16
Un baño de realidad
Paquita
Ojiplática me dejo su oferta.
Cuando ya pensaba que la historieta de Petri con todas sus consecuencias, incluida la de hacerme pasar por doncella, acarrearía el fin de mi relación con don Luis o le ocasionaría, al menos, un desgarrón bien gordo, para mi sorpresa, se descolgó con una invitación a merendar en casa de sus señores padres. Su casa, vaya.
—Está usted… ¿Está seguro de eso?
—Sí, ¿por qué no? Mis padres estarán encantados de que por fin les presente a mi mejor amiga.
La designación que me dedicó logró que se me retorcieran las tripas.
Amiga.
—La única que tiene en Madrid, seguramente —dejé caer con ironía.
—No se crea, algo más hay por ahí.
Mis sentidos se pusieron alerta de un monumental brinco.
¿Qué había querido decir con aquello? ¿Acaso vivía yo confiada en exceso respecto a las atenciones de Luis? El engreimiento nacido de sus halagos y del tiempo que me dedicaba, ¿había impedido que pensara en la presencia de otras mujeres haciéndome sombra?
—¿Tiene más amistades femeninas? —pregunté simulando que no estaba rabiosa.
Él sonrió con ese aire canalla con el que me sorprendía a veces.
—La baronesa, que está empeñada en casarme a velocidad de vértigo. Y me obliga a conocer a señoritas casaderas previamente escogidas por ella.
Boqueé como un pez recién salido del agua, sin llegar a replicar nada.
—Como imaginará, sosas hasta el aburrimiento.
No me consoló mucho aquello, la verdad.
—En cualquier caso —prosiguió—, imagino que ya arden en deseos de conocerla después de que la haya mencionado con insistencia.
—¿Eso ha hecho? ¿Les ha hablado de mí?
—Cada vez que salgo a encontrarme con usted, a mis padres les consta. Y lo hacemos muy a menudo. Entonces, qué, señorita María, ¿acepta la invitación? Le adelanto que nuestra cocinera tiene mano de dioses para la pastelería y los bollos.
Acepté, claro. Más muerta que viva, arrinconada, preguntándome si Paca Valladares sería capaz de superar la prueba de fuego que suponía hallarme en presencia de tan ilustre gente, pero feliz como un cascabel.
Escogí un precioso vestido de encaje de guipur y con la ayuda de Petri, que estaba ese día más taciturna de lo normal, me acicalé hasta brillar como las pepitas de oro.
—Este es el vestido más bonito del armario —musitó como hablando consigo misma—. Hace juego con tus mejillas, que siempre lucen como pétalos de rosa.
—Póntelo en tu próxima cita con Federico —sugerí dando los últimos toques a un rizo rebelde.
Era fundamental que cada mechón ocupara su puesto y el conjunto rozara la perfección.
Los barones, los barones, la letanía de impresionar a los barones—.
Mañana no, porque habrá que lavarlo y apostarlo, pero…
—No habrá más citas con Federico.
La miré a través del espejo del tocador, con los ojos desencajados.
—¿Qué me dices?
—Que no voy a volver a verlo.
—Estabas muy encaprichada, ¿qué ha salido mal? ¿Te ha descubierto? —me aterré.
—Nada de eso, más bien soy yo la que ha descubierto. Cosas. Acabo de enterarme de que no es más que un segundón, tiene un hermano mayor que heredará las mercerías de la familia.
—¿Y por casualidad eso significa que don Federico se morirá de hambre? ¿Que no será capaz de montar su propio negocio? No, ¿verdad?
Ella se encogió de hombros, dando la sensación de que dar explicaciones la incomodaba.
—No es lo mismo, Paquita, no es lo mismo, que yo ya me veía de señorona, dueña de una ristra de tiendas. Ya les hice la encomienda a la señora Úrsula y a Salvador de que, si viene, digan que no quiero recibirlo y que no se moleste en volver de nuevo.
—¿Sin darle una explicación siquiera? —Petri me lanzó una mirada que significaba «¿Le digo que lo rechazo porque las mercerías va a heredarlas otro?»—. Mujer, una mentirijilla piadosa… Qué cruel estás siendo, Petri.
—Cruel no, lista y avispada. Una, que piensa en su porvenir, no como tú, que te estás colando por ese señoritingo y el día que se entere de todo lo que escondes te vas a llevar un tortazo que ni pagando.
¡Madre santa!
¡Qué golpe de realidad acababa de darme la Petri recordándome que aquello era un negocio!
O al menos, había arrancado como tal. Una manera placentera de solventarme la vida y convertirme en alguien importante, no una historia empalagosa de amores imposibles donde la Paca saldría perdiendo, de todas todas.
Con el estómago revuelto y ese nudo en la garganta, abandoné la mansión de la calle del Barquillo. Luis había tenido el detalle de venir con su calesín a recogerme, aunque yo estaba tan rígida y atemorizada, que apenas se lo agradecí.
¿Por qué no era fría y calculadora como la Petri? Peor aún, ¿cómo había sido tan burrirancia de haber llegado a creerme que lo era?
—Sé lo que está pensando, aunque le dé apuro decírmelo —me asaltó Luis con una ancha sonrisa y las riendas en la mano.
El trasero se me despegó del pescante de un brinco. ¿Lo sabía?
—A usted le gustaría que le explicara cómo es que no conduzco uno de esos flamantes coches mecánicos, sino un carruaje tirado por caballos. Y la razón de que no haga uso de cochero, en lugar de manejar yo mismo el tiro.
Me sosegué una miaja .
—Pues sí, don Luis, justo eso estaba yo preguntándome. ¿Aliviará mis dudas?
—Por supuesto que sí, mi estimada señorita. El motivo es que me gusta, soy tradicional en lo que respecta a los modos de transporte. Mi gran pasión son los caballos, echo muchísimo de menos nuestra vida campestre en la finca de Sevilla.
—¿Tenían caballos?
—Teníamos y tenemos. Muchos. ¿Le agradaría verlos algún día?
Más que comer con los dedos.
—Sería un auténtico placer. Mi señor… don Alonso, un amigo de familia, futuro marqués, también prefiere la vida tranquila de las fincas. Como su padre. Y eso que de soltero fue un buen calavera…
—No niego que la ciudad es conveniente para algunas cosas.
Para pescar marido, por ejemplo.
—Pero se hace demasiado bulliciosa, está superpoblada. Donde se ponga un buen fuego y un paseo entre los árboles…
Suspiré. Ya me imaginaba yo de su mano, apartando piedras con la punta del zapato por aquellos caminitos floridos, oyendo trinar a los pajarillos mientras Luis me susurraba al oído que no había mujer que se me pudiera comparar.
Levanté despacio la mirada para estudiar su perfil perfecto, rendida y acobardada a un tiempo, esperando que él no hiciera lo mismo.
Pero lo hizo.
Y nuestras miradas se cruzaron de un modo mucho más intenso de lo que hasta entonces habíamos experimentado. Incluyendo cien mil frases de amor apasionado que jamás se pronunciarían, si bien, allí estaban, vivas y palpitando.
—¿Está nerviosa?
—Un poco. Una no es formalmente presentada a los padres de su mejor amigo todos los días.