Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 6
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Siendo mujeres

—Mi amiga la señorita Beatriz, quería decir —rebatí a toda marcha, sin perder el fuelle—. Como dice ella, si es que no se hace justicia a las mujeres. La mayoría de las grandes hazañas de la historia tienen detrás una mujer.

—Solo que no se sabe —completó él.

—Exacto. Nunca se sabe. Porque no interesa que se sepa.

—Cierto. Es toda una injusticia inadmisible.

—Se da por hecho que siendo mujeres somos tontas de remate. Es igual que dar por sentado que un barbero, por el hecho de serlo, no sabrá llevar un café. Y mire usted el Benigno… don Benigno, lo bien que lo está haciendo.

—Pues sí, señorita María, una comparación muy inteligente.

—Curioso es que tenga que venir usted de Sevilla a contarnos a los que ya vivíamos aquí, las intrigas de la capital.

—Solo en lo que respecta a don Gumersindo —se excusó con humildad—, y por pura casualidad. ¿Entramos?

Ya habíamos llegado y Luis abrió la puerta para permitirme pasar primero. Algo a lo que yo tardaría en acostumbrarme, siempre hecha a ceder el paso a los señores. A todo el mundo, en realidad.

—Señorita María, ¿puedo confesarle algo?

—¡Venga! —Carraspeé azorada—. Claro que sí, adelante.

—Pues me parece maravilloso tratar con usted todos estos temas. ¡Qué libertad inmensa a la hora de charlar! No hay trabas, no hay asunto que usted rehúse. Toca todos los palos, como decimos en Sevilla.

—¡ Aaarsa ! —se me escapó.

Por suerte, mientras yo me desbarataba por dentro deseando la muerte, a Luis le dio la risa. Iba a tener que proponerme hacer muchos, pero que muchos esfuerzos para controlar mi interminable rosario de desmanes, ahora que no tenía cerca a la hija del marqués para corregirme ni arrearme collejas.

Regresamos caminando hasta la calle del Barquillo, sin que la conversación entre ambos aflojara en ningún momento, y al despedirme en la puerta, Luis me preguntó si podía invitarme al teatro.

El estómago se me retorció de burbujas y placer.

¡Figúrense! ¡La Paca en el teatro! Ni a soñar que me hubiera echado.

Acepté de inmediato, no fuera a cambiar de opinión y dejarme en tierra. Y más contenta que unas castañuelas andaluzas crucé la puerta de la mansión de Barquillo 10, cavilando lo cerca que parecía estar mi próxima boda y conversión en dama.

A regañadientes y a costa de mil promesas que me obligó a hacerle, que le elegiría los vestidos, la refinaría en el lenguaje y que, actuando como su doncella la acompañaría a los paseos a fin de seleccionar candidato, Petri me ayudó a vestirme para la noche.

No tenía mi habilidad para el maquillaje y los peinados, de modo que también me hizo jurarle que, llegado el momento, me encargaría de peinarla.

Mi compañera tensaba la cuerda al máximo.

No obstante, teniendo en cuenta que más pronto que tarde íbamos a tener que contarles todo a Salvador y a la cocinera…

, mi particular desastre todavía podía empeorar.

Le di todos los caprichos y abandoné la mansión de los marqueses emperifollada como una señorona, con un vestido azul noche con joyas a juego, que era un auténtico primor.

Don Luis me recogió en la mismísima puerta con su flamante carruaje y al subirme, yo me sentí como la Cenicienta por un día. Acompañada de su príncipe, pero sin convertirse en calabaza a las doce de la noche. Por mí que dieran las seis de la mañana si hacía falta.

—¿Le gusta la ópera, señorita María?

No sabía ni cómo se escribía el nombre. Fingí un entusiasmo desmedido.

—Es mi género favorito.

—Pues no he querido decírselo antes para no estropearle la sorpresa, pero en el programa de esta noche disfrutaremos de «Maruxa», la obra de Amadeo Vives.

—¡Oh, Amadeo! ¡Qué portento de hombre! —aplaudí esquivando su mirada, por miedo a delatarme.

Pero Luis no me vigilaba. No en el mal sentido de la palabra.

Me miraba, sí, pero como mira un niño que acaba de recibir un regalo inmenso.

Con inocencia, admiración y un montón de cosas que me erizaban la piel, todas buenas y desconocidas, que la Paca es muy decente y jamás había tenido novio, ni pretendiente siquiera.

—Con Ofelia Nieto y Carlo Galeffi como cantantes principales. ¿Qué le parece?

—¿Qué habría de parecerme? Una maravilla del Señor, señorito Luis. Un placer para los sentidos.

Lo observé de reojo.

Le brillaban las pupilas y estaba más guapo que nunca.

Daba la impresión de que estar allí, conmigo colgada de su brazo, atravesando la apabullante puerta del teatro, fundiéndonos en el bullicio de un montón de gente insigne lujosamente ataviada, bajo la centelleante luz de las lámparas de araña, lo hacía feliz.

Inmensamente dichoso.

Había algo en Luis, un aura de inocencia infantil que lo convertía en adorable. Mi señorita Beatriz, que de esto de calar el alma de las personas sabe un rato, habría dicho que era un niño encerrado en el cuerpo de un hombretón atractivo y galante.

Irradiaba bondad. La rezumaba igual que los botijos rezuman agua. Y eso me hizo sentirme tremendamente mal por primera vez.

Bueno, en realidad no era la primera vez, ya llevaba un tiempo comparando, sin querer, sus motivaciones y las mías. No era que lo que él parecía sentir por mí no se lo correspondiera, yo andaba tan enamoriscada del futuro barón como él parecía estarlo de mí, pero… yo mentía.

Engañaba. Retorcía la verdad. No era de fiar.

Mientras que Luis era todo transparencia y apertura. Era sincero y amable. Sonreía con toda la cara, con los ojos, que se le llenaban de arruguitas minúsculas alrededor y le soltaban destellos. Era un ser humano formidable mientras que yo, a diferencia, era un fraude. Una estafa.

Una vulgar criada con delirios de grandeza, disfrazada de señorita.

—¿Señorita María?

—¿Cómo?

Debía de llevar hablándome un buen rato, y a mí se me había ido el santo al cielo.

Pestañeé deslumbrada por el brillo de las lámparas gigantescas en tanto Luis me mostraba el camino que llevaba a nuestro palco.

Acabábamos de subir unas escaleras anchísimas, con balaustradas de madera tallada y habíamos recorrido un pasillo largo, un poco más oscuro.

No me había dado cuenta de nada, era como si fuese en volandas.

Por eso reaccioné tarde cuando Luis se detuvo a saludar a un señor mayor, con bigote poblado que, por desgracia, yo conocía.

Era amigo de los marqueses de Bonagua, le había servido el aperitivo en infinidad de ocasiones.

Al parecer, también era conocido de los padres de Luis, aunque mientras conversaban me mirara a mí.

Me eché a temblar.