Una pizca de amor y un cadáver (Recetas con misterio 1) Capítulo 23. El cuaderno que lo apunta todo
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Capítulo 23. El cuaderno que lo apunta todo

Todo pueblo lleva un libro de cuentas que no se enseña: quién debe qué a quién, y por qué. El de Santibáñez existía de verdad, en hule negro. Y, muerto el que cobraba, las deudas no se perdonan: cambian de dueño.

Me desperté al día siguiente con los ojos hinchados de haber llorado y una decisión tomada: iba a demostrar que Consuelo era inocente.

Lo había decidido en la cama, entre lágrimas, y a la luz del día seguía pareciéndome no solo posible, sino necesario, porque la alternativa —que la mujer que me había criado fuera una asesina— no me cabía en la cabeza ni con calzador.

Y para demostrar que Consuelo era inocente, razoné, solo había un camino: encontrar a otro.

A alguien con un motivo mejor. A alguien a quien Braulio tuviera cogido más fuerte que a nadie.

Porque una cosa había aprendido de todo aquello: a Braulio Cascales lo mató alguien que lo odiaba con motivo.

Y los motivos, en Santibáñez, no estaban en la calle.

Estaban en un sitio muy concreto. En el cuaderno.

Porque Braulio, además de casero, cacique y usurero, era otra cosa peor y más silenciosa.

Braulio era el hombre que lo apuntaba todo.

Lo dijo él mismo, en su velatorio, con el puro sin encender entre los dedos: «Yo solo tomo nota».

Y era verdad. Braulio llevaba un cuaderno, encuadernado en hule negro, del que en el pueblo se hablaba en voz baja, como se habla de las cosas que dan miedo.

En ese cuaderno anotaba quién le debía dinero.

Pero también, y esto era lo grave, anotaba por qué se lo pagaban.

Los favores. Los silencios. Las cosas que la gente de Santibáñez habría preferido que no supiera nadie, y que Braulio sabía todas, y guardaba, en hule negro, para cobrárselas cuando le viniera bien.

Nadie lo había visto nunca abierto. Pero todo el mundo sabía que existía, y todo el mundo, en algún momento, había temido aparecer en él. Era la sombra que planeaba sobre Santibáñez desde hacía cuarenta años: la certeza de que había un hombre que lo sabía todo, y que lo tenía escrito.

Yo no era la única que había pensado en el cuaderno.

Ni mucho menos. Porque desde que Braulio había muerto, aquel cuaderno se había convertido en el objeto más buscado de la comarca, aunque nadie lo dijera en voz alta, porque decir en voz alta que buscabas el cuaderno de Braulio era como confesar que tenías algo que esconder en él.

Con Braulio vivo, el cuaderno era una amenaza que solo él podía usar.

Con Braulio muerto, el cuaderno era una bomba sin dueño.

Estaba en algún sitio, y quien lo encontrara tendría de golpe en las manos los secretos de medio Santibáñez.

Podría cobrar las deudas que cobraba Braulio.

O, peor, podría simplemente saber. Y en un pueblo, saber es la única moneda que no pierde valor nunca.

Así que, muerto Braulio, medio pueblo dormía mal.

No por pena. Por miedo. Miedo a que apareciera el cuaderno y, con él, lo suyo.

El de la gestoría, que dicen que hizo unos apaños con unas subvenciones.

La del banco, que dicen que le firmó a Braulio papeles que no debía.

El propio alcalde, ahora que caía, que a saber qué le debía a Braulio un hombre que llega a alcalde en un pueblo así.

Todos, de repente, tenían un motivo para querer que aquel cuaderno no apareciera jamás.

O para encontrarlo ellos, antes que nadie, y hacerlo desaparecer.

Lo cual, para mi investigación, era una noticia excelente y terrible a la vez.

Excelente, porque significaba que había muchísima gente con motivos para matar a Braulio, mucha más de la que yo había considerado: cualquiera de los que estaban en ese cuaderno.

Terrible, porque significaba que encontrar el cuaderno iba a ser una carrera contra medio pueblo.

Y que, si lo encontraba, iba a saber de mis vecinos cosas que a lo mejor no quería saber.

El pueblo, aquellas semanas, se comportaba de una manera rara que a mí, al principio, se me escapó, y que solo entendí cuando até el cabo del cuaderno.

La gente estaba nerviosa. Más amable de lo normal unos, más esquivos otros.

Empezaron a aparecer por el horno vecinos que llevaban años sin pisarlo, a comprar una barra y, de paso, a dejar caer, como quien no quiere la cosa, preguntas envenenadas.

«Oye, Cata, tú que estás con el inspector, ¿se sabe algo de los papeles de Braulio?

» «Cata, ¿es verdad que la Guardia Civil ha registrado la casona?

» «Cata, hija, si aparece algún cuaderno o así, tú avísame, ¿eh?

, que Braulio y yo teníamos unas cuentas y no me gustaría que se traspapelaran. »

El de la gestoría fue el más descarado. Vino un martes, me compró medio kilo de magdalenas que no se comió nadie, y al pagar me deslizó, con una sonrisa que sudaba, que «si en algún momento aparecía documentación del difunto, y por casualidad la tuvieras tú en la mano antes que la autoridad, hay gente en el pueblo dispuesta a agradecer mucho la discreción».

Le contesté que yo vendía pan, no discreción, y que la discreción, además, se me daba fatal.

Se fue con sus magdalenas y su miedo, y yo me quedé con una certeza más: que en aquel cuaderno había secretos de gente muy dispuesta a que no salieran.

Gente con motivos. Y eso, para mí, que buscaba motivos que no fueran el de Consuelo, era oro.

Hasta Chamorro buscaba el cuaderno, aunque por las razones equivocadas, como buscaba Chamorro todas las cosas.

Él no lo quería para encontrar al asesino: él tenía el caso resuelto en su cabeza cada semana con un culpable distinto, y aquella semana, descartado Nando, andaba otra vez a la deriva.

Chamorro quería el cuaderno porque en las películas siempre hay un cuaderno, y encontrarlo le parecía la clase de golpe de efecto que corona una carrera.

Se pasó por la casona, registró un poco por encima, abrió cajones, miró debajo de las cosas, y se fue con las manos vacías y con la teoría, que nos expuso muy orondo, de que «el asesino se llevó el cuaderno, fijaos lo que os digo, ahí está la clave».

—Chamorro —le dije—, si el asesino se llevó el cuaderno, entonces el asesino estaba en ese cuaderno. Con lo cual, encontrar quién estaba en el cuaderno es encontrar al asesino.

Chamorro se me quedó mirando, procesando aquello, y por un momento me pareció que casi, casi, llegaba.

—O —dijo al fin, echándolo todo a perder— el asesino se lo llevó para despistar. Para que pensáramos justo eso.

Me rendí. Con Chamorro, cada vez que uno cree que va a atrapar una idea, la idea se le escurre por un agujero de guion policíaco.

Lo dejé con su despiste y me concentré en lo mío, que era pensar, con la cabeza fría, dónde estaría el cuaderno de verdad.

Y para eso, me di cuenta, no me servía Chamorro.

Me servía otra persona. Me servía el hombre que, en aquel pueblo, mejor sabía pensar dónde esconde las cosas la gente. Me servía Garcés.

Las Migas, por supuesto, tenían el cuaderno como tema estrella de la temporada, por encima incluso del adulterio de Nando, que ya iba quedando viejo. Se juntaron una tarde en el horno, las tres, a especular sobre qué habría dentro y sobre quién dormía peor por ello.

—Yo os digo una cosa —dijo Encarna, en su salsa—. Ahí dentro hay para hundir a medio pueblo. Braulio lo sabía todo de todos. Todo. Cosas de hace treinta y cuarenta años. Cosas que la gente cree enterradas.

—Que en paz descanse —apuntó Rosalía, por costumbre.

—Que en paz descanse un rato corto —matizó Encarna—. Ese hombre no descansa ni muerto. Sigue apretando desde el cuaderno.

Y Consuelo, que estaba allí, con su labor, como siempre, no dijo nada.

Yo no me fijé, entonces. Estaba pendiente de Encarna, de la conversación, de mis propias cuentas.

No me fijé en que Consuelo, la parlanchina Consuelo, la que siempre tiene una palabra dulce para todo, se había quedado callada.

Muy callada. Con las manos quietas sobre la labor, mirando un punto de la mesa, con una cara que yo, de haberla mirado, no le había visto nunca.

Pero no la miré. Estaba buscando al asesino en las palabras de Encarna, en secretos de treinta años y gente con cosas enterradas.

Y no vi que la respuesta estaba, otra vez, callada, en la silla de al lado, con la labor en el regazo y un secreto de diez años pesándole en las manos quietas.

Aquella noche se lo planteé a Garcés. Le expliqué mi teoría: que si encontrábamos el cuaderno, encontrábamos la lista de todos los que tenían motivos de verdad para matar a Braulio, y que en esa lista, larga, larguísima, tenía que estar el asesino.

No le dije la otra parte, la que me callaba: que yo lo que quería, en el fondo, era que en esa lista estuviera cualquiera menos Consuelo.

Pero él, que me lee mejor de lo que me gustaría, no necesitó que se lo dijera.

—De acuerdo —dijo, sin hacer ninguna pregunta incómoda, y se lo agradecí—.

Pensemos dónde está. Pensemos como pensaba Braulio.

—Cogió su carpeta, porque este hombre no piensa sin carpeta—.

Un cuaderno así, con lo que valía, un hombre no lo lleva encima; lo perdería, o se lo robarían.

Tampoco lo guarda en un banco; en un banco lo ve un empleado, y en un pueblo un empleado es una filtración.

Braulio guardaría ese cuaderno en el único sitio del mundo que controlaba del todo: su casa.

La casona. Escondido. En un sitio que solo él conociera.

—La casona la registró Chamorro —dije—. Y yo estuve el otro día. No hay nada a la vista.

—A la vista, no. —Garcés me miró—. Pero usted, que estuvo el otro día, dígame una cosa. ¿Se fijó en la chimenea de la casona?

Me quedé pensando. La chimenea. La gran chimenea de piedra del salón de los Cascales, con su campana ennegrecida y su repisa de fotos antiguas.

—La vi. ¿Por?

—Porque el día que apareció el cadáver, yo también estuve.

Y me fijé, por deformación profesional, en que aquella casona tenía la chimenea limpia.

Impecable. En una casa vieja, de un hombre mayor que vivía solo y no se distinguía precisamente por la higiene, con polvo en todas partes, la chimenea estaba limpia como una patena.

Sin hollín reciente. Sin ceniza. —Cerró la carpeta—.

Como si alguien la usara para algo que no fuera hacer fuego.

O como si escondiera algo que había que poder sacar sin mancharse las manos.

Se me aceleró el corazón, y esta vez no fue por Garcés.

—¿Crees que el cuaderno está en la chimenea?

—Creo —dijo Garcés— que mañana, usted y yo, vamos a volver a la casona.

Y vamos a mirar en esa chimenea. Y le advierto una cosa, señora Ferrer, para que vaya preparándose.

—Me miró, muy serio, con esa delicadeza suya de reloj que ha aprendido a ser humano—.

Si el cuaderno aparece, va a tener dentro los secretos de mucha gente.

Y usted quiere que uno de esos secretos no exista.

Pero, si existe, va a estar ahí. Y yo no voy a poder fingir que no lo he leído.

Me quedé callada. Porque Garcés acababa de poner en palabras, con esa honestidad brutal que gasta, lo que yo llevaba días sin querer formular ni para mí.

Que estábamos jugando a cosas distintas.

Que yo buscaba el cuaderno para encontrar en él a cualquiera menos a Consuelo.

Y que él lo buscaba, sin más, para encontrar la verdad, fuera quien fuera.

Esas dos búsquedas, mientras el cuaderno no apareciera, podían ir de la mano; pero, en cuanto se abriera aquel hule negro, se separarían.

Y yo tendría que elegir de qué lado ponerme.

—¿Y si lo que hay dentro no me gusta? —pregunté, muy bajo.

—Entonces no le gustará —dijo él, sin crueldad, pero sin ceder—.

Yo no puedo prometerle que la verdad le vaya a gustar, señora Ferrer.

Nadie puede prometer eso. Solo puedo prometerle que no le voy a mentir sobre ella.

Que es lo único que le he prometido siempre.

Y lo único que pienso seguir prometiéndole, aunque me cueste usted.

«Aunque me cueste usted.» Lo dijo así, con esas palabras, y las dos lo entendimos.

Que había llegado a un punto en que decir la verdad podía costarle lo nuestro, aquello que ninguno de los dos nombraba pero que los dos sabíamos que existía desde la noche de las rosquillas.

Y que él estaba dispuesto a pagar ese precio.

A perderme, si hacía falta, antes que mentirme.

Yo, en aquel momento, no supe si aquello era lo más romántico o lo más cruel que me había dicho nadie.

Con el tiempo entendí que era las dos cosas. Como casi todo lo importante.