Capítulo 37. La confesión con azúcar glas
El azúcar glas es lo último que se echa: por encima, cuando el bizcocho ya está frío, para suavizarle la cara y que entre mejor por los ojos. No cambia lo que hay debajo. Solo lo hace más fácil de mirar. Hay verdades que también necesitan su azúcar glas para poder mirarlas de frente.
Lo que pasó en mi horno después de que Solís guardara la orden y saliera, humillado, a «revisar el encuadre», no fue lo que pasa en las novelas.
En las novelas, cuando se descubre al asesino, la gente reacciona con horror, con espanto, se aparta del culpable como de un apestado.
En mi horno no pasó nada de eso. En mi horno, cuando el pueblo entero terminó de entender lo que había hecho Consuelo y por qué, no hubo horror. Hubo duelo.
Porque una cosa hay que entender de Santibáñez, y de los pueblos en general: que aquí no se juzga a la gente por lo que hace, sino por lo que es.
Y Consuelo, para nosotros, era la más buena.
La que reparte las penas. La que cuidó a Emilio.
La que llevaba caldo a las casas. Y Braulio, para nosotros, era Braulio: el usurero, el chantajista, el que tenía a medio pueblo cogido por el cuello.
De modo que, cuando se supo que la más buena había matado al peor, y por qué, el pueblo no sintió el escándalo que sentiría una ciudad.
Sintió otra cosa. Sintió la pena inmensa de saber que una de las suyas había estado sufriendo, sola, en silencio, durante diez años, sin que ninguno lo supiera, sin que ninguno pudiera ayudarla.
El duelo no era por Braulio. A Braulio no lo lloró nadie, ni muerto de verdad.
El duelo era por Consuelo. Por los diez años de Consuelo.
Por no haber estado a su lado cuando le hacía falta.
Ahora bien, que hubiera duelo no quiere decir que faltara, porque en un pueblo nunca falta, el toque de comedia que la vida le echa por encima a las tragedias, como el azúcar glas, para que se puedan mirar.
Y aquella tarde, en mi horno, mientras Consuelo recibía el abrazo de medio Santibáñez, tres personas protagonizaron, cada una a su manera, ese toque.
La primera fue Lucía. La pobre Lucía, la agente adicta al true crime, vivía en aquellos momentos el mayor conflicto interior de su vida.
Porque, por un lado, acababa de cumplírsele el sueño: un asesinato de verdad, con chantaje, con veneno, con giro final, con confesión dramática, en su propio pueblo, con ella dentro.
Era el episodio de pódcast perfecto, el que llevaba años deseando sin atreverse a desearlo.
Y, por otro lado, la asesina era Consuelo, a la que quería como todos.
Y no sabía qué hacer con las dos cosas a la vez.
La vi debatirse, con el móvil medio sacado del bolsillo, entre la tentación de grabar «el momento» y la vergüenza de estar disfrutando de la desgracia de una vecina.
Al final ganó la vergüenza, guardó el móvil, y se puso a llorar como todos, pero se le notaba, se le notaba en la cara, que por dentro estaba tomando apuntes.
El segundo fue Chamorro. El sargento Chamorro, que acababa de vivir su Mundial, el momento cumbre de treinta y ocho años de carrera, estaba, en vez de celebrándolo, deshecho.
Llorando a moco tendido, sin ningún disimulo, apoyado en un saco de harina, con la gorra en la mano.
Porque Chamorro, ya lo dije, se encariña con los sospechosos, y de Consuelo se había encariñado como de una abuela.
Había resuelto el caso de su vida, sí. Pero el caso de su vida era meter en la cárcel a una viejecita que le caía bien.
«Yo no quería que fuera ella, Cata», me decía, entre hipidos, sonándose con un pañuelo enorme.
«Yo quería que fuera Nando. Nando me caía mal.
¿Por qué no pudo ser Nando?». No supe qué contestarle.
A veces la justicia es eso: resolver algo y que no te alegre nada haberlo resuelto.
Y el tercero, cómo no, fue don Fermín. Don Fermín, el capitalista del luto, el hombre que había convertido las esquelas en un imperio, estaba en un rincón, apartado del duelo general, con una libretita y un boli, redactando.
Redactando el titular. Se le veía en los labios, moviéndolos, probando versiones.
Y en un momento en que pasé cerca, le oí murmurar, para sí, saboreándolo: «La panadera y el inspector resuelven el crimen del siglo…
no… El crimen de las Ánimas… mejor… La receta de la muerte…
». El hombre estaba en éxtasis. Para El Clarín de la Comarca, un semanario de trescientos ejemplares que había llegado a cuatro mil con la muerte falsa de Braulio, aquello, la muerte verdadera y su resolución, era, sencillamente, el acontecimiento periodístico del siglo.
Y Fermín no pensaba desaprovecharlo, ni por respeto, ni por duelo, ni por nada.
Que cada uno llora a su manera, y Fermín llora vendiendo periódicos.
Hasta la tía Puri, que lleva cuarenta años leyendo a la gente por lo que compra, tuvo su momento.
La oí, en un aparte con la Bego, sentenciar, muy digna, moviendo la cabeza: «Yo lo dije.
Yo siempre lo dije. A esa Fina no le fiaba yo ni un suspiro de merengue».
Y como la Bego le hiciera notar, con toda la razón, que la asesina no había resultado ser la Fina, sino Consuelo, la tía Puri se quedó un momento pensando, sin achantarse lo más mínimo, y remató: «Bueno.
Pues alguna me tenía que fallar en cuarenta años.
Ni Dios acierta todas». Y se quedó tan ancha, la mujer, con su récord intacto en su cabeza, que es donde de verdad importan los récords.
Y en medio de todo aquello —del duelo, de la comedia, de los abrazos, del titular de Fermín—, yo me quedé un momento apartada, mirando la escena, con una cosa dándome vueltas en la cabeza que no me dejaba estar del todo tranquila. Y era la más difícil de todas. Era la moral del asunto.
Porque una parte de mí, la del corazón, la que había abrazado a Consuelo en su cocina, quería que aquello acabara bien.
Que a Consuelo la perdonaran. Que la dejaran en paz.
Que después de diez años de sufrimiento, de una vida entera de bondad, de un marido perdido, no tuviera que pagar, encima, con la cárcel a los setenta y cuatro años.
Esa parte de mí gritaba que Braulio se lo tenía merecido, que era un monstruo, que el mundo estaba mejor sin él, que Consuelo no era una asesina, sino una víctima que se había defendido.
Y otra parte de mí, más pequeña pero más terca, la que a lo mejor se me había pegado de tanto convivir con Garcés, me recordaba, muy bajito, que las cosas no eran tan sencillas.
Que Braulio, con todo lo monstruo que era, no había matado a nadie.
Chantajeaba, sí. Era despreciable, sí. Pero de ahí a merecer morir envenenado hay un trecho, y ese trecho lo había decidido cruzar Consuelo, ella sola, sin juez, sin jurado, tomándose la justicia por su mano.
Y si empezábamos a decir que hay gente que merece morir, y que cualquiera puede decidir quién, y ejecutarlo con un bizcocho, entonces el pueblo entero, y el mundo entero, se convertía en un sitio muy peligroso.
Que a Braulio no lo llorara nadie no quería decir que estuviera bien matarlo.
Quería decir, solo, que era muy fácil entender por qué lo habían hecho.
No resolví aquel dilema aquella tarde. No lo he resuelto del todo todavía, si les soy sincera.
Creo que no tiene solución limpia, y que precisamente por eso es importante no dejar de pensarlo.
Lo único que saqué en claro, viendo a Consuelo rodeada de su pueblo, fue esto: que se puede querer a una persona y no aprobar lo que ha hecho.
Que se puede entender un crimen sin justificarlo.
Y que la compasión y la justicia no son enemigas, aunque lo parezcan; que un pueblo decente tiene que encontrar la manera de darle a Consuelo las dos cosas a la vez.
La justicia que la ley exige. Y la compasión que su vida merece.
En algún momento de aquella tarde larga me acerqué a Consuelo.
Se había quedado un poco al margen, sentada en la misma silla, dejándose querer por el pueblo pero sin perder aquella serenidad rara que la envolvía desde el principio.
Me senté a su lado. No sabía qué decirle.
¿Qué se le dice a la mujer que te crió y que acabas de ayudar a delatar, por su bien, delante de todo el pueblo?
Fue ella la que habló primero, como siempre.
—Lo has hecho bien, hija —me dijo, cogiéndome la mano—.
Esto de hoy. Traer al pueblo, contarlo todo, ponerme a mí a dar la cara.
Ha sido lo mejor. Me has ahorrado años de mentira.
Yo ya no podía más con el secreto, Cata.
El secreto pesa más que la culpa, ¿sabes?
La culpa la llevas y ya está, es tuya, la conoces.
Pero el secreto… el secreto te obliga a fingir cada día, a sonreír cuando no quieres, a repartir el periódico primero para que Braulio lo lea calentito, a ser buena delante de todos mientras por dentro te pudres.
Diez años fingiendo. Prefiero mil veces lo que venga ahora, la cárcel, lo que sea, a un solo día más de aquello.
Al menos ahora soy yo. La de verdad. La entera. Con lo bueno y con lo malo, pero yo.
Y luego, porque hasta en aquel momento Consuelo era Consuelo, me miró de reojo, con una chispa de picardía que me pilló por sorpresa, y añadió:
—Eso sí. Como me toque una cárcel con comida de esa de bandeja, de la mala, vas a tener que venir a verme con un táper de bizcocho todas las semanas. Del bueno, ¿eh? Del de la mantequilla. Que el de la manteca ya le he cogido manía.
Y nos reímos las dos. En mitad de todo aquello, con la que estaba cayendo, nos reímos. Porque hay gente que hasta camino de la cárcel le echa a la vida su pizca de azúcar glas. Y Consuelo, con todo lo que había hecho, con todo lo que había sufrido, era, hasta el final, de esa gente.
Fue Garcés, cómo no, el que puso en marcha la parte práctica de todo aquello, la parte de la que yo, con el corazón en un puño, no era capaz de ocuparme. Se acercó a mí, cuando el duelo empezaba a amainar y la gente a marcharse, y me dijo, en voz baja, lo que había que decir aunque doliera.
—Señora Ferrer. Sabe usted que esto no se acaba aquí, ¿verdad? Que Consuelo ha confesado un homicidio. Y que la ley tiene que actuar. No hay manera de que no actúe. Ni debe haberla.
—Lo sé —dije—. Lo sé. Pero…
—Pero puede actuar de muchas maneras —siguió él, y le brillaron los ojos con esa determinación suya de reloj, solo que ahora al servicio de la piedad—.
La ley es una máquina, sí. Pero las máquinas las manejan personas.
Y de cómo la manejen esas personas depende que a Consuelo la traten como a un monstruo o como a lo que es: una mujer mayor, sin antecedentes, que actuó bajo un chantaje de diez años, con unos atenuantes que cualquier juez con dos dedos de frente y algo de corazón va a tener en cuenta.
Hay mucha diferencia, señora Ferrer, entre lo que le puede pasar a Consuelo si la dejamos sola en manos de la máquina, y lo que le puede pasar si nos ocupamos de que la máquina la trate con humanidad.
Y de eso sí nos podemos ocupar. De hecho, es lo único que nos queda por hacer. Y lo vamos a hacer bien.
Y me di cuenta, oyéndolo, de que el inspector de sanidad más rígido de la Junta, el hombre del reglamento, el que había entrado en mi vida a cerrarme el horno cumpliendo la norma a rajatabla, acababa de proponerme usar su conocimiento profundo de esa misma norma, de esa misma máquina, para lo contrario de lo que la máquina suele hacer.
Para proteger a alguien. Para colar la piedad por las rendijas del reglamento.
Que es, ahora que lo pienso, exactamente lo que había hecho conmigo en Madrid, tres años atrás.
Teodoro Garcés no había cambiado. Seguía siendo el mismo hombre que usaba la ley al revés, para salvar a la gente en vez de para hundirla.
Solo que ahora, por fin, yo lo sabía. Y en vez de odiarlo por ello, estaba a su lado, aprendiendo a hacer lo mismo.
Aquella noche, cuando se fue el último vecino, cerré el horno, apagué las luces, y me quedé un momento a solas con Garcés en la cocina en la que había empezado y terminado todo.
No nos besamos. Todavía no. Quedaba una cosa por resolver, la de Consuelo, y ninguno de los dos era capaz de celebrar nada mientras aquello estuviera en el aire.
Pero nos quedamos ahí, hombro con hombro, en silencio, sabiendo que lo peor había pasado, que la verdad estaba dicha, que yo estaba libre, y que lo que quedaba, aunque difícil, lo íbamos a hacer juntos.
Y con eso, aquella noche, me bastó. Con eso, después de todo, me sobraba.