Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 11
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El calorcito y otras hierbas

Paquita

Tenía que conversar seriamente conmigo misma y descubrir de qué modo estaba yo implicada en aquel asunto.

Porque de un tiempo a esa parte, me sorprendía pensando en Luis con unas blanduras de corazón que no eran normales.

Al menos, no estaba previsto. Yo quería un marido que me sacara de la pobreza, con el que dejar de servir para los restos, ver mundo, tener mi propia casa y servicio.

​ Y poco más.

No es que no deseara un amor intenso como el de la señorita Beatriz con su señor Gustavo. A ellos los había visto sufrir como condenados, sabía por las novelas que enamorarse es una trampa en la que no quería caer.

Por poner un ejemplo, de no sentir yo absolutamente nada por Luis, los remordimientos no me estarían quitando el sueño, que los primeros días después de conocerlo, vanagloriándome de lo maravillosamente bien encaminado que iba mi plan, vaya si dormía a pierna suelta, como un tronco.

Sin embargo, conforme avanzaban las semanas…

Por suerte o por desgracia, hubo un antes y un después de aquella ópera.

La mano de Luis encerrando la mía, la calidez de su tacto, la sensibilidad que despertó en mi piel.

Cosas que yo no había sentido antes, pero que me habían gustado.

Quería volver a sentirlas. Por todo el cuerpo y cuanto antes, a ser posible.

¿Y qué me dicen de aquellos temblores que me recorrían de pies a cabeza cuando lo recordaba? No solo la sensación física.

La dulce mirada de Luis embelesado era como un bálsamo para mis desgracias.

En su compañía dejaba de sentirme sola, porque si en una cosa no había mentido era en la ausencia de parientes.

Yo no tenía a nadie en el mundo más que a la señorita Beatriz y al servicio de los marqueses.

En las grandes casas, los criados terminábamos formando una especie de familia, la que por lo general, nos faltaba en el mundo real.

Yo había pretendido buscarme un futuro desahogado, y ahora lo que tenía era un corazón tibio, una conciencia que me arañaba desde dentro como un gavilán, y un calorcito desconocido que me subía desde el vientre al escote y vuelta p´abajo con solo pensar en Luis.

Quizá debiera olvidar estímulos como el egoísmo o la ambición y abrirme al romance que estaba a punto de vivir.

Sin embargo, empecé a obsesionarme con qué sucedería cuando Luis lo descubriera todo. Hasta hacía poco, el riesgo se reducía a perder mi oportunidad de vida resuelta, obligándome a empezar de nuevo, con otro, desde cero.

Ahora, Luis me importaba. Era él con quien quería compartir mis días. Y descubrir mi fantasía de embustes significaría perderlo. No iba a perdonarme, de eso me podía olvidar.

¡Qué angustia se me agarró a la boca del estómago!

Más me valía relajarme y volver a enganchar el toro por los cuernos o yo misma echaría a rodar el plan. Si conseguía enamorarlo locamente, sería más sencillo ganarme su perdón llegado el momento, me dije.

Eso era en lo que debía esforzarme. En meterme dentro de su alma y su cabeza, de modo que ya no pudiera ni respirar sin mí a su lado.

«Mente fría y calculadora, Paca», me dije.

«Arrincona los calorcitos y otras hierbas.

Aquí lo importante es lo que Luis sienta, no lo que empieces a sentir tú.

Con eso solo comprarás sufrimiento y un dolor insoportable el día que abra los ojos y vea de qué pasta estás hecha.

La clase de estafadora mentirosa que eres».

El día que te plante como a un clavel.

Cuidadito.

Esa noche me hice una lista con las metas a alcanzar.

La mayoría las olvidé en cuanto vi a Luis de nuevo por la mañana.

Habíamos quedado cerca de la entrada al Retiro, a pasear alrededor del parque sin llegar a entrar en él, pensando en tomarnos un cafetito en alguna parte.

Me vestí de azul cielo, con un sombrero precioso, tocado con pequeñas plumas de marabú, guantes y sombrilla.

Le había dicho a mi «amigo» que mejor nos encontrábamos en el lugar de la cita. Rondar la mansión de la calle del Barquillo más de la cuenta, podía suscitar habladurías entre los vecinos. Especialmente un par de primas octogenarias muy peligrosas de las que le prometí, le seguiría chismorreando.

A pocos metros de la entrada principal de la mansión, nada más poner el pie en la calle, el corazón me dio un vuelco.

Acera adelante, embravecido y gallardo, venía don Federico, seguramente a visitar a Petri.

Tendría que componérselas para que lo atendiera la señora Úrsula y a ella le diera tiempo a cambiarse.

O simplemente excusarla con el consabido «la señorita no se encuentra en casa en este momento, ¿querría dejarle una nota? ».

Sobre todo, eso; yo ya las había aleccionado. Ahora hacía falta que lo pusieran en práctica con la destreza requerida o se descubriría la traca, cuando la Petri había sido tan bendecida por la fortuna.

Agaché ligeramente la cabeza, rezando porque no me reconociera.

El caballero se apeó de la acera para concederme espacio, se quitó el sombrero y saludó con una cortés reverencia que respondí con ligereza.

Ambos seguimos nuestro camino en direcciones opuestas, yo soltando el aire retenido en los pulmones con una dolorosa punzada de alivio, él, seguramente, emocionado por la perspectiva de verse con Petri.

Sosegué mis preocupaciones diciéndome que no hacíamos daño a nadie. Al contrario, alimentábamos una bonita historia de amor por partida doble.

¿No era así?

Luis esperaba con un ramillete de flores en las manos, que me entregó nada más verme.

Antes incluso de inclinarse para saludar.

Como un niño que te ha comprado un regalo con sus ahorros y no puede esperar a dártelo.

El pellizco de culpabilidad no me dejó tranquila mientras lo aceptaba, sonreía e intercambiábamos algunas frases corteses.

—Y cuénteme, señorita María, todos estos días ha esquivado usted el tema, pero me dejó de lo más intrigado con el hallazgo de su crianza en el convento. ¿Qué me cuenta de esos años? Me gustaría saber más acerca de esa juventud tan poco usual.

Hice como si estuviera la mar de tranquila, pero mis dedos crispados le daban vueltas frenéticas al ramito de florecillas.

—¿Qué le puedo contar que usted ya no se imagine, don Luis? Un convento es un convento. Y en Cuenca, nada menos. Silencioso, recogido, aburrido, gris…

—Muchos rosarios habrá rezado —aventuró con ternura.

—Más de los que pueda usted figurarse. ¡Y de rodillas!

La madre superiora me tenía en gran estima, siempre era yo la que leía las Sagradas Escrituras durante los almuerzos.

—Mi imaginación fantasiosa no tardó en dispararse, como de costumbre—.

A las monjas les gustaba el tono de mi voz, decían que les proporcionaba paz y calma.

Otro saquito de mentiras que sumar a lo que ya teníamos. Total, adornar un poco las historias tampoco es que fuera pecado.

—Y como del convento nada hay que añadir, lo que sí voy a contarle es la historia de mis vecinas las cotillas. Esa que le prometí que le narraría. Verá qué bien se lo pasa: doña Fortunata y doña Jacinta son para mondarse de risa…