10
Don Federico
Paquita
Nos acomodamos en una mesita muy bien situada, desde la que se dominaba la entrada a la chocolatería, por aquello de vigilar a los que fuesen entrando, y a casi todas las mesas.
Debería mejor decir que Petri se acomodó, porque a mí, en mi papel de dama de compañía de «la señorita» me tocaba quedarme de pie a su lado, como un poste, sonriendo bobalicona.
—Ay, se acerca el camarero. ¿Qué pido, Paquita? ¿Qué pido? —me ametralló medio histérica.
—Chocolate con churros, burramia , que estás en San Ginés. —Aguardé a que diera tiritando la orden y el camarero se alejara—. ¿Tienes ya pensado un nombre con el que presentarte?
—¿Uno de esos con apellidos rimbombantes?
—Esos mismos. La servilleta al regazo.
Obedeció un poco más serena.
—Petra Martínez de Soria. ¿Te parece bien?
—Sonar no suena mal. Repasa a todos los caballeros que están solos en una mesa y acuérdate de lo del anillo de bodas. ¿Hay alguno que te haga gracia?
La mirada de Petri serpenteó por la vasta sala.
—Son todos vejestorios.
—A ver si te piensas que esto va a ser llegar y besar el santo.
—Tampoco hace falta que me guste mucho, ¿no? Conque no me desagrade del todo…
—Tú verás, Petri, tú verás. No seré yo a la que le toque aguantarlo.
—Tú es que has tenido mucha suerte. Como eres rubia y con los ojos claros, igual que la señorita, hasta pareces de familia de sombrero con pluma.
Y dale con la burra al trigo.
—Petra, el dedo, ¡el dedo!
—¿Qué dedo? —Volvió a ponerse nerviosa.
—El meñique. Al subir la taza, lo estiras, pero no tanto, que parece que lo llevas almidonado, hija.
Se aplicó cuanto pudo.
—¿Lo estoy haciendo bien?
—Para el tiempo de instrucción que llevas, te defiendes. Pero no como para enfrentarte a un caballero.
—Ya te dije que me basta…
—Un tendero, lo sé. Por desgracia ningún hombre lleva un letrero en la frente anunciando su oficio, vamos a tener que confiar en la buena fortuna.
—Paquita, te rugen las tripas.
—Si es que con las bullas que te han entrado, ni tiempo he tenido de merendar.
—¿De verdad que no puedes compartir mesa conmigo? ¿No se supone que soy moderna, muchachas de después de la Gran Guerra?
—¿Y llamar la atención de todo el mundo? ¿Que hasta el último mono de la San Ginés se quede con mi cara? A ver cómo me las apaño yo luego para hacerme pasar por dama. Deja, deja, cuanto más desapercibida pase, mejor.
—¿Qué significa esa palabreja?
—¿Desapercibida? Pues que nadie me vea.
—¿Como si fueras invisible?
—Tal cual. Mira ese de la esquina, al que están sirviendo las porras justo ahora. Es buen mozo. ¿No te valdría?
Petra lo revisó concienzuda, ladeó la cabeza y arrugó el morro.
— Umm , no sé…
—A ver si te vas a poner fina nada más empezar…
Así echamos la tarde, sin detectar ningún objetivo interesante, aunque no fue tiempo perdido.
A Petri se le fue un poquito el miedo y verse en plan señorita, servida por otros, rodeada de personas elegantes que la miraban con afecto e inclinaban sus cabezas allí donde siempre había sido el palo de una escoba en el que nadie reparaba, le dio alas y tablas.
—Mañana no quiero volver al mismo sitio. ¿dónde te parece que vayamos?
—A pasear a la Plaza Mayor. Hay muchos cafetines en los alrededores.
—¿Eso no es mejor hacerlo por la mañana?
—Petri, por la mañana tengo yo que verme con mi señor Luis. Esto hay que organizarlo de manera que, por ayudarte a ti, no se malogre lo mío, que va tan bien encaminado.
—Y que las tareas de la mansión estén al día. Es lo primero que me ha chillado a la oreja la señá Úrsula.
—Sí, claro, eso. La casa.
—Señora. Señora Úrsula —se corrigió ella sola.
La recompensé con una mirada de admiración.
—Muy bien, Petri, muy bien.
—¡Señorita! ¡Oiga, señorita!
Una voz masculina que no nos era familiar a ninguna de las dos nos llegó por la espalda. Un caballero corría hacia nosotras sujetándose el sombrero con una mano. Me recogí a la derecha de Petri, con la actitud sumisa de una auténtica doncella y dejé que ella se enfrentara al imprevisto.
—Disculpe la intromisión. —El joven se detuvo con la lengua fuera—. Se ha olvidado usted esto en San Ginés.
Entonces lo reconocí. Era el mozo gallardo que le había yo señalado a la Petri a última hora y al que ella había dedicado unos ascos. Visto de cerca, el chico merecía, iba bien vestido, tenía unos grandes ojos cálidos y una sonrisa afectuosa. En la mano derecha sostenía un abanico.
Petri se quedó patidifusa. Tardó casi minuto y medio en reaccionar.
—Oh, mi… mi abanico. Qué amable de su parte, señor…
—Federico Argüelles para servirla, señorita…
—Petra Martínez de Soria —respondió ella con una soltura que me dejó pasmada.
No solo eso, alargó la mano para que Federico se la besara, cosa que el joven hizo de inmediato y sin titubeos.
—¿Y ha venido usted galopando todo este camino?
—Cualquier sacrificio con tal de que usted no perdiera su preciado objeto.
Conocía a la Petri desde muchos años atrás y estaba derretida.
A distancias cortas el joven era bien parecido, algo más alto que ella, de constitución recia.
Nada que ver con mi Luis, pero estaba claro que a mi compañera le alegraba el ojo, porque cada vez que abría la boca, su tono adquiría un tinte pícaro, y se puso más tonta y coqueta que nunca.
—¿Me permitiría si la acompañara un trecho?
—El que guste. Después de la carrera que se ha metío … metido.
Allá que arrancaron ambos, conmigo en retaguardia, a unos seis pasos de distancia que fui alargando hasta convertir en diez.
Por aquello de concederles intimidad. A Federico se le veía muy entusiasmado con Petri, no dejaba de sonreír y la cara la llevaba iluminada desde dentro.
Me pregunté si podía ser que hubiéramos tenido tanta suerte.
Con la Petri emparejada, yo volvía a ser libre como los pájaros para alimentar mi historia de amor con Luis.
Entonces se me retorció el estómago.
¿Historia de amor?