Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 4
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El reencuentro

Paquita

Al cumplirse el cuarto día de encierro, porque tampoco me atrevía a pasear fuera del Retiro, no quisieran la mala suerte y los demonios que me cruzara con Luis en otra calle de Madrid, me vestí con lo mejorcito que encontré en el armario de la señorita Beatriz y salí disparada como si me faltara aire para respirar.

Hasta sombrilla llevaba. Algo cubierto de encajes color crema que parecía bastante incómodo de sostener y no servía realmente para nada, pero que la señorita siempre llevaba consigo desde que empezaba la primavera.

​ Cuando me aproximé al banco donde Luis se sentaba a escribir, lo encontré vacío.

Y el corazón me dio un vuelco, luego se me encogió y temí que pudiera romperse.

¿Qué tal si acababa de caer en mi propia trampa? ¿Y si Luis dejaba de venir al parque también? ¿Y si no volvía a verlo ni a saber de él? ¿Y si…?

​ —¡Señorita María!

​ Ese reclamo que me llegó por la espalda me devolvió el aliento.

Giré entusiasmada a enfrentarlo, conteniendo las ganas de correr y encaramarme a su cuerpo en un abrazo de mono que me habría dejado en muy mal lugar.

—¡Don Luis! ¿De dónde sale usted?

—De dar un par de vueltas por aquí cerca, a ver si la veía.

Me puse como una remolacha. Y al fijarme en la expresión de su atractivo semblante, leí alivio, emoción y una alegría desbordada.

—Lleva varios días sin venir y temí que le hubiese ocurrido algo —confesó un poco avergonzado—. Me va a perdonar las ansias, he echado de menos a mi mejor amiga.

—He estada ocupada desempolvando baúles. Ya va cambiando el tiempo, hay que guardar las prendas de lana, las mantas gruesas… Y me gusta vigilar la labor del servicio para que nada falle.

—Entiendo que sabe usted bien cómo manejar una casa.

—De cabo a rabo. —Me miró con susto. Yo solté una carcajada nerviosa—. Quiero decir que sí, todas las tareas. Para enseñar y amonestar, primero hay que saber.

—¿Le molesta si le digo que volver a verla me supone un gran alivio?

—¡No, hombre! ¿Cómo iba a molestarme?

—Veo que ha vuelto a escaparse sin doncella.

Doblé el cuello en un ademán travieso que le hizo mucha gracia.

—¿Me invita a un café y me cuenta qué ha hecho estos días, además de echarme en falta?

Cuando Luis se ofreció a acompañarme hasta la mansión, no supe poner pretextos.

Porque además me parecía una buena idea que al menos supiera dónde paraba, por si algún enredo del puñetero destino se empeñaba en separarnos.

Encontrarnos simplemente de casualidad en el parque, a aquellas alturas de nuestra relación, no bastaba.

Nos despedimos con la educación, cortesía y distancia que imponían los cánones, cuando lo que me nacía era agarrarlo bien fuerte por la nuca, traérmelo cerca y estamparle el primer beso de mi vida.

Enterito para él.

—Nos vemos mañana, en el banco de siempre.

Un suspiro de amor se deslizó por entre mis labios. De acuerdo, quizá no fuera amor todavía, eso llega con el tiempo y los roces.

Y yo roces aún no tenía, pero ganas… todas.

Ya empezaba a fijarme en la envergadura de los hombros de Luis bajo su impecable chaqueta. Su altura, el poderoso grosor de su cuello, las manos preciosas de largos dedos que sus buenas caricias habrían de ofertar…

Tras la discusión en el cuarto de plancha, Petri me había dejado en paz un par de días, mi mal humor, al parecer, me había salvado de sus fisgoneos.

Pero se me había acabado la suerte.

Aunque entré de puntillas a la casa, antes de llegar a la puerta de la alcoba de la señorita para cambiarme de ropa, allí la tenía, con los ojos como dos sartenes grandes, revisando el vestido de seda que llevaba puesto, el sombrero y la sombrilla.

Abrió la boca para derribar mi ilusión, si bien antes de que pronunciara una letra, yo la había agarrado del brazo y de un tirón, la metí en el dormitorio y cerré la puerta. Me llevé el dedo a los labios indicando silencio, pero todo cuanto conseguí fue que bajara un poquito el tono. Nada más.

—Te he visto. Te he visto llegar con ese caballero —me acusó resentida.

—¿Y?

—¿Cómo que y ? Te estás poniendo los vestidos de la señorita.

—Ella se los ha dejado aquí porque ya no los quiere. Hasta me dijo que podía quedármelos si me gustaban —mentí.

—Y por eso sales a lucirlos calle arriba y calle abajo, supongo.

Entorné los ojos y la miré por la rendija.

—Qué mala es la envidia, Petri, pero qué requetemala.

—Cuéntame qué te traes entre manos o me encargaré de que todo el mundo se entere de que eres una ladrona.

—¿Una ladrona yo? ¿Qué estás diciendo, tragaldabas? ¿De cuándo? Que me ponga la ropa que es casi mía, la use y luego la devuelva al armario, que yo sepa, no es robar nada.

Las agallas de Petri se achantaron una migaja.

—Visto así…

—Pues claro que visto así, ¡que no se pueden sacar conclusiones precipitadas, Petri!

¡Que no es de buena educación! —Me giré dándole la espalda y me aparté el cabello—.

Anda, guapetona, desabróchame el vestido que vaya si cuesta ponerse y quitarse estas cosas.

No me extraña que necesiten tantas manos.

Contrariamente a lo que me temía, Petri acató la orden sin rechistar. Me ayudó a cambiarme y a devolver el precioso traje a su lugar. Y todo sin despegar los labios.

Milagroso.

—¿Quieres un cafetito? —le ofrecí a modo de tregua y agradecimiento.

—Solo si me lo cuentas todo.

¡Vaya por Dios! Ya me extrañaba a mí que se hubiera dado por vencida con tanta facilidad.

La tomé de la mano y me la llevé a los silloncitos junto a la chimenea.

Tomé asiento en uno y le señalé el otro para que me imitara.

Tardó cerca de un minuto en decidirse y al final, cuando aceptó el sillón, apenas apoyó el trasero en el borde.

—A ver, Petri. Tengo un plan.

—Eso ya lo he adivinado yo solita. Tanto trajín de ida y venida, tanto vestido pomposo.

—El plan es estar casada con un marido de posibles antes de que la señorita Beatriz vuelva de su viaje de novios.

Petri parpadeó aturdida.

—Pero si los nuevos señores no van a venirse a la mansión a vivir.

—No, claro que no —me desesperé—, pero la señorita confía en que seguiré siendo su doncella en el palacio donde se instalen. Y yo le he dicho que sí para no desilusionarla, Petri, pero no quiero morirme haciendo moños ajenos. Quiero ser señora de mi propia casa, ¿no te parece que tengo derecho?

—Mujer, derecho, derecho… No es que no lo tengas, pero a un mozo de nuestra clase. Ese con el que venías acaramelada. Que se le ve ricachón y de buen porte.

Decidí que o la metía en el asunto, o la Petri me lo iba a poner todo pero que muy enmarañado y difícil.

—Ni más ni menos que lo que nosotras nos merecemos.

—¿Nosotras?

—Nosotras. ¿No te das cuenta de que es la voluntad del cielo?

Nos ha ofrecido una mansión con todos sus contenidos, hasta criados tenemos, Petri.

La ocasión la pintan calva para aparentar que somos señoritas de alcurnia y que un caballero bien situado se enamore de nosotras y nos coloque delante del cura.

—Pero ¡si no tenemos dónde caernos muertas!

—¡Eso a ellos no les importa! Los cuartos ya los pone el marido. Tú con sonreír, estar bonita y hacerlo feliz, ya has cumplido.

Por un instante pensé que la Petri se me caía redonda al suelo.