Capítulo 17. Rosquillas a las tres de la madrugada
A las tres de la madrugada, en una cocina, dos personas que no duermen acaban contándose cosas que de día se callarían. Es el efecto de la harina, del cansancio y de la hora. De día, uno finge. De noche, uno amasa.
Hay noches en que el sueño no viene, y aquella era una de ellas.
Llevaba dos horas dando vueltas en la cama, encima del cuarto donde dormía Garcés, pensando en Nando, en Chamorro y su rotulador rojo, en el asesino que seguía suelto y en mí, que seguía siendo sospechosa, y a las tres de la madrugada me rendí, como me rindo siempre, y bajé al obrador.
Porque cuando a mí no me deja dormir la cabeza, amaso.
Es lo que hay. Otros cuentan ovejas; yo hago rosquillas.
Encendí la luz del obrador y me llevé un susto de muerte, porque Garcés ya estaba allí. Sentado a la mesa grande, con la carpeta del caso abierta, la linterna y esa cara de no haber dormido que se le estaba poniendo crónica.
—Garcés. Son las tres.
—Lo sé. —Ni levantó la vista—. Su anís no descansa. Y yo, por lo visto, tampoco.
—¿No será que no puede dormir por lo suyo, y le echa la culpa a mi anís?
Ahí sí levantó la vista. Y por una vez, a lo mejor porque eran las tres de la madrugada y a esa hora las corazas pesan más, no me lo negó.
—Puede que también sea por lo mío —dijo, muy bajo—. Un poco de cada.
Y esa media confesión, viniendo de un hombre que no confiesa nada, me hizo dejar la harina un momento y mirarlo de otra manera.
Me senté enfrente de él, antes de ponerme con la masa, y le eché un ojo a lo que tenía delante.
Había llenado un folio entero de esas columnas suyas, con flechas, con tachones, con signos de interrogación.
En una esquina, subrayada, había escrito una frase que me llamó la atención: «¿Por qué el bizcocho y no otra cosa? ».
—¿Eso qué es? —pregunté.
—Es lo que no me deja dormir. Además del anís.
—Se pasó la mano por la cara, cansado—. Llevo dos semanas dándole vueltas y no lo entiendo.
Quien mató a Braulio se complicó la vida de una manera absurda.
Podía haberlo hecho de mil formas más sencillas.
Y en cambio eligió la más difícil: un bizcocho, con la receta de usted, publicada esa misma semana.
¿Por qué? Nadie hace las cosas difíciles pudiendo hacerlas fáciles, señora Ferrer.
A no ser que la forma difícil signifique algo.
A no ser que, para quien lo hizo, tuviera que ser ese bizcocho, y no otra cosa.
Me quedé callada, porque aquello, dicho a las tres de la madrugada, me tocó una tecla que no supe identificar.
Para quien lo hizo, tenía que ser ese bizcocho.
El bizcocho de mi abuela. Hecho a la vieja usanza.
No cualquier cosa. Ese. Y yo, que sabía por qué el bizcocho estaba hecho como estaba hecho, me callé una vez más, cambié de tema y me fui a freír rosquillas para no tener que seguir pensando.
—Anda, déjese de columnas un rato —dije— y ayúdeme, que a las tres de la madrugada hasta un inspector puede pasar el azúcar.
Me puse a hacer las rosquillas, porque tenía las manos inquietas y porque, aunque no lo diga nunca, hacer algo por alguien es mi manera de estar con la gente.
Freí una tanda. El obrador se llenó del olor a anís de siempre, y Garcés, en vez de estornudar o de apartarse como todas las veces, se quedó quieto, mirando cómo yo sacaba las rosquillas del aceite y las escurría y las pasaba por azúcar, con una cara rara, como quien mira algo que le recuerda a otra cosa.
Le puse un plato con dos delante. No sé por qué. Costumbre, otra vez. La costumbre de dar de comer a quien tengo cerca, aunque a quien tengo cerca le den alergia mis rosquillas.
—Garcés, no. Que llevan anís. Que se le cierra la garganta. Déjelas, que fue sin pensar.
Pero él miró las rosquillas, luego me miró a mí, y luego hizo una cosa que no me esperaba, una cosa que en otro hombre no habría significado nada y en él lo significaba todo.
Cogió una. Entera. Y le dio un mordisco.
No un trocito de nada, como el de la magdalena.
Un mordisco de verdad, de los de comerse una rosquilla a las tres de la madrugada porque te apetece y porque estás cansado de tener miedo de todo.
—Garcés…
—Ya me tomé la pastilla antes de bajar —dijo, con la boca llena, y por primera vez desde que lo conocía lo vi hacer algo parecido a una sonrisa—. Calculo que me da margen para una. A lo mejor para dos, si la conversación lo merece. —Masticó—. Está muy buena. Su abuela sabía lo que hacía.
Me senté enfrente de él, con mi propia rosquilla, y por un momento, en aquel obrador a oscuras salvo por la luz de encima de la mesa, con el olor a anís y a azúcar, no fuimos el inspector y la sospechosa.
Fuimos dos personas comiendo rosquillas de madrugada.
Y no se me ocurre una definición mejor de lo que empezaba a pasarnos.
Entre las cosas de la carpeta, medio tapada por los papeles del caso, asomaba la foto.
La de la maleta, la que había vuelto a poner boca abajo el día que se mudó.
Debía de habérsela sacado del bolsillo en algún momento de la noche, cuando se creía solo, y se le había quedado ahí, boca arriba por una vez.
Alcancé a ver, antes de que él la tapara con un gesto rápido, que era una mujer. Joven. Sonriendo.
—Perdón —dije—. No quería…
—No pasa nada. —La guardó, boca abajo otra vez, en el bolsillo de dentro de la chaqueta, con un cuidado que decía más que cualquier explicación—. Es de hace mucho.
No pregunté más. Uno aprende, con los años, a distinguir los silencios que se pueden empujar de los que no.
Aquel era de los segundos. Pero me quedé con la imagen de la mujer joven que sonreía, y con la certeza nueva de que Teodoro Garcés, el hombre de piedra, cargaba con más cosas de las que caben en un pastillero.
Y de que, a lo mejor, su rigidez no venía solo de un niño que enfermó en una cafetería.
A lo mejor venía también de aquella foto.
Pero eso, como tantas cosas de aquel hombre, tardé en saberlo.
Y hablamos. De verdad. Por primera vez desde que aquel hombre había vuelto a mi vida con una carpeta y un carné, hablamos como hablan las personas y no como discuten los enemigos.
Le pregunté, porque a las tres de la madrugada una se atreve a preguntar lo que de día se calla, por qué era así. Tan rígido. Tan de reglamento. Tan incapaz de saltarse una norma ni para salvarse la vida.
Se quedó callado un rato largo, dándole vueltas a la rosquilla sin comérsela. Y luego, mirando la mesa y no a mí, que es como se cuentan las cosas que duelen, me lo contó. O me contó lo justo.
—Mi primer año de inspector —dijo— me tocó una cafetería.
De un matrimonio mayor. Buena gente. Llevaban toda la vida con ella, era lo único que tenían, y estaban a punto de jubilarse.
Encontré un problema. Uno serio. De los que obligan a cerrar.
—Tragó saliva—. Y me dieron pena. Me pidieron un mes, solo un mes, para arreglarlo sin cerrar, para no perderlo todo a las puertas de la jubilación.
Y yo… —hizo una pausa— yo era joven, y tenía corazón, y les di el mes.
No dijo nada más durante unos segundos. No hizo falta.
—Enfermó gente —dije yo, muy bajo.
—Enfermó gente. —Asintió, todavía mirando la mesa—.
Un crío, sobre todo. Se puso muy malo. Se recuperó, gracias a Dios, pero estuvo grave.
Por mi pena. Por mi mes. Por haber pensado, con veintitantos años, que ser buena persona era saltarse la norma cuando el corazón lo pedía.
—Levantó la vista, por fin, y me miró—. Aprendí, señora Ferrer, de la peor manera, que la norma no está para fastidiar.
Está para que un niño no se ponga malo porque a su inspector le dieron pena unos viejos.
Desde entonces la cumplo. Toda. Siempre.
Aunque me odien. Aunque me dejen coronas en la puerta.
Porque prefiero que me odien vivos a que me lloren muertos por mi culpa.
Me quedé sin palabras. Porque en ese momento entendí a Teodoro Garcés entero, de golpe, y entendí que aquella rigidez que yo había odiado durante tres años no era frialdad.
Era una cicatriz. Un hombre que se había vuelto de piedra para que nadie volviera a hacerse daño por su culpa.
Y entendí, también, algo que me dejó pensando y que no supe encajar del todo hasta mucho después: que un hombre que cumple la norma «aunque me odien» para proteger a la gente, a lo mejor, alguna vez, había hecho justo lo contrario.
Había roto la norma. Por proteger a alguien. Aunque le costara.
No sé si fue por la hora, o por la rosquilla, o porque cuando alguien te abre una puerta lo justo es abrirle otra, pero le conté cosas que no le había contado a nadie en tres años.
Le conté cómo fue volver a Santibáñez con el rabo entre las piernas, la del obrador de Madrid, la fracasada, a heredar el horno de la abuela como quien hereda un premio de consolación.
Le conté que los primeros meses no salía a la calle más que para abrir y cerrar, porque no soportaba la cara de lástima del pueblo.
Le conté que llevo tres años haciendo el mejor pan de la comarca y sintiéndome, cada mañana, como si cumpliera una condena en el sitio del que había querido escapar toda la vida.
—Y ahora, encima, asesina —dije, con una risa que no era de risa—. Fíjese qué carrera. De promesa de la repostería madrileña a bruja de las esquelas de pueblo. Mi abuela estaría orgullosísima.
—Su abuela —dijo Garcés, despacio, eligiendo las palabras como elige él todo— hacía el mejor bizcocho de limón y romero que ha probado nadie, según me han contado, en un pueblo de novecientas almas, sin que la conociera más gente de la que cabe en esta comarca.
Y aun así lo hacía. Cada día. Para gente que se moría.
—Me miró—. A lo mejor no todo el mundo tiene que triunfar en Madrid, señora Ferrer.
A lo mejor hay quien hace algo importante en un sitio pequeño, y eso no es un premio de consolación.
Es, sencillamente, otra clase de premio.
Me quedé mirándolo. Y pensé que era muy injusto que el primer hombre en tres años capaz de decirme algo así, algo que me soltó por dentro una cosa que llevaba apretada desde que volví, fuera precisamente el que me había mandado de vuelta al pueblo.
La vida, ya lo he dicho, es una guasona con muy mala idea.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, en silencio, después de aquello. El obrador olía a anís y a azúcar y a algo más que no había estado allí antes. Garcés seguía mirándome, y yo a él, y ninguno de los dos dijo nada, porque lo que había que decir ya no se decía con palabras.
Me di cuenta de que me había acercado. No sé cuándo.
En algún momento, entre la rosquilla y la confesión, mi mano había cruzado media mesa y estaba a un palmo de la suya, sobre la madera, entre las migas y el azúcar.
Y él la miraba. Miraba mi mano como quien mira algo que sabe que no debería tocar, con esa misma cara con la que había mirado las rosquillas antes de comérselas.
Levantó la suya. Despacio.
Y a las tres y media de la madrugada, en mi obrador, con la harina de por medio y tres años de rencor deshaciéndose como el azúcar de una rosquilla, Teodoro Garcés y yo estuvimos a un centímetro, a un suspiro, de cometer la mayor imprudencia de una investigación que ya iba sobrada de imprudencias.
Y entonces sonó, del almacén, el móvil de Garcés.
Los dos nos apartamos de golpe, como dos críos a los que pillan, como si el móvil fuera la voz de la conciencia con vibración.
Él se levantó a cogerlo, colorado hasta las orejas, cosa que yo no sabía que un hombre como Garcés pudiera ponerse.
Yo me quedé mirando mis rosquillas, con el corazón a mil, dándome cuenta, tarde y mal, de dónde me estaba metiendo.
Era Chamorro, cómo no, que a las tres y media de la madrugada llamaba para informar, muy orgulloso, de que al día siguiente detenía a Nando.
Ni él supo lo que acababa de interrumpir.
Ni falta que le hizo saberlo. Pero yo, aquella noche, tardé en dormirme mucho más de lo que tardo un día normal.
Y, por una vez, no fue por el asesinato.