14
Si prefiere no contármelo
Paquita
—Entonces, ¿puedo visitarla?
La cocinera hizo un aspaviento con los brazos, como si intentara echar a volar.
—¡No! ¡No, señor, ni lo sueñe! Vaya usted a contagiarse…
El pobre Luis cada vez entendía menos. Cerré los ojos y apreté fuerte los párpados.
«No sería decente. Diga eso, doña Úrsula. Visitar a la señorita en su alcoba no sería decente. ¡Dígalo, por Dios!» recité con un fervor que no sirvió para nada.
—Pero a contagiarme, ¿de qué?
—Es una dolencia estomacal muy molesta, ya le digo yo que estará mejor sin ella. Sin la enfermedad, me refiero.
—Necesito ver a la señorita María, señora, usted no lo entiende, estoy muy preocupado, hace dos días completos que no pego ojo…
—Vaya tranquilo, señor. No hay peligro del que alarmarse. Es solo que… no puedo permitirle que pise el dormitorio de una dama soltera, espero que lo entienda.
«¡Por fin!»
Luis cedió de inmediato ante su razonamiento.
—Tiene usted razón, señora, disculpe mi insistencia, no es más que el fruto de mi incertidumbre y mi angustia. La salud de la señorita María es para mí, lo primero.
Me faltó aplaudir.
Volví a mi cama pegando saltos de alegría. Tras oír aquello, ya no me importaba demasiado lo que dijera a continuación. Pensaba en mí, mi bienestar le robaba el sueño, insistía en saber, viniendo una y otra vez… Un par de días más fingiendo indisposición y todo volvería a ser como antes.
Mejor. Un camino de rosas como el de Petra y Federico.
Era lógico que las cosas, no siendo Luis un cualquiera sino un futuro barón, se retrasaran. Las tomas de confianza llevaban su tiempo. Cuanto más refinados y ricos, más lentos. Ya mismo también nos tutearíamos y de ahí al casamiento, sería un coser y cantar.
Juzgué conveniente recibir a don Luis en la salita de costura, una vez «recuperada».
Vestida con sencillez y una manta de lana buena por encima de las piernas.
En la mesita, ante mí, no debían faltar una tetera y mi taza de porcelana fina colmada de infusión.
Hasta me apliqué una pizca de polvos de arroz para lucir más pálida.
Los trucos que no enseñen las novelas…
Dos días completos tardó don Luis en entrar por la puerta tratando de disimular, pero como si le faltara el aire. Solo al ver mi bulto desmadejado en el sofá, al más puro estilo «dama de las camelias», se permitió bufar con alivio.
—Mi querido amigo don Luis. —Estiré un brazo para recibirlo. Él tomó mi mano y besó los nudillos con una galante inclinación de cabeza—. Cuánto me alegra su visita.
«Y vaya si ha tardado, recórcholis».
—La veo muy bien, señorita María, lozana como siempre.
—Oh, lozana. Si estoy blanca como la leche. He pasado unos días muy malos. Sé que ha venido a interesarse por mi estado de salud —agregué a toda prisa—. No imagina lo mucho que le agradezco el detalle.
—Qué menos, señorita María. ¿Puedo sentarme?
Terrible fallo de cortesía por mi parte. Yo tumbada y el de pie como un pasmarote.
—Por favor, ruego disculpe mi descuido. ¡Señora Úrsula!
La cocinera apareció trotando en el saloncito.
—¿Qué se le ofrece… se-ño-ri-ta?
—Sírvanos un aperitivo, por favor. Encárguele a la cocinera que se esmere, don Luis estará hambriento a estas horas y a mí se me va despertando el apetito.
De ordinario, la señora Úrsula no recibía las órdenes de buen grado. Máxime cuando Petri o yo mencionábamos a la cocinera como si fuera otra persona ajena a ella misma. Salvo que la petición implicara volver a las cocinas a desenvolver su arte. Entonces sí.
Salió volando más contenta que unas pascuas.
—Disculpe si ve al servicio de esta casa un tanto relajado. Piense que no estamos demasiado acostumbrados a recibir. Entre todos formamos una pequeña y apretada familia que se da consuelo mutuo.
—Me hago cargo —sonrió—. Y hablando de servicio, una vez comprobado que está fuera de peligro. ¿podría hacerle una pregunta?
—Adelante —lo animé con ingenuidad.
—Es algo… delicado.
Mi poderoso sexto sentido me avisó de que se avecinaban problemas. Apreté las muelas y le dije que sí, claro. Rezando en silencio porque no fuera por donde temía que fuese.
Fue.
—El otro día, antes de su indisposición, claro está, me crucé con usted por el Retiro. Iba acompañando a una pareja. ¿Cierto?
Puse cara de lela terminal.
—¿Yo? Se confunde usted, don Luis, si llevo en cama un montón de días…
—Justo el día antes de ponerse enferma. Iba vestida de… doncella —le costó soltarlo.
Mantuve la templanza como pude.
—Le aseguro que no, don Luis, me debe de estar confundiendo con otra persona.
—Para bien o para mal, María, resulta usted inconfundible. Estoy convencido de que no me equivoco, la vi con mis propios ojos.
Me mordí el labio inferior. Pensando frenética una excusa que me sacara del atolladero, aunque no se me ocurría ninguna.
—No está obligada a desvelarme su secreto si prefiere guardar silencio. No obstante, me resulta tan chocante un comportamiento así…
—Pues no, ha dado usted en diana. No querría tener que hacerlo.
La desilusión que se pintó en el atractivo rostro de Luis no habría podido pasarle desapercibida a nadie. Menos a mí, que andaba pendiente del menor de sus gestos.
—Aquí llegan los aperitivos —anuncié feliz.
Él se mantuvo mudo mientras recibía las atenciones de la señora Úrsula con una sonrisa y mi interior se agitó agobiado, preguntándome si terminaría enfadado conmigo y alejándose. No quería que se alejara. Era mejor que satisficiera su lógica curiosidad con alguna mentirijilla piadosa…
Cuando Petri entró en la salita ataviada con su pulcro uniforme de doncella, su cofia blanca y una bandeja con vino y unos vasos, quise que me tragara la tierra. Aquello no podía salir bien de ninguna de las maneras.
Luis no dio muestras de reconocerla… Hasta que salió por la puerta y volvimos a quedarnos solos.
—Esa joven que acaba de servirnos, ¿es doncella de esta casa?
—Lo es. Muy buena muchacha. Confiable y capaz.
—Iba vestida de señorita el día que usted se disfrazó de criada.
El corazón me dio un brinco.
¿Cómo podía ser tan avispado y observador? ¡Apenas se habían cruzado medio segundo! ¡Petri llevaba puesto un sombrero como una palangana que le tapaba media cara!
Empezaba a percatarme de haber menospreciado los talentos del señor Luis, que no solo era guapo. Además, era listo como los ratones coloraos .
—Ahora, señorita María, si insiste en no desvelarme el juego que se traen entre manos, no me quedará otra que acatarlo con pesar.
Se me escapó una risita traviesa.
—¿Con el pesar de su corazón o con el de su curiosidad, señor?
—Con el de mi curiosidad, por descontado —reconoció sin ruborizarse.
—En fin, se lo contaré. Después de que brindemos.
Alzó un vaso por encima de su cabeza.
—Por usted, doña María, para que siga sana y hermosa, como lo está ahora. Para que no me dé más sustos y me siga sorprendiendo con sus extraños pasatiempos.
Era la primera vez en toda mi vida que alguien me dedicaba un brindis. Bebí con los ojos empañados por la emoción.
—Lo cierto es que sí.
—Sí, ¿qué? ¿Que vestía usted uniforme de doncella?
—Y la criada que nos ha servido el vino hace un momento parecía la señorita e iba acompañada de un caballero. Ha acertado en todo, don Luis, demuestra usted ser muy perspicaz.
Perspicaz. Qué bonita palabra. Y cuantísimo me costó aprenderla. Todavía recuerdo los sudores de la señorita Beatriz obligándome a repetirla una y mil veces.
—Vaya. ¿Y puedo saber a qué se debe tal intercambio de posiciones?
Me incliné hacia él, de modo confidencial.
—Espero que entienda que esto que voy a contarle es privado. Muy privado. Y que debo contar con su absoluta discreción.
—Soy una tumba cerrada a cal y canto.
—¿Lo promete?
—Lo prometo.
—Pues usted verá. Mi doncella tiene un pretendiente. Y a la pobre no le gustaría que el caballero descubriese que es una simple criada.
Luis abrió mucho los ojos. Su expresión perpleja decía a las claras «pero ¡ es una simple criada!». Solo que tuvo la suficiente educación como para no comentarlo.
—Ella necesitaba ayuda… y yo me presté a ofrecérsela.
—Para… ¿engañar al caballero?
—Engañar, engañar… Esa palabra suena muy poco musical, don Luis.
—Vale, usaremos otra, la que a usted le parezca. ¿Y el pobre diablo no sospecha nada?
Me entraron ganas de tirarme de boca al suelo.
Negué con la cabeza.
—Me va a disculpar, señorita María, con todos los respetos que le debo, lo que están haciendo…
—Le parece una atrocidad.
—Más o menos.
—Se lo puede parecer, no se lo discuto. Pero no lo es menos que el valor de una mujer se reduzca a su apellido.
Que a una muchacha excelente, hacendosa y tierna como nuestra Petri, se le niegue la posibilidad de conocer a un caballero al que podría hacer inmensamente feliz, solo porque tiene un oficio u otro, dentro de la decencia.
Luis se quedó cavilando. Yo aproveché para coger carrerilla. Las palabras salieron en tromba de mi garganta, porque no estaba defendiendo solo a Petri, me estaba defendiendo a mí misma. Y la ofensa me dolía.
—Que estamos discriminando a mujeres valiosas por una tontada de diferencia de clase que se está quedando antigua, señor mío. ¿Acaso no le parece una injusticia?
—Si la oyera mi padre…
—Su padre, el barón, tendrá más años que un nudo, con perdón. Pero usted no, Luis, usted es un hombre moderno, abierto al futuro que se está dibujando después de esta guerra terrible.
—Es cierto. La bobada esta del distanciamiento por estratos sociales cada vez tiene menos sentido. No obstante, ese pobre hombre…
—La gente tiene prejuicios, don Luis. Y ese caballero, que por cierto está más feliz que un conejo en una mata de tréboles desde que sale con Petra, no le habría concedido ni la más mínima oportunidad de haber sabido que trabajaba como doncella.