3
Toda su vida
Paquita
—¿Me juzgaría muy entrometido si le preguntase qué fue de sus señores padres? ¿Cómo fue que los perdió?
—Un accidente —respondí cortante. Mordí un pedacito de tarta y ahogué un suspiro—. No solo ellos, también mis dos hermanas.
—¡Qué tragedia! Cuánto lo lamento.
Decidí soltarlo todo de una vez y que el tema de mi familia inventada quedase zanjado para siempre, evitándome tener que repetir. No fueran a olvidárseme los detalles.
—De tren.
—¿Cuándo fue eso? No recuerdo ningún accidente ferroviario con víctimas mortales en los últimos tiempos…
—En Inglaterra —lo avasallé—. Fue terrible tener que repatriar los cuerpos.
—Me hago cargo. No imagina cuánto lo lamento.
Hipé e hice como que me enjugaba una lagrimita. Luis se apresuró a ofrecerme su pañuelo, que olía a gloria.
—Y luego el bobalicón de mi hermano mayor, que no tiene mejor ocurrencia que alistarse en el ejército, a jugarse el pellejo… quiero decir, la piel, en esa guerra espantosa en Europa. Se murió. Me lo mataron.
—Señorita María, es usted un ejemplo de entereza y valentía.
—No crea, don Luis, paso muchos malos ratos, la soledad es un regalo envenenado por los infiernos. Gracias por preguntar.
—Desde que la conozco, siento que me interesa todo lo que tenga que ver con su vida, con su persona. No debería confesarlo así, a las claras, pero es que si no lo dejo salir, me ahogo.
Estuvieron a punto de caérseme los pololos al suelo. Se salvaron porque estaba sentada. Pero mi estómago sí que dio un doble salto mortal. Alargué una mano temblorosa y titubeante que buscaba posarse en su antebrazo.
Me arrepentí a mitad de camino.
—Es usted tan romántico. Cómo se le nota el alma de artista.
—¿Eso piensa? —La piel alrededor de sus ojos se surcó de arruguitas diminutas. Sus mejillas se colorearon con frenesí—. Es un gusto escucharlo. Viniendo de usted suena a halago.
—Pues me alegra mucho que lo considere en tan buen sentido, don Luis, porque precisamente esa era la intención. Me gusta usted.
Por la expresión de su rostro entendí que me había pasado de rosca. Recordé las enseñanzas de mi señorita Beatriz: una dama de familia noble jamás expondría sus sentimientos con tanta transparencia.
Misterio, Paquita, misterio al canto.
—Quiero decir que es usted un joven muy agradable. Que me agrada y me conforta el alma, vamos.
—La he comprendido, señorita María —repuso un poco menos agobiado—, no se apure. Sé que no decía lo que parecía querer decir.
Pues no. Mi intención era decir precisamente lo que había dicho: que me gustaba más que comer con los dedos. Solo que por culpa de la ridícula montaña de normas que encorsetaban las lenguas de los ricos, tenía que disimular otras cosas.
—¿Tiene usted muchos amigos en la capital? —se me ocurrió preguntar, ansiosa por cambiar de tema y salir del atolladero donde yo misma me había metido de cabeza.
—Pues lo cierto es que no. —Jugueteó con su tacita de café—. Mi familia y yo acabamos de mudarnos desde Sevilla, no hace mucho. De modo que no conozco a casi nadie. Pero la tengo a usted —añadió con una sonrisa tan tierna que me derritió el corazón.
—Diga que sí, don Luis. Me tiene a mí.
—Usted está sola, yo estoy solo…
—Podemos hacernos mutuamente compañía —dejé caer con un sugerente aleteo de pestañas.
—Y seremos amigos para siempre.
¿Amigos? No, de amigos nada. Al altar de cabeza, aunque fuera maniatado.
De manera que puse en marcha el segundo paso de mi maquiavélico y astuto, aunque bienintencionado plan: hacerme la interesante.
Que, ahora que había picado el anzuelo, don Luis me echara de menos. Desaparecer repentinamente y sin explicación de la faz de la tierra, puesto que había logrado llamar su atención y hasta brillar a sus ojos. Que temiera poder perderme.
Eso fue lo que hice.
Durante cuatro días que se me hicieron largos como si los pasara sin pan ni agua, me dediqué a mis escasas y aburridísimas labores de doncella de una casa vacía, esquivando las arremetidas de Salvador, que desde que los señores habían desalojado la mansión, parecía haberse dado cuenta de lo pinturera que era yo y de lo mucho que le alegraba el ojo.
—¿Quieres un cafetito, Paquita? Está recién hecho.
—No, Salvador, muchas gracias, ya he tomado.
—Esta tarde no hay nada que hacer. Podríamos salir a dar un paseo.
—Ninguna tarde hay nada que hacer, Salvador, estamos solos cuatro gatos en la casa. Mantenerla limpia y poco más.
—Pero ¿qué me dices a lo del paseo? ¿Hace?
—Que no. Que ando ocupada.
—¿Jugamos unas cartas?
Resoplé hartita de escabullirme de sus muchas atenciones. Aquel muchacho insípido, que en nada podía compararse a mi Luis, no terminaba de percatarse de lo poquito que me atraía. Y para mi infortunio, todo el mundo estaba al tanto de sus intenciones para conmigo.
Planchando estábamos, cuando la Petri me arreó un codazo en las costillas que me cortó el resuello.
—Anda con el Salvador, ¿eh?
—Con el Salvador, ¿qué?
—¿Cómo que qué? No te hagas la tonta.
—De tonta nada, que a una le sobra listura. Pero no sé de qué estás hablando.
—¿De qué iba a ser? Pues que lo tienes enamoraíto perdido, ¿es que no lo ves? Ese muchacho bebe por ti los vientos, lamentándose va por las esquinas.
Me encogí de hombros, frotándome con afán el costado donde había recibido el golpe.
—¿Es que te da lo mismo? —insistió Petri machacona.
—Ni lo mismo ni desigual, Petri, que a mí Salvador ni me va ni me viene. Vaya, que me resulta lo que viene siendo in-di-fe-ren-te.
Mi compañera de oficio me miró horrorizada, dando un paso atrás que la alejaba de mí, como si yo fuera la mismísima encarnación del diablo.
—¿Por qué hablas de esa manera?
Me colmé de paciencia. Hinché los pulmones y puse los brazos en jarra.
—¿De qué manera hablo, si se puede saber?
—Así, en plan fino, como si tuvieras dineros.
—Pues porque no soy una simple doncella como tú, Petri, que soy doncella personal de la señorita Beatriz y ella bien que se encargó de educarme y enseñarme modales. Que aquí, donde me ves, podría pasar perfectamente por muchacha de familia adinerada sin que nadie se percatara del cambiazo.
Petri ladeó el cuello poniendo en tela de juicio todo lo que yo acababa de soltar con atropello y sin pararme a respirar.
—Uy, ella… ¡Qué aires, hija!
—Sí, ella que soy yo. Que no es nada malo querer prosperar en la vida, Petri, que no tenemos por qué pasárnosla fregando los suelos de rodillas, que una no es joven más que unos años y más nos vale aprovecharlos pensando en el porvenir.
Una de las cejas de Petri salió disparada en dirección al techo. Me repasó suspicaz de pies a cabeza.
—¿Tratas de decirme algo?
Volví a mi tarea, arrepentida del arrebato de sinceridad.
—No, claro que no. No me hagas mucho caso. Me pasan unos días sin salir a airearme y ya empiezo a desvariar.