Capítulo 38. Lo que queda en el horno
Cuando sacas la bandeja y termina el horneado, siempre queda algo en el horno: el calor, el olor, las migas de lo de antes. Un horno no se vacía nunca del todo. Guarda memoria de todo lo que ha cocido. Como las casas. Como los pueblos. Como una.
Las semanas que siguieron fueron las más raras que he vivido.
Raras porque, después de tanto vértigo, de tanta carrera, de tanto secreto, la vida volvió, despacio, a parecerse a la vida.
El horno reabrió. La gente volvió a comprar pan.
Salió el jueves El Clarín, con el titular de Fermín —al final se decidió por «El crimen de las Ánimas», que le pareció el más elegante— y se agotó en dos horas, récord absoluto de la historia del semanario.
Y, poco a poco, Santibáñez fue volviendo a ser Santibáñez.
Pero con una diferencia. Con un hueco. Con Consuelo dentro de la maquinaria de la ley, y todos nosotros empujando, desde fuera, para que aquella maquinaria la tratara como se merecía.
Y aquí es donde tengo que contar lo que pasó con Consuelo, porque sé que es lo que más les importa, como me importaba a mí. Y tengo que contarlo con cuidado, sin adornarlo, porque la verdad no fue ni tan bonita como yo habría querido ni tan cruel como llegué a temer.
Consuelo fue procesada. Eso no se pudo evitar, ni debía evitarse: había confesado un homicidio, y la ley, guste o no, tiene que ocuparse de un homicidio.
Pero la ley, ya lo dijo Garcés, la manejan personas, y nosotros nos ocupamos de que las personas adecuadas se ocuparan de Consuelo.
Le conseguimos un abogado de verdad, uno bueno, de la capital, que nos buscó Rocío tirando de sus contactos de Madrid como último favor antes de marcharse.
Y aquel abogado, en cuanto vio el caso, se frotó las manos, pero de las ganas de defenderlo bien, porque decía que hacía años que no le llegaba un caso con tantos atenuantes de su parte.
Porque atenuantes había, y muchos. Estaba la edad de Consuelo, setenta y cuatro años.
Estaba que no tenía ni una multa de tráfico en toda su vida.
Estaba, sobre todo, el chantaje: diez años de coacción continuada, documentados en el propio cuaderno de la víctima, que cualquier tribunal tiene que valorar, porque una persona sometida a diez años de amenazas no actúa con la misma libertad que una que mata a sangre fría por dinero.
Y estaba el pueblo entero, dispuesto a declarar, uno por uno, la clase de mujer que era Consuelo y la clase de hombre que era Braulio.
El abogado nos avisó de que no esperáramos un milagro, que un milagro no lo hay, que Consuelo tendría que responder de lo que hizo.
Pero también nos dijo, con la boca pequeña para no crear falsas esperanzas, que con aquellos atenuantes, con aquella edad, con aquella hoja de vida, lo más probable, si el juez tenía dos dedos de frente y algo de corazón, era una condena muy por debajo de lo que asusta, atenuada, quizás suspendida o cumplida de una manera acorde con sus años y su salud.
Ni cárcel dura ni calle libre. Algo en medio.
Algo con lo que Consuelo, y nosotros, podíamos vivir.
Y, mientras tanto, un pueblo entero organizándose por turnos para que a aquella mujer, esperara donde esperara su juicio, no le faltara nunca una visita, un táper, una mano.
Del bueno, el bizcocho. Del de la mantequilla.
Que el otro, ya lo había dicho ella, le había cogido manía.
Yo la visitaba dos veces por semana, sin falta.
Los lunes y los jueves, después de cerrar.
Y aquellas visitas, que yo temía al principio como se teme una obligación triste, resultaron ser, con el tiempo, de las horas más buenas de mi semana.
Porque Consuelo, libre por fin del secreto, era una Consuelo nueva.
Más ligera. Más ella. Se reía más que en los diez años anteriores juntos, decía ella, «que una se pasa la vida callándose cosas y no sabe el peso que echa, hasta que lo suelta».
Nos poníamos a hablar, y casi siempre, no sé cómo, acabábamos hablando de recetas.
De las de antes. De las de mi abuela. Consuelo se sabía cosas que yo había olvidado, o que nunca supe, secretos de aquella cocina de cuando ella era joven y mi abuela la reina del horno.
Y me los fue pasando, tarde a tarde, como quien deja en orden sus cosas: cómo se hacían los huesos de santo de verdad, el truco del hojaldre de la abuela, por qué el roscón salía mejor con la levadura de un sitio y no de otro.
Un día le pregunté, con mucho cuidado, si no le dolía hablar de aquella cocina, después de lo que había hecho con una de sus recetas.
Y me contestó una cosa que no se me ha olvidado.
—No, hija. Al revés. Yo con esa receta hice una vez algo terrible, es verdad.
Pero esa misma receta, y todas las de tu abuela, han hecho, durante setenta años, mucho más bien que mal.
Han endulzado mil entierros. Han alegrado mil fiestas.
Una mala vez no le quita el valor a una cosa buena.
Ni a una receta, ni a una persona. Acuérdate de eso, que es lo único importante que sé.
Rocío se marchó a la semana siguiente. Se iba a Madrid, o a donde fuera que van las consultoras cuando se les cae una operación de tres años, a empezar de cero, «que es lo que se me da bien, empezar cosas; lo que se me da mal es acabarlas, como a este pueblo».
Vino a despedirse al horno, la mañana de su marcha, con su abrigo de revista y su maleta de ruedas, y me trajo, en vez de flores, un sobre.
Otro sobre. Aquel otoño mío estuvo lleno de sobres que lo cambiaban todo.
—Ábrelo cuando me haya ido —me dijo—. Y no me des las gracias, que me da grima. Es un contrato. Del local. Este, el del horno, y el de arriba, donde vives. Eran de mi tío; ahora, con la herencia, son míos; y desde hoy, en cuanto firmes eso, son tuyos.
Me quedé sin palabras. Porque aquel local, el Horno de las Ánimas, llevaba en mi familia desde mil novecientos cincuenta y dos, pero nunca había sido nuestro: siempre lo alquilamos, primero a los antiguos dueños, luego a Braulio, que nos apretaba la renta como apretaba todo. Y ahora Rocío me lo ponía en las manos.
—Pero yo no puedo pagar esto, Rocío —acerté a decir—. Un local así, en propiedad, vale…
—Vale lo que ponga en el papel —me cortó—.
Y en el papel pone un precio de pueblo. Uno que puedes pagar con lo que ganas vendiendo pan y magdalenas de entierro, a plazos, sin agobios.
Lo he calculado. No es caridad, que a mí la caridad tampoco me va; es un trato justo.
Yo me quito un local que no pienso volver a pisar y que me da más quebraderos que dinero, y tú te quedas la casa de tu familia por lo que vale de verdad, no por lo que valdría si yo fuera la sinvergüenza que vine a ser a este pueblo.
—Se encogió de hombros, incómoda con su propia bondad—.
Digamos que es mi manera de pedirle perdón a Santibáñez por haber intentado convertirlo en un hotel.
Cada uno pide perdón como puede. Yo, vendiendo barato.
Y se fue. La mujer de Madrid a la que el pueblo nunca quiso, la que llegó a especular con nuestras casas y a amenazar mi horno con volverlo un museo, se fue habiéndome regalado, a precio de amiga, la seguridad que mi familia no había tenido en setenta años: la de que nadie, nunca más, me podría subir la renta ni echarme de mi casa.
Se fue, y yo la vi alejarse calle abajo con su maleta de ruedas, y pensé que la gente, casi toda, es mucho más complicada, y mucho mejor, de lo que parece el primer día.
Con don Fermín tuve una conversación que me hizo gracia, y que dice mucho de él y del oficio.
Vino a verme, muy solemne, a proponerme que mantuviéramos «la sección».
Porque, según él, después del éxito del «Crimen de las Ánimas», la gente iba a querer seguir leyéndome, y él tenía una idea buenísima: que yo escribiera, cada semana, junto a mis recetas y mis esquelas, «una crónica de sucesos».
Que me convirtiera en la periodista de crímenes de la comarca.
«Cata, tú tienes olfato para esto. Lo has demostrado.
Podríamos hacer historia. El único semanario de España con panadera detective. »
Le dije que no. Que rotundamente no. Que yo no era detective, que había resuelto aquel crimen porque no me había quedado más remedio, porque era mi vida la que estaba en juego y la de la persona que más quería, y que no pensaba pasarme el resto de mis días husmeando en las desgracias ajenas para venderle periódicos.
Que bastante muerte había tenido ya para una vida entera.
—Lo que sí voy a seguir haciendo —le dije— es las recetas.
Y las esquelas. Como siempre. Porque eso, Fermín, no es hurgar en la desgracia.
Es lo contrario. Una receta es darle a la gente algo dulce para los días buenos.
Y una esquela es despedir con dignidad a los que se van.
Las dos cosas son cuidar del pueblo. Y eso sí que lo pienso hacer hasta que me muera.
Pero de crímenes, nada. De crímenes, ya he tenido bastante.
Fermín se fue algo decepcionado, calculando ya, seguro, cómo exprimir el «Crimen de las Ánimas» durante unas cuantas semanas más a base de reportajes, entrevistas y «exclusivas».
Pero lo entendió. Y mi sección siguió siendo lo que había sido siempre: dos páginas, los jueves, con lo dulce y lo último.
Las recetas de Cata y las esquelas de Cata.
El pan y el luto. Que es, bien mirado, de lo que va la vida en un pueblo.
En cuanto a Chamorro, no levantaba cabeza.
El bueno de Chamorro, que en unos meses colgaría el uniforme, andaba por el pueblo con un aire agridulce que no se le quitaba.
Había resuelto el caso de su vida, el que llevaba treinta y ocho años esperando, y le había salido, para su desgracia, el más triste posible.
Lo veías por la calle y no sabías si darle la enhorabuena o el pésame.
Se pasaba a visitar a Consuelo más que nadie, con la excusa del papeleo, y salía de aquellas visitas siempre con los ojos rojos.
«Es que le he cogido ley, Cata», me confesó una vez, avergonzado.
«Sé que no se debe, que soy la Guardia Civil y ella la detenida, pero es que le he cogido ley.
Menudo oficio, con perdón, este de tener que querer y detener a la misma persona.
» No supe qué decirle, salvo que a mí me pasaba lo mismo, y que a lo mejor eso, más que un defecto del oficio, era lo único que hacía el oficio soportable.
Y así, poco a poco, todo fue encontrando su sitio.
Consuelo, esperando su juicio, arropada por un pueblo que la visitaba por turnos para que no estuviera sola.
El horno, mío por fin, con mi nombre en la escritura después de setenta años de alquiler.
La columna, la de siempre, el pan y el luto.
Y Santibáñez, mi Santibáñez de novecientos habitantes y una sola panadería, volviendo despacio a la calma de después de la tormenta, esa calma que sabe mejor precisamente porque se ha pasado la tormenta.
Solo quedaba una cosa en el horno sin cocer. Una sola. La más pequeña y la más grande de todas.
Garcés seguía en el pueblo. No se había ido, claro; con lo de Consuelo en marcha, con el abogado, con las declaraciones, tenía mil razones oficiales para quedarse, y las usó todas, una detrás de otra, con esa manera suya de justificar con el reglamento lo que en realidad le pedía el corazón.
Se cambió de la pensión de doña Sagrario, que casi lo mata con el anís, a una casita de alquiler a dos calles del horno.
Cerca. Muy cerca. Lo bastante cerca como para pasarse cada tarde, con cualquier excusa, a tomarse una infusión sin anís en mi cocina y a fingir, los dos, que aquello era una cosa de amigos.
Pero no era una cosa de amigos. Y los dos lo sabíamos.
Y llevábamos semanas sabiéndolo, desde aquella mano cogida en una calle, sin atrevernos a dar el paso, primero porque no era el momento, con Consuelo en el aire, y después, cuando ya empezaba a serlo, por pura cobardía, que es de lo que están hechos casi todos los amores que merecen la pena: de dos personas muertas de miedo esperando a que la otra dé el primer paso.
Hasta que una tarde, por fin, alguien lo dio. Pero eso, cómo se dio aquel paso, y quién, y con qué bizcocho de por medio, merece un capítulo para él solo. El último de esta historia. O casi.