Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 27. El azúcar de la abuela
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Capítulo 27. El azúcar de la abuela

El azúcar endulza, pero sobre todo conserva. Una fruta en almíbar dura años intacta, dulce, como el día que la guardaste. Hay penas que se conservan igual: en azúcar y en silencio, dulces por fuera, intactas por dentro, toda una vida.

Las Migas se juntaron en el horno el jueves, como cada jueves, y yo se lo agradecí más que nunca, porque después de la amenaza en la harina —que no le conté a nadie, ni a ellas, para no asustarlas y para no tener que explicar de dónde venía— necesitaba compañía, voces conocidas, mi cocina llena de mujeres queriéndose y llevándose la contraria, para convencerme de que mi cocina seguía siendo mía.

Vinieron las tres. Encarna, con el último parte de guerra del pueblo.

Rosalía, con su sordera selectiva, que aquel día se saltó para no perderse ripio.

Y Consuelo. Consuelo, que llegó como llega siempre, con algo en las manos —aquella tarde, un bizcocho de castaña que había hecho ella, «para que meriendes algo, hija, que te veo delgada»— y con esa sonrisa que a mí, desde hacía unas semanas, me dolía mirar sin saber por qué.

O sabiéndolo, y no queriendo saberlo, que para el caso era lo mismo.

Nos sentamos alrededor de la mesa grande, la misma en la que días antes alguien había escrito una amenaza en mi harina, y de la que yo había borrado hasta la última mota, aunque no la sensación.

Y hablamos, como se habla en estas reuniones, de todo y de nada, saltando de tema en tema con la lógica caprichosa de las conversaciones de mujeres mayores, hasta que, sin que nadie lo buscara, llegamos a Braulio.

Siempre llegábamos a Braulio, aquellos días. Todos los caminos del pueblo llevaban a Braulio.

Empezó Encarna, que empieza siempre.

—A mí lo que me tiene loca es que nadie llore a ese hombre. Nadie. En un pueblo, cuando se muere alguien, siempre hay dos o tres que lo lloran, aunque sea el peor. Pero a Braulio… nada. Ni una lágrima sincera. Y mira que hizo cosas por el pueblo, a su manera.

—¿Por el pueblo, Braulio? —Rosalía la miró por encima de las gafas—. Braulio no hizo nada por nadie que no le rentara.

—No es verdad —dijo Encarna—. No siempre.

A ver, era un usurero, no lo niego. Pero yo me acuerdo de veces en que se portó.

Pocas, pero se portó. —Y entonces, buscando un ejemplo, dio, sin saberlo, con el único que importaba—.

Sin ir más lejos, cuando lo de Emilio. El marido de Consuelo, que en paz descanse.

¿Os acordáis de cómo se portó Braulio con Consuelo cuando lo de Emilio?

Pagó él la mitad del entierro. Braulio. El que no regalaba ni la hora. Yo eso no lo olvido.

—Nunca se supo por qué —siguió Encarna, que cuando encuentra un misterio no lo suelta—.

Yo se lo pregunté una vez, a Braulio, medio en broma, que qué le había dado con lo de Emilio, que si le había entrado la caridad de golpe.

Y ¿sabéis qué me contestó? Se me quedó mirando, con esa cara suya, y me dijo: «Hay deudas que se pagan de otra manera, Encarna».

Y se fue. «Hay deudas que se pagan de otra manera.

» Fijaos qué frase. Yo nunca la entendí.

—Cosas de Braulio —zanjó Rosalía, que a los misterios les tiene menos paciencia que Encarna.

—Cosas de Braulio —repitió Encarna, no muy convencida.

Yo tampoco entendí la frase, entonces. «Hay deudas que se pagan de otra manera.

» Me sonó a una de esas cosas oscuras que decía Braulio para parecer más importante de lo que era.

No se me ocurrió preguntarme qué deuda tenía Consuelo con Braulio, ni de qué otra manera se pagaba.

No se me ocurrió, porque para que se me ocurriera tenía que haber en mi cabeza una idea que yo tenía prohibida.

Se hizo un pequeño silencio, de esos que en las conversaciones no significan nada para casi todos y lo significan todo para uno.

Yo miré a Consuelo, por instinto, porque se hablaba de su marido.

Y Consuelo, que tenía en la mano la pala de servir el bizcocho de castaña, se quedó muy quieta.

Solo un momento. Solo lo que se tarda en oír un nombre que preferirías no oír.

Y luego siguió cortando el bizcocho, como si nada, y dijo, con una voz muy suave que yo no supe leer entonces:

—Sí. Braulio se portó. A su manera.

«A su manera.» Lo dijo con una entonación rara, que se me quedó dando vueltas mucho después. Pero en aquel momento no le di importancia. Pensé que era el dolor de recordar a Emilio. Y en parte lo era. Solo que no era solo eso.

Y las Migas, animadas por el recuerdo, se pusieron a hablar de Emilio, como se habla de los muertos buenos: con pena y con cariño, que con el tiempo vienen a ser casi lo mismo.

Yo escuché. Escuché la historia de Emilio, el marido de Consuelo, que yo apenas recordaba, porque había muerto cuando yo estaba en Madrid, y que aquella tarde, por primera vez, me contaron entera.

—Qué buen hombre era Emilio —suspiró Rosalía—. Callado, trabajador. Adoraba a Consuelo. Se conocían desde niños.

—Y ella lo cuidó hasta el final —dijo Rosalía—.

Hasta el último día. No lo quiso llevar a la capital, al hospital, ¿os acordáis?

Los médicos le decían que allí estaría mejor atendido, y ella que no, que su Emilio se moría en su casa, en su cama, con ella al lado, y no en una habitación blanca llena de desconocidos.

Y así fue. Se salió con la suya, como se salía siempre en lo que de verdad le importaba, que era poco, pero en eso no cedió.

—Eso es querer —suspiró Encarna—. Eso ya no se ve.

Dos años y medio, día y noche, sin una queja.

Lavándolo, dándole de comer cuando ya no podía ni tragar, poniéndole la música que le gustaba para que no se desesperara.

Yo, si te soy sincera, no sé si sería capaz.

Es muy duro ver morir despacio a quien quieres.

Muy duro. Hay quien dice que es más duro para el que se queda mirando que para el que se va.

Consuelo no dijo nada a eso. Siguió allí, con nosotras, con las manos en el regazo, escuchando cómo contaban su propia historia como si fuera de otra.

Y solo cuando Encarna dijo aquello de «es más duro para el que se queda mirando», Consuelo levantó un momento la vista, y me miró a mí, no sé por qué a mí, con unos ojos que yo no supe leer y que ahora, cuando los recuerdo, me rompen el corazón.

Porque en aquellos ojos, aunque yo entonces no lo viera, había una pregunta.

Me estaba preguntando algo, en silencio, y yo no la oí.

Me estaba preguntando, creo, si yo la habría entendido.

Si alguien, alguna vez, la iba a entender.

—Y qué mala muerte, la pobre —dijo Encarna, bajando la voz con respeto—. Aquella enfermedad. ¿Cuánto duró, Consuelo, dos años?

—Dos años y medio —dijo Consuelo, muy bajo, sin levantar la vista del bizcocho.

—Dos años y medio. —Encarna negó con la cabeza—. Consumiéndose. Un hombre grande como era, y al final no era ni sombra. Con unos dolores… Dios no le dé a nadie una enfermedad así. La de noches que pasaste tú en vela, Consuelo, cuidándolo. La de noches.

—Las que hicieron falta —dijo Consuelo.

—Y menos mal —siguió Rosalía, con la piadosa inocencia de quien cuenta una cosa buena— que al final se fue en paz.

Eso sí. Después de tanto sufrir, una noche, dormido, sin dolor, se fue.

Descansó. Que es lo único que se le puede pedir a Dios para alguien que ha sufrido tanto: que se lo lleve una noche, en paz, mientras duerme.

—En paz —repitió Consuelo. Y dejó la pala del bizcocho sobre la mesa, muy despacio, y se miró las manos.

Yo no lo vi. Que Dios me perdone, pero yo no lo vi.

Escuchaba aquella historia triste y bonita de un buen hombre que sufrió mucho y murió en paz, y me parecía eso: triste y bonita.

No vi lo que había debajo. No vi que a Rosalía, contándolo, se le escapaba sin querer la pieza que le faltaba a todo.

«Una noche, dormido, sin dolor, se fue.» No me pregunté cómo.

Los enfermos terminales no siempre se van solos, una noche, en paz, sin dolor.

A veces alguien que los quiere mucho, que lleva dos años y medio viéndolos sufrir, decide, una noche, ayudarlos a irse.

Por amor. El amor más grande y más terrible que existe.

Pero yo, aquella tarde, no me pregunté cómo se había ido Emilio.

Me limité a comerme el bizcocho de castaña que me había traído su viuda.

Y a encontrarlo, que Dios y ella me perdonen, delicioso.

Antes de irse, aquella tarde, pasó una última cosa que yo tampoco supe leer, y que ahora, contándola, me parece que Consuelo hizo a propósito. O a lo mejor no, a lo mejor solo le salió del miedo, que a veces el miedo es más listo que uno.

Estábamos recogiendo, y Encarna, que no suelta un tema fácilmente, seguía dándole vueltas al cuaderno de Braulio, a que dicen que ha aparecido, a que dicen que lo tiene la Guardia Civil, a que a ver qué sale de ahí.

Y Consuelo, que hasta entonces había estado más callada que de costumbre, de pronto se puso a hablar, deprisa, casi con urgencia, para cambiar de conversación.

Se puso a hablar de la abuela. De mi abuela.

De lo bien que se estaba en esta cocina en tiempos de mi abuela, de las recetas de antes, del bizcocho de siempre, el de la manteca.

Nos llevó a todas, en un momento, del cuaderno de Braulio a la cocina de mi abuela, con una habilidad que entonces me pareció simple charla de vieja y que ahora sé lo que era: era alguien apartando a la gente, con mucho cariño, de un sitio peligroso.

Como había hecho otras veces. Como hacía siempre.

—Ay, esta cocina —suspiró, ya en la puerta, mirando alrededor con una ternura que no era fingida, que esa nunca fue fingida—.

Cuántas cosas he vivido yo aquí, hija. Desde antes de que tú nacieras.

Aquí aprendí a hacer el bizcocho de tu abuela, con estas manos.

—Se miró las manos otra vez, las mismas que se había mirado al hablar de Emilio—.

Estas manos han hecho de todo en esta cocina, Cata. De todo.

Y se fue, con su sonrisa, dejándome el bizcocho de castaña y una frase que tardé semanas en entender.

Yo recogí la cocina. Me comí otro trozo de bizcocho.

Y no até ni un cabo. Ni uno. Tenía delante, aquella tarde, todas las piezas: a Emilio muriéndose «en paz» una noche, a Braulio pagando un entierro que no le tocaba pagar, a Consuelo apartándonos del cuaderno y hablándome de las manos con las que aprendió a hacer el bizcocho de mi abuela.

Todas las piezas del rompecabezas, encima de mi mesa, entre las migas del bizcocho de castaña.

Y yo, que llevaba semanas jurando que iba a resolver aquel caso, no vi el dibujo que formaban.

Porque hay que entender lo que Consuelo era para mí.

No era una vecina. No era una de las Migas, sin más.

Consuelo era la mujer que había estado al lado de mi abuela toda la vida, y que, cuando mi abuela murió, y luego mi madre, se pasó a mi lado sin que yo se lo pidiera, como quien hereda un cariño y lo cumple.

Fue Consuelo la que me enseñó, cuando volví destrozada de Madrid, que en el pueblo todavía había alguien que se alegraba de verme.

Fue Consuelo la que me subía caldo las primeras noches, las peores, cuando yo no salía del horno más que para abrir y cerrar.

Fue Consuelo la que, sin decir nada, me dejaba pan en la puerta los días que me veía tan hundida que ni cocinaba.

Consuelo era, después de mi abuela, la persona que más me había querido en este mundo sin pedirme nada a cambio.

Y a esa persona, aquella tarde, yo tenía delante todas las pruebas para condenarla.

Y elegí no verlas. No fue un descuido. No fue que se me escaparan.

Fue una decisión, aunque yo entonces no la reconociera como tal: la decisión de proteger a quien me quería, aunque fuera contra la razón, contra las pruebas, contra todo.

Porque si algo aprendí de aquel otoño terrible es esto: que el amor no es ciego.

El amor ve perfectamente. El amor, sencillamente, decide mirar hacia otro lado.

Y yo, con Consuelo, miré hacia otro lado todo el tiempo que pude.

Todo el tiempo del mundo. Hasta que ya no pude más.