Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 19
44%

19

Contando intimidades

Paquita

Reunidas en la mesa de la cocina, con Salvador refunfuñando, yendo y viniendo sin aportar nada positivo, derrengadas y sucias después de haber limpiado la mansión de norte a sur, hasta debajo de las alfombras, degustábamos un estofado delicioso mientras ponía a mis compañeras al corriente de mis desvelos.

​ La señora Úrsula me miró largamente sin decir ni mu. Lo que no contribuyó precisamente a tranquilizarme.

​ —A ver, Paquita, tú ya sabías que todo esto era muy riesgoso, que lo mismo podía salir bien que mal.

—Hasta ahora todo iba a pedir de boca.

—¡Porque has tenido mucha suerte! Pero de pronto, por una chaladura se tuerce la cuerda y vamos todos al fondo del pozo, hija, que esto es un engaño morrocotudo.

A nuestras espaldas, Salvador renegó entre dientes algo como que si los señores se enteraban nos ponían a todos de patitas en la calle, y desapareció de nuestra vista con un canasto grande en los brazos.

Mejor. No me sentía cómoda hablando de mis intimidades con él delante.

Después de meses tratando de engatusarme con sus mieles y sus encantos inexistentes, ahora, de repente, prácticamente no me miraba a la cara.

Y eso siempre amosca, que como decía la señora Úrsula, mira cómo acabamos con el Andresito, que parecía no haber roto en su vida un plato.

—Y eso que he cuidado los detalles, que hasta en las manos me daba friegas con un ungüento de la señorita que, como ahora trabajamos mucho menos, mire, señora Úrsula, mire qué finas que están.

Extendí las manos y se las planté por delante. Ella asintió con un cabeceo distraído y pesaroso.

—Lo que tienes que hacer, en vez de llenarte de pájaros la cabeza y desesperarte esperando, es vestirte bien bonita y saldremos de paseo por el Retiro, a comernos unos barquillos con limonada —sugirió Petri con una voz cantarina y cascabelera.

La miré atravesada y con mucha envidia.

—Mira esta lo tranquila que se la ve después de haber despachado al pretendiente.

—Porque le importaba un rábano —razonó la cocinera. Petri soltó una carcajada burlona—. Esta solo veía en ese muchacho el pasaporte para salir de la miseria.

—Diga usted que sí, doña. Ay, Petri —suspiré—, quisiera ser como tú.

—No lo creeréis —prosiguió la cocinera—, hoy ha vuelto a aparecer el pobre desgraciado de Federico.

Los ojos de Petri se abrieron con desmesura.

—¿Y qué le ha dicho?

—¿Qué habría de decirle? Que se largara con viento fresco. Cada día me da más pena el muchacho.

Fue oírlo y notar que se me encogía el corazón.

—Por Dios, Petri, tienes que decirle algo, escríbele una carta.

Mi compañera se revolvió como si le hubiera picado un alacrán.

—¿Y qué le digo? No me nace mentirle, el pobre Federico no se lo merece. Pero a mí no me interesa seguir enamorándome de un hombre que no va a darme lo que necesito.

—Vaya, que a ti se te ha metido entre ceja y ceja ser tendera —acuchillé.

—¿Hay algo malo en eso? Peor es que se te haya metío a ti convertirte en baronesa.

—¡Yo no quiero ser baronesa! —me irrité.

—Pues haberlo pensado antes y haber escogido a otro. Además, no vayáis a pensar que a mí Federico me era indiferente —nos sorprendió—, que me gustaba mucho el muchacho. Me trataba con respeto y un cariño que nunca nadie me dio.

—¿Entonces? —inquirimos la señora Úrsula y yo a dúo.

—He sido sensata, porque si no miro yo por mis intereses, ya me dirán quién va a hacerlo.

Venga, Paquita —se puso en pie y se sacudió las manos, dando por acabado el interrogatorio—, que te tiento con unos barquillos crujientes.

Hoy ninguna de las dos hace de doncella, vamos las dos de señoritas, como si fuéramos amigas.

Me resistí, pegándome a la silla como si quisiera fundirme con el respaldo. La señora Úrsula me arreó un codazo en los riñones.

—Tiene razón la niña, ¡a moverse! Acicálate e id a dar un garbeo, que te despejes. Verás que a la vuelta todo parece menos trágico.

Lo dudaba. Si no recibía pronto noticias de Luis, lo dudaba muchísimo.

Pero acepté. Claudiqué porque allí dentro me estaba ahogando.

La incertidumbre y mis cientos de preguntas sin respuesta eran una soga alrededor del cuello.

Necesitaba airearme, entretenerme con cualquier tontada y rezar porque Luis apareciera pronto y todos mis fantasmas se evaporasen como un mal sueño.

Cruzamos a saltos las calles que nos separaban de la entrada al parque, como dos niñas pequeñas a las que han dejado abierta la puerta, que se van emocionando conforme transcurren los minutos de libertad.

Paso a paso me fui sintiendo mejor, menos agobiada.

Y al llegar a la fuente del ángel caído, un montón de recuerdos bonitos se me agolparon en la memoria.

—Aquí es donde la señorita Beatriz y el señor Gustavo se veían y el amor se les salía por los ojos. Hablaban de cosas interesantes del mundo. Yo atendía y escuchaba sin perder puntada, para aprender… Para aprender…

Se me congeló la sangre en las venas. El temblor que me bajó por la espalda no pude achacárselo al frío, aunque me habría gustado.

—¿Aprender…?

—Petri, ¿tú ves lo mismo que veo yo? No te vuelvas.

Me hizo el mismo caso que a las palomas del Retiro. Giró con descaro la cabeza y sus ojos escudriñaron en la dirección en que miraban los míos.

—Si no miro, ¿cómo voy a saber…? ¡Rediez! ¡El señorito Luis!

Se tapó la boca con las dos manos y la exclamación se le salió por los lados.

De haber tenido nuestros barquillos ya comprados, habrían ido directos al suelo.

Porque allí estaba el hombre del que me estaba enamorando perdidamente, sentado en un quiosco junto a una joven damisela tan emperifollada y tan bonita, que me entraron ganas de llorar. Y de desmoñarla.

—Es él… —gimoteé—. Está con otra. Por eso no ha venido a verme, está ocupado en otros menesteres.

—Más bien en otras pestañas.

—Me quiero morir.

—¿Qué narices te vas a morir tú? ¿Ves lo que te dije? Esto es un negocio, tú misma me lo enseñaste. Y no puedes enamorarte de un negocio, Paquita, no debes.

—¿Quién será ella?

—Alguna señoritinga de apellido interminable y familia rimbombante.

—Que seguro que le encanta a la baronesa.

Sentí los dedos de Petri clavándoseme en el brazo. Y a continuación, un tirón de campeonato, que me hizo tambalear y por poco me tira al suelo.

—¡Arreando! Vámonos, que aquí no se nos ha perdido nada.

—A mí se me ha perdido todo —balbuceé con los ojos anegados y el corazoncito hecho pedazos, incapaz de cometer la locura de mirarlos por tercera vez.

Las pupilas se me iban solas.

Petri se propuso salvarme de mí misma, de la estupidez que estaba a punto de cometer, corriendo hasta la mesa y arrojándome al suelo de rodillas, o montando una escena de celos a grito pelado. Se colgó de mi brazo y con un empujón de primera me obligó a voltear.

—¡ Pa la casa, Paquita! ¡Tira pa la casa!

—Pero es que Luis…

—¡Que tires, te digo! O te juro por mi abuela que te arrastro por los pelos.