Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 12
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Nuestros nombres a secas

Paquita

—El caso, mi estimado amigo, es que las damas son primas hermanas de toda la vida.

​ —Es de suponer —rio Luis, tomando mi metedura de pata como una broma.

​ —Una de ellas, doña Jacinta, vive en el número 12 de la calle del Barquillo.

La mansión que linda con la nuestra. La otra, por azares del destino y las caprichosas herencias, habita en una mansión un poco más modesta, en la plaza.

Creo que no le ha perdonado ni perdonará jamás a su prima porque le tocase en suerte la casa más grande.

—Apuesto a que no es algo que podría haberse evitado.

—Desde luego que no. El problema es que doña Jacinta sabe dónde tiene la herida su prima Fortunata y no pierde ocasión para meterle el dedo en la llaga, alardeando de mansión y de posibles.

—Seguramente, a la hora de la verdad, ambas andarán muy cercanas en caudales.

—Eso se lo puedo confirmar. Las dos forman parte de una asociación muy ilustre, «Las damas nobles», que se dedica a la caridad y la beneficencia. Y siempre andan a la gresca, compitiendo entre ellas, por ver quién hace de samaritana en mayor medida.

Luis condecoró mi historieta con unas risas sinceras.

—Puedo imaginarme a las dos damas, armadas y listas para la batalla.

—Se secó una lágrima con la punta del pañuelo—.

Ay, María, qué ocurrente es usted y cuánta gracia tiene contando las cosas, cualidad muy alabada si como yo, se aspira a ser escritor.

¿Y cómo es que sabe tanto acerca de las primas enemigas si hace poco que vive en Madrid?

—Por el servicio —reaccioné con premura—. Mi cocinera me pone al corriente de todo.

—Compruebo que se lleva divinamente con las personas que le sirven.

—Usted lo ha dicho, don Luis, divinamente. Entiéndalo, desde cierto punto de vista son mi única familia. Creo que nunca le he preguntado si tiene usted hermanos.

—Dos hermanas menores, mellizas. Viven en un internado en Suiza.

Volverán tocando el piano como auténticas virtuosas, hablando francés y con las maneras más delicadas que una señorita pueda esbozar, mejorando lo presente.

Les habrán cortado de cuajo su alegre naturalidad, las habrán encorsetado y ya no volverán nunca a ser las chiquillas despreocupadas que eran.

Lo comentó con evidente tristeza y un toque de melancolía que me conmovió.

—Por eso me siento tan a gusto a su lado, señorita María. Es usted espontánea, no tiene miedo a decir lo que piensa, es educada sin excederse, no hay artificios en su conducta. La rodea una maravillosa aura de libertad que no sabría explicar con palabras, pero que se palpa.

—Me halaga usted, don Luis. Pare, por Dios, o me pondré del color de las amapolas.

—Todas las alabanzas que pueda dedicarle son pocas.

Es tan diferente a las demás damas que conozco.

Esas que jamás sonríen por miedo al qué dirán.

No dejan vislumbrar lo que sienten porque está mal visto.

Personas con las que no puedes comunicarte, vas siempre a ciegas.

Les han enseñado que lo correcto es no vivir, no respirar apenas, pasar tan inadvertidas que sus talentos queden ocultos para siempre, enterrados bajo capas y capas de finura, corrección y decencia mal entendida.

Se han olvidado de ser mujeres, queriendo ser solo damas.

Luis habló sin dejar de caminar, gesticulando con sus preciosas manos de cuando en cuando, mirando hacia adelante, a un punto lejano de un horizonte invisible. Cuando remató la última frase, enmudeció de golpe y frenó. Yo hice lo mismo y nos miramos de frente. Mis ojos húmedos de pura emoción.

Porque escuchándolo, yo, Paquita la criada, me había sentido orgullosa de quien era y de cómo me comportaba. Sus palabras me transmitieron cuánto había de bueno, de sano, en comportarse con mayor naturalidad, sin tanta regla, sin tanta cárcel.

Y por primera vez en toda mi vida me sentí valiosa.

—Gracias —musité con la voz entrecortada.

—¿Por qué me las da?

—Por el modo hermoso como me dibuja. Solo alguien con un alma que rebose luz es capaz de ver a otra persona con tanta grandeza.

—O alguien que empieza a enamorarse. Independientemente de la luz del alma.

El corazón se me aceleró hasta la locura.

Mi pulso inició un galope incontrolable.

Se me secó la garganta. Si por mí fuera, haciendo gala de esa espontaneidad que él tanto adoraba, me habría arrojado a sus brazos en plena calle.

Le habría repartido mil besos de mariposa por todo el rostro, antes de confesar que yo empezaba a sentir lo mismo.

No pude. Todo tenía un límite y esa era una barrera que yo no podía traspasar.

—¿Seguimos siendo los mejores amigos, don Luis?

Él dio un sutil respingo, como si despertara de un sueño que lo hubiera mantenido alejado de la realidad. Reculó medio metro para no estar tan irreverentemente cerca de mí y sonrió con esfuerzo.

—Desde luego. Por eso va siendo hora de que me llame Luis a secas, ni «don» ni «señorito», ¿no le parece?

Tuve la amarga sensación de que con mis propias manos me había encargado de romper en pedazos algo muy bonito que apenas había asomado las orejitas al mundo. Su incipiente declaración de amor.

Me maldije por ello.

Ya podía haber mantenido el pico cerrado, ya.

—Solo si usted acepta llamarme María a secas, don Luis.

A pesar de la alegría por mis avances y de los piropos recibidos, aquella noche no pegué ojo.

Tenía un remolino de ideas hirviendo dentro de la cabeza.

Como una olla de caldo donde todo se mezcla y burbujea.

Como el caldero de una bruja, porque así me sentía a ratos, como una auténtica pérfida mujer.

Luis era un buen hombre, de esos que te miran con ojos profundos y honestos y te desbaratan. No se merecía el embuste espantoso del que estaba siendo víctima.

La culpa me mataba a dentelladas.

Con franqueza, si me había fijado en él, si finalmente tras días de búsqueda lo había escogido, era por su guapura.

Y porque iba vestido elegante y con lujo.

Toda su ropa, sus zapatos, hablaban de poderío; trabajando como doncella, una termina siendo experta en las calidades de los tejidos.

Y los suyos dejaban patente que nadaba en la abundancia.

Fijé en él los ojos y fue como si en aquel banco hubiera cien billetes de una peseta en un manojo, abandonados.

Era todo cuanto veía si lo miraba. Sus dineros. Los que probablemente tenía y de los que yo podría aprovecharme si las cosas salían bien.

Pero aquel día en que reparó en mi presencia y alzó la mirada… Le vi la cara y todo cambió, se me fue el santo al cielo. No era solo que fuese insoportablemente guapo, que lo era. La luz de sus ojos, la nobleza que irradiaba sin ser consciente de ello me convenció de que podía dejar de buscar.

Lo había encontrado. Sin duda era el hombre de mi vida.

Y ahora me arrepentía.

Cuanto más me importaba él, más culpable me sentía. Cuanto más parecía importarle yo, más sufriría Luis al descubrir mis engaños. Y yo estaba dispuesta a cargar con mi sufrimiento, pero no quería provocar el suyo.

Aquella noche, entre miles de vueltas con la melena enredada y cambios de postura, me pregunté una y cien veces, si el plan de conseguir que perdiera la cabeza por mí era un acierto o el peor de los errores.

Si aquello que había arrancado como una maniobra desesperada por sobrevivir, no acabaría convirtiéndose en el peor de los infiernos.

Ya había salido el sol hacía mucho cuando, agotada de pensar y pensarme, sin llegar a ninguna conclusión, me dormí.