Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 18
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Una promesa y una nota

—Bueno, ¿es que no van a decirme nada? Durante la cena apenas han despegado los labios, están muy crípticos. ¿Qué les ha parecido María?

La baronesa apartó de mala gana el bordado y traspasó a su hijo con una mirada furibunda.

—A tu padre, ni le preguntes. Ya dejó claro lo muchísimo que le gustaba, perdiendo por completo los papeles y el decoro en la despedida. Menudo bochorno, Francisco, qué escenita, te la podías haber ahorrado.

—¿Qué podría decir en mi defensa, querida?

Me cayó bien la muchacha —reconoció el barón encogiéndose de hombros.

Le hizo una seña al lacayo para que le sirviera un digestivo—.

Y debo añadir que me conmovió profundamente su triste historia, su situación, tan joven y desvalida, sin nadie que la ampare…

—¿Era necesario, Francisco? El abrazo… —insistió doña Magdalena.

—Mujer, de sobra sé que las muestras de efusividad no están bien vistas.

—Lo que están es, fuera de lugar. Menos en un hombre de tu posición.

—Pero dentro de casa, ¿quién iba a saberlo?

—Cualquiera, si esa muchacha se va de la lengua…

—Madre, María es muy callada, diría que no tiene trato con casi nadie, salvo conmigo y con su servicio —trató de meter baza Luis.

—Imagina. Amiga de los criados. Si es que…

—¿Puedo saber exactamente por qué le disgusta?

—No es que me disguste, Luis, no te pongas a la defensiva. Es que hay algo que no me cuadra. Algo en ella que chirría… No sabría decirte.

—Y sin saber decirme, decide desestimar a la mujer a la que pretendo cortejar.

La baronesa sufrió un sobresalto que la levantó de la butaca. Se pinchó un dedo, el bordado se le cayó al suelo y el bastidor rodó lejos como una rueda de carro.

—¿Cortejarla? ¿Quién y cuándo se ha hablado de cortejos? Nos dijiste que era una buena amiga…

—Con la que paso muchas horas, porque adoro su visión del mundo. Estar a su lado es gratificante, madre, me regala aire fresco con el que no me asfixio.

—Francisco… —gimoteó con desmayo la baronesa.

El barón se vio en el brete de intervenir.

—Entiendo por qué te agrada la señorita María, sus muchas virtudes quedan a la vista.

No obstante, debo conceder parte de razón a tu madre, hijo.

No te precipites, como futuro heredero tienes unas obligaciones.

La joven que elijas como esposa, ocupará el puesto que hoy ostenta la baronesa, debe ser impecable…

—Como lo es ella.

—Por lo visto ya lo tienes decidido —se soliviantó doña Magdalena—. ¿Por tu propia cuenta y riesgo y sin consultarnos siquiera? ¡Qué mínimo, Luis, somos tus padres!

—Y yo un hombre hecho y derecho que espera, con toda la fe de la que es capaz, que ustedes miren por su felicidad, permitiéndole casarse con la mujer de su elección.

—¡He confeccionado una lista de jovencitas casaderas de buena familia con las que ni siquiera has aceptado verte!

—Usted lo ha dicho, madre, su lista. No la mía. —Luis se mantuvo inflexible.

—Por favor —intervino don Francisco—, no discutáis que se me levanta dolor de cabeza.

¿Sería posible una entente cordiale , como en la guerra?

Tú no te tomas las cosas a la ligera, Luis, y das gusto a tu señora madre accediendo a conocer a alguna de esas muchachas.

Tú, querida, reduces tu soporífera lista a la mitad…

—A un cuarto —reclamó Luis alzando la voz.

—¡Nada de eso! —aulló la baronesa.

—Con la mitad tenemos más que suficiente —concilió el barón—. Reduces la lista a la mitad y prometes acatar la decisión de nuestro hijo, sea cual sea. —Los miró de hito en hito— ¿Estáis de acuerdo?

Luis Benavente y doña Magdalena se dedicaron a resoplar. Pese a ello, el barón no se dio por vencido.

—¿Tengo un compromiso por ambas partes? ¿Una promesa? —insistió— ¿La tengo?

—La tiene, padre —claudicó Luis bajando el mentón—. Por mi parte, la tiene.

—¿Magdalena?

—Sabes que lo que hago lo hago por su bien. Deberías apoyarme en lugar de…

—¿Magdalena?

La baronesa, que había rescatado la labor del suelo solo para volver a soltarla, y ahora llevaba un pañuelito entre los dedos con el que enjugaba sangre y lágrimas a un tiempo, se levantó muy digna y se dirigió a la puerta.

—Como comprenderéis, no puedo vencer si os aliáis en mi contra. Se ve que basta una cara bonita, unas cuantas lisonjas bien estudiadas y un par de sonrisas para meterse a un hombre sensato en el bolsillo. A dos.

—¿Tenemos tu palabra de que cumplirás el acuerdo?

—La tienes, Francisco. Pero esta ofensa tardaré en olvidarla.

Abandonó la sala renegando e indispuesta por el berrinche, decidida a recluirse en sus aposentos hasta la mañana siguiente.

Pero se cruzó con una doncella cargada de ropa hasta las cejas.

La moza se las apañó para marcar una reverencia medianamente aceptable ante su señora, sin que se le cayera nada al suelo.

—¿Dónde vas con todo eso?

—Son las chaquetas del señorito Luis, señora. Las llevo a lavandería.

—Revisadlas antes con cuidado, no vayáis a lavarlas todas sin ton ni son.

Las que no lo necesiten, un buen cepillado y de vuelta al armario.

Y revísale bien los bolsillos, que no quede nada dentro.

—Ella misma se dispuso a hacerlo. Mientras la cháchara que mantenía amargada a la doncella no se interrumpía, los dedos de la baronesa hurgaron en los bolsillos de las levitas—.

La semana pasada, doña Gertrudis me dijo que se había encontrado una llave en uno de los…

¿Ves? —Sacó la mano triunfante—. Un papel.

Al mojarlo puede manchar la tela con la tinta.

—Lo tendré muy en cuenta, señora. ¿Puedo retirarme?

Con la bolita arrugada en la mano, doña Magdalena hizo una seña a la moza para liberarla. Subiendo la escalera le pudo la curiosidad y la desdobló, alisando lo que pudo para descifrar el mensaje, que no se había escrito con buena letra.

«Esa que usted cree gran dama, se llama Paquita y en realidad no es más que una criada».

Paquita

Tres días más tarde, aún no había recibido noticias de Luis.

Empecé a temerme lo peor, a pensar que, por encima de mi magnífica impresión, no había estado a la altura.

Analicé obsesivamente todo cuanto había pasado durante la merienda, tratando de descifrar si ahí estaba la clave del fracaso.

Cada palabra y cada mirada que habíamos intercambiado.

Rememoré la sensación de que, al principio, de recién llegada, doña Magdalena se había esforzado mucho por halagarme.

Y por impresionarme. Sin embargo, conforme se consumía la tarde, lo había ido dejando, como si considerase que no merecía la pena.

Que yo no merecía la pena.

Y sus miradas furtivas, esas que yo había querido obviar, sonaban a amonestación.

El cariño de san José y mi arrogancia sin fin habían logrado que me sintiera como en casa, cuando en realidad la situación había sido de lo más violenta. No supe verlo.

«¿Será que piqué demasiado alto?» me pregunté. Petri dejaba al suyo porque se le quedaba corto, mientras que a mí, esto, me venía largo.

Qué mala espina me daba el silencio por parte de Luis. ¡Qué mala!