Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 20
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Desengaño

Paquita

El colchón de mi camastro me recibió con los brazos abiertos cuando abrí la puerta de mi cuarto y me lancé de boca sin siquiera quitarme el vestido. Me pareció hasta confortable, tales eran mi desesperación y mi agonía.

Lloré y lloré, y de nada sirvió que la señora Úrsula y Petri me consolaran, cada una a su manera. Que la cocinera se rindiera y bajara a hornearme unos bollos de canela, mis favoritos. Que la Petri me cantara zarzuelas bajito, a media voz.

Nada me reconfortaba.

El dolor del desengaño era demasiado fuerte. Tan demoledor y profundo que por primera vez me pregunté qué había ganado yo arrimándome a don Luis. Me flagelé, me llamé ridícula. ¿Cómo había sido tan ingenua de pensar que tendría alguna posibilidad? Que alguien como él se fijaría en alguien como yo.

Im.Po.Si.Ble.

¡Mema!

Les pedí por favor que me dejaran sola con mi desesperación, si bien solo obedecieron por un rato. A los pocos minutos ya las tenía allí de nuevo, ofreciéndome dulces y bebidas, animándome y canturreándome para hacer más llevadero el berrinche.

Fui consciente de que no había mentido en absoluto al jurar que eran mi única familia. Yo no era más que una pobre muchacha huérfana, sin amparo, sola en el mundo, sin cobijo donde apoyarse, a la que otros criados habían arropado con cariño. No viviría suficientes años como para agradecérselo.

En el momento de máximo desconsuelo, mi puerta se abrió por sexta vez en un rato, y una radiante Petri irrumpió con un sobre pequeño en la mano.

—¡Han traído esto para ti! ¡Acaba de llegar!

—¿De quién es? —Me limpié los lagrimones con el revés de la manga.

—¡Adivina!

—¿Luis? —En contra de mi voluntad se me escapó un gemido ahogado.

A modo de respuesta, Petri decidió dejar de torturarme y me pasó la nota. La desgarré con ansia, reconocí en el acto la letra de Luis, tan pulcra y bien dibujada.

«Deseando verte».

Y al final, su firma. Su nombre cincelado en tinta. Unas letras que deseé besar.

—¿Son buenas noticias? —quiso saber Petri, frotándose las manos con frenesí.

Muy a mi pesar, me encogí de hombros.

—¿Qué puedo decirte? Parece que me echa de menos. Tras esto, solo espero que venga a verme.

Poco podíamos figurarnos en ese momento que sí, recibiríamos una visita. Pero por más apuestas que hubiéramos hecho, jamás habríamos adivinado de quién.

Me libré del uniforme de doncella, del delantal y la cofia, y me peiné primorosamente, maquillé suaves mis rasgos, me peiné trenzando y recogiendo mi cabello y, como colofón, escogí un delicado vestido de gasa bordada con pequeños ramilletes de rositas de pitiminí, perfecto para estar en casa más que aseada y digna, caso de que se presentara una visita.

Una visita muy esperada, por cierto.

Y se presentó. Vaya si se presentó.

Petri, que actuaba como doncella aquella tarde, entró a la salita de recibir con el semblante blanco como la cal.

Anunció una visita y de su tartamudeo deduje que no se trataba de Luis.

Al apartarse, apocada y torpe, vislumbré una dama con un enorme sombrero de plumas en hermoso color visón, a juego con su elaborado vestido.

Era alta y robusta, con un caminar tan firme y decidido que daba temblores.

Parecía dispuesta a derrumbar la mansión de un solo mazazo.

Como una leona defendiendo a su cachorro.

La baronesa de Belmonte. Doña Magdalena.

La saliva atravesada en la garganta se me convirtió en piedra.

Probablemente ella adivinó de antemano el revuelo que provocaría su visita no anunciada, porque cuando me levanté de un brinco y fui a su encuentro con los brazos extendidos en clara muestra de bienvenida, me miró con una mueca de disgusto y con las manos me indicó que me relajara.

—Sé que no me esperaba. Puede volver a sentarse. No es necesario que me ofrezca nada —recitó de una atacada.

Me dejó muerta.

—¿No desea un café? ¿Té? ¿Una infusión? ¿Limonada?

—Nada, señorita María, muchas gracias. Seré breve.

—¿Se encuentra bien su familia? —pregunté con temor.

—Mi familia, con todos sus miembros, se encuentra perfectamente. Si me he desplazado hasta aquí es porque hay algo que quería averiguar acerca de usted, y una vez averiguado, precisa de confirmación.

Se me estrechó el conducto por el que debía pasar el aire. Los pulmones no acertaban a llenarse. Más que sentarme me desplomé sobre el sillón.

—Usted dirá.

—Nada más acercarme a la zona he tenido la fortuna de encontrarme con dos vecinas suyas. Dos primas, encantadoras y muy serviciales. Doña Fortunata y doña Jacinta.

—¿Iban juntas?

—No. Nos hemos abordado por separado.

—Ya decía yo. Es que se odian a muerte, ¿sabe usted?

—María —me cortó tajante—. No son los chismes del vecindario lo que vengo a compartir con usted.

—Ya imagino —susurré con debilidad.

—Por ellas he sabido que esta mansión pertenece a los marqueses de Bonagua. —Marcó una pausa ligera que a mí no se me ocurrió quebrar—. Los marqueses de Bonagua —recalcó—. No sus padres. Bonagua, nada de Valladares.

Si esperaba que la sacara de la intriga, iba lista. Apreté las muelas, no fuese a escapárseme alguna inconveniencia.

—Compruebo que se conduce con mucha finura para ser una pobretona. Alguien se ha encargado de pulirle los modales, eso queda claro.

Pensé y pensé qué decir, cómo actuar para salir del aprieto. No se me ocurría nada mejor que aparentar ser muda y que saliera el sol por Antequera.

—¿Es usted pariente de los marqueses? ¿Acaso alguna prima pobre? ¿Una recogida? Porque la hija no eres, eso es evidente, los marqueses viven y gozan de perfecta salud. —Se inclinó amenazadora hacia adelante— ¿Quién eres en realidad, María?

—Yo… María de Valladares, señora. Tal y como le dije.

—Pero esta casa no es tuya. Sabía que ocultabas algo, tuve un pálpito la tarde que te conocí, algo turbio, oscuro alrededor. No te quiero ver cerca de mi hijo.

—Luis y yo nos tenemos mucho afecto… —intenté defender.

—Cuando nosotros faltemos, Luis heredará una insultante fortuna, lo suficientemente copiosa como para que veinte generaciones venideras puedan dedicarse a holgazanear sin dilapidarla.

Dilapidarla. ¿Qué significaba? Y, ¿veinte generaciones? Un poco exagerada la señora, ¿no? Bien se notaba que era andaluza.