Capítulo 18. La lista de los que leen primero
El que reparte el periódico lo lee antes que nadie. Es su único privilegio, y el más peligroso: enterarse de las cosas un día antes que el resto del pueblo. En un sitio pequeño, un día de ventaja es mucha ventaja.
Chamorro detuvo a Nando al día siguiente, a media mañana, con toda la parafernalia de la que es capaz un sargento que lleva treinta y cinco años esperando un homicidio.
Se presentó en el Tentempié con la agente Lucía, le leyó a Nando unos derechos que se sabía a medias y que completó a ojo, y se lo llevó al cuartelillo con las esposas puestas, aunque Nando no opuso más resistencia que la de un hombre humillado que no entiende qué le está pasando.
El pueblo entero salió a verlo, cómo no.
Y el pueblo entero, que llevaba dos semanas convencido de que la asesina era yo, cambió de bando en el tiempo que se tarda en ver pasar a un hombre esposado, y decidió, con la misma seguridad con la que me había condenado a mí, que el asesino era Nando.
En un pueblo, la culpa es como el sombrero: se la pone el último que pasa por debajo.
A mí, en cambio, aquello me revolvió las tripas.
Porque yo sabía dos cosas que el pueblo no sabía: que Nando escondía algo por vergüenza y no por culpa, y que en algún sitio, riéndose, andaba suelto el que de verdad había horneado aquel bizcocho.
Y mientras Nando se pudría en el calabozo, entre las sillas de las fiestas, ese alguien dormía tranquilo.
Se me quedó una idea fija, como una espina: había que encontrarlo.
Y para encontrarlo, había que resolver de una vez lo único que no encajaba en todo aquello. La receta.
Fui a ver a Nando al calabozo aquella tarde.
Chamorro me dejó pasar, magnánimo, porque a Chamorro le gusta que su prisionero reciba visitas: le da al asunto un aire de película que le encanta.
Nando estaba sentado en el catre, entre las sillas apiladas de las fiestas del pueblo, con una cara de perro apaleado que me partió el alma.
—Nando. —Me agarré a los barrotes, que en el calabozo de Santibáñez son más simbólicos que otra cosa—.
Nando, por lo que más quieras. Dime dónde estabas esa noche.
A mí. No a Chamorro. A mí, que somos amigos desde el colegio.
Yo no se lo cuento a nadie. Pero necesito saberlo para poder sacarte de aquí.
Nando levantó la vista, y por un momento pensé que iba a soltarlo. Abrió la boca. La cerró. Y negó con la cabeza, despacio, con esa terquedad de hombre bueno que prefiere hundirse a hacer daño.
—No puedo, Cata —dijo—. No es solo cosa mía. Si fuera solo cosa mía, te lo decía y en paz. Pero no lo es. Y hay cosas que un hombre no cuenta, aunque le cuesten el pescuezo.
Salí de allí más convencida que nunca de dos cosas: de que Nando era inocente, porque un culpable habría cantado su coartada aunque fuera mentira, y de que, fuera lo que fuera lo que Nando protegía, no era a sí mismo.
Protegía a alguien. Igual que, sin yo saberlo todavía, protegía a alguien la persona que había matado a Braulio.
En aquel pueblo, aquellos días, todo el mundo protegía a alguien. Y todos, menos yo, sabían a quién.
Esa noche, en el obrador, se lo planteé a Garcés sin rodeos.
—Hay que resolver lo de la receta. Es lo único que puede sacar a Nando del calabozo, y a mí de la lista.
Usted lo dijo desde el primer día, en la casona: alguien horneó ese bizcocho con mi receta antes de que se publicara.
Y eso, si lo pensamos bien, es imposible.
Menos para un puñado de personas. Pues vamos a hacer esa lista.
La lista de los que pudieron tener mi receta antes que nadie.
Garcés dejó lo que estaba haciendo, cogió un folio limpio y, por primera vez desde que empezó todo, lo vi ilusionarse un poco, a su manera contenida, como se ilusiona un hombre así: apretando menos los labios.
—Es el enfoque correcto —dijo—. Es, de hecho, el único enfoque que lleva a algún sitio, y que Chamorro, con su empeño en Nando, se está saltando. Chamorro busca a quien odiaba a Braulio. Nosotros vamos a buscar a quien pudo tener la receta. Y esa lista es muchísimo más corta.
—Empecemos por lo obvio —dije—. La escribí yo.
—La escribió usted. —Lo anotó, el primero—.
Y no tiene coartada la noche del crimen.
Por eso sigue siendo, para Chamorro y para cualquiera que mire esto desde fuera, la sospechosa número uno.
—Me miró—. Pero usted no la horneó a la vieja usanza, como no se cansa de callarme.
Así que sigamos. ¿Quién más tuvo esa receta antes del jueves?
Y aquí es donde hicimos, sin saberlo, el trabajo que resolvía el caso. Solo que lo hicimos mal. O lo hicimos bien y lo interpretamos mal, que a efectos prácticos es lo mismo.
—Vamos por partes —dije—. Yo entrego mi columna con antelación.
Eso es importante. Las esquelas van a última hora, la noche del miércoles, porque la gente se muere cuando le da la gana.
Pero las recetas no. Las recetas las escribo con calma y se las paso a don Fermín a principios de semana, el lunes o el martes, para que él las tenga y vaya montando el número.
Así que mi receta del bizcocho no apareció de la nada el jueves.
Llevaba en la redacción del Clarín desde el lunes.
Garcés levantó la vista, y vi cómo le funcionaba la cabeza.
—Entonces la lista se amplía. No es solo quien tuvo el periódico ya impreso. Es todo el que pasó por esa redacción desde el lunes y pudo ver su receta escrita. ¿Quién entra y sale de la redacción del Clarín?
—Poca gente —dije, y empecé a contar—. Don Fermín, que es el director, el dueño y casi el único que trabaja allí.
El impresor, que viene de la capital los miércoles por la noche a tirar el número y se va.
Yo, cuando llevo las cosas. Y… —me paré a pensar, repasando mentalmente aquella redacción pequeña y polvorienta— y poco más.
La chica que lleva las cuentas, que va los viernes. Y Consuelo.
Lo dije sin darle ninguna importancia. Como se dice el nombre de alguien de quien uno no sospecharía ni bajo tortura. Pero Garcés, que apunta todo, lo apuntó.
—¿Consuelo? ¿La que reparte el periódico?
—La misma. Consuelo lleva repartiendo el Clarín cuarenta años.
Y no solo lo reparte: ayuda a don Fermín a prepararlo.
Los miércoles por la noche, cuando el impresor tira el número, Consuelo está allí, en la trastienda, haciendo los fardos, atándolos, ordenándolos por calles para la ronda del jueves.
Lleva media vida haciéndolo. Es de la familia del periódico, como quien dice.
Garcés miró su lista. Cuatro nombres. Yo, don Fermín, el impresor y Consuelo. Y la miró de esa manera suya, de reloj, sopesando cada pieza sin descartar ninguna por rara.
—De estos cuatro —dijo, despacio—, usted queda la primera por lo que ya sabemos.
Don Fermín… a don Fermín la muerte de Braulio le ha triplicado la tirada; gana con esto, pero de una forma que no explica un asesinato, y además es incapaz de guardar un secreto más de una tarde, así que difícilmente planearía nada en silencio.
El impresor viene de fuera, no conocía a Braulio de nada, y esa noche, según habrá que comprobar, tenía una imprenta que atender. Y queda…
—Y queda Consuelo —dije yo, y me reí, porque la sola idea me parecía un disparate—.
Garcés, por Dios. ¿Consuelo? Consuelo Abad tiene setenta y cuatro años.
Es la mujer más buena que ha pisado este pueblo.
Repartió las esquelas de mi madre y de mi abuela sin cobrar un duro.
Me ha visto crecer. Me trae caldo cuando estoy mala.
Es incapaz de matar una mosca, se lo digo yo, que la conozco de toda la vida.
Antes sospecho de mí misma que de Consuelo.
Garcés no dijo nada. No me llevó la contraria, que era lo suyo, pero tampoco tachó el nombre. Se quedó mirando la lista, con Consuelo escrita al final, y dejó pasar unos segundos antes de hablar.
—Seguramente tenga usted razón —dijo, al fin—.
Una mujer de setenta y cuatro años, querida por todo el pueblo, sin más relación con el difunto que repartirle el periódico, es la sospechosa menos probable de esta lista.
—Cerró la carpeta—. La menos probable. No he dicho imposible. Solo menos probable.
—Es que es Consuelo, Garcés.
—Ya. —Me miró, y por un momento me pareció que iba a decir algo más, de esas cosas que él no dice. Pero solo dijo—: Confío en su criterio. Usted conoce a esta gente. Yo solo conozco las neveras. Dejémoslo, de momento, en el último lugar de la lista.
En el último lugar de la lista. Que es, ahora que lo escribo, exactamente donde estuvo la verdad todo aquel tiempo: escrita, en un folio, la última, descartada con cariño por la persona que más la quería.
Yo tenía la solución delante, con nombre y apellido, la misma noche que detuvieron a Nando.
Y me reí de ella. Que Dios y Consuelo me perdonen. Me reí.
Y por si me faltaba algo para descartar del todo la idea, aquella misma noche, cuando Garcés y yo ya habíamos guardado la lista y él se había ido a pelearse con su anís, apareció Consuelo por el obrador.
Traía un táper. Caldo, cómo no. Porque Consuelo, cuando intuye que una lo está pasando mal, aparece con caldo, que es su forma de rezar.
—Te he visto mala cara toda la semana, hija —me dijo, dejándome el táper en el mostrador—. Con lo de Nando, y lo tuyo, y el inspector metido en casa… Es mucho para una sola. Anda, cénate esto, que tiene gallina y hierbabuena, y vete a la cama, que no hay noche mala que no arregle un caldo caliente.
Me lo dijo con esa dulzura suya, con las manos entrelazadas sobre el mandil, mirándome con unos ojos que solo tenían preocupación por mí.
Y yo pensé, con el táper caliente entre las manos: cómo se me ha podido pasar por la cabeza, ni un segundo, escribir el nombre de esta mujer en una lista de sospechosos.
Me dio hasta vergüenza. Le di un abrazo, le di las gracias y me cené el caldo pensando en la suerte que tenía, en medio de todo aquel desastre, de contar con Consuelo.
Escribo esto y me tiembla el pulso. Porque aquel caldo, el de la gallina y la hierbabuena, me lo tomé entero, agradecida, la misma noche en que había apuntado su nombre y lo había borrado con una carcajada.
La persona que había matado a un hombre me estaba dando de cenar.
Y yo me dejaba cuidar, y le daba las gracias, y dormí tranquila por primera vez en semanas.
Hay ceguera que se cura con los años. La mía no.
La mía se curó de golpe, mucho después, y de la peor manera.
Al día siguiente, por probar, le llevé la lista a Chamorro. Pensé, ingenua de mí, que a lo mejor, entre Nando en el calabozo y la lista que Garcés y yo habíamos hecho, se le encendía alguna bombilla. Craso error.
Chamorro miró el folio con los cuatro nombres por encima, con la condescendencia de un hombre que ya ha resuelto su caso y no quiere que se lo compliquen a las puertas de la jubilación.
—Cata, hija, esto está muy bien pensado, se nota que el inspector te ayuda, que ese hombre tiene la cabeza ordenada.
Pero es que ya no hace falta. —Señaló, orgulloso, el panel, donde la foto de Nando presidía ahora un entramado de cuerdas rojas que no llevaban a ninguna parte pero que a él le parecían la telaraña del crimen perfecto—.
El culpable lo tengo en el calabozo. Móvil, ocasión y silencio. Lo demás son florituras.
—Chamorro, Nando no pudo tener mi receta antes de que se publicara. No entra en esta lista. Mira. —Le señalé el folio—. Los que pudieron tenerla somos estos cuatro. Y Nando no está.
—Porque tu lista está incompleta, Cata. —Chamorro se cruzó de brazos, muy digno—. Nando pudo… comprar el periódico antes. O robarlo. O que se lo contara alguien. Hay mil maneras.
—¿Robar un periódico que todavía no se había impreso?
—Detalles. —Chamorro hizo el gesto de espantar la mosca, el mismo con el que había espantado la verdad en el cuartelillo el primer día—. Tú déjate de listas, hija, que para eso está la Guardia Civil. Y dile al inspector que muy bien, pero que el caso está cerrado.
Salí del cuartelillo con la lista en la mano y una certeza incómoda: que la única persona de Santibáñez que estaba mirando en la dirección correcta era un inspector de Sanidad al que el pueblo daba por muerto, ayudado por una panadera a la que el pueblo daba por asesina.
Y que el hombre a quien pagaban por buscar al asesino había decidido que buscar era una floritura.
Con gente así al mando, no me extrañaba que la verdad llevara tanto tiempo tan tranquila.
La verdad, en Santibáñez, no se escondía.
Se paseaba a plena luz, repartía el periódico y le traía caldo a la sospechosa cuando estaba mala. Solo que nadie la miraba.