Capítulo 26. Un aviso entre la harina
Lo primero que se aprende de una cocina es que es un sitio seguro: ahí no entra el frío, ni el miedo, ni la mala gente. Por eso, cuando encuentras un aviso escrito en tu propia harina, no te asusta lo que dice. Te asusta que ya nada vuelve a estar a salvo.
Lo que pasó a continuación, en aquella casona a oscuras, con los pasos bajando la escalera, no fue lo que pasa en las novelas de Lucía.
En las novelas de Lucía, la protagonista se esconde tras una cortina, ve la cara del asesino y sobrevive de milagro.
En la vida real, lo que hicimos Garcés y yo fue mucho menos heroico y mucho más sensato: salir corriendo.
—Vámonos —susurró Garcés, agarrándome del brazo—. Ahora.
No discutí. Cruzamos el salón en tres zancadas, en dirección contraria a la escalera, hacia la puerta de la cocina que daba al patio de atrás, la que yo había abierto con la llave de las goteras.
Oí, a mi espalda, que los pasos se aceleraban, dejando ya de disimular del todo, y una voz —¿de hombre?
, ¿de mujer?, no sabría decirlo, fue un instante— que decía algo que tampoco entendí, un «eh» o un «quieta» o un «ya está bien», ahogado por el ruido de nuestra propia huida.
Salimos al patio, saltamos el muro bajo del fondo, que yo saltaba de cría para robarle las brevas a Braulio, y no paramos hasta la calle, y no dejamos de andar deprisa hasta que el horno estuvo a la vista.
Solo entonces, con la respiración agitada y el corazón desbocado, nos paramos, apoyados los dos en la pared, y nos miramos.
Garcés se llevó la mano al pecho, donde guardaba el cuaderno, para comprobar que seguía allí. Seguía.
—¿Ha visto quién era? —le pregunté, entre jadeos.
—No. Solo he oído. —Negó con la cabeza—.
Pero he oído lo suficiente para saber una cosa: que no era Chamorro, ni un curioso.
Chamorro habría gritado «alto, Guardia Civil».
Un curioso habría salido corriendo, como nosotros.
El que estaba en esa casa no salió corriendo.
Vino hacia nosotros. —Me miró, muy serio—.
El que estaba en esa casa buscaba lo mismo que nosotros. Y ahora sabe que lo tenemos.
Nos quedamos un momento en la calle, recuperando el aliento, mirándonos con la cara de dos personas que acaban de darse cuenta de que estaban jugando a algo que no era un juego.
Yo me había pasado semanas tratando aquello casi como una aventura: el inspector y la panadera resolviendo un crimen, con sus pullas y sus rosquillas de madrugada.
Y de pronto, saltando el muro de las brevas con el corazón en la boca, entendí que había una persona de verdad, con manos de verdad, dispuesta a hacer cosas de verdad para que no encontráramos lo que estábamos a punto de encontrar.
Aquello no era una novela de Lucía. Aquello era un pueblo pequeño donde alguien había matado a un hombre y no pensaba dejar que lo pillaran.
—Garcés —dije, todavía con el aliento entrecortado—. Tengo que confesarle una cosa. Hasta esta noche, en el fondo, no me lo creía del todo. Lo del asesino. Era como un juego. Y ya no lo es.
—No —dijo él—. Ya no lo es. Y le voy a pedir una cosa, señora Ferrer. A partir de ahora, quiero que tenga miedo. El justo. El que hace que una mire por encima del hombro y cierre la puerta con llave. Porque el miedo, bien usado, mantiene viva a la gente. Y yo la quiero a usted viva.
No dormí aquella noche, y no por lo de siempre.
Garcés escondió el cuaderno —no me dijo dónde, y yo no se lo pregunté, porque a veces es mejor no saber— y se sentó en el obrador con él, o cerca de él, montando una guardia que no reconoció que estaba montando.
Yo bajé a las dos de la madrugada, como bajo siempre que no duermo, y me lo encontré despierto, alerta, con la chaqueta puesta, mirando la puerta.
—No hace falta que se quede en vela, Garcés.
—Alguien nos ha seguido esta tarde hasta saber que tenemos algo que quiere. —Ni me miró; miraba la puerta—. Sí hace falta.
Nos quedamos los dos despiertos, sin hablar mucho, velando un cuaderno de hule negro como se vela a un muerto peligroso.
Y yo pensé, en aquellas horas, en lo que habíamos metido en casa.
Porque una cosa era buscar al asesino de lejos, sobre un folio, tachando nombres.
Y otra muy distinta era esto: que el asesino, o alguien de los muchos que tenían algo que esconder, supiera dónde vivíamos, supiera que teníamos el cuaderno, y estuviera, en algún sitio del pueblo, aquella misma noche, decidiendo qué hacer con nosotros.
Por primera vez desde que empezó todo, tuve miedo de verdad. No de que me acusaran. De que me hicieran algo.
La cosa se torció al día siguiente. Habíamos salido los dos un par de horas —yo a repartir unos encargos, él a hacer una llamada donde hubiera cobertura, que en el obrador no la hay— y al volver lo supe antes de abrir la puerta del todo, por cómo estaba: entornada.
Yo cierro con llave. Siempre. Y estaba entornada.
Dentro, alguien había estado. No con violencia, no con destrozo, sino con ese cuidado frío que ya conocíamos, el mismo de la casona: los cajones abiertos y vueltos a cerrar mal, los sacos de harina movidos de sitio, la puerta del almacén, donde dormía Garcés, de par en par.
Habían buscado. Habían buscado el cuaderno, en mi casa, mientras yo no estaba.
Y no lo habían encontrado, porque Garcés, gracias a Dios, no lo guardaba allí.
Pero habían dejado algo.
En la mesa grande del obrador, la de trabajar, había una capa de harina esparcida a propósito, sacada de un saco y extendida sobre la madera como una pizarra.
Y sobre esa harina, escrito con el dedo, con una letra grande y temblona que se esforzaba por no parecerse a ninguna letra, había un mensaje.
Cuatro palabras. Cuatro palabras que llevo grabadas desde entonces, porque fueron el momento en que aquello dejó de ser una investigación y se convirtió en una amenaza:
«DEJA EN PAZ A LOS MUERTOS.»
Me quedé mirando aquella harina, mi harina, la de mi horno, la que amaso desde los ocho años, convertida en el papel de una amenaza.
Y sentí que me habían quitado algo que no se recupera.
No el cuaderno, que no estaba. Algo peor.
La sensación de que mi obrador era un sitio seguro. La única que me quedaba.
Cuando Garcés volvió, unos minutos después, y vio la puerta entornada, la casa revuelta y el mensaje en la harina, hizo algo que no me esperaba, algo que iba en contra de todo lo que yo sabía de él.
Lo primero que hizo un hombre que lo primero que hace siempre es el procedimiento —fotografiar, documentar, avisar a la autoridad, actuar por el reglamento— fue soltar la carpeta.
Dejarla caer sobre una silla, olvidada, y venir hacia mí, que me había quedado plantada delante de la mesa, temblando sin saber que temblaba, y ponerme las dos manos en los hombros, y mirarme a los ojos, y decir:
—¿Está usted bien? ¿Le han hecho algo? ¿La han tocado?
—No. No estaba. Solo… solo la harina.
—A la harina que le den —dijo Teodoro Garcés, el hombre que multaba a la gente por la harina, el hombre de las neveras y los desagües y el reglamento—. La harina me da igual. Usted no. ¿Está bien?
Y ahí, con sus manos en mis hombros y aquella pregunta, entendí lo que había pasado.
Que a Garcés, que documenta las escenas antes de socorrer a nadie, que rellena el acta antes de preguntar cómo estás, se le había caído el reglamento de las manos por primera vez en veinte años.
Porque había entrado por esa puerta pensando que a lo mejor me habían hecho daño.
Y ante esa posibilidad, el procedimiento, su religión, su coraza, la cosa que lo había mantenido entero desde lo de aquel niño en la cafetería, no le había servido de nada.
Se le había caído solo. Y debajo, cuando se le cayó, no había un inspector. Había un hombre asustado. Por mí.
No nos besamos, tampoco entonces, aunque estuvimos cerca otra vez, con sus manos en mis hombros y mi miedo entre los dos.
Pero él me abrazó. Torpe, rígido, como abraza alguien que no ha abrazado mucho, con los brazos sin saber muy bien dónde ponerse.
Y yo me dejé abrazar, en mi obrador violado, contra su camisa que olía a antihistamínico y a él, y por un momento el miedo se hizo más pequeño.
No desapareció. Pero se hizo del tamaño de algo que ya no tenía que cargar yo sola.
Cuando nos separamos, y ya con la cabeza un poco más fría los dos, Garcés hizo lo segundo que no me esperaba de él aquella tarde.
Yo di por hecho que iba a coger su carpeta del suelo, fotografiarlo todo, medir la harina con una regla y llamar a Chamorro para denunciar el allanamiento, porque eso es lo que manda el reglamento, y Garcés y el reglamento son uña y carne. Pero no lo hizo.
—No vamos a denunciar esto —dijo, mirando la harina.
Me quedé de piedra.
—¿Cómo que no? Garcés, han entrado en mi casa. Me han amenazado. Eso es un delito. Usted es el primero que…
—Lo sé. Y precisamente por eso. —Se pasó la mano por la cara, cansado—.
Piénselo. Si denunciamos, ¿qué pasa? Que viene Chamorro.
Que le contamos que anoche registramos, sin orden, la casa de un muerto, y que nos llevamos de allí una prueba fundamental de una investigación de homicidio.
¿Sabe cómo se llama eso, técnicamente? Manipulación de pruebas.
Allanamiento. Un montón de cosas que, en un juzgado, no le harían ningún favor a usted, que ya es sospechosa.
El que ha dejado esta amenaza sabe muy bien lo que hace.
Nos ha puesto en una situación en la que denunciarlo nos perjudica más a nosotros que a él. Es listo. Muy listo.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Protegerla a usted. —Lo dijo así, sin adornos, como quien enuncia una prioridad—. Lo demás puede esperar. El cuaderno está a salvo. La verdad no se va a ir a ningún sitio. Pero usted no va a volver a quedarse sola en esta casa hasta que esto se acabe. Eso no es negociable.
Y me di cuenta, oyéndolo, de la magnitud de lo que estaba haciendo aquel hombre.
Teodoro Garcés, que en veinte años no había puesto una sola vez a una persona por delante de un procedimiento, acababa de decidir, en voz alta y sin que le temblara la voz, saltarse el reglamento para protegerme.
A mí. La sospechosa. La que le había arruinado la reputación en un pueblo con una fe de erratas.
Lo estaba haciendo por mí. Y lo estaba haciendo, encima, como hace él las cosas: convencido, ordenado, sin esperar nada a cambio.
Aquella noche, ya más calmados, con el obrador recogido y una silla atrancando la puerta, intentamos pensar quién había podido dejar aquel aviso. Y ahí volví a chocar contra el mismo muro de siempre.
—Podría ser cualquiera de los cincuenta del cuaderno —dije, repasando mentalmente aquella lista de miserias—. El de la gestoría. El del banco. El alcalde. Cualquiera con algo que esconder ahí dentro. Medio pueblo tiene motivos para querernos lejos de ese cuaderno.
—Podría —dijo Garcés, pero lo dijo despacio, con esa reserva suya que significa que no está de acuerdo del todo—.
Aunque hay un detalle que no encaja con «cualquiera».
—Miró hacia la mesa, donde todavía se adivinaba la marca en la harina, aunque yo la había limpiado—. La letra. ¿Se fijó en la letra?
—Temblona. Rara.
—Temblona. Como de mano vieja. O como de mano que finge ser vieja, que eso no lo sé.
Pero no es la letra de un gestor de cincuenta años.
—Se quedó pensando—. Y hay otra cosa. «Deja en paz a los muertos.
» En plural. Los muertos. No dice «deja en paz a Braulio».
Dice «a los muertos». Como si aquí, para esta persona, hubiera más de un muerto en juego.
Como si protegiera a otro, además de a sí misma.
No le di importancia. O no quise dársela.
Porque «una mano vieja» y «otro muerto» eran dos piezas que, si yo las hubiera querido juntar, habrían encajado en un sitio que yo tenía prohibido mirar.
Así que hice lo que llevaba semanas haciendo: no las junté.
Le dije a Garcés que a lo mejor le estaba dando demasiadas vueltas, que una letra temblona la tiene cualquiera con prisa y con miedo, y cambié de tema.
Y él, que ya me conocía, me dejó cambiarlo.
Pero no se creyó ni una palabra. Ni yo tampoco.
Aquella noche dormimos los dos en el obrador, él en su catre y yo en una silla, con la puerta atrancada y la luz encendida. Y por primera vez, la luz encendida no era solo la suya. Era la de los dos.