Capítulo 19. Lo que compra cada uno (y lo que esconde)
Dime qué compras y te diré quién eres. La lista de la compra es la confesión más sincera que hace una persona, porque en ella no miente nadie: nadie cree que la esté leyendo alguien.
Mi tía Puri tiene un don, y como todos los dones de verdad, es a la vez inútil y peligroso: lee a la gente por lo que compra.
No solo en mi horno, donde lleva media vida detrás del mostrador diagnosticando a la clientela, sino en todo el pueblo.
Puri sabe lo que compra cada vecino de Santibáñez, dónde y cuándo, porque las tenderas de este pueblo son entre ellas una red de información más fina que cualquier servicio secreto, y Puri es su nudo central.
La Fina le cuenta lo de su tienda. La carnicera Robles le cuenta lo de la suya.
Y Puri, en su cabeza, va montando el retrato hablado del pueblo a base de listas de la compra.
Casi siempre son tonterías. «La del médico ha comprado tres botellas de anís del mono; esa bebe.» «El viudo de la esquina ha empezado a comprar para dos; ahí hay tema.» «El sacristán se lleva velas de sobra; ese anda tramando algo con la parroquia.»
Digo casi siempre, porque a veces, muy de tarde en tarde, la Tía Puri acierta de una manera que da miedo.
Fue ella la que supo, seis meses antes que nadie, que la del estanco iba a dejar al marido, «porque ha empezado a comprarse ropa interior buena, y a él no le compra ni calcetines».
Fue ella la que supo que a don Anselmo, el maestro, se lo llevaba el corazón, «porque ha dejado de comprar sal, y el que deja la sal es que el médico ya le ha dado el aviso».
Acertó las dos. Acertó unas cuantas más.
Y por eso, aunque una se pase la vida diciéndole que se calle, hay una parte de su sobrina que, muy en el fondo, cuando la Tía Puri baja la voz y dice «esto me tiene mosca», se pone a escuchar.
Porque nunca sabes cuál de las veces va a ser una de las que acierta.
Yo la escucho a medias, le doy la razón por no discutir, y sigo amasando.
Porque hacerle caso a la Tía Puri es un vicio que sale caro: acierta lo justo para que no puedas ignorarla del todo, y falla lo justo para que no puedas tomártela en serio.
Es el equilibrio perfecto para volver loca a una sobrina.
Lo de la Fina, por ejemplo, es una guerra que dura ya cuarenta años y cuyo origen se ha perdido en la niebla de los tiempos, como el de casi todas las guerras de pueblo.
Unos dicen que fue por un novio. Otros, que por un puesto en la cofradía.
La Tía Puri sostiene que fue «por lo que ella sabe», que es su manera de no reconocer que ni ella se acuerda.
El caso es que Puri lleva cuatro décadas convencida de que la Fina esconde algo, sin haber sido capaz de precisar nunca el qué, y en ese tiempo le ha atribuido, sin la menor prueba, la autoría de todos los males de Santibáñez: la sequía del noventa y cuatro, la marcha del médico joven, el divorcio de los del estanco y, si la apuras, la caída del muro de Berlín.
Así que, cuando la Tía Puri me dijo aquella mañana que tenía algo gordo, yo, francamente, esperaba que acabara en la Fina. Siempre acaba en la Fina.
Lo que no me esperaba era que, antes de acabar en la Fina, pasara por un sitio de verdad.
Pero aquella semana, la de Nando en el calabozo, la Tía Puri me trajo algo que no era una tontería. Aunque yo, cómo no, tardé en darme cuenta.
Empezó como empiezan sus cosas, sin darle importancia, colocando magdalenas.
—Oye, Cata, una cosa que me tiene mosca. —Bajó la voz, aunque estábamos solas—. ¿Tú sabes quién anda comprando manteca?
—¿Manteca? —No levanté la vista de la masa—. Yo qué sé, Puri. Cualquiera.
—Ahí está la cosa. Que no compra nadie. —Dejó la bandeja—.
La manteca ya no la usa ni Dios, hija. La gente cocina con aceite y con mantequilla, que es lo moderno.
La carnicera Robles me dijo el otro día que le sobra siempre la manteca, que la tiene ahí muriéndose, que ya casi ni la pide.
Y de repente, estas últimas semanas, resulta que alguien le compra. Manteca. Del cerdo. De la de antes.
Seguí amasando, pero algo, muy al fondo, se me quedó dando vueltas. No supe qué. Todavía no.
—A lo mejor alguien hace matanza —dije, por decir.
—No es época de matanza. —Puri me miró por encima de las gafas, con esa cara de pitonisa que pone cuando cree que ha visto algo—.
Y hay más. Porque yo, cuando una cosa me da mala espina, tiro del hilo.
Y he preguntado en la tienda de la Fina.
Y resulta que esa misma persona, o alguien por las mismas fechas, ha comprado también matalauva.
En grano. Y romero. Y limones, muchos limones.
—Se cruzó de brazos, triunfal—. Manteca, matalauva, romero y limón, Cata.
Todo junto. Estas semanas. Dime tú para qué se compra todo eso junto.
Y ahí la masa se me quedó quieta entre las manos. Porque yo sabía perfectamente para qué se compraba todo eso junto. Manteca, matalauva en grano sin moler, romero, limón. No era la lista de la compra de nadie. Era una receta. Era mi receta. La de mi abuela. La de antes.
—Es un bizcocho —dije, con la voz rara—. Alguien ha estado comprando los ingredientes de un bizcocho. De uno concreto. Del… —no me salió decir «del que mató a Braulio», así que dije— del de la vieja usanza.
—Del de tu abuela —dijo Puri, que ata cabos más deprisa de lo que a mí me gustaría—.
Ese que ya no hace nadie más que tú, y tú lo haces distinto, con la mantequilla y la matalauva tostada.
El de antes, el de la manteca, ese solo lo saben hacer…
—se quedó pensando— los de antes. Los muy mayores.
Los que aprendieron a cocinar cuando no había otra grasa que la del cerdo.
Ahí lo dijo. «Los de antes.» Y yo, que tenía a los de antes desfilándome por el horno cada mañana a por su pan, que los conocía a todos por su nombre y por su duelo, no até el cabo.
Ni uno. Porque «los de antes», para mí, no eran una lista de sospechosos.
Eran mi gente. Eran las Migas. Era el pueblo que me había visto crecer.
Puri, en cambio, ya tenía candidata, porque Puri siempre tiene candidata.
—Yo te digo quién ha sido —dijo, bajando aún más la voz—. La Fina.
—¿La Fina? Puri, por favor.
—La Fina, que lo tengo clarísimo. Vende ella la matalauva y el romero, ¿no? Pues qué mejor tapadera que vender tú misma lo que usas, para que parezca que lo mueves y no que lo compras. Ahí hay gato encerrado.
—Puri, la Fina no ha hecho un bizcocho en su vida. La Fina compra ensaimadas hechas porque no sabe ni encender el horno.
—Eso es lo que ella quiere que creamos. —Puri se dio unos golpecitos en la sien, con la seguridad inquebrantable del que lleva cuarenta años equivocándose sobre la misma persona—. Pero yo a esa la conozco. A esa yo no le fío ni un suspiro de merengue.
Y ahí, con la teoría de la Fina, Puri se enterró ella sola, como se entierra cada vez, porque en cuanto la Tía Puri señala a la Fina, todo lo que ha dicho antes deja de tomarse en serio.
Es su maldición. Podría acertar el crimen del siglo, y en cuanto añadiera «ha sido la Fina», nadie le haría caso.
Así que yo hice lo de siempre: le di la razón para que se callara, le dije que se lo comentaría a Garcés, y guardé lo de la manteca en el mismo sitio donde guardo todo lo que no quiero mirar de frente.
Aunque «guardar» no es exactamente lo que hice. Porque al día siguiente, sin decírselo a Puri para no darle alas, ni a Garcés para no darle trabajo, me pasé por la carnicería de los Robles. Como quien no quiere la cosa. A comprar unas chuletas que no necesitaba.
—Oye, Rocío —le dije a la carnicera, que se llama Rocío también, para desgracia de las dos desde que llegó la otra—. Una curiosidad. ¿Es verdad que últimamente te compra alguien la manteca? Que me ha dicho la Tía Puri…
—Ay, tu tía. —La Robles puso los ojos en blanco—.
Que no para. Sí, mujer, alguien me la compra, un poco de vez en cuando.
Pero no te sé decir quién, que pagan en efectivo y yo despacho a mucha gente.
Alguna de las mayores, me suena. De las que todavía cocinan a la antigua.
Una viejecita de esas. Pero vamos, que ni me fijé, hija, que aquí entra medio pueblo y yo no llevo un registro.
Una viejecita de esas. De las que todavía cocinan a la antigua.
Le di las gracias, pagué mis chuletas y me fui, y por el camino me repetí, para tranquilizarme, que en Santibáñez hay docenas de viejecitas que cocinan a la antigua, que aquello no señalaba a nadie, que era como no tener nada.
Y era verdad. No señalaba a nadie. Solo que, sin yo quererlo, cada paso de aquellos días iba estrechando el círculo, y cada vez cabía menos gente dentro.
Yo lo notaba, como se nota que aprieta un zapato, y hacía lo que hago con los zapatos que aprietan: seguir andando y no mirar.
Aquella tarde sí se lo conté a Garcés, lo de la manteca, aunque más por quitarme el peso que por otra cosa. Y Garcés, cómo no, no lo trató como una tontería de la Tía Puri. Lo trató como lo que era.
—Es la mejor pista que hemos tenido —dijo, muy serio, apuntándolo en su carpeta con esa letra de hormiga—.
Es física. Es comprobable. Todo lo demás son motivos y coartadas, que se discuten.
Pero esto es material. Alguien ha comprado, estas semanas, los ingredientes exactos del bizcocho que mató a Braulio.
No su receta, la moderna. La antigua. La de la manteca.
Y eso, señora Ferrer, reduce el mundo a un puñado de personas.
—A un puñado de viejecitas que cocinan a la antigua —dije, restándole importancia, o intentándolo.
—A un puñado de personas que conocen la versión antigua de una receta que usted no ha publicado nunca —me corrigió él, y me miró de una manera que no me gustó, porque era la manera de un hombre que empieza a ver una forma en la niebla—.
Que no es lo mismo. Cocinar a la antigua lo hace mucha gente.
Conocer su receta, la de su abuela, la que nadie ha visto escrita, la conoce muy poca.
¿Cuánta, señora Ferrer? Piénselo. ¿Cuánta gente conoce esa receta?
No le contesté. Fingí que se me quemaba algo en el horno, me di la vuelta y me puse a remover una cazuela que no lo necesitaba. Porque la respuesta a esa pregunta era muy corta. Y yo no estaba dispuesta a decirla en voz alta. Ni a Garcés. Ni a mí.
Garcés no insistió. Pero le vi anotar algo, y subrayarlo dos veces. Y aunque no alcancé a leer lo que ponía, supe que aquella forma en la niebla que él empezaba a ver tenía ya, más o menos, el tamaño y el contorno de una persona.
Pero aquella noche no dormí bien. Y no fue por Nando, por una vez.
Fue por una frase que se me había quedado dando vueltas, la de Puri, la de «los de antes, los que aprendieron a cocinar con manteca».
Porque había una cosa que yo sabía y que no le había dicho a Puri, ni a Garcés, ni a nadie: que el bizcocho de Braulio no solo estaba hecho a la vieja usanza.
Estaba hecho a la vieja usanza bien. Con la mano de quien lo ha hecho mil veces.
No como lo haría alguien que copia una receta antigua de un cuaderno.
Como lo haría alguien que aprendió a hacerlo así, de joven, al lado de quien se lo enseñó.
Al lado de mi abuela.
Y en esa cocina, al lado de mi abuela, aprendiendo a hacer aquel bizcocho con manteca antes de que yo naciera, no había estado mucha gente.
La verdad es que solo se me ocurría una persona.
Pero esa persona era imposible. Esa persona me traía caldo.
Así que aparté el pensamiento, otra vez, como se aparta la mano del fuego.
Y me dormí, otra vez, con la respuesta a un palmo, dándole las buenas noches sin reconocerla.