Capítulo 40. Contigo, hasta el próximo cadáver (y ya se anuncia uno)
Toda receta termina igual: «servir y disfrutar», como si después no hubiera nada más.
Pero yo, que llevo toda la vida en esto, sé la verdad: que en cuanto friegas los platos de una comida ya piensas en la siguiente.
Que las historias, como las hornadas, no se acaban.
Solo se enfrían para dejar sitio a la próxima.
Pasaron los meses. El invierno, la Navidad, la primera primavera de lo mío con Garcés.
Y Santibáñez del Romero, mi pueblo de novecientos habitantes y una sola panadería, hizo lo que hacen los pueblos después de las grandes conmociones: siguió adelante, como si nada, aunque con todo distinto por dentro.
El horno prosperó. Y aquí tengo que reconocer una ironía que todavía me da un poco de vergüenza.
Resulta que, después del «Crimen de las Ánimas», mi horno se hizo famoso.
La gente empezó a venir de los pueblos de alrededor, y hasta de la capital, no solo a comprar pan, sino a conocer «el horno del crimen», a hacerse fotos delante de la fachada, a comprarle una magdalena a «la panadera detective».
Al principio me incomodaba muchísimo, que la desgracia de Consuelo se convirtiera en reclamo turístico.
Pero luego pensé una cosa: que aquel dinero, que entraba solo, me venía de perlas para pagarle a Rocío las letras del local y para ayudar con los gastos del abogado de Consuelo.
Así que decidí que, ya que la gente iba a venir de morbo de todas formas, al menos que ese morbo sirviera para algo bueno.
Y monté, en un rincón del obrador, un bote.
Un bote para los gastos de Consuelo. Y la gente, que es rara pero no del todo mala, echaba. Vaya si echaba.
Las Migas seguían juntándose los jueves en mi horno, fieles como el calendario. Solo que ahora éramos tres, no cuatro. Porque Consuelo… bueno, aquí tengo que contarles cómo acabó lo de Consuelo, que sé que es lo que de verdad les importa.
El juicio se celebró en primavera. Y salió, dentro de lo malo, todo lo bien que podía salir.
El abogado hizo un trabajo excelente, el pueblo declaró en masa, el fiscal, que no era Solís, gracias a Dios, resultó ser una persona con sentido común, y el juez tuvo, como habíamos rezado, dos dedos de frente y algo de corazón.
Consuelo fue condenada, sí, porque tenía que serlo; había matado a un hombre.
Pero con todos los atenuantes reconocidos, con la coacción de diez años pesando en la balanza, con su edad y su salud, la condena fue mínima, y de cumplimiento en casa, con una pulsera en el tobillo que a ella le hacía una gracia tremenda.
«Mira, hija», me decía, enseñándomela, «a mis años, y voy a acabar siendo la más moderna del pueblo, con mi aparatito y todo».
Consuelo cumplía su condena en su casa, visitada por medio Santibáñez, repartiendo, eso sí ya no el periódico, pero sí consejo y cariño a todo el que pasaba por su puerta.
No era libertad. Pero tampoco era la cárcel dura que yo había temido.
Era algo con lo que Consuelo podía vivir sus últimos años con dignidad, rodeada de los suyos.
Y a las Migas, los jueves, la seguíamos incluyendo: nos juntábamos en su casa una semana de cada dos, para que no se perdiera ni una reunión.
Porque una condena no la echa a una de las Migas.
De las Migas solo te echa la muerte. Y a veces ni eso, que a Braulio lo seguíamos comentando como si estuviera.
Y las Migas, con Consuelo repuesta de su papel de asesina más tierna de España, tenían tema para rato.
Ahora, en vez de crímenes, cotilleaban sobre mi vida amorosa, que se había convertido en el nuevo espectáculo del pueblo.
Encarna me interrogaba cada jueves, sin ningún disimulo, sobre «cómo iba la cosa con el inspector», y no se conformaba con generalidades.
Rosalía, que oye lo que le interesa, se enteraba de todo.
Y Consuelo, desde su casa y su pulsera, ejercía de casamentera jubilada, dándome consejos de mujer que estuvo cuarenta años casada y feliz.
«Al hombre bueno, hija», me decía, «no hay que apretarlo.
Hay que dejarlo suelto y esperar. El bueno vuelve solo.
El malo también, pero ese que no vuelva.
» Sabiduría de las Migas. La única universidad que de verdad enseña algo en este pueblo.
El sargento Chamorro se jubiló en mayo, con todos los honores.
Le hicieron una fiesta en el cuartelillo a la que fue el pueblo entero, incluida Consuelo con su pulsera, que pidió permiso especial al juez para asistir, permiso que le dieron, porque a esas alturas hasta la justicia le había cogido cariño.
Hubo discursos, hubo una placa, hubo tarta —la mía, cómo no, del tamaño de una rueda de carro—.
Y Chamorro, emocionado, con la voz temblona, dijo que se iba «con el deber cumplido, después de resolver el caso más importante de mi carrera».
Y todos aplaudimos, y todos sabíamos que aquel caso le había costado el corazón, pero que también, de alguna manera, se lo había llenado.
Chamorro no desapareció con la jubilación, ni mucho menos.
Se convirtió en cliente fijo del horno, de esos que se pasan la mañana entera con un café, comentando las noticias, echándole a Garcés teorías sobre cualquier suceso de la comarca.
Los dos se hicieron amigos, el policía retirado y el inspector. Cosas de la vida.
Y Lucía, la agente Lucía, por fin cumplió su sueño.
Lanzó su pódcast. Un pódcast de true crime, en condiciones, con sintonía y todo, dedicado enteramente al «Crimen de las Ánimas».
Lo tituló, con un gusto para lo macabro que la honra, «Pan y Muerte».
Y fue, para asombro de todos, un exitazo.
Resulta que a mucha gente, más allá de nuestra comarca, le fascinó la historia de la panadera, el inspector y la asesina más buena del mundo.
Lucía me entrevistó para el primer episodio, con una solemnidad de periodista de investigación que no le pegaba nada y que le pegaba todo, y me preguntó, al final, si tenía algo que decirles a los oyentes.
Y yo dije que sí, que tenía una cosa: que no se creyeran que la vida de pueblo es aburrida.
Que en un pueblo de novecientas almas cabe todo el amor, toda la traición, toda la comedia y toda la tragedia del mundo.
Solo que a menor escala. Y con mejor repostería.
En cuanto a Garcés y a mí, no les voy a mentir diciéndoles que fue todo un camino de rosas, porque juntar en una misma casa, y en una misma cocina, a la mujer más desordenada de la comarca y al hombre más metódico de la Junta tiene lo suyo.
Garcés ordena las especias por orden alfabético.
Yo las tengo donde caen. Garcés limpia la encimera después de cada gesto.
Yo cocino en un caos que a él, los primeros meses, le provocaba unos tics en el ojo dignos de estudio.
Discutimos, claro. Discutimos sobre la caducidad de los yogures, sobre si hace falta o no fregar un cuenco que solo ha tenido harina, sobre la temperatura del frigorífico, que él regula al grado y yo abro sin mirar. Cosas de pareja. Cosas pequeñas.
Pero por debajo de las especias por orden alfabético y del caos de mis cajones, funcionábamos.
De una manera que no me esperaba, que no había tenido nunca con nadie.
Porque resulta que su orden y mi caos, que parecían incompatibles, se equilibraban.
Él me enseñó a no perder las llaves y a apagar el horno antes de irme, cosas que en cuarenta años yo no había conseguido aprender sola.
Y yo le enseñé a él lo contrario, que es más difícil: a dejar un plato sin fregar de vez en cuando, a improvisar una cena sin receta, a bajar la guardia, a reírse de sus propios tics.
A vivir un poco más suelto de muñeca, como cuando le enseñé a montar las claras.
Nos hicimos, cada uno, un poquito más como el otro.
Que es, me parece a mí, lo único que hay que pedirle al amor: no que te complete, que esa es una tontería que dicen en las películas, sino que te lime.
Que te quite un poco de lo peor tuyo y te ponga un poco de lo mejor del otro.
Y a mí Garcés me limó mucho. Y yo a él. Y seguimos, cada mañana, limándonos, sobre un café, entre sus manías y las mías, más felices de lo que jamás pensé que me merecería ser.
Cuando pienso en la mujer que era yo antes de todo aquello, la que volvió a Santibáñez hace tres años, con un fracaso a cuestas y un rencor que la mantenía de pie, y la comparo con la que soy ahora, me cuesta creer que sea la misma.
Aquella Cata estaba sola, y estaba amargada, y había decidido, sin darse cuenta, que la vida ya no le debía nada bueno, que lo suyo era resistir, hornear, sacar las esquelas los jueves y esperar a hacerse vieja detrás del mostrador.
Y en cambio, mírenme ahora. Con mi horno en propiedad.
Con un hombre que se come mi bizcocho a riesgo de su nariz.
Con una segunda madre que, aun con lo que hizo, me sigue enseñando a vivir desde su cocina con pulsera.
Con un pueblo que, después de todo, resultó estar lleno de gente mucho más complicada, y mucho más buena, de lo que yo, en mi amargura, había querido ver.
Y todo eso, cada pedacito de esta vida nueva, me lo trajo, aunque parezca mentira, un cadáver.
Una muerte. La cosa más triste del mundo.
Vino un cadáver a mi pueblo, se sentó en mi bizcocho, y del susto, de la investigación, del miedo y del lío, salió, sin que nadie lo buscara, todo esto.
Toda mi felicidad de ahora. Será por eso, digo yo, que no le tengo a la muerte el respeto que le tiene la gente.
Porque a mí, la muy canalla, en vez de quitarme, me lo dio todo.
Y con Consuelo en su casa, y Chamorro jubilado, y Lucía famosa, y mi horno prosperando, y Garcés durmiendo cada noche a mi lado con su antihistamínico en la mesilla, yo pensé, ingenua de mí, que la historia se había acabado. Que después de un cadáver, un pueblo tiene derecho a una temporada de paz.
Ingenua. Ya lo he dicho: en Santibáñez, la paz no dura.
Porque una mañana de junio, entre el correo de siempre —las facturas, la publicidad, las cartas del abogado—, llegó un sobre.
Un sobre grande, elegante, con un membrete dorado y pomposo que no era de por aquí.
Lo abrí en el obrador, con Garcés al lado tomándose su infusión.
Y era una invitación. Una invitación oficial.
Resulta que la Diputación, envalentonada por no sé qué plan de promoción del turismo rural, y aprovechando la fama reciente de la comarca —fama que, no nos engañemos, se la debíamos a un asesinato—, había decidido organizar el Primer Concurso Comarcal de Repostería Tradicional.
Entre todos los pueblos. Con premio gordo.
Y, para darle lustre, con un jurado de campanillas, presidido por un tal Maximiliano de la Cuesta, un crítico gastronómico de la capital, famosísimo en la televisión, conocido en todo el país por su paladar exquisito, sus corbatas de seda y su carácter, según la prensa, «insufrible».
Y yo, leyendo aquello, sentí un pinchazo raro, un presentimiento.
No era ilusión, aunque me hacía ilusión concursar.
Era otra cosa. Porque yo ya había aprendido, por las malas, lo que pasa en Santibáñez cuando se juntan un forastero pomposo, una competición y mucha gente con ganas de ganar.
Miré la foto del tal Maximiliano de la Cuesta en el folleto, con su sonrisa de suficiencia y su corbata de seda, y pensé, sin poder evitarlo: «Este hombre, tan antipático, tan importante, tan de fuera… a este lo matan seguro».
Debí de decirlo en voz alta, porque Garcés levantó la vista de su infusión, miró la invitación, miró la foto del crítico, me miró a mí.
Y aquel hombre, mi hombre, el inspector de sanidad más rígido de la Junta, el que me había cerrado el horno de Madrid tres años atrás y había acabado en este pueblo quedándose a compartir el mío, soltó un suspiro largo, de resignación infinita, el suspiro de quien sabe perfectamente lo que se le viene encima y ya ni se molesta en pelearlo.
—Voy sacando el pastillero —dijo.
Y a mí, que lo quiero con toda mi alma, con lo dulce y con lo que pica, me entró la risa.
Porque supe, en aquel momento, que fuera lo que fuera lo que estuviera a punto de pasar en Santibáñez del Romero —otro cadáver, otro misterio, otra ración de esta vida imposible y maravillosa que me había tocado en suerte—, no lo iba a vivir sola.
Lo iba a vivir con él. Con Garcés. Hasta el próximo cadáver.
Y el próximo cadáver, por lo que se veía, ya venía de camino. Con corbata de seda y aires de campanillas.
Pero esa, queridos míos, es otra historia. Y tendrá, cómo no, su propia receta.
FIN (del primer caso)