7
Viejos conocidos
—Oh, disculpe, don Pedro, qué descuidado soy a veces. Le presento a la señorita María de Valladares, una buena y estimada amiga.
Marqué una pequeña reverencia que no venía a cuento y de la que me arrepentí en el acto. El caballero, con expresión amoscada, tomó mi mano e hizo como si fuera a besarme los nudillos.
—Encantado, joven. —Sentí que me perforaba con los ojillos entornados—. El caso, señorita María, es que su rostro me resulta familiar. Muy familiar.
Y tanto. Estaba hartito de verme. Pero con delantal y cofia, poniéndole por delante los bocaditos de jamón serrano. Me esforcé por sonreír y que saliera natural, pero creo que mi cara se descompuso en una suerte de mueca rara.
—La señorita vive en la calle… —empezó Luis.
Se me puso la carne de gallina. Como mencionara la dirección de los marqueses estaba acabada.
Le golpeé el antebrazo con muy poca delicadeza y solté una risotada.
—Imposible que nos hayamos visto antes, don Pedro. No hace tanto que llegué a Madrid.
Mi acompañante me miró con extrañeza, soportando los tirones que yo le propinaba tratando de arrastrarlo hacia el palco.
—Pues fíjese que yo diría… —insistió el pedante de don Pedro de Gámez—, suelo ser bastante bueno recordando las caras. En fin, los años no perdonan, señorita, disculpe si la he molestado.
—No pasa nada, es posible que me confunda con alguien. ¿Entramos, querido? Creo que la función está a punto de empezar.
Nos despedimos con precipitación del encontronazo, y en menos de dos minutos tenía a un perplejo Luis sentado a mi lado, mirándome con dos ojos como platos.
—Me ha llamado… Por casualidad me ha llamado…, ¿querido?
No me moví un milímetro. Me mantuve rígida en mi silla, con las manos en el regazo, la mirada fija en el escenario aún vacío y una gota gorda de sudor nervioso haciéndome cosquillas al bajar por mi espalda.
—Lo siento, lo siento una barbaridad. Olvídelo, ha sido un atrevimiento imperdonable.
—No, si a mí…
—El caso es que me he puesto muy nerviosa.
—¿Nerviosa? ¿Por qué?
Tomé aire y me volví a mirarlo de frente.
—Me descompone conocer gente nueva. Soportar miradas desconocidas que te recorren de los pies a la cabeza, te juzgan, se preguntan de qué pie cojeas.
Lo estaba empeorando. El estupor de Luis iba de mal en peor. Moví las manos de forma histérica, restando importancia al asunto.
—No me haga caso, disfrutemos de la ópera, que es a lo que hemos venido.
—¿Y dice que hace poco que vino a vivir a Madrid?
Y dale. ¿Es que había memorizado palabra por palabra todos mis errores para poder restregármelos en cuanto tuviera ocasión?
—Sí, eso he dicho. Mi familia ha vivido siempre en México.
—Pues usted no tiene ningún acento…
—Eso es porque a mí, de pequeña, me mandaron a… a… —Me devané los sesos pensando un lugar lo suficientemente remoto como para que nadie hubiera sabido nunca de mí—, a Cuenca.
—¿Cuenca?
—A un monasterio. De monjas.
—Imagino que querrá usted decir convento.
La orquesta irrumpió con los primeros tonos.
—Tiene usted razón. Convento. A veces mezclo los dialectos mejicano y español.
—¿Dialectos?
Chisté a ver si de una vez se callaba.
—Luis, deje de parlotear, que estamos molestando. Venga, a escuchar cómo cantan, que seguro que lo hacen de fábula.
Con mucho trabajo conseguí distraerlo, que aparcara el interrogatorio y se centrara en los divos. El corazón me galopaba a velocidad suicida y los calores me subían y me bajaban del escote a la coronilla y vuelta a empezar. Hasta me costaba respirar.
—Lo bien que me vendría a mí ahora un abanico… —musité con una mano apoyada en el pecho.
—¿Quiere que salga a comprarle uno?
Lo miré sonriendo absolutamente derretida. ¿Se podía ser más adorable y encantador?
—Ni se le ocurra, que se pierde las canciones. Pero gracias por ofrecerse, es usted de una amabilidad y un galante que tiran de espaldas.
Regresé a la mansión de la calle del Barquillo borracha de felicidad, flotando en una nube, después de haberme visto tan bien acompañada en el mejor teatro de Madrid, con un vestido de seda que fue la envidia de las damas, y hasta joyas, algo que mi cuello y mis orejas no habían catado en todos sus años de vida.
Pero mira tú qué mala fortuna, ir a toparme con la Petri nada más entrar. Con cara de pocos amigos y el entrecejo como una arruga sin planchar.
—¿Qué? Lo habrás pasado divinamente, ¿no?
—Pues sí, no voy a mentirte, que voy derechita al infierno. Muy requetebién.
—¿ Ta pedío matrimonio ya el señorito?
La aparté con un brazo para poder avanzar. Como la tenía en medio del camino, terminé cerca de la puerta de la cocina.
—¿Has perdido el magín? Ni que fueran tan sencillas y tan rápidas estas cosas.
—Pues que espabile, que ya va llegando mi turno.
—¿Eso qué quiere decir?
—Pues lo que digo, que yo también quiero un novio con billetes. Y que te toca ser mi criada y yo la señorita, y empezar a buscarlo.
—Todavía estás muy verde con las conductas, Petri, que en cuanto abres la boca sube el pan.
Esa era la excusa que le venía poniendo desde hacía unas semanas, pero pa mí que ya se estaba hartando de escucharla.
—Me da lo mismo. Hablo poco y en paz.
—Pues ya me dirás tú cómo te camelas a un señorito sin un pico de oro con el que encandilarlo.
—Si es que yo no rasco tan alto, Paquita, que tienes tú muchos humos. Me conformo con un tendero, un hombre honrado y bueno que se gane la vida con algún negocio, una cafetería, una pastelería. Esos no exigen tanta finura, no preciso de un señoritingo como el que tú paseas.
—Bueno, ya veremos. —Traté de apartarla sin éxito. Se me volvió a atravesar en la vía de escape.
—No, de veremos, nada.
—Petri, que estoy muy cansada, que ni te veo siquiera. Y los pies los traigo molidos.
—De aquí no sales hasta que me prometas que mañana mismo salimos de caza.