Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 8
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Aquelarre

Paquita

Bufé, desesperada.

​ —Baja la voz, diantre, que vas a terminar despertando a los demás y se enterarán de todo.

Petri echó atrás la cabeza para soltar una carcajada estruendosa que me echó a temblar las piernas.

—Te pensarás que no lo saben. A ver, si la señora Úrsula no se ha coscado todavía es porque no saca la pobre la cabeza de los peroles. Pero el Salvador… Ese ya te ha pillado dos o tres veces.

—Ya lo sé.

—Que me lo ha dicho, no te pienses.

—¡Que ya lo sé, demonios!

—¿Qué está pasando aquí? ¿De qué discutís? A estas horas deberíais estar durmiendo.

La que faltaba pal duro. La señora Úrsula, la cocinera, en camisón, con los ojos pegados y una vela en la mano, mirándonos con cara de pasmo.

Especialmente a mí.

—¿Y tú, muchacha? ¿De qué vas vestida?

La Petri y yo nos cruzamos una mirada de agobio.

—Esa ropa es de la señorita Beatriz, ¿me equivoco?

En ese momento crucial, Salvador también hizo acto de presencia, quedándose apoyado en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho en plan chulesco, repasándome como si me perdonara la vida.

—Sí, listilla, venga, va siendo hora de que desembuches.

—De acuerdo, señora Úrsula —cedí con un suspiro—, y solo porque es usted. Tengo que contarle una cosa muy importante.

Acabamos sentados alrededor de la mesa del comedor de servicio, con unas empanadas que la cocinera había preparado para la cena y no se habían gastado por mi salida, la ausencia de Salvador, que había ido a tomarse unos chatos, de ahí que estuviera tan envalentonado, y la Petri, que se había puesto morada de pasteles por la tarde y no había cenado.

A aquellas horas, sin embargo, a todos nos rugían las tripas y las empanadas estaban tiernas y ricas como el cielo.

—¿Qué, señá Úrsula? —presionó Petri— ¿No dice usted na ?

—No se dice señá , sino señora. Se-ño-ra. Con todas sus letras. Y tampoco se dice na . Es na-da —la corregí dándole tiempo a la mujer para que pensara.

—A ver… —balbuceó al fin—, bonito no es que esté. Es una cosa fea, Paquita, bien fea. Lo de usar los vestidos de la señorita, inventarse un nombre y hacer como si la mansión fuera tuya.

—Los vestidos me los regaló la señorita antes de casarse —me defendí con brío.

—Lo de la ropa es lo de menos, es todo lo demás. Es mu gordo, niña, mu gordo donde te has metido.

—¿A que sí? —Congestionado por el vino, Salvador le echó leña al fuego.

Me entraron ganas de estamparle algo duro en la cabezota.

—¡Tú te callas! Que nadie te ha dado vela en este entierro.

—Pero lo que quieres conseguir —reanudó doña Úrsula— no es tan mala idea. Es buena, buenísima. ¿Quién te dice que no consigues casarte en todo este tiempo? Hay meses de sobra…

Fue como si se abriera el cielo y saliera el sol tras una tormenta.

—¿Y qué pasará en cuanto se descubra el pastel? Porque estas cosas, tarde o temprano se acaban sabiendo —nos fastidió Salvador, el rancio de la casa.

—Y sabrán que no tenemos un real en el bolsillo —agregó Petri con un hipido.

—Eso no importa si el caballero tiene sus propios caudales —aseguré con firmeza.

—La Paquita tiene razón —me apoyó la cocinera—. Esos hombres disponen de fortuna propia, lo que quieren es una cara bonita y una esposa de la que pavonearse, que les dé muchos hijos.

—¡Y esas somos nosotras! —Di una palmada entusiasmada al aire.

A Petri empezó a cambiársele el semblante. Todo lo contrario que a Salvador, que con un puñetazo en la mesa y una maldición parecida a un «estáis locas de atar», salió zumbando de la cocina y no se le volvió a ver.

—¿Cree usted que le irá con el cuento a los marqueses? —pregunté temblona.

La cocinera sacudió la cabeza.

—Este no tiene agallas para dirigirle la palabra a don Arturo. Además, por si no te has percatado, bebe los vientos por ti. Si se fuera de la lengua, corre el riesgo de que te despidan y Salvador no quiere perderte de vista. No hablará.

—Pues me deja usted más tranquila. Porque aquí, o vamos todos a una como Fuenteovejuna…

—Más bien como un aquelarre de brujas, porque con el mozo no cuentes. Y no te fíes de él, Paquita, no te fíes un pelo.

—Pero si usted misma me ha dicho que no me delatará.

El dedo de la señora Úrsula dibujó círculos en el aire.

—Puede hacer otras cosas peores. Que los amores no correspondidos tejen traiciones, niña. Que mira, si no, cómo acabó el Andrés.

La Petri seguramente no durmió, rumiando cómo me echaría encima todas sus exigencias de buena mañana. Me buscó en la cocina, donde calladita y modosa ayudaba a la doña a disponer las viandas del día, se sirvió un café con leche y se sentó en la esquina de la mesa a mirarme sin hablar.

—Me estás poniendo de los nervios, Petri, ¿se puede saber qué quieres?

—Que me digas a qué hora salimos hoy, a dónde iremos y qué ropa voy a ponerme.

—¿De todo eso tengo que encargarme yo?

— Pos claro que sí.

Doña Úrsula nos miró a las dos conteniendo una carcajada de vinagre. Me limpié las manos con un trapo.

—Puedo ayudarte con la vestimenta y el peinado. Te daré unas cuantas ideas y el resto lo haces tú por tu cuenta, que yo tengo que verme con don Luis.

Petri abrió los ojos como si me hubieran salido cuernos.

—¿Yo? ¿Sin dama de compañía? ¿A buscar un caballero aceptable?

—Claro. ¿No salgo yo sola? Haz tú lo mismo.

—Pero si no sé ni por dónde empezar —gimoteó suplicante.

—Es que te queda mucho por aprender, Petri, te lo he dicho y no me escuchas.

—Deberías hacerle caso —aconsejó la señora Úrsula como un eco.

—Pero como de repente te han entrado las prisas —añadí—, pues ¡hala! A arrancar cuanto antes. Verás cómo te estrellas.

—Me han entrado, porque en cualquier momento a alguien de la familia le da por venir y me chafa el invento. ¿Te figuras si me quedo a mitad de camino? Peor aún, ¿sin empezar siquiera?

—Pues eso. Yo te digo qué tienes que hacer y tú lo haces.

—Estás borracha. ¿Cómo voy a ir sola a ninguna parte con lo mal que me manejo? Te necesito, Paquita, y bien cerca pa que me puedas aconsejar.