Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 5
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Tienes que cubrirme

—Y a ese caballero tuyo, ¿dónde lo has conocido?

​ —Paseando por el parque. Se me cayó el pañuelo, él muy educado lo recogió, entablamos conversación y hasta aquí han llegado las cosas. Ya no puede vivir sin una servidora.

​ —¿Y crees que yo podría hacer lo mismo?

​ —¿Por qué no? Hay más hombres solteros que peces en el mar.

​ —Yo no tengo tus modales, Paquita, no tuve señorita que me enseñara. Meto mucho la pata hablando.

​ —Pues eso lo remedias hablando poco. Venga, Petri, que tenemos una oportunidad de oro que a lo mejor vuela y ya no se repite.

​ La muchacha se quedó cavilando. Blanca como la cal y temblona.

​ —Te ha acompañado hasta la puerta.

​ —Claro. Porque ya somos medio novios.

​ —Muy rápida te veo. ¿Piensas invitarlo a tomar café?

​ —Sí, ¿por qué no? Y tú tienes que servírnoslo.

​ —¿Tú la señorita y yo la criada? Tú has perdido la chaveta, Paquita.

​ —Si no somos cómplices y nos cubrimos la una a la otra, nada saldrá a derechas. —Le agarré una mano y la sacudí medio histérica—. Insisto, Petri, piénsalo, que si el cielo ha querido que los señores nos dejen esta casa es por algo. No sacarle provecho a este regalo del Señor sería hasta pecado.

​ —¿Tú crees?

​ —Pues claro. Me lo ha dicho el cura.

​ —Pero ellos volverán cuando quieran, a vivir donde les corresponde, esto no es para siempre.

—No, pero mientras dura, y puede durar mucho, ¿y si tú y yo pilláramos marido bien situado? ¿Y si gracias a esto nos casamos bien casadas y nos convertimos en todas unas señoras?

—Me estás proponiendo en serio que haga lo mismo que tú… —balbuceó con la mirada perdida en la nada.

«Porque no me queda otra, cordera, que si no, ibas a ver tú a dónde te mandaba».

—Vestidos hay para parar siete trenes —la animé.

—Y si traigo un pretendiente a comer, ¿tú nos vas a servir la mesa?

—Pues claro, hoy por ti, mañana por mí. De momento hay que dejar fuera de esto al Salvador y a doña Úrsula, la cocinera.

La cabeza de Petri se zarandeó como la de un tentetieso.

—Me lo pensaré.

Me puse en pie súbitamente entusiasmada.

—Pues piénsatelo el tiempo que haga falta. Eso sí, en el interín…

—¿Interín? ¿Esa palabreja qué significa? —aulló con voz aguda.

—Significa endemientras . Mientras te lo piensas, tienes que cubrirme.

Algo amoscada por haber tenido que incluir a Petri en mis objetivos, me acicalé con esmero para la cita con mi Luis.

Todavía no eran las cuatro de la tarde y lucía un sol de justicia.

No es que me asombrara de tocar las lujosas telas de los vestidos de la señorita, llevaba años haciéndolo, hasta me los había hecho probar en múltiples ocasiones.

Pero vestirlos y salir con ellos a la calle, sintiéndolos míos, era una sensación muy distinta, que te hacía sentir poderosa.

Poderosa o no, ese día, desde luego, la suerte la tenía de popa.

Crucé el vestíbulo principal con la casa en absoluto silencio, como estaba de costumbre porque solo éramos cuatro, con la mala fortuna de toparme de bruces con Salvador que traía un poco de leña para las estufas de los cuartos de los más frioleros.

Fue verme y cambiársele la jeta.

—¿Y tú? ¿Se puede saber dónde vas de esa guisa? Vestida con ropa que no es tuya…

Me abalancé sobre el infeliz con tal gruñido que pegó un respingo de puro miedo. El dedo tieso se lo metí por los ojos y cuando hablé, lo hice con los dientes bien apretados.

—¡ Shhh ! ¡Tú a oír, ver y callar, como los tres monos del cuento!

—Pe… pero…

—¡El pero es el macho de la pera! ¡Y ni uno ni otro! Ya está bien de pedir explicaciones, recórcholis, que a ti no te las pide nadie.

—Porque no quieres. Yo estoy dispuesto…

—¡Que te calles, Salvador, que eres muy cansino! Y quita, que llego tarde a una reunión.

—¿Una reunión con quién?

Le pasé por delante como una exhalación, sin contestar a su interrogatorio ni mirarlo siquiera. Estábamos buenos si también iba a tener que poner al tonto de Salvador al corriente de mis planes.

¡A ese paso iba a terminar sabiéndolo medio Madrid!

Y ya se sabe que un secreto, para que esté bien a salvo, no puedes compartirlo con nadie.

Por otro lado… A ver cuándo y cómo había pensado yo que iba a poder entrar y salir de la mansión disfrazada de señorita, fingiendo que la casa era mía, sin que los tres cuerpos que la compartían conmigo no terminasen enterándose.

¡Ay, Paca! Qué ingenua eres a veces.

Fui dándole vueltas a la cabeza hasta que llegué al banco donde me citaba con Luis, y al verlo se me pasó todo.

Cuando lo miraba se me ablandaba el ser, no solo el corazón, todos los órganos.

Con él cerca, mi persona se abría dispuesta a la dicha.

—Hoy la voy a llevar a otro sitio diferente, que vamos a terminar cansándonos de tanto parque —me dijo nada más llegar y besarme los nudillos a modo de saludo.

Me estremecí de gusto, como si fuera un pavo y se me ahuecaran las plumas.

—Dígame dónde, no me deje en ascuas.

—Al Gran Café Gijón, en el paseo de Recoletos. El sitio sagrado donde se reúnen en tertulia los escritores más talentosos, y donde estuve yendo cada tarde cuando el frío del invierno no me permitía sentarme en el Retiro.

Me ofreció muy galante el brazo y yo, ni corta ni perezosa, en lugar de titubear como una damisela atontada, me colgué bien pegada en menos de medio segundo.

—¿Y participaba usted en las tertulias esas?

—No, disfrutaba escuchándolas. Lo cierto es que conozco a don Gumersindo, su fundador.

—¿No decía que no tenía amigos en la capital? —le reproché.

—Es camarada de mi padre desde hace un montón de años. Se conocieron en Gijón, el pueblo natal de don Gumersindo, de ahí el nombre del establecimiento. Pero ya no lo tiene, lo traspasó hará unos tres años. Adivine quién lo compró.

—¿Otro conocido de sus parientes?

—No —rio feliz como un niño, encantado con la atención absoluta que yo le dispensaba—, a don Benigno López no tenemos el gusto de conocerlo. De quien era amigo, era de don Gumersindo. El negocio se lo compró por sesenta mil pesetas.

—Un dineral —me escandalicé, evitando por los pelos soltar un silbido a lo cabrero.

—Diría que barato, teniendo en cuenta la fama del célebre café. Ya verá la zarzaparrilla, es excelente.

—¿Y qué tiene de especial ese don Benigno? Porque algo iba usted a decirme.

—Sí, que es ¡barbero!

—¿Barbero?

—Tenía la peluquería bien cerquita, en la calle del Almirante. Vio la oportunidad cuando don Gumersindo se empeñó en volverse a Gijón y la aprovechó.

—Si es que hay que estar espabilado y que los trenes que pasan no se escapen —recité pensando en mí misma.

—Imagine qué sabe un peluquero de cafés y horchatas. Y sin embargo lo están llevando entre toda la familia, divinamente. En particular su esposa, doña Encarnación. Es una maga de los negocios.

—Si es que como dice mi señorita Beatriz…

Luis me miró estupefacto. Me mordí la lengua hasta hacerme daño.

—¿Su señorita?