Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 15
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Un acto conmovedor

Paquita

Luis soltó un largo resoplido.

—Argumenta usted muy bien, sería un abogado grandioso. Hasta me atrevería a decir que me ha convencido, señorita María.

​ —Me alegro. Páseme el vino y lo celebramos.

​ —Sin embargo, insisto. No debería usted inmiscuirse en un asunto tan…

—¿Turbio?

—Delicado.

Me encogí de hombros.

—Sé que lo dice por mi bien y se lo agradezco, pero haga un esfuerzo por entender mis razones. Cuando estás sola por los cuatro costados y tus criados son tu familia, eres capaz de hacer cosas muy extravagantes por ellos.

—Visto así… María.

—Dígame usted.

—Me parece conmovedor que se tome tantas molestias por una criada.

Sonreí tímida, sincera acerca de esa turbación, por primera vez desde que nos conocimos.

El sagaz rabillo de mi ojo captó un movimiento sutil en la mano de Luis, que se separó de su costado y parecía venir a buscarme.

Anhelé que me tocara, que posara cuanto antes sus dedos largos de pianista sobre la línea de mi mandíbula, que recorriera mi mejilla con el dorso.

Pero dio la impresión de arrepentirse a mitad de camino y volvió a guardarla a buen recaudo, allí donde la tentación no lo venciera.

Luis

Aliviado porque la presunta complicación de salud de la señorita María no fuera nada serio, degusté con ella un café excelente y unos buñuelos recién horneados, bajo la vigilancia férrea de las criadas Petra y doña Úrsula.

Igual que dos presos de los que nadie se fía. A continuación, brindamos con vino.

Al despedirme, un mozo rubicundo de nariz pecosa y gesto contraído me ofreció mi chaqueta y mi sombrero.

Noté una suerte de movimiento extraño al colocármela, al que no presté mayor atención.

Una vez en la calle, el instinto me empujó a meter la mano en el bolsillo y tantear.

Encontré un papelito doblado que antes no estaba.

Habría podido jurar que fue el criado quien lo colocó allí dentro.

Probablemente un mensaje destinado a mi persona, algo que le interesaba que yo supiera, pero que no se atrevía a decirme cara a cara.

No me extrañó, no tenía pinta de lacayo, pese a la ostentosa librea, más bien de mozo de los recados, de los que cargan la leña y se llegan al mercado a por viandas.

Desdoblé la notita con cierto burbujeo en el estómago, intrigado por saber de su contenido. La letra era irregular, imperfecta y complicada de descifrar, como la de un niño que apenas se inicia en el arte de escribir.

« Esa que usted cree gran dama, se llama Paquita y en realidad no es más que una criada ».

La releí en sucesivas ocasiones.

¿Paquita? ¿Quién era? ¿A quién podía referirse?

¿A la adorable señorita María? No, ¿verdad?

¿Tenía aquello que ver con su teatral representación tratando de apoyar el noviazgo de su doncella?

Seguramente. ¿Y qué pretendía aquel mozo pasándome la nota clandestina?

¿Espantarle el pretendiente? Lo más probable era que la acusación, si podía llamarse de ese modo, se refiriera a la tal Petra, no a María.

Y que el muchacho me hubiese confundido con su enamorado.

Más posible aún, que sintiera cosas por la criada, o esperase de ella algo romántico, y se lo comieran los celos al ver que haciéndose pasar por señorita, picaba más alto.

En fin, suspiré. Al fin y al cabo, nada que tuviera que ver conmigo.

Hice una bola apretada con el papelito y la devolví al bolsillo con la intención de arrojarla a la basura o al fuego en cuanto llegara a casa.

Con la conciencia tranquila y el corazón emocionado por haber conocido a alguien tan tierno y bondadoso como María.

Jamás habría pensado que una joven de buena familia, educada con esmero en las reglas del buen saber, con las monjas, nada menos, forjara unos lazos tan entrañables con los miembros de su servicio.

Que fuera capaz de sacrificios como los que acababa de descubrir, con tal de asegurarles un futuro.

Cierto que su comportamiento no era corriente, hasta podía tildarse de excéntrico, no obstante, de lo que no cabía duda era de la pureza de su corazón.

De lo abnegada y generosa que era su alma.

De todo aquello bueno y resplandeciente que la diferenciaba del resto de señoritas que conocí en Sevilla, y en Madrid luego, aunque la flor y nata de la alta sociedad de la capital aún me resultara desconocida.

Desde el momento mismo en que la había visto, me encandiló. El color trigueño de sus brillantes cabellos, sus ojos claros, siempre sorprendidos, su grácil silueta de junco y la manera pícara en que fruncía los labios cuando se quedaba pensando.

No había querido precipitarme, porque ignoraba lo que sentía ella.

Si desde el primer vistazo su corazón también notó el empellón de una punzada, o simplemente, como alma solitaria que era, se había aferrado a mí y a la compañía que le propiciaba.

Caminé de puntillas para no sobrepasarme, cuando mis manos hormigueaban conteniéndose para no tocarla, usé toda mi voluntad disponible.

Nos llamé amigos para darle espacio y poder ir estudiando sus reacciones.

Y conforme concedía tiempo al tiempo y todo aquello pasaba, me fui enamorando de María. A esas alturas era ya esclavo devoto de sus caprichos, de cualquier locura que me hubiese pedido, habría subido de un salto a la luna de habérsele antojado.

La segunda razón de mi prudencia eran mis responsabilidades familiares.

Por más hombre del siglo XX que quisiera yo ser, por más que aceptara sin rebatir que la Gran Guerra había mutado el orden de las cosas, que la separación abismal entre clases sociales ya no era igual que antes, como único heredero de la baronía de Belmonte, mi obligación era escoger esposa con suma cautela.

La mujer con la que me desposara llevaría sobre sus hombros el título de baronesa, y una reputación intachable y una educación apropiada, además de simpatía, belleza y saber estar, se convertían en requisitos ineludibles.

No es que yo los precisara. Los precisaba el título.

El título y la ingente fortuna familiar, de la que no pocas veces me sentía simple marioneta. Trabado con sus exigencias, y con las altas expectativas, en especial de mi señora madre, que poco menos esperaba que hiciera historia.

Asfixiado.

Y, sin embargo, pasar un rato con mi dulce María lo borraba todo. Las nubes negras, la niebla tormentosa, los augurios de futuro con un peso insoportable sobre mis espaldas, todo. Ella se había acabado convirtiendo en la brisa fresca que se colaba por la ventana y barría las cosas malas.

Quizá hubiera llegado el momento de dar un paso más.

Presentársela a mis padres.