Capítulo 24. Aprender a montar las claras
Montar las claras es un acto de fe: bates y bates y no pasa nada, solo espuma sucia, y cuando vas a rendirte, cuajan de golpe. Con ciertas cosas del corazón pasa igual. Yo lo aprendí una noche, batiendo.
La noche antes de ir a la casona no pegué ojo, como era de esperar.
Me daba vueltas en la cabeza todo lo que podía salir de aquella chimenea al día siguiente, y sobre todo lo que yo más temía que saliera: la prueba de que estaba equivocada.
Así que a las dos de la madrugada, otra vez, bajé al obrador.
Y otra vez me lo encontré despierto, aunque esta vez no fingimos ninguno de los dos que era por el anís.
—¿Usted tampoco duerme? —dijo Garcés.
—No. Mañana… —No terminé la frase. No hacía falta.
—Ya. Mañana. —Él tampoco la terminó.
Nos quedamos un momento en silencio, los dos sabiendo lo que se nos venía encima, sin querer hablar de ello. Y yo, que ante la angustia solo sé hacer una cosa, encendí el horno.
—¿Qué hace? —preguntó.
—Un merengue. Para el bizcocho de mañana, que hay entierro.
Eusebio Prados, al que por fin le van a hacer un funeral en condiciones, el pobre, ahora que el pueblo tiene un rato libre entre asesinato y adulterio.
—Saqué los huevos, el azúcar, un bol—. Cuando no puedo dormir, cocino.
Ya lo sabe. Y esta noche, con lo de mañana, prefiero mil veces batir claras que estar en la cama pensando.
Garcés se quedó mirándome sacar las cosas. Y entonces hizo algo que no me esperaba. Se quitó la chaqueta. Se remangó la camisa, con cuidado, doblando los puños hacia arriba dos vueltas exactas, como dobla él todo. Y dijo:
—Enséñeme.
Le enseñé. Le puse un bol delante, las claras separadas, las varillas en la mano, y le expliqué lo que hay que explicar, que no es mucho pero es todo: que hay que batir siempre en el mismo sentido, sin parar, con paciencia, y que durante un buen rato no va a pasar nada, solo espuma fea, y que la tentación es rendirse justo antes de que cuajen.
—Parece sencillo —dijo, y empezó a batir con una determinación de funcionario, como quien rellena un formulario.
—No es sencillo. Es paciente. Que no es lo mismo.
—Le corregí la muñeca, poniéndole la mano encima de la suya, y noté cómo se quedaba muy quieto cuando lo hice, y yo también me quedé muy quieta, y las dos quietudes se juntaron un segundo de más antes de que yo apartara la mano y siguiéramos como si nada—.
Así. Más suelto de muñeca. No estás firmando un acta, estás montando unas claras. Déjate.
«Déjate.» Se lo dije a Teodoro Garcés, que no se ha dejado en su vida, y lo curioso es que lo intentó. Le vi intentarlo. Batió, y batió, y salió espuma fea, y él, que quería resultados, empezó a impacientarse, a mirar el bol con recelo, a preguntarme si lo estaba haciendo mal.
—No lo estás haciendo mal. Solo estás en la parte en que parece que no funciona. Sigue.
—Llevo cinco minutos y esto es una sopa.
—Ten fe, Garcés. Cinco minutos no es nada. Hay cosas que tardan lo suyo.
Y siguió. Muerto de sueño, con la camisa arremangada y la corbata que se había dejado puesta colgándole peligrosamente cerca del bol, un inspector de sanidad de cuarenta y un años batiendo claras a las tres de la madrugada en el obrador de la mujer a la que había ido a inspeccionar, porque ella se lo había pedido.
Y de pronto, cuando ya no se lo esperaba, cuando estaba a punto de rendirse, las claras cuajaron.
Se pusieron blancas, firmes, brillantes, de un momento a otro, como cuajan siempre, de golpe, cuando ya no crees.
—Ha cuajado —dijo, y le cambió la cara. Le cambió de verdad. Levantó las varillas, y las claras hicieron pico, ese pico firme que hace el merengue bien montado, y Teodoro Garcés miró aquel pico con un orgullo de niño que no le pegaba nada y que le pegaba todo—. Ha cuajado. Lo he hecho yo.
—Lo has hecho tú.
Y se rió. Y yo me reí. Y teníamos los dos harina en las manos y él, no sé cómo, un poco en la nariz, y a las tres y media de la madrugada, en aquel obrador, con un bol de merengue recién cuajado entre los dos, dejé de fingir, aunque solo fuera para mis adentros, que aquel hombre no me importaba.
Me importaba. Muchísimo. Y estaba metida en un buen lío.
Seguimos con el bizcocho, y mientras yo lo montaba, Garcés, que acababa de descubrir de repente que una cocina no era solo un sitio con incumplimientos sino un sitio donde pasaban cosas, empezó a preguntar.
Él, que preguntaba siempre para inspeccionar, preguntó por primera vez para saber.
Que por qué la matalauva tostada y no cruda.
Que por qué la ralladura de limón se echa al final y no al principio.
Que cuánto tiempo llevaba yo haciendo aquello.
—Desde los ocho años —le dije—. Mi abuela me subía a un taburete para que llegara a la mesa.
Aprendí a leer con las recetas de este obrador antes que con los libros del colegio.
—Le pasé la espátula por el borde del bol, recogiendo—.
Esto no es un oficio, Garcés. Es lo único que sé hacer bien.
Lo demás lo he hecho todo regular: la carrera, Madrid, los hombres, la vida.
Pero un bizcocho… un bizcocho lo hago perfecto.
Y eso, cuando no tienes nada más, es mucho.
Me escuchó. Me escuchó de verdad, sin apuntar nada, sin corregir, que en él era la forma más alta de atención. Y luego dijo, muy serio, como quien constata un dato en un acta:
—Pues es una lástima que me pasara la vida cerrando cocinas, señora Ferrer. Porque, por lo que veo, alguna era esto. No un incumplimiento. Esto. —Señaló el bol, el horno, todo—. Y yo no lo miraba. Miraba los azulejos.
Fue, a su manera de reloj, lo más bonito que me había dicho nadie sobre mi trabajo. Y me lo decía el hombre que me lo había cerrado. La vida, insisto, no tiene ninguna vergüenza.
Fue después, mientras yo montaba el bizcocho y él, envalentonado por su éxito con las claras, se ofrecía a pesar el azúcar (mal, pero se ofrecía), cuando me atreví a preguntarle lo que llevaba tres años queriendo preguntarle y nunca había podido, porque hasta aquella noche no habíamos sido dos personas, sino un inspector y su víctima.
—Garcés. ¿Por qué me cerró el obrador de Madrid?
Dejó de pesar el azúcar. Se quedó quieto, con la cucharilla en el aire, y por un momento pensé que iba a esquivarme, a soltarme una frase de reglamento y a cerrar la puerta.
Pero no lo hizo. En vez de eso, dejó la cucharilla, muy despacio, y me miró con una cara que no le había visto: la de un hombre que quiere contar algo y no puede.
—No fue como usted cree —dijo, al fin.
—Fue exactamente como creo. Vino usted, encontró no sé qué defecto y me cerró. Me hundió el negocio. Me mandó de vuelta al pueblo.
—Le cerré el obrador, sí. Eso es verdad.
—Habló despacio, midiendo, como si cada palabra le costara un peaje—.
Pero lo que usted no sabe, señora Ferrer, lo que no puede saber porque no estaba en su mano saberlo, es lo que habría pasado si no se lo hubiera cerrado yo.
Aquel día. De aquella manera. —Tragó saliva—.
Había algo más grande en marcha. Algo que la habría pasado por encima como un tren.
Y yo… —se paró—. Yo hice lo que pude, con lo que tenía, para que la pasara por encima el tren más pequeño. Eso es todo lo que puedo contarle.
—Eso no es todo. Eso no es nada. Eso es un acertijo.
—Es todo lo que puedo contarle —repitió—. Porque el resto no es mío. Es de otra persona. Y hay cosas que uno no cuenta, ni siquiera a las tres y media de la madrugada, ni siquiera… —me miró— ni siquiera a la única persona a la que le gustaría contárselas.
Se me quedó mirando, y yo a él, y por primera vez en tres años no vi al hombre que me había arruinado la vida.
Vi a alguien que, a lo mejor, había cargado durante tres años con la culpa de una cosa buena que había tenido que hacer pareciendo mala.
No lo entendí. No entendí ni la mitad de lo que me había dicho.
Pero le creí. Le creí entero. Y creerle me cambió, de golpe, como cuajan las claras, todo lo que yo pensaba de aquellos tres años.
Pensé, aunque no lo dije, en la foto. En la mujer joven que sonreía, boca abajo en su maleta.
Me pregunté si aquella «otra persona» de la que no podía hablar y aquella mujer de la foto serían la misma.
Me pregunté muchas cosas aquella noche sobre Teodoro Garcés, que llevaba encima más pasado del que cabe en un pastillero.
Pero no pregunté ninguna en voz alta. Porque hay una diferencia entre acercarse a alguien y desnudarlo a la fuerza, y aquella noche yo solo quería acercarme.
Y entonces le conté yo lo mío. Porque me pareció justo, después de que él me hubiera abierto una rendija, abrirle yo otra.
Le conté lo que fueron esos tres años desde mi lado, sin saber lo que él acababa de insinuarme.
Le conté la vergüenza de volver al pueblo hace tres años con un fracaso a cuestas.
Le conté que durante meses odié su nombre con un odio que me daba fuerzas para levantarme por las mañanas, porque odiar a alguien concreto es más fácil que odiar a la mala suerte.
Le conté que había construido tres años enteros de mi vida sobre la idea de que un inspector sin corazón me había arruinado, y que ahora venía él, a las tres y media de la madrugada, a decirme que a lo mejor esa idea, la que me había sostenido, era mentira.
—No sé si darle las gracias o pegarle —le dije—. En serio. Me quita usted al villano. ¿Y ahora con quién me enfado?
—Puede seguir enfadándose conmigo —dijo, con esa media sonrisa que ya empezaba a usar más—. Por otras cosas. Doblo mal las servilletas. Peso fatal el azúcar. Y ronco, según me han dicho, aunque yo lo niego.
—Eso último lo confirmo. Se le oye a través del tabique.
—Entonces tiene usted material de sobra —dijo— para no perdonarme nunca del todo. Que es, me parece, lo más sano.
Nos reímos los dos. Pero por debajo de la risa había otra cosa, más honda, que era el alivio raro de descubrir que el enemigo de tu vida no era un enemigo.
Que era, a lo mejor, todo lo contrario. Y que llevabas tres años odiando a la persona equivocada, que resultaba ser, encima, la única que te entendía.
No dijimos nada más de Madrid. Había cosas que ninguno de los dos estaba preparado para decir aquella noche, y las dejamos donde estaban, que a veces es lo más sabio.
Terminamos el bizcocho entre los dos —él pesando mal, yo corrigiéndole, riéndonos de sus desastres—, lo metimos en el horno y nos sentamos a esperar a que subiera, con dos tazas de infusión, la suya sin anís, en aquel obrador que a las cuatro de la madrugada era el único sitio del mundo.
No nos besamos. Quiero que quede claro, porque parece que a estas alturas de la historia tendríamos que habernos besado ya, y no lo hicimos.
No porque no quisiéramos. Los dos queríamos, y los dos lo sabíamos, y saberlo, de alguna manera, ya era un beso.
Pero no nos besamos, porque los dos sentíamos, sin decirlo, que al día siguiente íbamos a abrir una chimenea que a lo mejor lo cambiaba todo.
Que a lo mejor sacaba de allí un nombre que iba a ponerse entre nosotros.
Y no quisimos estrenar lo nuestro la víspera de algo que podía romperlo.
Fue, supongo, una manera rara de cuidarnos.
De guardar el beso para cuando pudiéramos dárnoslo sin miedo.
Así que solo nos quedamos allí, los dos, hombro con hombro en el poyo del obrador, viendo subir un bizcocho por el cristal del horno, en silencio, con la mano de él muy cerca de la mía sin llegar a tocarla, con harina en la nariz, esperando que amaneciera.
Y fue, de todas las noches raras de aquel otoño, la única que no habría cambiado por nada.
Ni siquiera sabiendo, como sé ahora, lo que nos esperaba al abrir aquella chimenea.
Porque hay noches que valen por lo que son, aunque una sepa después que eran las últimas de algo.
Y aquella, aunque entonces no lo supiera, era la última noche en que Teodoro Garcés y yo íbamos a estar tranquilos, sin una verdad terrible de por medio, queriéndonos en paz sobre un merengue.
Menos mal que la aprovechamos. Menos mal.