Una promesa en el viento (Calle de Madrid 3) 43
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Todo lo que se resiste

Luis

—No deberíamos… no podemos… —murmuró con los ojos entrecerrados.

—Sí podemos, claro que podemos. Lo único que hay que tener claro es que también queremos. ¿Tú quieres?

—¿Que si quiero? ¡Por Dios, Luis! Llevo reprimiéndome con tal de parecer una señorita, casi desde que te conocí.

Se nos escapó una risa floja. A los dos. Ya la tenía medio desnuda y a mi merced. Como no consideré justo en comparación llevar tanta ropa encima, le susurré al oído.

—Quítamelo todo.

Obedeció sin poner pegas ni reparos.

—Como nos pille tu madre, pensará que soy una casquivana.

—Casquivana. —Le mordí el lóbulo de la oreja. Ella se estremeció—. Qué maravillosa palabra. Me gusta cómo suena casquivana.

—La señorita Beatriz me enseñaba tres palabras difíciles cada día. Si vieras lo que me costó dominar intingulis…

—Intríngulis. Todavía se te resiste.

Suavemente la empujé, obligándola a caminar de espaldas hasta la pared.

Alternando nuestros pasos con frases atrevidas susurradas cerca de la oreja, que no solo le erizaban la piel y endurecían sus pezones bajo la suave tela de la camisola, lo único que de momento le dejé puesto, sino que nos hacían reír como a dos adolescentes traviesos.

—Es usted prisionera del amor, señorita —espeté cuando la apoyé contra la pared—. No tiene escapatoria.

—¿Qué piensa hacerme?

—De todo.

Fue decirlo y hundirme a explorar la carne prieta y sedosa de sus muslos, recorriendo con los labios y la lengua el delicioso camino que conducía a su sexo.

María alzó una pierna y su pie terminó apoyado en mi hombro, facilitándome la abertura y el acceso.

Me ardieron las entrañas. Aquella desinhibición suya era portentosa.

En la intimidad, María jamás se planteaba cosas absurdas como si lo que nos apetecía hacer era o no decente.

Otorgaba rienda suelta a sus deseos y juntos, los cumplíamos y hacíamos realidad.

Era una dama en la calle, una meretriz apasionada entre sábanas y, con el tiempo, sería también la perfecta señora de nuestra casa.

Una mujer sobresaliente.

Qué suerte tuviste, Luis, qué suerte de encontrártela en el Retiro mientras escribías bobadas. Con lo timorato que tú eras, quién te ha visto y quién te ve .

Mis lametones encontraron el punto justo que la condujo al límite. Acompañé el proceso con delicadas succiones, notando cómo su interior se contraía, palpitando de placer. Sus estremecimientos y los ruiditos que escapaban del fondo de su garganta eran maná para mi corazón hambriento.

Con ella todavía musitando mi nombre entre jadeos, la sujeté con ambas manos y retrocedimos juntos hasta la cama.

No nos molestamos en retirar las colchas, la urgencia era demasiado grande.

Incordiaba. Separó las piernas y me cobijé en el hueco entre ellas tratando de controlar el arrebato desbordado que me dominaba.

María deseaba llegar virgen al matrimonio y yo respetaba sus decisiones.

Todas.

Aunque supusieran mi muerte, como aquella.

Su mano descendió juguetona y apresó mi verga con desvergüenza. Un suave apretón y luego, la gloria. Su mano ejerciendo la presión exacta, sus dedos rozando el frenillo que tanto placer me causaba, el rítmico movimiento de vaivén que ya dominaba con soltura y que me conducía sin remedio al delirio.

Así estuvimos, tocándonos y acariciándonos, besándonos hasta que me derramé sobre su vientre con un gruñido largo y seco.

—Llegaremos tarde a la boda.

—Qué va. Disponemos de tiempo hasta para repetir —le aseguré adormecido.

—Luis.

—¿Qué, mi amor?

—A veces siento miedo de que tanta, tantísima felicidad no sea más que un sueño. Temo despertarme y que todo se esfume. No volver a verte.

Rehíce mi postura, colocándome a su altura, rodeándola con los brazos para que se cobijara entre ellos.

—Eso no es posible. Tú y yo somos uno. Si desaparezco, te vendrías conmigo. Si nos rompemos, nos rompemos juntos y juntos nos recompondremos. No hay modo humano de que esto acabe, te lo prometo.

—¿No me mientes? ¿Ni siquiera por piedad?

—No te miento, amor, no me atrevería. Lo mío no son promesas en el viento, ya lo sabes, son árboles centenarios con las raíces enterradas bien hondo. En el centro de la tierra y para siempre.