Capítulo 21. La coartada más vergonzosa del pueblo
Hay coartadas peores que no tener coartada: hay sitios donde uno preferiría no haber estado a que se sepa que estuvo. En un pueblo, la verdad no mata. Lo que mata es que se comente.
A la mañana siguiente, Garcés y yo fuimos al cuartelillo, como nos había pedido Chamorro por boca de Lucía.
Fuimos, todo hay que decirlo, sin mirarnos mucho, porque la noche anterior había quedado entre nosotros un asunto pendiente, a dos milímetros de resolverse, que ninguno de los dos sabía cómo retomar a la luz del día.
Garcés se había puesto la corbata más seria que tenía, que en él es una forma de armadura.
Yo me había peinado con un esmero que no venía a cuento.
Y por el camino hablamos del tiempo, que es lo que habla la gente cuando no puede hablar de lo que de verdad le importa.
Chamorro nos recibió con una cara que no le había visto nunca. No era la cara de triunfo del que ha resuelto un caso. Era la cara de un hombre que ha abierto una caja y ha encontrado dentro algo que preferiría no haber encontrado.
—Sentaos —dijo, muy serio—. Tenemos un problema. O más bien, lo tengo yo, y no sé muy bien qué hacer con él.
Nos sentamos. Chamorro dio dos vueltas por el despacho, se rascó la nuca, miró la foto de Nando en su panel y por fin lo soltó:
—Ayer vino una mujer. A confesar. —Tragó saliva—. Nando tiene coartada. Y es de las buenas. De las que no se discuten. El problema es lo que es la coartada.
—¿Qué mujer, Chamorro? —pregunté—. ¿Quién vino?
Chamorro bajó la voz, aunque estábamos los tres solos en el cuartelillo, con las puertas cerradas y a prueba de oídos, porque hay noticias que a uno le sale bajar la voz aunque no haya nadie delante.
—La mujer del alcalde.
Se hizo un silencio. Yo tardé un segundo en atar los cabos. Garcés, más rápido, ya había cerrado los ojos, como quien ve venir un problema del tamaño de un ayuntamiento.
—La mujer del… —empecé.
—La mujer del alcalde, sí. Marisa. Vino ayer, tapada con un pañuelo, y me confesó, llorando a moco tendido, que la noche del crimen Nando estaba con ella.
En su casa. Los dos. Mientras el alcalde estaba en un pleno de la mancomunidad, en la capital.
—Chamorro se pasó la mano por la frente—.
Llevan, por lo visto, un año. Un año entero.
Nando y la mujer del alcalde. Debajo de las narices de todo el pueblo. Y del alcalde.
Y ahí lo entendí todo. Entendí por qué Nando, mi amigo Nando, había preferido pudrirse en el calabozo, acusado de un asesinato, antes que decir dónde estaba.
Porque decir dónde estaba no era solo confesar una infidelidad.
Era confesar una infidelidad con la mujer del hombre más poderoso del pueblo después de Braulio.
Era firmar su ruina. El alcalde le podía hacer, con el bar, con las licencias, con todo, lo mismo que le hacía Braulio, y con más saña, porque lo de Braulio era dinero y lo del alcalde sería honra.
Puestos a elegir entre que lo tomaran por asesino unas semanas, o por el amante de la primera dama de Santibáñez para el resto de su vida, Nando había elegido, con una lógica que solo se entiende en un pueblo, lo primero.
—El problema, ¿lo veis? —dijo Chamorro, hundido en su silla—.
Que yo ahora tengo que soltar a Nando, que era mi único sospechoso.
Y encima tengo que soltarlo por esto. ¿Y qué hago yo con esto?
¿Se lo digo al alcalde? ¿No se lo digo? Si no se lo digo, encubro un lío.
Si se lo digo, soy yo el que le revienta el matrimonio a un hombre que no me ha hecho nada.
—Nos miró, buscando en dos personas que no éramos precisamente un ejemplo de claridad sentimental el consejo que no iba a encontrar—.
A las puertas de la jubilación, oye. A las puertas.
Yo lo que quería era resolver un homicidio, no ser el correveidile de las infidelidades del pueblo.
—Chamorro —le dije—, del matrimonio del alcalde tú no tienes que decir nada. Tú lo que tienes que hacer es soltar a un inocente y volver a buscar al culpable, que es tu trabajo, y que sigue ahí fuera.
—Ya. —Suspiró—. Volver a empezar. Con lo bien que estaba yo con Nando.
Le dio pena soltarlo. De verdad le dio pena. Chamorro es el único hombre que conozco capaz de encariñarse de un sospechoso.
Nando salió del calabozo esa misma mañana, y yo estaba allí para verlo salir.
Salió con la cabeza gacha, no de alivio, sino de vergüenza, porque un hombre que sale de la cárcel exonerado debería salir con la cabeza alta, y Nando sabía que la suya iba a durarle poco así, en cuanto el pueblo se enterara de por qué salía.
—Cata —me dijo, cuando nos quedamos solos un momento—. No me digas nada.
—No iba a decirte nada.
—Sí ibas. Tienes esa cara.
—Solo iba a decirte —dije— que un año, Nando. Un año. Y a mí, que soy tu amiga desde el colegio, no me habías contado nada.
—Precisamente porque eres mi amiga desde el colegio.
—Se sentó en el poyo, agotado—. Si te lo cuento, te hago cómplice.
Y bastante tenías tú con lo tuyo. —Me miró, y por primera vez en semanas le vi la cara de siempre, la de Nando, debajo del susto—.
Cata, yo la quiero. A Marisa. No es un lío de esos de barra.
La quiero de verdad. Y ella a mí. Lo que pasa es que se casó con quien no debía hace treinta años, cuando el alcalde no era alcalde, sino un buen partido, y ahora estamos los dos donde estamos.
Prefería que me creyeran asesino, Cata. Lo prefería.
Porque asesino no era. Pero lo otro sí. Lo otro es verdad, y es lo único bueno que me ha pasado en la vida, y no pensaba mancharlo dejando que se convirtiera en la comidilla del pueblo.
No supe qué decirle. Porque, dicho así, con la cabeza gacha y la voz rota, aquello ya no tenía nada de comedia. Tenía algo que yo empezaba a reconocer en todas partes aquellos días: dos personas queriéndose a destiempo, en un sitio pequeño que no las dejaba.
La comedia, eso sí, volvió enseguida. Porque en Santibáñez un secreto de un año se guarda mal, pero, una vez que se abre la caja, se propaga a la velocidad del rayo, y para la hora de comer no quedaba en el pueblo ni un alma que no supiera que Nando el del bar y la mujer del alcalde llevaban un año entendiéndose.
El pueblo, que dos semanas antes me daba por asesina a mí y la anterior por asesino a Nando, cambió de tema con el mismo entusiasmo con el que cambia de todo, y se dedicó en cuerpo y alma a lo que de verdad le gusta, que no es un crimen, que al fin y al cabo solo hay uno, sino un adulterio, que da para mucho más y para mucho más tiempo.
El bar de Nando, que reabrió aquella tarde, no cabía un alfiler: todo el mundo fingiendo que iba a tomar algo cuando en realidad iba a mirarle la cara al protagonista.
Nando aguantó el chaparrón como aguanta uno un chaparrón que sabe merecido: sirviendo cañas con la dignidad que podía, contestando a las indirectas con evasivas y a las directas con un «cada uno en su casa y Dios en la de todos» que no convencía a nadie pero que zanjaba la conversación.
Yo lo ayudé un rato detrás de la barra, más por solidaridad que por otra cosa, y desde allí asistí al mejor espectáculo de la temporada: un pueblo entero recalibrando, en tiempo real, todo lo que creía saber.
«Pues yo los vi una vez, en el mercadillo, y ya me dio que pensar.
» «Pues a mí me extrañaba que ella fuera tanto a por tabaco, con lo que fuma el marido.
» «Pues yo siempre dije que ese bar tenía la trastienda muy usada para lo poco que se cocina.
» Cada cual reescribía su memoria para haberlo sabido siempre, que es el deporte nacional de los pueblos: no enterarse de nada hasta que se entera todo el mundo, y a partir de ese momento haberlo sabido desde el principio.
Y todos, sin excepción, tenían un ojo puesto en la carretera. Porque el alcalde volvía el sábado. Y el pueblo entero se moría por estar delante cuando el hombre entrara en el que ya no era su pueblo sino su cornamenta, y descubriera, por las caras, que era el último en enterarse de lo suyo.
Las Migas montaron sesión permanente. Encarna, que llevaba semanas insinuando que «ahí había algo raro con la del alcalde», se paseaba diciendo «yo lo dije, yo lo dije», aunque lo que ella había dicho era otra cosa completamente distinta.
Y la Tía Puri, cómo no, se atribuyó el mérito, porque ella había visto a la mujer del alcalde comprar compresas a los cincuenta y cuatro años: «Y yo ya dije que ahí había una mentira.
Que me equivoqué de mentira, vale, que la mentira no era un embarazo sino un amante.
Pero mentira al fin y al cabo. Así que acerté».
Solo faltaba una persona en toda aquella fiesta del cotilleo: el alcalde. El alcalde, que estaba en la capital, en no sé qué congreso, y que iba a volver a un pueblo que sabía de su mujer algo que él, el pobre, todavía no sabía. Le compadecí. Un poco. Lo justo.
Con Garcés, mientras tanto, la convivencia se había vuelto un ejercicio de esgrima.
Después de lo del casi-beso, los dos nos movíamos por el obrador con una cortesía exagerada, midiendo las distancias, pidiendo permiso para cosas que antes hacíamos sin pensar.
«¿Le importa que use el fregadero?» «Adelante, faltaría más.
» «¿Se ha terminado usted la leche?» «Le compro más ahora mismo, disculpe.
» Parecíamos dos diplomáticos de países que acaban de firmar un alto el fuego y no se fían.
Yo, que llevaba tres semanas discutiendo con aquel hombre como se discute con un hermano, de repente no sabía ni cómo darle los buenos días sin que se me subieran los colores.
Lo peor es que él estaba igual. Lo notaba.
Un hombre tan medido, tan de reloj, y de pronto se le caían las cosas, se equivocaba al apuntar, dejaba frases a medias.
Una noche, buscando los dos a la vez un paño en el mismo cajón, nos rozamos las manos, y los dos apartamos la nuestra como si el cajón quemara, y nos disculpamos a la vez, y nos callamos a la vez, y aquel silencio duró lo que dura una eternidad muy corta.
Éramos, en resumen, un desastre. Un desastre de dos personas adultas que sabían perfectamente lo que les pasaba y que habían decidido, cada una por su lado, que aquel no era momento.
Con un asesino suelto. Con Nando saliendo del calabozo.
Con mi vida hecha un solar. No era momento.
Nos lo repetíamos mucho. Casi nos lo creíamos.
Aquella noche, en el obrador, Garcés y yo hicimos recuento. Y el recuento no era alentador.
—Resumamos —dijo él, con su folio y su bolígrafo—.
La Bego, descartada: estaba en la feria, lo jura hasta su peor enemigo.
Nando, descartado: estaba con la mujer del alcalde, lo jura la propia mujer del alcalde, que no tenía ningún motivo para inventárselo y sí muchos para callárselo.
—Tachó los dos nombres—. Nos quedan, de la lista de los que odiaban a Braulio, básicamente Rocío.
Y de la lista de los que pudieron tener la receta…
—levantó la vista, y no la tachó, pero tampoco la nombró— seguimos como al principio.
—Seguimos como al principio —repetí, incómoda, porque sabía muy bien a qué lista se refería y quiénes seguían en ella.
—Cada sospechoso que descartamos —dijo Garcés, muy despacio, mirándome de esa manera que ya no me gustaba nada— no nos aleja del asesino, señora Ferrer.
Nos acerca. Porque el asesino sigue ahí, en la lista corta, la de los que tenían la receta.
Y esa lista, cada día que pasa, tiene menos nombres.
Al final solo va a quedar uno. —Cerró la carpeta—.
Y usted y yo sabemos, aunque ninguno de los dos quiera decirlo en voz alta, que ese nombre no es el suyo.
No contesté. Porque tenía razón, otra vez.
Habíamos empezado con medio pueblo de sospechosos, y a fuerza de descartar íbamos quedándonos con un puñado, y ese puñado se encogía, y en el fondo de ese puñado, esperando, con su pañuelo y su caldo y su cara de no haber roto un plato en su vida, estaba la respuesta que yo llevaba semanas negándome a mirar.
Cada coartada que confirmábamos era un paso más hacia ella.
Y yo, que había ayudado a dar cada uno de esos pasos, empezaba a tener miedo, por primera vez, de adónde estábamos llegando.
Aquella noche no hablamos del casi-beso.
Ni de nada que no fuera el caso. Pero, al subir a mi casa, me di cuenta de que ya no me preocupaba tanto lo que había estado a punto de pasar entre Garcés y yo.
Me preocupaba, mucho más, lo que estaba a punto de descubrir.
Y me preocupaba, sobre todo, que fuera él quien lo descubriera primero.