todo a relucir, hasta lo más feo.

Cosas que seguramente preferirías mantener a buen recaudo.

—Pierda cuidado, señora.

No se entretuvo en darme las gracias. Al llegar a la puerta pareció pensárselo mejor, frenó y me dedicó una ojeada por encima del hombro.

—Espero no tener que molestarme en insistir, querida.

Solté el aire que retenía en el pecho, abrí los portones del dique y todo resbaló y saltó por los aires. La congoja, la rabia, la pena inmensa, la pérdida, el vacío.

La vergüenza.

La terrible, voraz, espantosa vergüenza por ser quien era. Nadie. Una muchacha sin apellido ni familia, con un oficio humilde como los guijarros del campo, sin formación ni talentos, y, sin embargo, enamorada.

¿Es que no era digna de que me quisieran? No cualquiera, Luis. ¿Tan imposible era que hubiese visto en mi persona algo brillante, especial, distinto a la mayoría, que lo atrajera?

Estaba sufriendo. E iba a sufrir mucho más. Por amor.

Petri entró como una tromba en la sala, seguida de la señora Úrsula, que le pisaba los talones. Yo estaba desecha en lágrimas, con el rostro hundido en el cuenco de las manos, el corazón encogido y sin poder respirar.

La cocinera me tomó por los hombros y a empujoncitos, me condujo al mullido sofá, por si me desmayaba, que me pillase sentada.

Cada una de ellas se acomodó a uno de mis costados, flanqueándome como dos ángeles de la guarda, mirándome con preocupación.

Hasta el Salvador, que se había pasado detestándome las dos últimas semanas, apareció sin resuello en la puerta y se atrevió a entrar.

—¿Estás bien? —quiso saber— ¿Qué te ha dicho la señorona?

—¿Nos ha descubierto? —preguntó la doña Úrsula.

Le agradecí que usara el plural, me hizo sentir menos sola y menos culpable, era como si el temerario plan nos perteneciera a todos.

—No se imagina ni por los forros del magín que soy una criada —hipé—. Piensa que soy la prima pobre de los Maldonado y eso ya le molesta bastante.

—Malditos ricos, solo preocupados por los dineros —masculló Salvador, sirviendo dos deditos de jerez sin que nadie se lo pidiera y alargándome la copa.

—Lo admirable es que la fortuna no les importa.

—¿Eso te ha dicho? —Petri puso en duda mis palabras.

Asentí.

—¿Y la crees?

—¿Por qué no iba a creerle? Son más ricos que el propio rey. No imagináis el palacio donde viven. No necesitan el dinero de nadie, tienen suficiente como para que toda España dejara de pasar hambre.

—¿Entonces?

—¡La mentira, doña Úrsula! La mentira y la falsedad es lo que no perdona. Que esta gente a lo que sí le da importancia es al honor y a ser decente. —Apuré de un trago el dulce licor—. Y yo, de decente… en esta historia he tenido poco.

—Y eso que no se huele la verdadera tostada…

—Imagina si llegan hasta el fondo del asunto. Terminarían contándoselo a nuestros señores. Iríamos todos de cabeza a la calle. Despedidos y sin referencias.

—Si algo así ocurriera, me haría cargo de la responsabilidad al completo. Esto ha sido cosa mía y de nadie más —prometí.

La Petri me recolocó un mechón suelto y de paso, me dio un pellizquito en el moflete.

—Anda y no seas tontona. Aquí todos hemos sido compinches. Hubiera sido imposible que te hicieras pasar por señorita, entrando y saliendo vestida como un pincel, sin que ninguno de nosotros se coscara. Además, hemos recibido a don Luis de visita, ahora a la baronesa, actuando como criados…

—Sería muy difícil —convino doña Úrsula—. Además, Paquita, hemos hecho piña porque no nos parecía mala idea. Temeraria, sí, pero si las dos cazabais buenos hombres y os convertíais en mujeres de provecho yo, como madre postiza vuestra que soy, no habría podido sentirme más dichosa.

—Todavía no está todo perdido —musitó Salvador desde su rincón alejado.

Alcé hacia él unos ojos esperanzados.

—Si te olvidas del señor Luis y sigues con tu vida, estoy seguro de que la baronesa cumplirá con su palabra y se dejará de averiguaciones.

Las tres asentimos con cabeceos. Eso era lo lógico, lo que cualquier persona en sus cabales decidiría. Pero ¿quién se lo contaba a mi desgraciado corazón maltrecho? ¿Cómo hacía para desprenderme del olor de Luis que llevaba impregnado hasta el tuétano de los huesos?

—La muchacha está enamorada, Salvador —recitó la señora Úrsula—, pedirle eso no es lo más sencillo.

—Ya, pero es lo único sensato.

—Eso sí. Anda, trae pa ´ cá la botella del jerez y otras tres copitas, vamos a quitarnos de encima el mal rato.

Durante los dos días siguientes, que se me antojaron una eternidad, apenas salí de mi cuarto.

Lloraba, dormitaba y apenas comía, perdida en la desesperación y el desconsuelo.

Recordando como en una moviola la imagen de Luis en el parque, con aquella linda jovencita, imaginando cosas espantosas como que se besaban o la pedía en matrimonio con la baronesa en vanguardia, aplaudiendo en plan posesa.

Creo que tuve hasta fiebre.

Petri asumió todas las faenas de la casa y Salvador, mucho más implicado de lo que cabía esperar, también se portó estupendamente.

La cocinera se esmeraba en preparar caldos sustanciosos que me nutrieran y no requiriesen mucho esfuerzo a la hora de tragar, y por si eso fuera poco, persuadió a los otros dos para que me dejaran digerir la pena a mi ritmo.

Así fueron consumiéndose las horas, como ramitas secas en una candela.

Hasta que llamaron a la puerta y Petri vino, a la carrera y desencajada, con un vestido precioso de la señorita Beatriz en la mano.

—¡Ha venido! Paquita, ¡ha venido!