Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 2
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El plan de la doncella

DIEZ DÍAS ANTES…

Paquita

No sé a los demás, a mí me pareció una idea fabulosa. Fue pensarlo y decidir que lo era. El acabose.

​ Pero ¿qué digo de los demás? Si era un secreto, nadie más que una servidora conocía los detalles.

Diez días antes de poder conocer por fin al señor Luis, quiero decir, de hablar y pegar la hebra con él, puse en marcha mi plan, saliendo de la mansión de Barquillo 10 con una maletita pequeña en la mano, encomendada al santoral completo para que no me trincaran antes de poner un pie en la calle.

Pero no.

La Paqui nunca tiene tanta suerte.

—¿ Andevás ?

Respingué. La Petri. Que a metijona no hay quien la gane.

—A dar una vuelta, que me dé el aire.

—¿Y esa maleta?

—Por si veo algo en el mercado que me interese comprar.

—¿Y si vas al mercado por qué no te llevas un canasto? ¡Oye! ¿No me has oído? ¡Paquita! Que por qué no te llevas mejor un canasto…

La dejé con la palabra en la boca. Con su curiosidad y sus interrogatorios, que tiene de sobra. Ella, de lo suyo, decir dice poco. Pero lo de los demás, quiere llevarlo al día, la muy bribona.

Lo que llevaba dentro de la maleta, que desde luego no iba vacía, me lo puse encima detrás de unos arbustos tupidos en el parque del Retiro. De los pocos vestidos que tenía, había escogido para salir el de tejido menos grueso, para poder dejarlo debajo del otro.

El otro.

Una exquisita blusa de encaje con falda a juego en color azul celeste, de la señorita Beatriz, mi señorita hasta que se casó con don Gustavo y se convirtió en condesa. Con el tiempo y los entierros de sus suegros, llegaría a duquesa.

¡Válgame la virgen! Qué grande sonaba todo aquello.

El caso es que los felices recién casados se habían ido de viaje a dar la vuelta al mundo y para cuando volvieran, les esperaba su palacete en Aranjuez.

¿Que por qué Aranjuez? Vaya usted a saber. Será que es muy tranquilo, o tiene mucho verde y les gustaba.

El señorito Alonso se nos casó también, con la hermana de padre del señorito Gustavo.

Dos hermanos con otros dos. Y casados ambos hijos, nuestros marqueses decidieron mudarse definitivamente al palacio del Escorial, que es donde al señor don Arturo le gusta vivir.

Don Alonso y doña Elvira se trasladaron con ellos y con todo ese movimiento que os cuento, la mansión en el número 10 de la calle Barquillo quedó desierta.

Un retén de criados permanecimos para cuidarla y mantenerla en perfecto estado.

Por si a alguien de la familia le daba por venir a pasar unos días a la capital.

Avisando antes para que lo preparásemos todo, claro está.

Y aunque la señorita Beatriz me pidió que una vez regresara del viaje me fuese a atenderla a Aranjuez y yo hice como que aceptaba por no contrariarla, para eso faltaban más de quince meses, los que se pasarían recorriendo países exóticos.

Y ese era el tiempo del que yo disponía para llevar a cabo mi plan.

Pescar un marido.

Y no un marido cualquiera. Un marido de postín, para no ser menos que la Elvira.

Todo lo que la mujer había vivido y lo mal que la había tratado yo, me escocía.

El modo en que el destino se había retorcido sobre sí mismo como una serpiente para que acabara convertida en futura marquesa.

Ahora no sabía mirarla a los ojos. Tampoco cómo pedirle perdón.

Lo único que se me ocurría era convertirme en una dama de alcurnia y colocarme un poco más a su altura, rezando porque algún día me perdonara.

De modo que pensaba utilizar todo cuanto tenía a mi alcance, la casa, los vestidos que la señorita Beatriz había desechado, hasta a los demás miembros del servicio si se terciaba. Eso sí, tenía que ser lista y pensar muy bien las cosas.

De momento, me parecía más astuto salir de tapadillo a pasear, ataviada como una señoritinga, a ver qué cazaba. Y paseando por el Retiro me encontré con Luis.

Lo elegí porque era hermoso. Irresistiblemente hermoso.

Siendo sincera, fue lo único que me atrajo de él.

Lo rondé durante más de una semana hasta cerciorarme de que siempre venía, sin compaña, y que ocupaba el mismo banco.

Luego, cuando ya hablamos y me enteré de que con el tiempo sería barón…

Miré al cielo, di gracias por el milagro y me repetí tres veces que sí.

Que era él. Que no hacía falta buscar más, por fin lo había encontrado.

Paquita futura baronesa. No me dirán que suena mal el título, ¿eh?

Al día siguiente sin falta, no fueran a aflojársele las ganas a don Luis el rebonito, vestida como un pincel, con sombrilla y todo, escabulléndome de la mansión de modo que nadie pudiera verme, porque no era plan seguir cambiándome de ropa entre los arbustos tirando de una maleta, volví al parque del Buen Retiro, a buscar el banco que ocupaba el escritor más guapo que ha parido Madrid.

Allí me lo encontré, como todos los días previos, embelesado en su historia, pensando y creando, creando y anotando. Con su letra chiquita y perfecta, como delicados caracoles. En cuanto me vio acercarme, se puso en pie de un salto y guardó la libretita en el bolsillo de su chaqueta.

—Señorita María, qué bueno volver a verla por aquí.

—¿Quién podría desear un paseo por otros lares teniendo este bendito vergel tan cerca? —repuse correspondiendo a su saludo con una inclinación de cabeza.

¿Bendito parque? ¡Bendita la señorita Beatriz, que tanto empeño puso en refinarme!

Me enseñó modales, me corregía de continuo mis meteduras de pata hablando.

Cada día me enseñaba tres palabras difíciles nuevas, como saludable , idiosincrasia o talante .

Tras su marcha en viaje de bodas yo había seguido cultivándome con los libros y libretas de ejercicios que ella me dejó.

Y aunque nadie tenía que pudiera corregirme, la voluntad de pulir mis modales y parecer de veras una dama era tanta, que mejoraba hasta sin profesora.

—Tiene toda la razón del mundo. ¿Nos tomamos un café?

Acepté encantada de la vida.

—He observado algo, señorita María… Espero que no le moleste mi comentario.

—A mí me molestan muy pocas cosas —reí—, así que adelante, suéltelo antes de que se ahogue.

Mierda. Vaya frase vulgar y fea que se me acababa de escapar. Luis me miró de reojo, un tanto aturdido, aunque fue solo un segundo.

—Es que me extraña que no salga acompañada de doncella.

Arqueé las cejas, extrañada.

—Está usted muy antiguo, don Luis. Mis padres me dieron una educación más abierta y moderna. Una mujer es perfectamente capaz de salir a la calle sin llevar escolta, al menos de día y por buenas zonas, ¿no le parece?

—No sabría decirle. Las costumbres…

—Como si una muchacha sensata necesitara de alguien para proteger su honra, menuda tontería, ya sabemos hacerlo nosotras bien solitas.

—Algo que no pongo en duda, señorita María, no se me altere.

—No obstante, debo confesar que últimamente…

—Últimamente, ¿qué? ¿Carece de doncella? ¿Está enferma? ¿La ha despedido?

Mi mente trabajaba a toda pastilla luchando por inventar algo que me ayudara a salir del paso.

—Me escapo.

—¡Qué me dice!

—Me escapo de la vigilancia de mi doncella. Es muy pesada, la pobre. Es tan exageradamente fiel a la memoria de mis padres, que piensa que entre sus obligaciones destaca la de casarme bien casada.

—Entiendo. Muy loable.

Uisss . Loable. Esa palabra no me la había enseñado la señorita.

¿Qué narices significaba?

Sonreí de oreja a oreja y distraje la atención de Luis comentándole los nombres de los diversos cafés que aparecían en la carta, rogándole que me explicase las diferencias.