Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3)
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El primer encuentro
Ver deslizarse a la señorita camino adelante, como si más que pisar, flotara, enmarcada por setos floridos y el rumor de las fuentes, resultaba todo un placer para los sentidos.
El parque era el entorno perfecto para tan delicada criatura, vestida de encaje blanco, con un sombrero de lazo construido en tul, que la hacía lucir aún más radiante.
«Lo que no consigan los ropajes…» se dijo la joven, encantada con el efecto que causaba. El que no pocas cabezas se girasen a admirarla la catapultaba al séptimo cielo, ese reservado únicamente a las doncellas hermosas.
«Si eres un pelín desgarbada y te cuesta mantener recta la espalda, ya está aquí el corsé, bien ajustado, para remediarlo.
No se te verán las piernas torcidas con las faldas largas.
Y si tienes gruesos los tobillos, los disimularán las medias de seda.
Hasta si tienes gorda la cabeza, un sombrero adecuado consigue milagros».
Entretenida iba con su cantinela, cuando alcanzó el banco bajo el sauce llorón, y allí sentado, el atractivo joven que ya había visto otras veces.
Y en el que se había fijado, todo había que admitirlo.
Ya que una señorita que se precie no camina a la ligera, digamos que va escrutando posibilidades y revisa hasta el más lejano de los rincones, porque nunca se sabe dónde se oculta eso que tanto podría interesar a tu porvenir.
Él parecía un candidato de lo más conveniente. Con su aristocrática cabeza inclinada sobre la libreta en la que escribía sin parar. Cuando detenía el chorro de inspiración y, buscando más, perdía un segundo en el horizonte la mirada, podías quedarte bizca ante tanta belleza.
Masculina, claro está, pero belleza, según los cánones.
Aquel día, después de habérselo encontrado acomodado en el mismo lugar muchas veces, la joven del precioso vestido blanco decidió que era hora de dar un empujoncito.
Al pasar rozándole la punta del zapato con el borde de su falda, dejó caer, como quien no quiere la cosa, un delicado pañuelito al suelo. Justo a sus pies.
Y siguió caminando.
—¡Señorita! Señorita, ¡oiga!
Tal y como ella esperaba (y deseaba), el joven abandonó su banco con el pañuelo en la mano, avanzando deprisa para alcanzarla y devolvérselo.
—Señorita, creo que esto le pertenece.
Ella giró encantadora la cabeza, mirándolo un poco por encima del hombro en una pose mil veces ensayada ante el espejo del tocador, y abrió los grandes ojos mostrando sorpresa.
—¡Oh!
El guapísimo caballero le alargó el pañuelo con gesto afligido.
—Ha debido de caérsele al pasar. Me temo que se ha ensuciado.
Con una sonrisa deslumbrante, la muchacha, que llevaba las manos cubiertas con finos guantes de encaje, recogió el pedacito de tela.
—No se apure, señor, ya lo lavaremos. Muchas gracias por rescatarlo.
—No hay de qué —murmuró tímido.
La asaltó el miedo terrible de que el diálogo fuera a terminar allí mismo, sin más fruto, dado que él se había sonrojado y parecía bastante reacio a la extroversión.
—Era un regalo de mi madre, ¿sabe? Ahora que ella se ha ido con el Señor, se ha convertido en un bonito recuerdo.
—Imagino entonces que habría sentido mucho perderlo.
—Muchísimo, ni se hace una idea. Usted… ¿Usted es poeta?
—¿Por qué lo dice?
—Anotaba pensamientos en una libretita, lo hace cada día, lo he visto otras veces cuando he venido a pasear.
El color de las mejillas del joven se hizo mucho más intenso. Sonrió azorado, al tiempo que hundía la mirada en el suelo y con la punta del zapato dibujaba un círculo en la grava.
—Bueno, poeta no, novelista. Escribo… solo escribo historias.
Lo confesó con humildad y una pizca de vergüenza. Ella pestañeó entusiasmada.
—¿Y eso da para vivir?
—Ojalá. —Sacudió la cabeza negando y ella observó cómo le brillaba el pelo bajo los rayos de sol—. En realidad, soy… barón.
—¿Barón?
—Heredaré una baronía y un montón de tierras en las afueras de Madrid, cuando lo cierto es que querría ganarme la vida con mis novelas.
—Así que tierras en las afueras… —repitió ella como un eco que engolaba la voz—. Y… ¿son muchas?
—Más de las que necesitaría. ¿Le gusta a usted la vida en el campo?
—Sí, sí, mucho. Es muy sana.
Menos mal que se mordió la lengua. A tiempo de que no se le escapara un «Me crie en él, rodeada de verde y de balas de paja. Lo sé todo acerca de los pollos, las ovejas y las vacas. Tengo especial mano con los pollinos, qué bien me llevo con los burros».
—Pero qué desconsiderado soy —reaccionó él de repente—. ¿Me aceptaría un refresco?
La señorita fingió turbarse. Lo miró desde debajo de sus espesas pestañas.
—Con muchísimo gusto, caballero, para aliviar el sofoco. Ni que decir tiene que ya aprieta el calor y llevaba paseando un rato.
—Pues si me lo permite, ahí más adelante hay un quiosco donde sirven una limonada riquísima.
—Veo que se conoce usted todos los recovecos del parque del Buen Retiro.
—Eso es porque lo he convertido en mi paraíso particular, el lugar donde escapo de todo y me refugio a escribir. Aquí, entre tanto verde, la creatividad explota con agradecimiento.
—Qué bonito habla, cómo se nota que es escritor.
Arrancaron a andar juntos. A ella le palpitaba fuerte el corazón. El de él empezaba a acelerarse con su cercanía y la mano que no sostenía la libreta, que danzaba libre a su costado, demasiado próxima a la cadera femenina, hormigueaba de ganas.
Se atraían. Puro imán físico. Cualquier desahogado habría podido palparlo.
—¿Y a usted? ¿A usted no le gusta el campo?
—Sí, por descontado que me gusta. Es saludable y tranquilo. Madrid está cada vez más congestionado y sucio. Disculpe, usted vivirá por aquí, en el centro, supongo que si escogió esta ubicación es porque le agrada.
Llegaron al recoleto patio adornado con macetas frondosas y coquetas mesitas de café al más puro estilo francés. Tomaron asiento y él ordenó dos limonadas.
—Supone usted mal —lo corrigió ella—. Tenga por seguro que si no vivo en el campo es porque estoy sola en el mundo y no puedo, sería una temeridad.
Tuve que contentarme con la propiedad que me dejaron mis padres, es una mansión muy bonita, pero algún día, cuando me case, viviré en una hermosa finca rodeada de árboles.
—Vaya, de lo que deduzco que está usted soltera. Incomprensible, si me disculpa el atrevimiento.
La dama fingió un rubor.
—Soltera y disponible, mismamente. ¿Y usted?
—Pues también.
Los ojos de ambos soltaron un descomunal destello.
—Qué casualidad.
—Cosas que pasan, señorita…
—¡Uy! ¡Menudo despiste! Si no le he dicho mi nombre.
—Tampoco me ha preguntado el mío.
—María. —Estiró una mano timorata, ofreciéndosela—. María de Valladares.
—Qué nombre tan musical. —Aceptó aquellos finos dedos e hizo ademán, solo ademán, de besarlos—. Soy Luis Benavente. A secas.
—¿Barón de…?
—El barón es mi padre. Todavía. Y espero que por muchos años.
—Ah, claro —rio—, disculpe. Si es que a despistes no hay quien me gane.
Es porque estoy muy sola en esta vida —se enjugó una lagrimita algo teatral, aunque a él le pasó inadvertido, pendiente como estaba, de sus jugosos labios moviéndose al hablar—, ¿sabe?
Apenas hablo con nadie más que con el servicio de casa.
—Pues eso habrá que remediarlo, señorita María.
Ella lo miró picarona por encima del borde de su vaso.
—¿Puedo preguntar cómo planea hacerlo?
—Convirtiéndonos en buenos amigos, así tendrá alguien con quien charlar, ¿no le parece?
No, no le parecía.
Porque no era un amigo lo que ella buscaba, sino un marido flamante. Eso sí, para comenzar estaba bien, más que bien, sonaba hasta prometedor.