17
Los barones de Belmonte
Paquita
—Pierda cuidado —me había dicho Luis—, en mi familia somos, por suerte, muy poco formales. La tratarán bien.
Poco formales, dijo. Y yo, que más pardilla y no nazco, me lo creí.
Quizá por eso me permití relajarme y cuando el coche se detuvo en la puerta del formidable palacio de piedra blanca, con balconadas como medias lunas, miré en todas direcciones incapaz de pensar que aquel era nuestro destino.
—Pues hemos llegado —me dijo. Y se me heló la sangre—. Le presento el palacio de Amboages, el mayor orgullo de mi…, ¿por qué no admitirlo? orgullosa madre.
—¿Todo… esto… es… suyo?
—Mío no, señorita María. Pertenece a la familia.
—Ya sabe a lo que me refiero, será suyo… algún día. Dios quiera que lo más lejano posible —me apresuré a añadir con atropello.
Luis se persignó.
—Dios lo quiera. Entre usted y yo —se apeó del pescante y extendió la mano para ayudarme a descender—, no tengo ninguna prisa por convertirme en barón. Y no solo porque ame profundamente a mis padres.
—Sino porque es un artista —adiviné con melancolía—. No crea que no le entiendo.
—Todo esto —su brazo dibujó un arco en el aire, abarcando el enorme solar, el edificio con sus fastuosos jardines— conlleva múltiples obligaciones.
Quebraderos de cabeza, cálculos y números, noches sin dormir.
Un patrimonio ingente no se mantiene solo, supone innumerables sacrificios que la gente sencilla no es capaz de ver.
Yo, sin ir más lejos. No era capaz de verlo.
Solo veía el lujo infinito con el que vivían, el tropel de criados que solíamos servirles, satisfaciendo cada uno de sus antojos.
Los mejores vinos, las mejores cocinas, almohadones de plumas y colchones en los que daba gusto dormir y perderse.
Perfumes y hermosos vestidos. Desplazarse en carruaje en lugar de caminando…
¿Qué precio podría considerarse excesivo a cambio de tanto?
Ni siquiera llegaba a imaginarlo.
Tragué saliva con muchísimo esfuerzo.
—Claro que no lo ven. Si es que pertenecen a un mundo distinto.
Entre susto y susto, del galante brazo de Luis, ya habíamos atravesado el pórtico de entrada.
Nos recibió un mayordomo del corte de nuestro señor Cortés, por aquellos entonces, atendiendo a los marqueses en su palacio del Escorial.
Lo escoltaban cuatro lacayos con librea de botones dorados, más tiesos que un ajo, que se encargaron del sombrero y el abrigo ligero de Luis y de mi bolso y capa.
En una oración silenciosa, di gracias a los años de práctica acompañando a la señorita, acostumbrándome a sus gestos y reacciones para poder imitarla a la perfección y no quedar en evidencia.
Frente a los dos, superada la trinchera de criados y asistentes, en el umbral de una sala con puertas dobles abiertas y cara de emoción contenida, nos esperaban los barones.
—Luis, hijo.
—Madre.
Dos besos cariñosos en la mejilla. Como los Bonagua. Expresividad y afecto, sin tiranteces ni fingimientos.
—Hijo.
—Padre.
Un entrañable abrazo acompañado de unas palmaditas en las espaldas.
—Tengo el gusto de presentarles a mi más estimada amiga, la señorita María de Valladares.
«Tira p´alante , Paca», me dije.
—Querida niña —se adelantó la baronesa, con más joyas encima que un muestrario—. Ya teníamos ganas de conocerla, ya.
—Estoy encantada, señora. Señor.
La baronesa me zampó dos besos entusiasmada y el barón me besó con efusividad la mano. Luego nos hicieron pasar al salón, donde se había servido la merienda, con la dueña de la casa enganchada a mi brazo como si fuera mi tía Obdulia.
—Tienen un palacio espectacular —alabé, porque sabía que era lo que correspondía decir y se esperaba—. Decorado con un gusto exquisito.
Tomamos asiento en los sofás más mullidos y perfumados que había visto en mi joven vida.
—El encantador señor don Fernando Plá y Peñalver, y su esposa, la vizcondesa, tuvieron a bien vendérnoslo nada más rematar las obras. Sospecho que la dama quedó muy agotada con el proceso. Tanto que, al verlo terminado, ya se le habían esfumado las ganas de habitarlo —me explicó con gusto el barón.
—Sepa que no fue barato, el palacete ha sido merecedor del premio que otorga el Ayuntamiento de Madrid a la casa mejor construida de 1918 —se entrometió la madre de Luis, rezumando vanidad como los botijos.
—Un galardón muy merecido, si me está permitido decirlo, señora.
—Doña Magdalena, querida María. Y el barón es don Francisco. Los amigos de mi hijo son nuestros amigos. ¿Unos pastelillos de nuez y frambuesa?
Así arrancaron mi examen y mi interrogatorio, los que esperaba aprobar. Tuve que decirme muchas veces que solo tenía que serenarme, respirar hondo e imaginar que era la señorita Beatriz. Me sabía de memoria sus ademanes y comportamientos. Hacerlos míos era pan comido.
Y conforme avanzaba la tarde, se secaron los sudores fríos, me fui sintiendo más cómoda, hablaba más suelta y mantenía las conversaciones sin que pareciera que me había tragado el palo de una escoba.
Tanto sonreí, tan amables me parecieron las atenciones del barón y tan natural me veía en mi papel de dama de alcurnia, que pasé por alto que con el correr de los minutos, la baronesa me adulaba menos, se mostraba más distante y me miraba entrecerrando los ojos.
¿Qué iba a percatarme yo, si de contenta daba palmas con las orejas?
Que estaba pero que no estaba, con aquel orgullo de mí misma que me invadió por entero y me hizo imprudente.
No preguntaron gran cosa, por dónde vivía, el triste destino de mi familia, algo acerca del convento y poco más.
Zampé a dos carrillos, arrinconando aquello de que las señoritas, fuera de casa, comen como pajaritos: «que no parezca que pasas necesidad, todo lo contrario, que comprueben que vas bien saciada», me decía la señorita Beatriz.
Pues se me olvidó. Porque todo estaba muy rico y anduve a un tris de chuparme los dedos delante de los anfitriones.
—Bueno, creo que ya he abusado lo suficiente de su hospitalidad —dije llegadas las siete de la tarde, que por un pelo no me encajo también para cenar—. Han sido ustedes un dechado de amabilidad.
—Hija, sepa que es usted bienvenida en esta casa para cuando guste volver —expresó un efusivo barón.
Yo es que lo miraba y veía a san José. En su portal de Belén, con su mula, su buey y todos sus ángeles y pastores.
La baronesa apretó los labios y no dijo nada.
Fuimos caminando hasta el anchísimo recibidor, donde el enjambre de criados volvió a rodearme para devolverme mis pertenencias. A Luis se le veía contento y emocionado. Todo parecía haber ido sobre ruedas.
Cuando menos lo esperaba…
El barón de Belmonte, que no os lo he dicho lo suficiente, parecía talmente un san José, me estrechó entre sus brazos, igual que a una hija, a la par que me susurraba.
—Aquí tiene su casa, María, ya no está sola en el mundo.
Me temblaron las piernas. Se me encharcaron los ojos.
Respondí al abrazo apretándolo con fuerza pese a lo inadecuado del gesto. Que acabábamos de conocernos, aquello no era de recibo.
Sin embargo, se ve que al buen señor yo le había caído en gracia, y de lo que Luis le hubiera contado, sentía lástima por mi infortunio. Me hizo percibir, por primera vez desde que, efectivamente me quedé sin nadie a quien llamar familia, como si formara parte de algo.
Un nido cálido. Una piña que me defendería caso de necesitarlo.
No capté la mirada de la baronesa, que no me quitaba el ojo de encima, escandalizada por el indecoroso y emocional arranque de su esposo. Pasé por alto su significado, porque de haberla interpretado debidamente, habría leído:
«Esta huele a pobre».
Y se me habrían puesto de punta los pelos del cogote.