13
Un paseo accidentado
Paquita
Encomendé a Petri que cuidara de que el señor Federico no tomase por costumbre venir de visita a la mansión y, menos, sin anunciarse.
Nosotras ya habíamos inventado de antemano una historia, donde la pobre Petra Martínez de Soria, huérfana y sola en el mundo, se hospedaba temporalmente en casa de una conocida, la señorita María de Valladares.
Por aquello de cerrar el círculo y dejar atados todos los cabos.
Y para hacerse pasar por ama de llaves o similar y atender a quien viniera, a la señora Úrsula la teníamos dispuesta el día completo.
Petri se esmeró en ponerlo en práctica, lo que nos garantizó cierta tranquilidad, pero también la exigencia de mi compañera de que «su» dama de compañía, es decir, yo, la escoltara en sus paseos casi diarios con Federico.
Yo al hombre lo veía la mar de ilusionado, y me alegraba por ella, por muy fastidioso que me resultara el uniforme de criada y caminar sin ton ni son detrás de ellos mientras se hacían carantoñas. Si me descuidaba, pronto su relación llegaría a puerto dejando atrás a la mía.
—Petri, a ver cuándo empiezas a salir a pasear con tu enamorado sin llevarme a mí detrás, que como no le dedique más tiempo a mi san Luis, acabará birlándomelo otra más lista y con más minutos libres.
Petri me observó, suplicante y llorosa.
—No, no, no, a mí no me pongas ojitos. Te he ayudado a conseguirlo, ya lo tienes, está en el bote, no hay más que verlo.
Olvídate de la dama de compañía, que lo único que hace es estorbar.
Tira p´alante solita, que ya es hora. Hazte la idea de que eres una señorita moderna, no una señoritinga remilgada de esas que con un beso se desmayan.
Petri corrió hasta mí, me agarró las dos manos y las sacudió con ansiedad.
—Dime que me acompañarás por lo menos hoy. ¡Dímelo! Te prometo que no te lo volveré a pedir, ¡te lo prometo!
Decidí mantenerme firme como un poste de telégrafos. Estiré un dedo agitándolo con brío.
—Hoy solo, Petri, ni un día más. Corro el riesgo de que Luis se presente y me pille con ropa de doncella. ¿Imaginas el follón?
Ella asintió pesarosa.
—Todo por lo que llevo luchando se iría al traste. Por algún motivo, tu Federico va a mejor marcha que mi Luis que, mucho llevarme al teatro, mucho paseo y mucho café, pero dice que somos amigos.
—¿Amigos? —aulló Petri horrorizada.
—Los mejores amigos. Pero me barrunto que poco tiene que ver ser amigos con propuestas de matrimonio como las que a mí me interesan.
—¡Ay, Paquita…!
—No te preocupes, criatura, no pierdo la esperanza, todo se andará. —Lo estaba diciendo y se me iba encogiendo el corazón por momentos.
¿Y si era cierto? ¿Dolorosa y trágicamente cierto? ¿Que Luis no veía en mí más que a una persona agradable y no demasiado tonta con la que echar el rato y conversar? Igual había echado yo las campanas al vuelo con demasiada alegría.
¿Y si…?
No. Él había mencionado la palabra «enamorarse». Tenía que significar algo.
—Pues venga, una última caminatita con tu Federico, que a mí todavía me queda mucho que hacer con mi san Luis.
Qué poco me figuraba yo que aquel paseo me saldría caro. Pero que muy caro.
No reconocía, en la Petri que pelaba la pava con su pretendiente, a la muchacha sencilla que fregaba de rodillas los suelos de la mansión de los marqueses.
Mi compañera de tantos años de faena. Se había metido tan a fondo en su personaje de señorita fina, era todo tan exagerado, sus carcajadas fingidas, sus ademanes, hasta las caídas de pestañas se veían teatrales.
Sin embargo, al bueno de Federico no parecía importarle.
Vivía, respiraba encandilado.
El muchachote sonreía dichoso a todas horas, en cuanto la divisaba al llegar, resplandecía. Aquello era pan comido, cuestión de semanas que pidiera su mano.
Entonces, una de las veces en que medio distraída levanté la cabeza, vi lo que vi, y se me cortó el resuello.
Tropecé dos veces seguidas.
Luis.
Luis venía de frente, caminando despreocupado, pero por el mismo estrecho sendero del parque.
Iba a ser inevitable rozarnos casi, si uno de los dos no cambiaba de vía y no parecía que hacerlo él fuera a ser el caso.
Miró hacia nosotros y, en un par de ocasiones, sus ojos se posaron en mi persona.
Presa de un ataque de nervios, me escabullí con un movimiento esperpéntico que logró justo el efecto contrario: llamar aún más su atención.
Espantada vi cómo la distancia se acortaba y Luis ya no miraba a nadie que no fuera yo, como si de verdad me hubiese reconocido y quisiera asegurarse viéndome los rasgos que yo, con tanta torpeza, ocultaba. No era posible seguir esquivándolo, así que hice lo único que podía hacer.
Salir huyendo.
—¡Ay, señorita! —gemí excusándome ante Petri— ¡Un apretón!
Mientras corría para perderme entre los árboles, todavía llegué a escuchar la exclamación de horror de Federico:
—Pero Petra, querida, ¿has oído a tu doncella?
—¿Has visto, Federico? Cada vez cuesta más encontrar servicio con un mínimo de finura.
¡La madre que los parió a los dos! ¡Si hasta se tuteaban ya!
Desaparecí en el momento apropiado. Cuando el camino se hacía más angosto, Luis se cruzaba con la pareja, ambos caballeros se vieron obligados a cambiar de posición para no chocar ni entorpecerse, y Luis se tocó con ligereza el sombrero para inclinarse ante Petra.
Ni que decir tiene que me fui directa para la mansión y Petri no volvió a saber de su fatigosa dama de compañía en el resto del paseo.
En los días sucesivos, cuatro para ser exactos, fue la señora Úrsula la encargada de abrir la puerta cada vez que alguien llamaba, que casi siempre resultaba ser Luis, que venía a visitarme.
Me hice la enferma con la esperanza de que olvidara el bochornoso episodio.
Si conseguía desviar su atención, que se preocupara por otros menesteres, quizá dejara de relacionar la cara de la doncella en el parque con la mía.
Mi nudo flojo fue la señora Úrsula. Por más que la aleccioné, ella era cocinera hasta las trancas, llevaba los pucheros y sartenes en el alma, no se le daba el protocolo ni lo de recibir. Le faltó soltura.
—La señorita, ¿está enferma, dice? —gimió don Luis.
Lo tenían plantado en el recibidor y yo había cometido la osadía de espiarlo, apoyada en la balaustrada de la escalera, desde el piso superior.
—Mucho, señor, muy grave —confirmó la pobre mujer en su afán por alejarlo.
—Ya son tres días —murmuró él, acongojado—. ¿Llamaron al médico?
—No, no hace falta.
—¿No hace falta? ¿En qué quedamos, señora? ¿Es o no es cosa seria?
—De esta no se muere. Lo que pasa es que la señorita es muy blanda, se viene abajo con cualquier minucia….
Me acababa de dejar bien, doña Úrsula. A la altura del betún.