Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 28. El perfil de una santa
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Capítulo 28. El perfil de una santa

Cuando un bizcocho sale mal no se culpa al horno ni a la suerte: se repasa cada ingrediente, uno a uno, hasta dar con el que sobraba. Es un método frío, sin piedad, e infalible. Sirve para los bizcochos. Ojalá no sirviera igual de bien para las personas.

Garcés llevaba dos días raro. Desde lo del cuaderno, desde la amenaza, se había vuelto hacia dentro, más callado incluso que de costumbre, pasándose las tardes con su carpeta abierta y su letra de hormiga, tachando, escribiendo, cruzando cosas que no me enseñaba.

Yo sabía lo que hacía. Estaba armando algo.

Estaba montando el rompecabezas. Y yo, que me había pasado semanas jurando que quería resolver el caso, empecé, por primera vez, a rezar para que no lo resolviera.

O para que, si lo resolvía, el resultado fuera cualquiera menos el que yo me temía.

Aquella noche, después de cerrar, no me dio tregua. Cuando bajé al obrador, lo encontré esperándome, con la carpeta cerrada sobre la mesa, las manos encima, y una cara que no auguraba nada bueno. La cara de un hombre que ha llegado a una conclusión y sabe que decirla va a hacer daño.

—Señora Ferrer. —Habló despacio, con una suavidad que me asustó más que cualquier grito—. Tenemos que hablar. Y esta vez no puedo dejar que me diga que hoy no.

—Garcés…

—Lo he estado evitando. Llevo días evitándolo, por usted, buscando otra explicación, dándole vueltas a todo para encontrar una salida que no fuera esta.

—Puso la mano sobre la carpeta—. Y no la hay.

Lo he mirado por todos los lados, y siempre llego al mismo sitio.

He terminado el perfil del asesino, señora Ferrer.

Sé cómo es la persona que mató a Braulio Cascales.

Y necesito decírselo. Aunque no quiera oírlo. Sobre todo porque no quiere oírlo.

Me senté. Porque las piernas, de pronto, no me sostenían. Y porque supe, por su cara, que había llegado el momento que llevaba semanas aplazando. El momento de mirar el dibujo que formaban todas las piezas.

Y me lo dijo. Despacio, como se lee una sentencia, ingrediente a ingrediente, con su método frío que aquella noche odié con toda mi alma.

—Vamos a olvidarnos de los motivos —empezó—.

De quién odiaba a Braulio, que es medio pueblo, y de quién ganaba con su muerte, que no nos ha llevado a ningún sitio.

Vamos a quedarnos solo con los hechos duros, los que no se discuten.

Hecho uno: a Braulio lo mataron con un bizcocho hecho con la receta de su familia.

Hecho dos: ese bizcocho estaba horneado antes de que la receta se publicara, el jueves.

Por lo tanto, quien lo hizo tuvo acceso a esa receta antes que el resto del pueblo.

Eso reduce el mundo, ya lo vimos, a un puñado de personas: usted, don Fermín, el impresor y quien prepara el periódico en la trastienda. La cadena de reparto.

—Garcés, eso ya lo…

—Déjeme terminar. Hecho tres. —Levantó un dedo, sin subir la voz—.

El bizcocho no estaba hecho con su receta, señora Ferrer.

La de ahora. La de la mantequilla y la matalauva tostada.

Estaba hecho con la otra. La antigua. La de la manteca y la matalauva cruda.

La de su abuela. La que usted lleva veinte años sin hacer y que no ha publicado jamás, en ningún sitio.

—Me miró—. Así que quien mató a Braulio no solo tuvo acceso a su receta antes de tiempo.

Es que ni siquiera usó esa. Usó una versión más vieja, que solo se puede conocer de una manera: habiéndola aprendido, hace muchos años, en la cocina de su abuela.

Se me secó la boca. Porque aquello, dicho así, en voz alta, por primera vez, ya no se podía desmontar.

—Y hecho cuatro —siguió, implacable—. El cuaderno.

La entrada en clave, la que no tiene precio, la del secreto de hace diez años que Braulio guardaba sin cobrar.

El único chantaje que le importaba de verdad.

—Cerró los dedos, uno a uno, contando—. Cadena de reparto.

Cocina de su abuela. Y un secreto viejo en el cuaderno de Braulio.

Tres círculos, señora Ferrer. Tres. Y en el sitio donde los tres se cruzan, en el único punto del mapa donde coinciden las tres cosas a la vez, no cabe medio pueblo.

No caben cincuenta sospechosos. Cabe una persona.

Levanté la mano, débilmente, para objetar algo, lo que fuera, y él, que me conocía, se me adelantó.

—Y antes de que me lo diga: sí, ya sé qué va a objetar.

Que la receta antigua no la sabe solo una persona.

Que la vieja guardia entera la aprendió en su día, que Rosalía, que Encarna, que media residencia de la comarca.

Y tiene razón. La receta vieja, ella sola, no señala a nadie en concreto; solo nos dice que fue alguien de esa generación.

Se lo concedo. —Levantó un dedo—. Pero es que yo no me apoyo solo en la receta.

Me apoyo en las tres cosas a la vez, y ahí está la diferencia.

De todas esas mujeres que saben hacer el bizcocho a la antigua, quíteme usted las que no le debían nada a Braulio, las que no tenían ningún secreto que él les guardara, las que no aparecen en ese cuaderno por ninguna deuda vieja…

y no le queda casi nadie. Le queda una. La única de toda la vieja guardia que tiene, además, un secreto de hace diez años anotado en clave en el cuaderno de un chantajista muerto.

Esa es la que importa. Que sea, encima, la que reparte el periódico y entra en la trastienda cada miércoles, la primera que lee cada número, con acceso a todo, ya es que ni le cuento.

Pero óigame bien: lo que la señala no es el reparto.

Es el cuaderno. El reparto solo… encaja.

—Bajó la voz—. Lo he intentado, señora Ferrer.

Le juro que lo he intentado. He buscado a otra durante tres días.

No existe. Solo hay una persona en todo Santibáñez en la que se cruzan las tres cosas.

Solo una. Y las dos sabemos cómo se llama.

No dijo el nombre. No hizo falta. Yo ya lo tenía en la boca, subiéndome desde el estómago, el nombre que llevaba semanas empujando para salir y que yo llevaba semanas tragándome.

Y lo dije yo. Porque prefería decirlo yo, con mi voz, a oírlo con la suya.

Como si decirlo yo lo hiciera menos verdad.

Como si fuera un favor que me hacía a mí misma.

—Está usted hablando de Consuelo.

Garcés no dijo que sí. Tampoco dijo que no. Solo me sostuvo la mirada, con una tristeza inmensa, la tristeza de un hombre que preferiría con toda su alma estar equivocado y sabe que no lo está. Y ese silencio suyo fue peor que cualquier acusación.

—Consuelo Abad —dije yo, otra vez, oyéndome como se oye una desde lejos—.

Consuelo, que reparte el periódico, y que por eso está en la cadena de reparto.

Consuelo, que aprendió a hacer el bizcocho en la cocina de mi abuela, «con estas manos», antes de que yo naciera.

Consuelo, cuyo marido se murió hace diez años, «en paz», una noche.

—Cada frase me salía más baja, porque cada frase encajaba una pieza, y yo las estaba encajando todas a la vez, delante de él, sin poder parar—.

Consuelo, a la que Braulio le pagó medio entierro.

Porque «hay deudas que se pagan de otra manera».

Me callé. El obrador entero se había quedado en silencio. Y en ese silencio, las tres cosas de Garcés, sus tres círculos, se cerraron en mi cabeza sobre una sola cara. La cara más buena del pueblo. La que me traía caldo. La que me había dejado, aquella misma semana, un bizcocho de castaña.

Y entonces hice lo que hace uno cuando la verdad es demasiado grande para caber en el pecho. La rechacé. Con toda mi alma, la rechacé.

—No —dije—. No. Me niego. Eso que usted ha montado ahí, con sus círculos y sus hechos, será muy bonito sobre el papel, pero es imposible.

Usted no conoce a Consuelo. Yo sí. Usted lleva en este pueblo tres semanas.

Yo llevo toda la vida. Y le digo que esa mujer no ha hecho daño a nadie en setenta y cuatro años, que sería incapaz, que antes se moriría ella.

Que todo eso que usted ha dibujado encaja también con otra gente, con quien sea, que la cadena de reparto es más larga, que a lo mejor alguien copió la receta de un cuaderno viejo, que…

—Señora Ferrer.

Y entonces, en lugar de gritarme, hizo algo peor: se ablandó. La voz se le cayó, dejó de ser la del inspector y volvió a ser la del hombre que había aprendido a montar claras en mi cocina.

—Quiero que sepa una cosa. Antes de que sigamos.

—Se pasó la mano por la cara, más cansado de lo que le había visto nunca—.

Que yo no quería llegar aquí. Que a mí esa mujer también me da de comer cuando paso por su puerta, y me pregunta por mi salud, y me trata con más cariño que nadie en este pueblo que me quiere muerto.

Que yo tampoco me creo, en el fondo, que una persona así haya podido hacer esto.

Pero yo no puedo elegir lo que me creo, señora Ferrer.

Solo puedo mirar los hechos. Y los hechos, por mucho que a los dos nos duela, dicen lo que dicen.

No lo digo porque quiera que sea ella. Lo digo porque es la verdad.

Y usted me pidió, hace tiempo, que no le mintiera.

Le estoy cumpliendo la única promesa que le he hecho.

Aunque sea la peor noche para cumplirla.

Y en lugar de escucharlo, en lugar de dejar que aquella honestidad suya me llegara, hice lo peor que podía hacer. Me levanté, con la voz más alta de lo que quería y más rota, y le clavé el cuchillo donde sabía que más le dolía.

—¿Sabe lo que pasa, Garcés? Que usted es incapaz de entender lo que es querer a alguien.

Usted mira una lista, ve que los números cuadran, y ya está, ya tiene a su culpable, y le da igual que sea una santa de setenta y cuatro años que reparte las penas de todo el pueblo.

Para usted es una casilla. Un caso resuelto.

Igual que en Madrid. Igual que con aquel niño de la cafetería, que le enseñó que lo importante no es la gente, es cumplir.

¡Pues aquí la gente sí importa! ¡Consuelo importa!

En cuanto lo dije, supe que me había pasado.

Vi cómo la cara de Garcés, que había aguantado toda mi negación con una paciencia infinita, se cerraba de golpe, como se cierra una puerta.

Porque lo de la cafetería, lo del niño, lo que él me había confiado a las tres de la madrugada como su herida más honda, se lo acababa de tirar yo a la cara, convertido en un arma, para ganar una discusión que no se podía ganar.

—Entiendo —dijo. Y solo dijo eso. «Entiendo.» Recogió su carpeta, muy despacio, con esa dignidad suya que ni yo, gritándole, había conseguido quitarle, y añadió, ya sin mirarme—: Perdone que la haya molestado con la verdad. No volverá a pasar esta noche.

Y se fue al almacén. Y cerró la puerta. Por primera vez desde que se había mudado, cerró la puerta.

Y yo me quedé sola en el obrador, con las tres cosas de Garcés dándome vueltas en la cabeza, con el nombre de Consuelo pesándome en el pecho como una losa, y con la certeza espantosa de que acababa de hacerle daño, a propósito, al único que estaba de mi parte.

No supe, aquella noche, qué me dolía más: que Garcés tuviera razón, o que yo, para no dársela, le hubiera hecho aquello.

Me quedé mucho rato en el obrador, sola, dándole vueltas a todo.

Intenté convencerme de que Garcés se equivocaba, de que había alguna grieta en su razonamiento, algún tercer círculo que no cerraba, alguna otra vieja del pueblo que también encajara.

Cogí un papel, como hacía él, e intenté rehacer sus tres círculos para encontrarles el fallo.

Y no lo encontré. Repasé la cadena de reparto: dentro de aquel puñado de personas, solo Consuelo había aprendido a cocinar con mi abuela.

Repasé la receta antigua: la conocía la vieja guardia entera, sí, y por sí sola no elegía a ninguna.

Repasé el cuaderno, y ahí se me cerró la última puerta: de toda la vieja guardia, solo Consuelo tenía un secreto de hace diez años anotado en aquel hule negro.

El marido. El entierro pagado. Un motivo que Braulio le apretaba.

La receta me decía la generación; el cuaderno me decía el nombre.

Cada camino que intenté para salvarla me devolvía a ella.

Garcés no se equivocaba. Los hechos no se equivocaban.

La única que se equivocaba, la única que llevaba semanas equivocándose a propósito, era yo.

Y aun así, aun sabiéndolo, aun teniéndolo delante en mi propio papel, con mi propia letra, seguí sin poder decir en voz alta la única frase que lo resumía todo.

«Consuelo mató a Braulio.» No pude. Ni sola, ni a las tantas de la noche, ni con las pruebas encima de la mesa.

Porque decirlo era matar algo. Y yo ya había ayudado a enterrar a demasiada gente aquel otoño como para ponerme, encima, a enterrar el cariño de toda mi vida.

Fue la primera grieta. La primera de verdad. Y las grietas, en la masa como en la gente, si no se cierran a tiempo, se abren.

La nuestra no se cerró. Al contrario. En los días siguientes, con lo que se nos vino encima, se abrió del todo. Pero eso ya es otra parte de esta historia. La peor.