Capítulo 20. Un beso a medio hornear
Hay besos que son como un bizcocho a medio hornear: se quedan a medias, ni crudos ni hechos, y una no sabe nunca si habrían salido bien. La cocina y el amor tienen eso en común: los dos se estropean por sacarlos a destiempo.
La coartada de la Bego se confirmó un jueves, y la confirmó Garcés, porque Garcés, a diferencia de Chamorro, cuando anota «pendiente de confirmar» no lo deja pendiente eternamente: lo confirma.
Se pasó dos días al teléfono, con esa paciencia de funcionario que a mí me desespera y que a la investigación le venía de maravilla, llamando a la feria del queso de otoño, a la organización, a la pensión donde la Bego dijo que había dormido.
Yo lo vi hacer aquellas llamadas, sentado a la mesa del obrador, con el teléfono pegado a la oreja y su libreta abierta, y fue una lección de paciencia que no olvidaré.
A la organización de la feria le sacó, tras cuarenta minutos de espera y música de hilo musical, la lista de expositores y las fotos oficiales del evento.
A la pensión de la capital le confirmó, con nombre y fecha, que doña Begoña había dormido allí la noche del miércoles y había desayunado, a las ocho, «huevos con torreznos y mucha protesta por el café», que en la Bego es tan identificativo como una huella dactilar.
Cada dato lo anotaba, lo cruzaba, lo tachaba de su lista de dudas.
Trabajaba el caso como yo trabajo una masa: sin prisa, sin saltarse un paso, sabiendo que las cosas salen bien cuando se les da su tiempo.
Y a mí, que me paso la vida diciéndole que se relaje, me daba una envidia secreta verlo tan seguro de que, tirando del hilo correcto, la verdad acaba saliendo.
Ojalá yo tuviera esa fe. En el horno la tengo. En la vida, menos.
Y salió todo. La Bego había estado en la feria, en efecto, con su puesto y sus doscientas cabezas de queso.
Había fotos: del stand, de la entrega de premios, en las que se veía a la Bego al fondo, con cara de pocos amigos, discutiendo con alguien, que es como sale la Bego en todas las fotos.
Y, sobre todo, había un testigo. El mejor testigo posible: un enemigo.
—Hablé con un tal Evaristo —me contó Garcés—.
Quesero también, de un pueblo de al lado.
Rival de la Bego de toda la vida. Se odian.
Compiten en las mismas ferias por los mismos premios desde hace treinta años.
Pues bien: ese hombre, que daría cualquier cosa por ver a la Bego hundida, me confirmó, muy a su pesar, que la noche del miércoles la Bego estuvo cenando con el gremio hasta las tantas.
Lo recuerda perfectamente. —Garcés hizo una pausa—.
Sus palabras exactas fueron: «Para mi desgracia, señor inspector, esa mujer se pasó toda la noche dándome la lata con que su queso de oveja es mejor que el mío. Y no es mejor. Es que grita más».
Me reí.
—O sea, que la Bego tiene la mejor coartada del mundo: un enemigo que preferiría verla en la cárcel y que, aun así, jura que estaba en otro sitio.
—Exacto —dijo Garcés—. A un amigo se le puede pedir que mienta por ti. A un enemigo, no. Si Evaristo dice que la Bego estaba en la feria, es que estaba en la feria. La Bego queda descartada.
Fuimos a decírselo a Chamorro, más por cortesía que por otra cosa, y para ver si de paso se le movía algo en la cabeza con respecto a Nando. Craso error, otra vez. Chamorro recibió la noticia de la coartada de la Bego con la cara de un niño al que le quitan un juguete que ni siquiera estaba usando.
—¿La Bego descartada? —Miró su panel, donde la Bego seguía teniendo, en un rincón, su cuerdecita roja, por si acaso—. Vaya. Bueno. Menos mal que tengo a Nando.
—Chamorro —le dije, con toda la paciencia que me quedaba, que no era mucha—.
¿No te das cuenta? Si la Bego queda descartada porque estaba lejos y no pudo hornear el bizcocho, con Nando pasa lo mismo.
Nando tampoco pudo tener mi receta antes de que se publicara.
La lógica que salva a la Bego salva a Nando.
Chamorro se quedó pensando. Se le veía el esfuerzo, como se le ve a una mula subir una cuesta.
—No es lo mismo —dijo al fin, aferrándose a lo suyo—. La Bego tiene una coartada. Nando no quiere dar la suya. El que no da coartada es porque no la tiene. Y el que no la tiene, es porque estaba en el crimen.
—O porque estaba en un sitio que no quiere decir.
—Detalles —dijo Chamorro, y con ese «detalles», que era su palabra favorita para todo lo que no entendía, dio por zanjada la conversación.
Salimos del cuartelillo, Garcés y yo, con la sensación agridulce de quien avanza y no avanza al mismo tiempo.
Habíamos descartado a una sospechosa. El círculo se estrechaba.
Pero Chamorro seguía con Nando en el calabozo, el pueblo seguía tranquilo creyendo el caso resuelto, y nosotros dos éramos los únicos que sabíamos que el asesino de verdad seguía suelto, comprando manteca, cada vez más cerca, cada vez con menos sitios donde esconderse.
Aunque yo, todavía, me negara a mirar el único sitio que quedaba.
Aquella noche lo celebramos. No con champán, que en mi casa no hay, sino con lo que hay: un vermú para mí, una infusión sin anís para él, y una tabla de queso de la Bego, que le había comprado aquella misma tarde, medio en broma, «para celebrar que es inocente».
Nos sentamos en el obrador, ya cerrado, con la luz de encima de la mesa, y por primera vez en mucho tiempo no hablamos del caso.
Hablamos de tonterías. De su manía del orden.
De mi manía del desorden. De si el queso de la Bego era mejor o peor que el de Evaristo, discusión que zanjamos comiéndonoslo entero.
Y me di cuenta, mientras discutíamos de quesos, de que hacía años que no me lo pasaba tan bien con nadie.
Con este hombre, precisamente. Con el que me había cerrado el obrador, el que iba con corbata en julio, el que llevaba tres semanas asfixiándose en mi anís antes que dormir cómodo.
Con ese. La vida, ya lo he dicho, tiene un sentido del humor muy suyo.
Le conté la historia de Pomponio bien contada, por fin, sin rencor, como se cuentan las cosas cuando ya no duelen, y él, en vez de defenderse con el reglamento, se rió.
Se rió de verdad, la primera carcajada que le oí, una carcajada rara, oxidada, de hombre que no la usa mucho, y descubrí que Teodoro Garcés, riéndose, era otra persona.
Una que me habría gustado conocer en Madrid, en otra vida, sin un muerto de por medio.
—¿Sabe qué es lo peor de todo, Garcés? —le dije, con el vermú calentándome ya lo justo para ser sincera—.
Que llevo tres años odiándole con toda mi alma.
Le he deseado de todo. Le he puesto de vuelta y media a solas en el obrador más veces de las que puedo contar.
Y ahora resulta que es usted la única persona de este pueblo con la que puedo hablar sin fingir. Es de un injusto que clama al cielo.
—Coincido —dijo él—. Es profundamente irregular.
—Y me miró de una manera que ya no tenía nada de irregular ni de reglamentario—.
Yo también llevo tres semanas descubriendo, con cierta alarma, que la mujer a la que en teoría vine a inspeccionar es la primera en mucho tiempo que consigue que se me olvide, durante ratos, que tengo una corona con mi nombre esperándome en un rincón.
Y en algún momento, entre queso y queso, entre risa y risa, dejamos de estar sentados como el inspector y la sospechosa y empezamos a estar sentados como otra cosa.
Más cerca. Yo no sé quién se acercó a quién.
Con estas cosas nunca se sabe, y el que dice que lo sabe, miente.
El caso es que, de pronto, la mesa que siempre había estado entre nosotros ya no estaba, o estaba pero no la usábamos, y yo tenía la cara de Teodoro Garcés más cerca de la mía de lo que la había tenido nunca.
Tan cerca que le veía las pecas que no sabía que tenía, y la sombra del cansancio de tres semanas, y algo en los ojos que no era de reloj, que no era de inspector, que era de hombre.
—Garcés —dije, muy bajo, porque a un centímetro de la cara de alguien solo se puede hablar bajo—. Esto es una imprudencia.
—Una imprudencia grave —dijo él, sin apartarse ni un milímetro—. La más grave de la investigación.
—Nos hemos jurado ni una imprudencia más.
—Lo sé. —Se acercó otro poco. Ya no era un centímetro. Era medio—. Considere esto una excepción. Debidamente anotada.
Y cerré los ojos. Y él cerró los ojos, que lo noté aunque los tuviera cerrados, como se notan esas cosas. Y a dos milímetros, a un suspiro, a un mordisco de rosquilla de distancia, estábamos Teodoro Garcés y yo, por fin, a punto de cometer la imprudencia más deliciosa de mi vida…
…cuando la puerta del obrador se abrió de golpe, con un estruendo de campanilla, y entró la agente Lucía, móvil en alto, grabando, narrando en su voz de documental antes siquiera de mirar lo que tenía delante.
—«Y así, la noche del… —Lucía levantó la vista del móvil.
Nos vio. Procesó la escena: el inspector y la panadera, a dos milímetros, con los ojos ya abiertos de golpe y las caras de dos adolescentes a los que su madre acaba de encender la luz.
Y a Lucía, hay que reconocérselo, no se le cayó el móvil ni perdió el hilo.
Solo cambió de tema, sin dejar de grabar—: …
la investigación tomó un rumbo inesperado. »
Nos separamos como impulsados por un resorte. Garcés se puso de pie tan rápido que volcó la infusión. Yo cogí la tabla de queso vacía y me puse a limpiarla con un afán que no requería, como si limpiar una tabla de queso pudiera borrar lo que Lucía acababa de ver.
—Agente Lucía —dijo Garcés, recomponiéndose, con una dignidad heroica dadas las circunstancias, mientras la infusión le goteaba de la mesa a los zapatos—. ¿Ocurre algo?
—Ah. Sí. —Lucía por fin bajó el móvil, aunque estoy segura de que lo dejó grabando en el bolsillo, que esa graba hasta dormida—.
Que me manda el sargento. Es por Nando. Ha pasado una cosa.
—Nos miró, primero a uno, luego a la otra, y añadió, con una sonrisa que no auguraba nada bueno para mi tranquilidad—: Aunque veo que interrumpo. Puedo volver luego, si están… ocupados.
—No interrumpe nada —dije yo, demasiado alto—. Estábamos comiendo queso.
—Ya. —Lucía miró la tabla vacía, luego a Garcés, empapado, luego a mí, colorada—. Queso. Claro.
Lucía, misericordiosa, decidió no seguir hurgando en la herida —o guardárselo para contarlo luego con todo lujo de detalles, que, conociéndola, era lo más probable— y fue al grano.
—Lo de Nando —dijo—. Que hoy ha venido al cuartelillo una mujer.
Una mujer del pueblo. Ha estado media hora encerrada con el sargento, y ha salido llorando.
Y desde que ha salido esa mujer, el sargento anda raro.
No dice nada, pero anda raro. Y me manda a buscaros porque dice que mañana quiere hablar con vosotros dos. Que hay novedades.
Novedades. Una mujer llorando en el cuartelillo.
Se me olvidó de golpe la vergüenza, la tabla de queso y hasta la infusión que le goteaba a Garcés en los zapatos, porque aquello, fuera lo que fuera, tenía que ver con lo que Nando llevaba semanas callando por vergüenza.
Con lo que protegía. Con la persona a la que protegía.
—¿Qué mujer? —pregunté.
—No lo sé. No la conozco. Llevaba un pañuelo y no dejaba que se le viera la cara. —Lucía se encogió de hombros—. De aquí no era. O sí. Vete tú a saber. En este pueblo, últimamente, hasta las que lloran van de incógnito.
Y con eso, y una última mirada a la tabla de queso que lo decía todo, la agente Lucía se marchó.
Y ahí nos quedamos los dos, Garcés y yo, de pie en mitad del obrador, empapado uno y colorada la otra, mirándonos por encima de una tabla de queso vacía con la cara de dos personas a las que acaban de pillar haciendo exactamente lo que estaban haciendo.
Ridículos. Absolutamente ridículos. Y, que Dios me perdone, más contenta yo, en aquel ridículo, de lo que había estado en semanas.
Garcés fue el primero en hablar. Miró la infusión derramada, miró la puerta por la que se había ido Lucía, me miró a mí y dijo, recuperando la corbata y la compostura al mismo tiempo, con la solemnidad de un hombre que acaba de esquivar un precipicio y no sabe si alegrarse o lamentarlo:
—Deberíamos… centrarnos en el caso.
—Deberíamos —dije.
Ninguno de los dos se movió. Y aunque no nos besamos aquella noche —eso, como el bizcocho del refrán, se quedó a medio hornear—, los dos supimos, mirándonos por encima de la tabla vacía, que era solo cuestión de tiempo. Que aquel beso estaba puesto en el horno. Y que, tarde o temprano, iba a salir.