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A por churros
Paquita
Suspiré más hondo que el pozo de mi pueblo. A Petri, a pesada, no había quien la ganara.
—Venga, Paquita, no me digas que no, no seas egoísta.
—¿Egoísta? ¿Yo? —Me llevé las manos al pecho—. Si llevo dos semanas dedicando los días casi completos a enseñarte…
—Como tú ya has encontrado pretendiente, a las demás que nos zurzan. Y yo, Paquita, aquí o jugamos todas o rompemos la baraja. Que también tengo derecho.
Ahora resultaba que era responsabilidad mía el que Petri se ennoviara.
Cuando yo andaba atontada perdida y en todo lo que podía pensar era en don Luis.
Bastante tiempo me habían robado las clases para que Petri dejase de comportarse como si acabara de soltar un arado.
Horas de muchos días que podría haber invertido paseando con él, o yendo otra vez al teatro.
Para que volviera a repetirse lo que pasó en aquel palco medio a oscuras.
¡Diantre! ¡Que no os lo he contado!
Cuando su mano buscó a tientas la mía, nuestros dedos se enroscaron y yo me estremecí de pies a cabeza dominada por una sensación que no había sentido antes. La de su tacto por todo mi cuerpo, como si me palpara por todas partes, no solo la mano. Queriendo más. Rendida al hechizo del deseo.
Luis. Mi… ¿amor?
—¡Paquita! —aulló Petri junto a mi oreja.
Di un respingo, se me cayó al suelo la patata que estaba pelando.
—¿ Queeé ?
—¡Que estás dormida! ¿Vamos o qué?
Doña Úrsula me hizo una seña de desesperación con las cejas. Ella sabía y yo también, que Petri no cejaría en su empeño hasta salirse con la suya. Y si se le había metido en la sesera que hoy sería la primera intentona de su exposición como señorita, nadie la bajaría del burro.
Con un resoplido solté el cuchillo, aparté el lebrillo con las patatas ya listas, me sequé las manos en el delantal y a continuación, me lo desabroché. A mi lado, Petri palmoteaba y daba saltitos, feliz como una colegiala.
—De eso, para empezar, te olvidas —aproveché para cortar de cuajo tanto entusiasmo—. Las señoritas educadas nunca aplauden, ni dan gritos ni saltos. La alegría la demuestras, pero sin hacer ruido. Bajito y discreto, sin aspavientos, Petri, que tú eres mucho de aspavientos.
—¿Yo? ¡Uy! ¡Habló la niña de buena familia! —me ridiculizó.
—Y de escándalos —rematé con descaro.
Que viera lo poco que me afectaban sus burlas.
Elegimos un vestido de tul rosa que era un primor y resaltaba la cabellera castaña de Petri. Hacía brillar sus ojos oscuros y, una vez peinada, verdaderamente parecía una dama.
Casi.
Se miró al espejo y ahogó una exclamación de incredulidad.
—Esa… ¿esa de ahí soy yo?
—De pies a cabeza, Petri. Vamos a ir a San Ginés, a comernos unos churros con chocolate. Bueno, a comerte, yo soy la criada y debo quedarme de pie aguardando o en una mesa aparte, cuidándote las espaldas.
—Todo esto me hace sentir importante.
—Debes sentirte importante, Petri. Si no te crees lo que estás haciendo, no saldrá bien. Te meterás en la cabeza que eres una muchacha huérfana de familia pudiente, sin nadie en el mundo, una delicada florecilla necesitada de arrullo, o todo se irá por el retrete.
Petri sacudió la cabeza asintiendo. Sin atreverse a preguntar qué diablos significaba arrullo .
Miré mi reflejo muertecita de pena, echando de menos un peinado sofisticado y mis vestidos lujosos, en lugar del uniforme oscuro al que tan poco había tardado en desacostumbrarme.
Me santigüé pidiendo a Dios que el pretendiente ideal para Petri apareciera pronto, antes de que me volviera loca, y salimos.
—¿Tú empezaste por la chocolatería? —quiso saber nada más arrancar la caminata.
Yo iba un poquito rezagada con respecto a ella por aquello de guardar las apariencias, pero nos comunicábamos bastante bien.
—No es una chocolatería cualquiera, Petri, es San Ginés, la más famosa de Madrid, donde merienda y desayuna la gente pudiente. Allí puedes encontrar a muchos comerciantes de esos que buscas.
A Petri le chasquearon los dientes de pura ilusión.
—Lo primero es que esté solo en la mesa. Lo segundo, que no lleve anillo de casado... que también podría ser lo primero. Luego conseguirás que se fije en ti a base de miraditas y caídas de pestañas. Así, ¿ves?
—Qué bien te sale, Paquita, yo no tengo tanto arte. Claro, como no tengo azules los ojos…
—Te puedes enroscar un rizo en un dedo, así como distraída…
Le mostré el movimiento. Petri atendía con la boca abierta, bebiéndose mis enseñanzas con un afán que me enterneció.
—Y si decide invitarte, se lo agradeces inclinando la cabeza, sin decir ni una palabra. Solo sonríes y al tiempo de marcharte, le vuelves a sonreír.
—¿Y ya está?
—Para el primer día, claro que ya está.
—¿Y qué más? ¿Cuándo vuelvo a verlo?
—Se supone, que al día siguiente en la misma chocolatería. Hay que crear un ritual, que, sin necesidad de decirlo, los dos sepáis que ese es vuestro punto de encuentro.
—Parece fácil.
—Lo es, si funciona.
—¿Qué quieres decir?
—Muy simple, Petri, hace falta que él te guste y tú le gustes a él y no sea un bribón libertino que viene a aprovecharse de ti.
La dejé rumiando un buen rato durante el cual, pude caminar en paz.
—¿Y si no veo a nadie que me guste?
—Pues volvemos otro día. O vamos a otro sitio. Hasta que lo encuentres.
—¿Tú tardaste mucho en encontrar al tuyo?
Me escoció que se dirigiera a él como si fuera un cucharón, algo que se usa y se olvida.
—El mío tiene nombre. Se llama Luis. Sí, unas cuantas semanas. Pero cuando lo vi allí, sentado en el banco del parque… supe que era perfecto.
También es cierto que pensé en él como en un botín que me solucionaría la vida. Un cucharón. Valerme de él. Un billete de barco que me llevaría a nuevos mundos haciendo de mí una señora costeada. Nada de enamorarse, nada de sentimientos, ni de entregas, ni de lejos echarlo de menos.
Nada de sufrir.
Justo lo contrario de lo que estaba empezando a ocurrir.