Capítulo 29. El cerco a la panadera
Los de fuera, cuando miran un pueblo, no ven a la gente: ven los papeles. Y en los papeles yo salía fatal. Salía como sale siempre la verdad mal contada: como una mentira con todas las de la ley.
La cosa, que ya estaba mal, se puso mucho peor un martes por la mañana, cuando Chamorro apareció en el horno sin su chulería de costumbre, sin su teoría de la semana, sin nada de lo que traía siempre.
Apareció encogido, con la gorra en la mano, con la cara de un hombre que viene a dar una mala noticia y no sabe cómo.
—Cata, hija. Tengo que hablar contigo. Y no es agradable.
Le puse un café, porque a las malas noticias yo las recibo mejor con las manos ocupadas, y me lo contó.
Resulta que el caso llevaba ya demasiado tiempo abierto, semanas, sin resolverse, y que el asunto había subido de escalón.
Que ya no era cosa suya, del cuartelillo, sino que se había metido de por medio su superior, un teniente de la comandancia de la capital, un tal Solís, al que le habían encargado que aquello se cerrara de una vez, porque un homicidio sin resolver en la provincia durante semanas quedaba muy mal en las estadísticas y peor en los periódicos.
—Y el teniente Solís —dijo Chamorro, removiendo el café que no se iba a beber— ha mirado el caso desde fuera.
Con ojos nuevos. Sin conocer a nadie. Y lo ve clarísimo.
Demasiado clarísimo. —Levantó la vista, y le vi, por primera vez, algo que no le había visto nunca a Chamorro: pena de verdad—. Te ve a ti, Cata. Solo te ve a ti.
Y me explicó cómo lo veía el teniente, y oyéndolo se me cayó el alma a los pies, porque, puesto así, con los ojos de un desconocido de la capital, yo era culpable sin discusión.
—Míralo tú misma, Cata, con la cabeza fría —dijo Chamorro, contando con los dedos como cuenta Garcés, aunque en él el gesto era torpe—.
El muerto apareció con la cara metida en un bizcocho.
Bizcocho hecho con tu receta. Receta que tú, y solo tú, publicaste esa misma semana en el periódico.
Tú escribiste, además, la esquela que anunció su muerte antes de que muriera, cosa que el teniente no entiende que fuera un error, porque no conoce el pueblo, y le suena a amenaza.
Y, para rematar, la noche del crimen tú estabas sola, sin nadie que pueda decir dónde estabas, porque el inspector todavía no vivía aquí.
—Suspiró—. Motivo: Braulio te tenía cogida con el alquiler, como a todos.
Medios: eres la mejor repostera de la comarca.
Ocasión: sin coartada. Y una firma, Cata.
Una firma en un periódico. Para el teniente, eso es una confesión con membrete.
Me senté. Porque tenía razón. Chamorro, por una vez, tenía toda la razón, y era la peor razón del mundo.
Yo, que llevaba semanas buscando al asesino para limpiarme, no me había dado cuenta de una cosa: que mientras yo no encontrara a otro, la que quedaba, para cualquiera que mirara aquello desde fuera, era yo.
Había estado tan concentrada en proteger a Consuelo que se me había olvidado protegerme a mí.
Y ahora venía un teniente de la capital a recordármelo, con esposas, si hacía falta.
Y no tardó en venir. El teniente Solís me citó al cuartelillo aquella misma tarde, «para tomarme declaración», que en su boca sonó a trámite y en la mía a sentencia.
Era un hombre de unos cincuenta años, seco, con el uniforme impecable y unos modales de capital que hacían que Chamorro, a su lado, pareciera un tío bonachón de pueblo, que es exactamente lo que es.
No me ofreció café. No me llamó «hija». Me llamó «señora Ferrer», abrió una carpeta y empezó a hacerme preguntas cuyas respuestas ya tenía apuntadas, solo para verme la cara mientras las contestaba.
—¿Redactó usted la esquela de don Braulio Cascales que se publicó, viva la víctima, el jueves?
—Sí. Por error. Yo maqueto…
—Un sí es suficiente. —Pasó una hoja—. ¿Es suya la receta del bizcocho con el que apareció el cadáver?
—Es de mi familia. La publiqué, pero cualquiera pudo…
—Un sí es suficiente. —Otra hoja—. La noche del miércoles en que murió don Braulio, ¿tiene usted quien acredite dónde estaba?
—No, pero…
—No es suficiente. —Cerró la carpeta. Y me miró, por fin, con unos ojos que no tenían nada personal contra mí, que era lo más aterrador de todo, porque a un hombre que te odia lo puedes convencer, pero a un hombre que solo lee papeles, no—.
Señora Ferrer, yo no la conozco a usted, ni a este pueblo, ni sus costumbres.
Y, sinceramente, no me hacen falta. Yo trabajo con hechos.
Y los hechos, en este caso, forman una línea muy recta que empieza en su periódico, pasa por su horno y termina en un cadáver.
A mí me pagan por seguir líneas rectas. Y esta es la más recta que he visto en años.
—Se levantó—. Le aconsejo que se busque un abogado. Va a necesitarlo antes de lo que cree.
Salí del cuartelillo con las piernas de trapo.
Porque una cosa era que Chamorro me dijera que la cosa estaba fea, con su pena y su gorra en la mano, y otra muy distinta era aquel hombre de la capital, frío como una nevera bien regulada, que me acababa de dibujar mi propia horca con la tranquilidad de quien rellena un formulario.
Chamorro me acompañó a la puerta, cabizbajo, como quien acompaña a un condenado.
—Cata, yo… —Se rascó la nuca—. Yo no lo veo como Solís.
Que quede claro. Yo te conozco desde que eras así, y sé que tú no le has hecho eso a Braulio, digan lo que digan los papeles.
Pero Solís es mi superior, y a mí me toca hacer lo que él diga, aunque me duela.
—Bajó la voz—. Como encuentres tú algo, hija, lo que sea, otro nombre, otra explicación, tráemelo antes de que Solís cierre esto.
Que en cuanto lo cierre, ya no lo abre nadie. Tienes poco tiempo. Días. Aprovéchalos.
Y me di cuenta, oyéndolo, de que hasta Chamorro, el bueno de Chamorro, con sus teorías de película y su rotulador rojo, me estaba dando el mismo consejo que Garcés, solo que desde el cariño en vez de desde la lógica: encuentra a otro, rápido, o caes tú.
El problema es que yo ya sabía quién era el otro.
Y no pensaba entregarlo. Ese era, exactamente, todo mi problema.
Se lo conté a Garcés esa noche. Tuve que contárselo, aunque llevábamos dos días sin hablarnos más que lo imprescindible, con él durmiendo con la puerta cerrada y yo bajando al obrador a horas en que sabía que no iba a estar.
Pero aquello era demasiado grande para el orgullo.
Se lo conté. Y Garcés, en cuanto lo oyó, dejó de estar enfadado.
Se le pasó de golpe. Porque una cosa era nuestra pelea, y otra muy distinta era que a mí me fueran a imputar por un asesinato que no había cometido.
—Hay una manera de parar esto —dijo, muy serio, y yo supe, antes de que la dijera, cuál era—. Una sola. Y usted la conoce tan bien como yo.
—Garcés, no.
—Escúcheme. El teniente Solís la ve a usted porque no tiene a nadie mejor.
Porque nadie le ha dado otro nombre. Pero nosotros tenemos otro nombre.
Tenemos el perfil. Tenemos las tres pruebas, ordenadas, sólidas, que apuntan a otra persona con muchísima más fuerza de la que la apuntan a usted.
Si yo le llevo al teniente lo que tengo, si le explico lo de la cadena de reparto, lo de la receta antigua, lo del cuaderno, se acabó.
Usted queda libre. La investigación cambia de dirección en una tarde.
—Me miró—. Puedo salvarla, señora Ferrer.
Esta misma semana. Solo tiene que dejarme hacerlo.
—Dejándole hacer «eso» —dije, con la voz temblando—, que es acusar a Consuelo.
—Que es decir la verdad. La misma verdad que la salva a usted.
Y ahí estaba. El nudo entero de aquellos días, apretado en una sola frase.
La verdad que me salvaba a mí era la misma verdad que hundía a Consuelo.
No había manera de coger una sin la otra.
Salvarme yo era condenarla a ella. Y protegerla a ella era hundirme yo.
Las dos cosas que más quería proteger en el mundo —mi libertad y la mujer que me había criado— se habían puesto, sin yo buscarlo, una enfrente de la otra. Y alguien iba a tener que perder.
—No —dije—. No puede.
Garcés cerró los ojos, como quien recibe un golpe que veía venir.
—Señora Ferrer. La van a imputar. ¿Lo entiende? Imputar. Por asesinato. Puede acabar en la cárcel. Usted. Por proteger a…
—Lo entiendo perfectamente. —Me temblaba todo, pero lo dije, y lo dije en serio—.
Y aun así, no. Escúcheme usted a mí ahora, por una vez.
Consuelo Abad tiene setenta y cuatro años.
Si usted le lleva su perfil al teniente, esa mujer, a la que todavía no hemos oído explicar nada, a la que todavía no sabemos qué le pasó de verdad, entra en una máquina que no la va a soltar.
Interrogatorios. Titulares. La comarca entera mirándola como me miraban a mí, pero peor, porque a ella la querían.
Y a lo mejor la cárcel, a su edad, que para ella es una condena a muerte.
—Tragué saliva—. Yo no voy a ser la que meta a Consuelo en esa máquina.
No sobre un papel con tres círculos. No sin haber hablado antes con ella. No sin saber qué pasó.
—¿Y si lo que pasó es exactamente lo que dicen los tres círculos?
—Entonces lo decidiré cuando lo sepa. De su boca. No de su carpeta. —Me acerqué a él, y le hablé más bajo, casi suplicando—. Deme unos días, Garcés. Antes de ir al teniente. Deme unos días para hablar con ella. Es lo único que le pido. Déjeme ir yo primero. Con cariño. No con esposas.
Nos quedamos un momento callados, con aquella frase entre los dos, en el obrador que llevaba dos días siendo un campo de silencios.
Y me di cuenta, mirándolo, de que Garcés estaba sufriendo tanto como yo.
Que aquello no era, para él, resolver un caso.
Que después de lo que le había dicho la otra noche, de haberle tirado a la cara lo del niño de la cafetería, él seguía ahí, en mi obrador, buscando la manera de salvarme.
No se había ido. No me la había devuelto.
Un hombre al que yo había herido en lo más hondo estaba, dos noches después, desviviéndose por sacarme de la cárcel.
Y eso, en aquel momento, en vez de acercarme a él, me dolió todavía más.
Porque hacía mi negativa más cruel. Le estaba diciendo que no a un hombre que solo quería protegerme, y se lo estaba diciendo para proteger a otra persona.
—Garcés —dije, y se me quebró la voz—. Sé lo que le estoy pidiendo.
Sé que le pido que me deje correr un riesgo enorme, por usted absurdo, por una vieja que a lo mejor mató a un hombre.
Sé que, desde donde usted está, esto es una locura.
Y le pido, aun así, que confíe en mí. Que me deje intentarlo a mi manera.
Porque, si dejo que la maquinaria se lleve a Consuelo sin haberle dado a ella la oportunidad de contarme lo que pasó, no me lo voy a perdonar en la vida.
Y prefiero ir yo a la cárcel entera antes que vivir con eso.
Garcés me miró durante un rato muy largo.
Y en aquel rato vi cómo se libraban, detrás de sus ojos de reloj, dos cosas que llevaban toda la vida sin librar juntas en él: el hombre que me quería, que quería darme esos días, que quería, por una vez, poner a una persona por delante de un procedimiento.
Y el inspector que sabía —porque lo sabía, lo llevaba grabado desde una cafetería de hacía veinte años— lo que pasa cuando uno espera, cuando uno cede, cuando uno pone el corazón por delante de la norma.
Lo que pasa es que alguien sale malparado.
No me dijo que sí. Tampoco me dijo que no. Me dijo:
—Lo voy a pensar.
Y no volvió a hablarme aquella noche. Se encerró en su almacén, con la puerta cerrada, con su carpeta y sus tres círculos y su trauma, a decidir, él solo, entre salvarme a mí y respetarme a mí, que aquella semana, para mi desgracia, eran cosas distintas.
Yo subí a mi casa sin saber qué iba a hacer.
Y me dormí, si es que me dormí, sabiendo que al día siguiente, o al otro, uno de los dos, Garcés o yo, iba a tomar una decisión que lo cambiaría todo.
No sabía cuál de los dos. Ni sabía cuál sería.
Solo sabía que ya no había ninguna salida que no doliera.