Capítulo 39. Una pizca de amor, por fin
Hay una última pizca que no viene escrita en ninguna receta, porque no se puede pesar. Se echa al final, a ojo, con la mano y con el corazón. Unos la llaman el toque de la casa. Yo, después de aquel otoño, la llamo de otra manera. La llamo amor. Y va en todo lo que horneo desde entonces.
La tarde en que por fin pasó lo que tenía que pasar era una tarde de las de siempre.
Nada especial. Un martes de finales de otoño, con esa primera luz de las que ya huelen a invierno, con el horno recién cerrado y el obrador oliendo, como huele siempre, a azúcar y a harina y a un poco de anís, ese anís que a Garcés le daba tanta guerra y que él, valiente, seguía viniendo a respirar cada tarde como quien se mete en la boca del lobo por amor.
Porque a esas alturas ya no engañábamos a nadie, y menos a nosotros mismos.
Garcés se pasaba cada tarde. Con su excusa.
Que si un papel de lo de Consuelo, que si pasaba por aquí, que si me traía el periódico.
Y se quedaba. Hasta que anochecía. Los dos en la cocina, yo amasando lo del día siguiente, él sentado en un taburete, con su infusión sin anís, hablando de todo y de nada, o callando, que con él el silencio nunca era incómodo, era otra forma de estar juntos.
Y cada tarde, al irse, se paraba un momento en la puerta, como si fuera a decir algo.
Y no lo decía. Y se iba. Y yo me quedaba con las ganas, cada tarde, de que un día lo dijera.
Llevábamos así semanas. Desde aquella mano cogida en una calle, la tarde en que corrimos a salvar a Consuelo, no había vuelto a pasar nada.
Nada de nada. Ni un beso, ni una palabra de más, ni un gesto que nos comprometiera.
Como dos adolescentes de sesenta años, que decía la tía Puri, que de estas cosas se entera antes que nadie.
Nos rondábamos. Nos buscábamos las tardes.
Nos reíamos demasiado de cualquier tontería.
Pero ninguno daba el paso, porque dar el paso da un miedo espantoso cuando lo que hay en juego importa de verdad.
Y a mí, lo de Garcés, me importaba de verdad.
Me importaba tanto que prefería seguir en aquel limbo tibio y seguro de las tardes de infusión, antes que arriesgarme a estropearlo dando un paso en falso.
La cobardía de los que tienen algo que perder.
Aquel martes, no sé por qué, decidí que si él no lo decía, lo iba a decir yo. O, mejor dicho, lo iba a hornear. Porque yo, ya lo saben, las cosas importantes no las digo con la boca. Las digo con las manos. Con el horno. Y llevaba días dándole vueltas a una idea. A una idea con forma de bizcocho.
Así que aquel martes, mientras Garcés se entretenía leyéndome en voz alta una noticia del periódico que no nos interesaba a ninguno de los dos, yo, sin decir nada, me puse a hacer un bizcocho.
Él lo notó, claro. Notó que no era el pan del día siguiente lo que estaba haciendo.
Notó, sobre todo, cuando saqué el romero del tiesto de la ventana y rallé el limón, qué bizcocho era.
Se calló a media noticia. Y me miró hacer, muy serio, entendiendo, porque aquel hombre lo entiende todo, que aquel bizcocho concreto, el de limón y romero, no era un bizcocho cualquiera.
Era el bizcocho. El de mi familia. El del principio y el del final de toda esta historia.
El que mató a Braulio con la manteca y la matalauva cruda, y el que ahora yo estaba haciendo, delante de él, con mantequilla y con la matalauva tostada.
El bueno. El que no hace daño. El que él mismo había aprendido a escondidas, de tanto verme, y había apuntado en una servilleta que yo todavía guardaba.
Lo horneé. Y mientras se hacía en el horno, y luego mientras se enfriaba en la rejilla, no dijimos nada.
Ninguno de los dos. Se hizo en mi cocina uno de esos silencios que están tan llenos que casi no se pueden respirar.
Garcés dejó el periódico. Yo dejé de fingir que tenía cosas que hacer.
Y nos quedamos los dos, cada uno en su sitio, él en el taburete, yo apoyada en la mesa, esperando a que se enfriara un bizcocho como quien espera a que se enfríe una decisión que lleva tomándose mucho tiempo.
Olía toda la cocina a limón y a romero. Ese olor que para mí es el olor de mi familia, de mi abuela, de mi infancia subida a un taburete.
Y que ahora, sin yo saberlo todavía, iba a ser también el olor del principio de lo mío con Garcés.
Hay olores que se quedan pegados a los momentos importantes de una, y ya no se despegan.
Yo, desde aquella tarde, no puedo oler un bizcocho de limón y romero sin acordarme de la cara que puso Teodoro Garcés cuando entendió lo que le estaba a punto de ofrecer.
Una cara de susto. De susto y de esperanza, que a lo mejor son la misma cara cuando uno lleva mucho tiempo queriendo algo y no se atreve a creer que por fin va a pasar.
Cuando por fin estuvo templado, sin una palabra, corté un trozo generoso, lo puse en un plato y se lo puse delante.
A él. Al hombre alérgico a la matalauva.
Al inspector de sanidad que se pasa la vida diciéndole a la gente lo que no debe comer.
Le puse delante el bizcocho que llevaba dentro, en pequeñísima cantidad, tostada y todo, la única cosa del mundo que le sienta mal.
—Cata —dijo, mirando el plato, y era la primera vez en mucho tiempo que me llamaba Cata y no señora Ferrer—. Usted sabe que yo esto no puedo comerlo.
—Lo sé —dije—. Lleva matalauva. Poca, y tostada, pero lleva.
Le va a picar la garganta, se le van a llorar los ojos y va a estar usted estornudando media hora.
Lo sé perfectamente. Soy consciente de lo que le estoy ofreciendo.
—Le sostuve la mirada —. Y aun así se lo ofrezco.
Porque es lo que soy yo, Garcés. Este bizcocho soy yo.
Con lo dulce y con lo que pica. Con el limón y con la matalauva.
Entero. Y quería saber si usted… —me tembló la voz— si usted me quiere lo suficiente como para comerse el bizcocho entero, sabiendo que le va a sentar un poco mal.
Porque eso es quererme a mí. Entera. Con lo que tengo de bueno y con lo que tengo de difícil de tragar.
Garcés me miró. Miró el plato. Miró el trozo de bizcocho, que para él no era un postre, sino una prueba, la más rara y más grande que le habían puesto nunca delante.
Y aquel hombre, el de las neveras, el del reglamento, el que a lo largo de su vida había rechazado mil platos por mucho menos que una matalauva, el que se pasa el día protegiéndose y protegiendo a los demás de lo que hace daño, hizo entonces la cosa más imprudente, más insensata y más bonita que le he visto hacer nunca.
Cogió el tenedor. Y se comió el bizcocho. Entero.
No un bocado simbólico. No una miga por cumplir.
Entero. Trozo a trozo, sin prisa, mirándome a los ojos mientras lo hacía, con una solemnidad de hombre que sabe exactamente lo que está diciendo con cada bocado y lo dice de todas formas.
Se comió mi bizcocho de limón y romero, con su matalauva y todo, hasta rebañar el plato.
Y para cuando terminó, ya le brillaban los ojos, de verdad, de la matalauva, y le empezaba a picar la nariz, y carraspeaba, pero no paró, no dejó ni una miga, y cuando dejó el tenedor en el plato vacío, me miró, con los ojos llorosos por la alergia y por otra cosa que no era la alergia, y dijo, con la voz un poco ronca ya:
—Está delicioso. —Carraspeó—. Pica una barbaridad.
Y está delicioso. Como usted. —Se sacó del bolsillo el pastillero de colores, sin dejar de mirarme, se tomó un antihistamínico con lo que le quedaba de la infusión, y añadió—: Y sí.
La respuesta es sí. Me como su bizcocho entero, señora Ferrer.
Con matalauva. Todos los días de mi vida, si hace falta, con el pastillero en el bolsillo.
Porque la quiero. Entera. Con lo dulce y con lo que pica.
Llevo queriéndola así, me temo, desde Madrid.
Y ya no hubo más palabras. Porque yo di la vuelta a la mesa, y él se levantó del taburete, y en mitad de mi obrador, entre la harina y el olor a romero, con él estornudando y riéndose a la vez y yo llorando y riéndome a la vez, nos besamos.
Por fin. Después de treinta y nueve capítulos, después de un cadáver, de una fe de erratas, de mil noches de insomnio, de una ruptura y de dos misericordias, nos besamos.
Y sabía a limón. Y a romero. Y un poco, solo un poco, a matalauva.
Y fue, con diferencia, el mejor beso de toda mi vida.
Cuando nos separamos, los dos sin aliento, Garcés tenía la nariz roja como un tomate, los ojos hechos un mar de la matalauva, y una sonrisa de tonto que le cambiaba la cara de reloj por completo.
Estornudó. Dos veces, seguidas, enormes, en el peor momento romántico posible.
Y en vez de darme apuro, o dárselo a él, nos hizo reír a los dos hasta que nos dolió la barriga.
Porque así iba a ser lo nuestro, entendí en aquel momento, y así ha sido: un amor con estornudos.
Un amor de dos personas imperfectas, un poco rotas, un poco raras, que se ríen de sus propios desastres.
Un amor sin banda sonora, sin atardeceres, sin nada de lo que sale en las películas.
Un amor de cocina de pueblo, con harina en el pelo y un antihistamínico en la mesilla.
El único amor, me parece a mí, que merece de verdad la pena: el que sabe reírse de sí mismo.
—¿Sabe una cosa, Garcés? —le dije, cuando por fin dejamos de reírnos—. Le voy a hacer una versión sin matalauva. Solo para usted. Que una cosa es que me quiera entera, y otra que se me muera de una alergia por cabezón.
—Ni se le ocurra —dijo él, muy serio, entre estornudo y estornudo—. La quiero con matalauva. Es innegociable. Para eso está el pastillero.
Lo que pasó después de aquel beso es mío.
Mío y suyo. Y aunque me he pasado treinta y nueve capítulos contándoles hasta el último detalle de aquel otoño, hasta cómo se maqueta una esquela y cómo se descifra un cuaderno de chantajes, hay cosas que una se guarda.
Así que de aquella noche solo les diré que Garcés no volvió a su casita de alquiler a dos calles del horno.
Ni aquella noche, ni casi ninguna otra a partir de entonces.
Y que la casita aquella acabó siendo, con el tiempo, más un almacén de sus camisas y sus corbatas que una casa, porque la casa, la de verdad, la de los dos, pasó a ser la de encima del horno.
La mía. La nuestra. La que Rocío me había vendido a precio de amiga, sin saber que me estaba vendiendo, además de un techo, un futuro.
De madrugada, cuando ya no podía dormir de pura felicidad, que es un insomnio mucho mejor que los otros, me levanté, bajé al obrador y me quedé un rato sola en mi cocina, mirándola.
La cocina donde había empezado todo. Donde había maquetado la esquela que lo desencadenó.
Donde Garcés había aprendido a montar claras.
Donde Consuelo me había confesado su tragedia sobre un bizcocho.
Donde acababa de besar, por fin, al hombre al que había odiado tres años sin saber que lo quería.
Y pensé que la vida es como un horno: que mete dentro las cosas más dispares, la harina y los huevos, el amor y la muerte, la risa y el luto, y que, con el calor justo y el tiempo justo, hace con todo ello algo que sube, y se dora, y alimenta.
Y que a lo mejor eso es todo lo que hay que aprender.
A confiar en el horno. A esperar a que suba.
Volví a la cama. A la cama en la que, por primera vez en mucho tiempo, no dormía sola.
Y me dormí escuchando la respiración de Garcés a mi lado, tranquila, pausada, con algún estornudo tardío de la matalauva de por medio, que me hizo sonreír en la oscuridad.
Y pensé, antes de dormirme, que había valido la pena.
Todo. Hasta lo peor. Porque lo peor me había traído hasta allí.
Hasta aquella cama, aquella noche, aquella paz.
Podría haber terminado ahí la historia. Debería, a lo mejor. Con el beso, y la casa, y la paz. Como terminan las historias bonitas.
Pero esto es Santibáñez. Y en Santibáñez, ya lo he aprendido, la paz nunca dura mucho. Así que déjenme contarles, en un último capítulo, lo que pasó unos meses después. Cuando llegó al pueblo un sobre. Otro sobre. Y con él, otra vez, la muerte. Aunque eso, esta vez, es otra historia. La siguiente.