Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 25. Allanamiento con delantal
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Capítulo 25. Allanamiento con delantal

La casa de un muerto se registra como se abre su despensa: sale a la luz lo que guardaba a solas, lo que escondía y lo que se le había podrido sin que nadie lo viera. Un hombre vivo miente. Su casa, muerto él, no sabe.

Fuimos a la casona a media mañana, aprovechando que el pueblo entero estaba en el funeral de Eusebio Prados —el mío, el bizcocho, había quedado precioso, dicho sea de paso, y por una vez el difunto tuvo su duelo, aunque fuera de rebote, porque a un entierro, en Santibáñez, va todo el que no tiene nada mejor que hacer, y aquella mañana nadie tenía nada mejor que hacer—.

Mientras el pueblo despedía a Eusebio con cuarenta años de retraso, Garcés y yo nos colábamos en la casa del otro muerto.

«Colábamos» es un decir. Teníamos permiso, más o menos.

Rocío, a la que la ruina había vuelto generosa con las cosas que ya no le importaban, me había dado una llave «para que le echara un ojo a las goteras del desván, ya que estás».

Que a las goteras íbamos a echarles un ojo, desde luego. Y de paso, a todo lo demás.

Garcés, eso sí, no entró tranquilo. Entró midiendo cada palabra, como entra él a los sitios donde la conciencia le tira de la manga.

—Que quede constancia —dijo, en el umbral— de que nosotros no allanamos. Nosotros inspeccionamos. La propietaria ha dado su consentimiento. Estamos, técnicamente, dentro de la ley.

—Garcés, vamos a registrar la casa de un muerto buscando un cuaderno de chantajes escondido en una chimenea. Llámelo como quiera. Con delantal o sin delantal, esto tiene un nombre, y no es «inspección».

—Consentimiento del propietario —repitió, terco, agarrándose a su distinción legal como a un clavo ardiendo—. Es un matiz importante.

—Importantísimo —dije—. Se lo concedo. Y ahora, ¿me ayuda a mover un mueble o va a seguir defendiéndose de un juez que no está?

La casona, vacía y a oscuras, con las contraventanas cerradas, daba una impresión que no daba con gente dentro. Olía a cerrado, a humedad, a las vidas que se apagan solas en las casas grandes.

Registrar la casa de un muerto, descubrí aquella mañana, tiene algo de profanación y algo de intimidad no pedida.

Ves cómo vivía de verdad, lejos del sombrero y el puro con los que se paseaba por el pueblo.

Y Braulio, de puertas adentro, vivía mal.

Vivía como viven los hombres que amasan poder y no lo disfrutan: con la vajilla de diario cascada, con la cama sin hacer, con una soledad de cuarenta años pegada a las paredes.

Había, en aquella casa grande y fría, una tristeza que casi, casi, me hizo sentir pena por él. Casi.

Garcés lo llevaba peor que yo, pero por otro motivo. A él no le daba pena la casa. Le daba grima. Cada dos pasos se paraba a mirar, por deformación, una humedad, una instalación eléctrica de antes de la guerra, un bote de conserva en la despensa que debía de tener más años que yo.

—Esta casa —murmuró, apartando con dos dedos una cortina que soltó una nube de polvo— es un catálogo de infracciones. Si Braulio no hubiera muerto envenenado, habría muerto de esto. Solo que más despacio.

—Céntrese, Garcés. Que no venimos a multar a un muerto.

—Uno inspecciona lo que ve —dijo, muy digno—. No puedo apagarlo. Es como pedirle a usted que no huela si algo se está quemando.

En eso, reconozco, tenía razón. Cada uno mira el mundo con el oficio puesto.

Yo, en aquella casa, me fijé, cómo no, en que en la cocina de Braulio no había ni un solo dulce.

Ni harina, ni azúcar, ni una triste galleta.

Un hombre que vivía sin nada dulce. Ahora que lo pienso, eso lo explicaba casi todo.

Cruzamos el salón, entre los muebles cubiertos con sábanas que había echado Rocío, y noté, al pasar, algo que me puso en guardia: los cajones del escritorio de Braulio estaban entreabiertos, los papeles revueltos, no con el desorden de Chamorro registrando por encima, sino con el orden nervioso de alguien que había buscado algo concreto y no lo había encontrado.

—Garcés —dije en voz baja—. Alguien ha estado aquí. Buscando.

—Ya lo he visto. —Él también hablaba bajo—. Y no fue Chamorro. Chamorro deja las cosas peor de lo que las encuentra. Esto lo ha hecho alguien con cuidado. Alguien que no quería que se notara. —Miró alrededor, con esa cara de reloj que se pone en alerta—. Démonos prisa.

Fuimos a la chimenea, la de la campana ennegrecida y la repisa de fotos.

—Usted vigile la puerta —me dijo Garcés—. Yo miro.

Se arremangó, otra vez con sus dos vueltas exactas, y metió la cabeza y el brazo por la chimenea, palpando la piedra hacia arriba, buscando en el hollín que no había, en aquella chimenea imposiblemente limpia que tanto le había llamado la atención.

Y a los dos minutos, con la voz rara por tener la cabeza metida en un tiro de chimenea, dijo:

—Aquí hay algo. Una piedra suelta. Con un hueco detrás.

Sacó la mano, negra hasta el codo a pesar de la limpieza, y con ella, envuelto en un trapo, un paquete.

Lo posó en la repisa, entre las fotos de los Cascales muertos, y lo desenvolvió con un cuidado de artificiero.

Y allí estaba. Encuadernado en hule negro, gastado por los bordes de tanto manosearlo, más pequeño de lo que yo lo había imaginado siempre, casi humilde para todo el miedo que daba.

El cuaderno de Braulio. El que lo apuntaba todo.

Nos quedamos los dos mirándolo, sin abrirlo, un segundo largo. Porque los dos sabíamos que, en cuanto lo abriéramos, ya no íbamos a poder cerrarlo. Ni él ni lo que había dentro.

—¿Lista? —preguntó Garcés, muy bajo.

No lo estaba. Pero asentí. Y lo abrimos.

El cuaderno de Braulio Cascales era, por dentro, tan siniestro como su fama y más triste de lo que yo esperaba.

No eran cuentas de dinero, o no solo. Eran cuentas de personas.

Página tras página, con la letra apretada y ganchuda de Braulio, estaban anotados los vecinos de Santibáñez, uno por uno, con lo que le debían y, en una columna aparte, con lo que Braulio sabía de ellos.

La palanca. El motivo por el que pagaban.

Y era medio pueblo.

Estaba el de la gestoría, con sus subvenciones, tal como se temía.

Estaba la del banco. Estaba —esto me dolió— gente a la que yo quería, gente buena, con pecados pequeños de hacía treinta años que Braulio había guardado como se guarda el dinero, para gastarlos cuando hiciera falta.

Muchas entradas estaban tachadas, con una raya firme: los muertos, supuse, o los que ya habían terminado de pagar, o los que se le habían escapado de la única manera de la que uno se escapa de Braulio.

Otras seguían abiertas, vivas, cobrándose todavía el día en que él murió.

Leí más de lo que debía, más de lo que quería.

Porque, una vez que abres el libro de los secretos de tu pueblo, es muy difícil dejar de leer, aunque cada línea te quite un poco de inocencia.

Leí que la beata que se santigua tres veces en misa le debía a Braulio el silencio sobre un hijo que tuvo de joven y dio en adopción.

Leí que el hombre más respetado del pueblo, el que preside todas las procesiones, le pagaba por una firma falsa de hacía veinte años.

Leí cosas de gente que me vendía el pan, que me daba los buenos días, que velaba a sus muertos con mis magdalenas.

Cosas pequeñas, casi todas. Pecados de pueblo.

Torpezas de hace media vida que cualquiera habría perdonado y olvidado, y que Braulio, en cambio, había guardado en hule negro, sin perdonar y sin olvidar, para tener a medio Santibáñez cogido por donde más duele.

Y entendí, leyendo, una cosa que no había entendido hasta entonces sobre el hombre al que yo había ayudado a enterrar.

Braulio no era un usurero con mala uva. Braulio era algo mucho peor: un hombre que había descubierto, de joven, que saber los secretos de la gente da más poder que el dinero, y que se había pasado cuarenta años coleccionándolos, con paciencia, sin gastarlos casi nunca, disfrutando solo de tenerlos.

Un hombre así no muere de viejo en su cama.

Un hombre así, tarde o temprano, se cruza con alguien a quien le ha guardado un secreto demasiado grande. Y ese alguien, un día, se cansa.

—Es una máquina —dijo Garcés, pasando las páginas con la punta de los dedos, con una repugnancia profesional—.

Una máquina de exprimir a un pueblo entero, montada a lo largo de cuarenta años, anotada con la paciencia de un contable.

Este hombre no odiaba a nadie. Eso es lo peor.

Los cobraba a todos con la misma frialdad con la que se cobra una letra.

—Levantó la vista—. Aquí dentro, señora Ferrer, hay motivos para matar a Braulio Cascales de sobra para llenar el cuartelillo.

Usted quería sospechosos. Aquí tiene cincuenta.

Y por un momento me alegré. Que Dios me perdone, pero me alegré.

Cincuenta sospechosos. Cincuenta personas con motivos.

Cincuenta nombres que no eran el de Consuelo.

Empecé a pasar páginas yo también, deprisa, casi con avidez, buscando entre aquella miseria a mi asesino, a cualquiera, con tal de que fuera cualquiera menos ella.

Y fue Garcés, cómo no, el que se paró en la única página que importaba.

—Mire esto —dijo, muy quieto, señalando una página distinta a las demás.

Me acerqué. Y vi lo que había visto él. En medio de aquel libro de cuentas, de deudas y de cifras, había una entrada que no encajaba.

Una sola. No tenía cantidad. No tenía columna del debe ni del haber.

Braulio, que a todo el mundo le ponía un precio, a aquella persona no le había puesto ninguno.

Solo había una fecha, de hacía unos diez años, y debajo, con una letra más pequeña y más apretada que en el resto, como si aquello lo hubiera escrito Braulio para nadie, ni siquiera para sí mismo, unas pocas palabras que no supimos leer.

Porque no eran una deuda. Eran una clave.

Iniciales que no eran iniciales, una palabra tachada y vuelta a escribir, un símbolo que Braulio debía de entender y nadie más.

La única entrada del cuaderno que no hablaba de dinero.

La única que hablaba de otra cosa. De algo que valía más que el dinero, y que por eso no tenía precio.

—Esto no es una deuda —dijo Garcés, en voz muy baja—.

Las deudas se cobran. Esto Braulio no lo cobraba.

Esto lo guardaba. —Me miró, y en sus ojos había una gravedad que no le había visto nunca—.

Se guarda así una sola cosa, señora Ferrer.

Un secreto que no quieres usar. Un secreto que te da tanto poder que no hace falta ni gastarlo.

El único chantaje perfecto: el que no hay ni que nombrar.

No supe qué decir. Miraba aquella fecha, aquellas palabras que no entendía, y sentía, sin saber por qué, que aquella página era el centro de todo.

Que aquel secreto sin precio era la respuesta.

Y una parte de mí, la que llevaba semanas negándose a mirar, empezó a hacer cuentas que no quería hacer: diez años.

Una fecha de hacía diez años. ¿Qué había pasado en Santibáñez hacía diez años?

Y la memoria, que es traicionera, empezó a traerme retazos, sin yo pedírselos.

Yo, hacía diez años, estaba en Madrid, en pleno sueño, ajena a todo.

Pero al pueblo llegaban cosas. Cosas que mi abuela me contaba por teléfono, entre receta y receta.

Y me acordé, de pronto, de un entierro. De un entierro de hacía unos diez años del que mi abuela me había hablado con una voz rara, una voz que no le pegaba.

Un entierro al que había ido medio pueblo.

El de alguien muy querido. El marido de alguien.

Tiré del hilo, sentí que el nombre lo tenía en la punta de la lengua, a punto de subírseme a la boca…

Y entonces, antes de que aquel nombre terminara de subir, lo oímos.

Un ruido. Arriba. En el piso de la casona que se suponía vacío. El crujido inconfundible de una tabla del suelo bajo un pie que intentaba no hacer ruido y no lo conseguía del todo.

Garcés y yo nos quedamos petrificados, con el cuaderno abierto entre las manos, en aquella casa que creíamos sola.

Nos miramos. Y en aquella mirada nos dijimos, sin una palabra, lo mismo: que no estábamos solos.

Que había alguien más en la casona. Y que ese alguien, fuera quien fuera, había venido a por lo mismo que nosotros.

Garcés cerró el cuaderno sin hacer ruido.

Se lo metió dentro de la chaqueta, contra el pecho, y con la mano libre me indicó, muy despacio, que no me moviera.

Arriba, la tabla volvió a crujir. Un paso.

Y luego otro, acercándose a la escalera.

Quienquiera que fuese ya no se molestaba en disimular. Sabía que estábamos abajo. Y bajaba.