Capítulo 22. Un cadáver que le viene fatal a alguien
El que hereda no siempre gana. A veces el muerto se lleva a la tumba, además de su vida, el negocio del vivo. Y entonces se da el caso más raro de todos: alguien que habría pagado por que aquel hombre siguiera respirando.
Con todo lo que me tenía ocupada la cabeza —el asesino, Nando, Garcés, el círculo estrechándose hacia un sitio que yo no quería mirar—, casi se me había olvidado que, por encima de todo aquello, seguía teniendo un problema muy terrenal y muy urgente: que mi casera quería convertir mi horno en un museo de sí mismo.
Y que, mientras yo jugaba a los detectives, Rocío Cascales seguía «estudiando el patrimonio», que en su idioma quería decir buscándome la manera de echarme con buenas palabras.
Así que un día, aprovechando lo que Garcés llamaba muy finamente mi «acceso privilegiado» y que yo llamaba, más llanamente, tener una excusa para meter las narices, subí a la casona a hablar con Rocío.
Oficialmente, del contrato. Extraoficialmente, a ver qué averiguaba, porque cuanto más la descartábamos sobre el papel como sospechosa —y no la descartábamos: seguía siendo la que más ganaba con el muerto—, más ganas tenía yo de mirarla de cerca.
Lo que me encontré no me lo esperaba.
Me abrió la puerta de la casona con el móvil pegado a la oreja, otra vez, pero esta vez no hablaba de sinergias ni de poner en valor.
Esta vez discutía. A gritos. Con alguien al que llamaba «Bernardo» y al que le decía cosas como «Bernardo, no me puedes hacer esto», «Bernardo, teníamos un acuerdo», «Bernardo, tres años de trabajo, tres años».
Me hizo un gesto para que pasara y esperara, y yo pasé, y esperé, y asistí, sin querer, a los últimos diez minutos de la agonía de un negocio de millones.
Mientras Rocío se peleaba con Bernardo, yo di una vuelta discreta por la casona, que no había vuelto a pisar desde el día del cadáver.
Estaba igual. El sombrero de Braulio seguía en el perchero, como esperando a un dueño que no iba a volver a por él.
Los muebles oscuros, los retratos de Cascales muertos mirándome desde las paredes con la misma cara de tasar que tenía el último, la casa entera oliendo a cerrado y a cera.
Y en la cocina —me asomé, aunque el cuerpo me pedía no hacerlo—, la mesa donde lo habían encontrado, limpia ya, vacía, como si allí no hubiera pasado nada.
Pensé, mirando aquella mesa, en el bizcocho.
En quién lo había puesto allí. En quién se había sentado, quizás, en aquella misma cocina, con Braulio, a darle de merendar la muerte con la mano de mi abuela.
Y aparté el pensamiento, otra vez. Pero cada vez me costaba más apartarlo. Cada vez volvía antes.
Cuando colgó, o más bien cuando le colgaron, se quedó un momento mirando el móvil como quien mira un cadáver, y luego, sin acordarse siquiera de que yo estaba delante, dijo, a nadie, con una voz que ya no tenía nada de consultora de Madrid y sí mucho de persona a la que acaban de arruinar:
—Se acabó. Se ha caído. Todo. —Y se dejó caer en un sillón de la casona, un sillón de Braulio, de esos de orejas, y por primera vez desde que había llegado a Santibáñez parecía una mujer de verdad y no un folleto.
—¿Rocío? —dije, con cautela—. ¿Estás bien?
—No. No estoy bien. —Levantó la vista, y tenía los ojos rojos, de rabia más que de pena, aunque a esas alturas las dos cosas se le mezclaban—.
¿Sabes lo que acaba de pasar, panadera? Que se acaba de ir al garete la operación más grande de mi carrera.
Por culpa de tu pueblo. Y de mi tío. Y del muerto. Del muerto, sobre todo.
Y me lo contó. Me lo contó porque necesitaba contárselo a alguien y yo era la única que tenía delante, y a lo mejor porque una panadera de pueblo, para Rocío, era casi como hablar sola. Pero me lo contó. Y al contármelo me dio, sin saberlo, la pieza que a Garcés y a mí nos faltaba.
—La venta no era una idea mía de ahora —dijo—.
Llevaba tres años montándola. Tres. La cadena, el hotel, todo.
Y mi tío estaba metido hasta el cuello, porque las propiedades eran suyas y sin su firma no había trato.
Íbamos a firmar. Estaba todo listo. Faltaba una firma, la suya, para cerrar la operación con la cadena.
Teníamos fecha. —Se rió, una risa amarga—.
Y el muy… se murió. Se murió tres semanas antes de firmar. ¿Tú sabes lo que es eso?
Empecé a entenderlo. Y lo que empezaba a entender me cambiaba el mapa entero.
—Sin su firma —siguió Rocío—, las propiedades entran en herencia.
Y una herencia, con un asesinato de por medio, con el juzgado, con el forense, con todo, tarda años en resolverse.
Años. Yo no puedo vender nada hasta que esto no esté a mi nombre, y eso, con la que ha liado mi tío muriéndose de esta manera, va para largo.
La cadena tenía una fecha límite, una opción que vencía.
No podían esperar años. Así que se han ido.
Con otro pueblo. —Escupió las palabras—.
Tres años de trabajo. Por un muerto que se murió con tres semanas de antelación.
—¿Y sabes lo mejor? —siguió, porque cuando a la gente le revienta un plan necesita contarlo entero, hasta el último detalle—.
Que encima el pueblo estaba en contra. Yo venía aquí con una operación que le daba trabajo a medio Santibáñez, que traía dinero, que salvaba un pueblo que se está muriendo, ¿y sabes qué me encontré?
Caras largas. El del bar señalándome. Las viejas del banco santiguándose cuando pasaba.
Como si yo fuera el demonio por querer que esto no se convierta en cuatro casas vacías y un cartel de «se vende».
—Se pasó las manos por la cara—. Tú también me miras así, panadera.
No lo niegues. Todos me miráis como si os quisiera robar algo.
Y yo solo quería… —Se paró. Buscó la palabra, y por una vez no la encontró en su idioma de consultora, sino en el otro, en el de debajo—.
Yo solo quería que este sitio, que es de mi familia, no se muriera del todo.
Aunque fuera convirtiéndolo en otra cosa.
Pero, mira, ya da igual. Que se muera solo, como quería.
Y por primera vez desde que había llegado, sentí por Rocío Cascales algo que no había sentido nunca: un poco de pena.
Porque debajo de las gafas de sol, del abrigo de revista y del vocabulario de folleto, había una mujer que había vuelto al pueblo de su familia con una idea, mala o buena, pero suya, y que se había estrellado contra dos muros a la vez: contra un pueblo que no la quería y contra un tío que se le había muerto en el peor momento.
No éramos tan distintas, en el fondo. Las dos habíamos vuelto a Santibáñez a intentar algo.
Las dos nos habíamos dado de bruces. Solo que a mí el pueblo me había perdonado, con el tiempo, por ser de aquí.
A ella no la iban a perdonar nunca, por no serlo.
Y ahí, en aquel sillón de orejas, mirando a una Rocío Cascales despeinada por primera vez, lo vi claro, con una claridad que casi me da vértigo.
Rocío no había matado a Braulio. Rocío era la única persona del mundo a la que le convenía que Braulio siguiera vivo.
Vivo, al menos, hasta firmar. Su tío, muerto, no le dejaba una herencia: le dejaba una ruina y un pleito.
La sospechosa perfecta, la que más ganaba sobre el papel, resultaba ser, en la realidad, la única que perdía.
—Por cierto, panadera —dijo, cuando ya me iba, con un cansancio que la hacía casi simpática—.
Lo de tu horno. El museo y todo eso. Olvídalo.
Sin la venta no hay proyecto, y sin proyecto tú te quedas donde estás, haciendo tu pan, que a mí, francamente, ahora mismo me da igual.
—Hizo una pausa—. Es más. Cuando salga de este pleito, dentro de mil años, a lo mejor te lo vendo.
El local. A precio de pueblo, no de folleto.
Al menos que se quede en manos de alguien que sepa lo que tiene.
—Se encogió de hombros—. No me hagas caso. Es la ruina, que me pone sentimental.
No le hice mucho caso, porque una no se fía de las promesas de una mujer a la que acaban de arruinar.
Pero me fui de la casona con dos cosas que no tenía al llegar: la certeza de que Rocío Cascales no había matado a su tío, y la posibilidad, remota pero posibilidad, de que mi horno tuviera futuro.
No estaba mal para una tarde. Aunque las dos cosas, la buena y la mala, me llevaban exactamente al mismo sitio: a una lista con un solo nombre.
Se lo conté a Garcés aquella noche, y Garcés hizo lo que hace siempre: coger su lista y tachar un nombre. Pero esta vez, al tachar el de Rocío, no había ni rastro de la ilusión contenida de las otras veces. Había algo más parecido a la preocupación.
—Rocío queda descartada —dijo—. No solo por el móvil, que se le da la vuelta: necesitaba a Braulio vivo.
También por lo otro, que a estas alturas ya debería habernos hecho pensar antes.
Rocío es de fuera. No tenía acceso a su receta antes de publicarse.
Y, sobre todo, no conoce la versión antigua, la de su abuela, la de la manteca.
Una consultora de Madrid no sabe hacer el bizcocho que hacía su abuela hace cincuenta años.
Es imposible. —Tachó el nombre—. Rocío nunca estuvo de verdad en la lista corta.
Solo estaba en la de los motivos. Y en esa, ya no está.
Miramos la lista. Los dos. En silencio.
De los que odiaban a Braulio, ninguno pudo hacerlo.
De los que pudieron hacerlo, solo quedaban los que tenían la receta antigua.
Y esa lista, la de verdad, la única que importaba, la habíamos escrito hacía días, en un folio, y tenía cuatro nombres, y a tres los habíamos ido descartando: yo, que no lo hice; don Fermín, incapaz; el impresor, un extraño de fuera con una imprenta que atender.
Y quedaba una. La última. La que yo había apuntado sin darle importancia y borrado con una carcajada. La que me traía caldo.
Garcés no dijo el nombre. Yo tampoco. Pero los dos, sentados en aquel obrador que olía a anís, mirando un folio con un solo nombre sin tachar, supimos que se nos había acabado el sitio donde escondernos.
Y supe, además, mirándole la cara a Garcés, que él ya lo sabía.
Que llevaba días sabiéndolo. Y que me estaba esperando, con la paciencia con la que espera todo, a que lo supiera yo también, para no tener que decírmelo él.
—Señora Ferrer —dijo Garcés, muy suave, más suave de lo que le había oído hablar nunca—. Creo que usted y yo tenemos que hablar de una cosa.
—Hoy no, Garcés. —Me levanté, recogí la carpeta, la cerré, como si cerrar una carpeta pudiera cerrar lo que había dentro—. Hoy no. Se lo pido por favor.
Me miró. Y ese hombre, que no cede en nada, que cumple el reglamento aunque le dejen coronas en la puerta, que no había hecho una excepción en veinte años, hizo una.
Por mí. Asintió, despacio, y no dijo el nombre.
Guardó él también su carpeta, se fue a su almacén, y me dejó a solas con lo que yo no estaba preparada para mirar.
Fue, ahora que lo pienso, uno de los gestos más delicados que ha tenido conmigo.
Un hombre de reglamento callándose la única palabra que lo resolvía todo, porque sabía que decirla, aquella noche, me iba a partir por la mitad.
No lo dije aquella noche. Subí a mi casa, me metí en la cama, y por primera vez desde que empezó todo, lloré. No por miedo. No por Braulio. Lloré porque, en el fondo, ya lo sabía, y saberlo era perder a alguien.
Pero lloré también, y sobre todo, porque me negaba a creerlo.
Porque una cosa es que las cuentas salgan, que los nombres se tachen, que la lista se quede en uno.
Y otra muy distinta es creer que la mujer que me había criado, la que repartió las esquelas de mi madre, la que me traía caldo cuando estaba mala, había envenenado a un hombre con la receta de mi abuela.
Yo no lo creía. No podía. Y me juré, aquella noche, entre lágrimas, que iba a demostrar que estaba equivocada.
Que iba a limpiar el nombre de Consuelo Abad como fuera.
Todavía no sabía que, al intentar limpiarlo, iba a ser yo quien lo manchara del todo.