Capítulo 30. La verdad servida antes de tiempo
Servir un plato antes de tiempo es de novatos: crudo por dentro, por muy dorado que esté por fuera. Con la verdad pasa igual. Servida a destiempo, a alguien que no está listo para tragarla, no alimenta: envenena. Y ya no hay manera de devolverla al horno.
No sé a qué hora tomó Garcés su decisión.
Me gusta pensar que le costó toda la noche, que se la pasó en vela, dándole vueltas, sufriendo, como sufrí yo en el piso de arriba.
Pero no lo sé. Con Garcés nunca se sabe cuánto le cuestan las cosas por dentro, porque por fuera las hace todas con la misma cara de reloj.
Lo que sé es que, cuando bajé al obrador aquella mañana, más temprano que nunca, con la esperanza tonta de que hubiéramos dormido los dos sobre el enfado y pudiéramos empezar de cero, ya era tarde.
Garcés estaba vestido, afeitado, con la corbata puesta y la carpeta bajo el brazo, de pie en mitad del obrador, esperándome.
Y en cuanto le vi la cara supe, con una certeza que me cayó encima como una losa, que había pasado algo.
Que ya no íbamos a empezar nada de cero.
Que había empezado él, solo, otra cosa, sin mí.
—Señora Ferrer. —Habló muy sereno, muy triste, con la serenidad de quien ha hecho algo que sabe que no le van a perdonar y ha decidido cargar con ello—.
Le debo la verdad. Siempre se la he debido, y hoy más que nunca.
Esta mañana, temprano, antes de que usted se levantara, he ido a ver al sargento Chamorro.
Y le he entregado el cuaderno, la entrada en clave y el perfil.
Todo. La investigación va a cambiar de dirección hoy mismo.
Ya no la buscan a usted. Ahora… —tragó saliva— ahora buscan a Consuelo.
Al principio no lo entendí. O mi cabeza se negó a entenderlo, que ya era experta en negarse a entender cosas.
Me quedé mirándolo, esperando que me dijera que era una broma, aunque Garcés no ha hecho una broma en su vida.
Esperando que hubiera un «pero». «He entregado el perfil, pero…
» No hubo pero. No hubo nada detrás. Solo aquella frase, plantada en mitad del obrador como una losa: «Ahora buscan a Consuelo».
Y entonces lo entendí de golpe, todo a la vez, como se entienden las desgracias.
Entendí que, mientras yo dormía arriba soñando con arreglar las cosas, Garcés había cruzado el pueblo en la madrugada, había despertado a Chamorro y le había puesto en las manos las tres pruebas que iban a destrozar a Consuelo Abad.
Que a aquellas horas, a lo mejor, ya había una diligencia en marcha.
Que la máquina que yo había suplicado detener con unos días de plazo ya estaba en marcha, imparable, y que la había puesto en marcha el hombre que dormía en mi almacén.
Por mí. Para salvarme. Con las mejores intenciones del mundo, que son, casi siempre, las que más daño hacen.
El obrador se quedó en silencio. Un silencio como no había habido nunca entre nosotros, ni en las peores discusiones. Porque las peores discusiones se pueden arreglar. Y aquello, yo lo supe en cuanto lo oí, no.
—Me pidió unos días —dije. Me salió la voz muy baja, muy despacio, porque tenía que ir sacando las palabras de debajo de algo que me estaba aplastando—.
Anoche. Yo le pedí unos días. Para hablar con ella.
Para ir yo primero, con cariño. Se lo pedí de rodillas, Garcés.
Le dije que prefería la cárcel. Y usted me dijo «lo voy a pensar».
—Y lo pensé —dijo él, sin bajar la mirada, aguantándomela, que era lo menos que podía hacer y también lo más valiente—. Lo pensé toda la noche. Y decidí que no podía dárselos.
—¿Que no podía?
—No podía, señora Ferrer. No podía darle unos días para que hiciera lo que pensaba hacer, que era ir a avisar a Consuelo, darle tiempo, protegerla.
No podía dejar que hundiera su propia vida por proteger a la persona que la mató.
—Le tembló la voz, solo un poco, la primera vez que le temblaba desde que había empezado a hablar—.
No podía cruzarme de brazos y ver cómo la imputaban a usted por un crimen que no cometió, teniendo yo, en una carpeta, la manera de impedirlo.
No podía. Aunque usted me lo pidiera. Aunque me odiara por ello el resto de mi vida. No podía dejarla caer.
Y ahí, oyendo aquello, entendí lo que había hecho Garcés. Y era, a la vez, lo más noble y lo más imperdonable que había hecho nadie por mí en la vida.
Y no supe qué hacer con las dos cosas a la vez, con lo noble y con lo imperdonable, así que hice lo que hace uno cuando le caben demasiadas emociones en el pecho y no puede con todas. Me quedé con la peor. Con la rabia. Porque la rabia, al menos, se puede gritar, y las otras cosas no.
—¿Que no podía dejarme caer? —Le grité, y no me reconocí la voz—.
¿Y a Consuelo sí? ¿A Consuelo sí la puede dejar caer, sin haberla oído, sin saber qué le pasó, sin darle una sola oportunidad de explicarse?
¿Usted qué se cree que va a pasar ahora, Garcés?
¿Se cree que va a ir Chamorro a tomarle un té y a preguntarle amablemente?
¡Le va a caer encima la comandancia entera!
¡Un teniente de la capital que solo lee papeles!
¡Los mismos que me iban a caer a mí, pero sobre una mujer de setenta y cuatro años que no le ha hecho daño a nadie en su vida más que, si es verdad lo suyo, a un chantajista que se lo tenía merecido!
—Eso no lo sabe usted —dijo él—. Ni yo. Por eso hay una investigación. Para saberlo.
—¡Yo lo iba a saber! ¡Yo iba a ir a hablar con ella, iba a averiguar la verdad, la de verdad, la que no cabe en sus tres círculos, y luego, luego, íbamos a decidir qué hacer!
¡Con cabeza! ¡Con corazón! ¡Y usted me lo ha quitado!
¡Me ha quitado la única cosa que le pedí!
¡Ha ido detrás de mí, mientras yo dormía, y ha entregado a mi segunda madre a una máquina, para salvarme a mí, sin preguntarme si yo quería que me salvara así!
Me faltó el aire. Garcés no dijo nada. Aguantó el chaparrón entero, de pie, sin defenderse ya, porque a lo mejor él también sabía que en aquello, aunque tuviera razón, no la tenía.
Y yo, viéndolo aguantar así, tan digno, tan callado, tan convencido de haber hecho lo correcto, sentí que la rabia se me convertía en otra cosa mucho peor.
En la certeza de que aquel hombre, al que había empezado a querer, nunca iba a poder cambiar.
Que siempre, siempre, elegiría la norma.
El procedimiento. La cosa correcta. Aunque me partiera el alma. Igual que en Madrid.
Garcés debió de verme la cara, porque dio un paso hacia mí, y por un momento, un solo momento, dejó caer la coraza del todo, y me habló como no me había hablado nunca, ni siquiera la noche de las claras.
—Catalina. —Nunca me había llamado por mi nombre.
Me llamó por mi nombre—. ¿Usted cree que esto no me ha costado?
¿Cree que he entregado ese cuaderno con el pulso firme?
Llevo toda la noche sin dormir sabiendo que, al hacerlo, la perdía a usted.
Que esta conversación iba a pasar. Que me iba a echar.
Lo sabía. Y lo he hecho igual. ¿Sabe por qué?
Porque prefiero perderla a usted queriéndome que tenerla a usted en una cárcel.
Prefiero que me odie viva y libre a que me quiera desde un locutorio.
He elegido su libertad por encima de su cariño.
Es la peor operación que he hecho en mi vida.
Y la volvería a hacer. Ahora mismo. Sin dudarlo.
Y aquello, que en cualquier otra circunstancia me habría desarmado, que en boca de aquel hombre parco era casi una declaración, no hizo más que empeorarlo todo.
Porque me demostró que no había manera. Que Garcés estaba convencido, hasta la médula, de haber hecho lo correcto.
Y no hay nadie más imposible de perdonar que quien te hace daño estando seguro de quererte.
Contra la maldad se puede una defender. Contra el amor equivocado, no.
El amor equivocado te desarma y te hunde a la vez.
—Váyase —dije.
Lo dije en voz baja, que fue peor que gritarlo. Garcés no se movió.
—Señora Ferrer…
—Váyase, Garcés. De mi obrador. De mi casa.
Recoja su maleta, sus tres camisas y su pastillero, y váyase.
Ha hecho usted lo que ha venido a hacer.
Ha resuelto su caso. Ha salvado a la sospechosa.
Enhorabuena. Ya no lo necesito aquí. —Me tembló la barbilla, pero no lloré, no delante de él, eso no—.
Vuélvase a la pensión. O a la capital. O a donde sea que van los hombres que hacen lo correcto y dejan a la gente rota por el camino. Pero váyase. Porque no soporto mirarle.
Y Garcés, que en todo aquel tiempo no había obedecido una sola orden mía, que se había quedado en mi obrador contra viento y marea, que había dormido entre mi anís asfixiándose por no bajar la guardia, aquella orden sí la obedeció.
Sin una palabra. Recogió su carpeta. Fue al almacén.
Y a los diez minutos salió con la maleta rígida y gris, la del tamaño exacto de lo imprescindible, hecha con la misma pulcritud con la que hacía todo.
Se paró un momento en la puerta del obrador.
De espaldas a mí. Y dijo, sin volverse, con una voz que ya no era de reloj, que era solo de hombre:
—Algún día entenderá usted que no había otra manera de quererla.
Yo no sé querer de otra forma que protegiendo.
Es un defecto. Lo sé. Me ha costado a mí más que a nadie.
—Una pausa—. Cuídese, Catalina. Y hágame un favor: cuando hable con Consuelo, y hablará, escúchela.
Escúchela de verdad. Porque a lo mejor, cuando la escuche, entienda usted algo de mí que ahora no puede entender.
Y se fue. La campanilla de la puerta sonó una vez, alegre, absurda, indiferente a todo.
Y yo me quedé sola en mi obrador. Sola de verdad, por primera vez en semanas.
Sin Garcés. Sin la luz encendida del almacén.
Sin la respiración de otra persona bajo mi techo.
Con un teniente de la capital cerrando el cerco, con mi segunda madre a punto de entrar en la máquina, y con la certeza espantosa de que acababa de echar de mi vida al único hombre que, a su manera imposible, me quería de verdad.
Me quedé mucho rato de pie en el obrador, sin hacer nada, mirando el sitio donde había estado Garcés.
La puerta del almacén, abierta por primera vez en días, mostraba el catre deshecho, la percha vacía, el rincón donde había apilado sus coronas de flores.
Se lo había llevado todo. Su maleta, su carpeta, su pastillero de colores.
Y, sin embargo, había dejado la habitación llena de él, de esa presencia rara que dejan las personas que se van de repente, que es peor que si no hubieran estado nunca.
Encontré, en la mesa del obrador, una cosa que se le había olvidado.
O que a lo mejor no se le había olvidado, a lo mejor la había dejado a propósito, que con Garcés nunca se sabe.
Era una servilleta de papel. Y en la servilleta, con su letra de hormiga, había apuntado, quién sabe cuándo, una receta.
Mi receta. La del bizcocho de limón y romero.
La había ido copiando de verme a mí, día tras día, ingrediente a ingrediente, con las cantidades y todo, con una nota al final que decía, con esa manera suya de decir las cosas importantes como si fueran datos: «Matalauva TOSTADA.
Que no se le olvide nunca. La cruda es la de antes. La cruda hace daño».
Me quedé mirando aquella servilleta un rato larguísimo.
Porque era, a su manera imposible, la cosa más tierna que me había dejado nunca nadie.
Un hombre que, mientras montaba el caso que iba a separarnos, había estado aprendiendo, a escondidas, a hacer mi bizcocho.
El bueno. El que no hace daño. Y me la guardé en el bolsillo del delantal, contra el pecho, sin saber muy bien por qué.
Y allí la llevé durante días. Como se lleva una cosa que una todavía no sabe si es un recuerdo o una herida.
Fue el punto más bajo. El fondo. Aquella mañana, en mi obrador vacío, toqué fondo.
Y todavía no lo sabía, pero lo peor no era haberme quedado sola.
Lo peor era que Garcés, al irse, me había dejado una tarea.
«Escúchela.» Y yo iba a cumplirla. Iba a ir a hablar con Consuelo.
Y, al hacerlo, iba a descubrir la verdad que llevaba semanas huyendo de mí. Toda entera. Por fin.